Libia: dinero y armas para mucho tiempo


Témoris Grecko / El Salum, frontera de Egipto con Libia

 

El avanzado desmoronamiento del régimen de Muamar Gadafi en Libia es otro acontecimiento inesperado de este invierno de revoluciones árabes. Los dictadores de Túnez y Egipto también parecían fuertes y más allá de peligro cuando sus pueblos se levantaron contra ellos y los echaron del poder. La diferencia trágica radica en que el tunesino Zinedine Ben Ali y el egipcio Hosni Mubarak prefirieron retirarse del juego antes de sufrir una derrota total, mientras que Gadafi se muestra dispuesto a llevarse al país completo al despeñadero.

 

El discurso televisado a la nación que hizo su hijo Saif al Islam, el domingo 20, pareció sugerir que el padre le había dejado la responsabilidad de resolver la crisis, una tarea que podría consolidarlo como heredero en caso de llevarla a cabo con éxito. Amenazó con la guerra civil, pero al mismo tiempo se mostró conciliador y cercano con el pueblo, al que le prometió grandes reformas hablándole en el dialecto árabe local en lugar de usar la lengua coránica, como es usual.

 

La intervención de Gadafi mayor, el martes, hizo pensar que lo que Saif al Islam estaba en realidad tratando de hacer era evitar que él empeorara las cosas. Muamar apareció nervioso, insultando a diestra y siniestra (“ratas”, “drogadictos”, “perros callejeros”) y anunciando su disposición a destruir la nación –que es la herencia que Islam espera recibir— antes que rendirse: “Voy a morir aquí como un mártir”.

 

UN TIRANO CON ESTILO PROPIO

 

Muamar Gadafi es el decano de los dictadores árabes. Como coronel del ejército, en 1969 encabezó un golpe de Estado que acabó con la monarquía de jure y estableció una de facto, la de su propia familia. Su estilo provocador lo ha llevado a perder una guerra con su vecino del sur mucho más pobre, Chad, y a enfrentarse con el Estados Unidos de Ronald Reagan en 1986, cuando su país fue bombardeado (con saldo de 45 soldados y 15 civiles muertos, entre ellos una bebé, hija adoptiva de Gadafi) como represalia por un ataque terrorista contra una discoteca de Berlín, que mató a dos soldados estadounidenses y a una joven turca, y dejó 200 heridos.

 

Durante años, el líder libio logró mantener un programa nuclear bélico en secreto, desarrollado con asistencia pakistaní y norcoreanas, pero a raíz de la guerra de Irak, reveló su existencia y renunció a él, a cambio de lo cual Washington lo eliminó de la lista de países que apoyan el terrorismo y levantó las sanciones económicas que pesaban sobre él.

 

Tiene, además, el mérito de haberle enseñado a su colega italiano Silvio Berlusconi el juego del “bunga-bunga”, según testimonio de este último. Los testimonios recogidos por la fiscalía de Milán indican que se trata de una simple orgía. Los cables diplomáticos secretos filtrados por WikiLeaks señalan que Gadafi siempre está acompañado de una enfermera búlgara de aspecto muy llamativo, y su amistad con Berlusconi lo ha ayudado a contratar a decenas de modelos italianas y hacerlas viajar a Libia para que escuchen sus discursos sobre la religión musulmana.

 

HASTA LA ÚLTIMA GOTA DE SANGRE

 

Cuando las protestas que se propagaron por la región llegaron a Libia (que tiene frontera al oeste con Túnez y, al este, con Egipto), el 15 de febrero, Gadafi no dudó en aplicar la fuerza bruta para destruir el movimiento. La represión provocó 15 muertos en la segunda ciudad del país, Bengazi, el día 17.

 

Esto añadió leña al fuego: los insurrectos ganaron en número y en capacidad de responder a la violencia con más violencia. Un veto total contra los periodistas impidió que se investigara con precisión lo que estaba ocurriendo, pero jóvenes libios lograron subir fotografías y videos de lo que ocurría a internet. Pronto se extendió la idea de que el régimen estaba menos sólido de lo que se pensaba, y que la oposición había alcanzado el control de Cirenaica, la zona del este del país fronteriza con Egipto, con capital en Bengazi.

 

El régimen contratacó con todo lo que pudo: desde aviones que disparaban sobre civiles hasta milicias de mercenarios negros subsajarianos, blancos sudafricanos y prisioneros recién liberados que se enfrentaron a los insurrectos.

 

La actitud suicida de Gadafi provocó una sangría de apoyos dentro del régimen, con defecciones de embajadores y brigadas de soldados, el escape de dos pilotos de la menguada fuerza aérea con sus aviones, porque se negaron a bombardear a los ciudadanos, el cambio de bando de los ministros de Justicia y de Petróleo  y, el martes 22, la renuncia del segundo hombre más poderoso del país, el general Abdoulfatah Younis, titular de Interior, quien llamó al ejército y a la policía a combatir a Gadafi.

 

Ese mismo día, la Liga Árabe celebró una reunión de emergencia en El Cairo, en la que suspendió la membresía de Libia, a lo que se suman las condenas de la Unión Europea, Estados Unidos y otros países a la represión desatada por el líder arrinconado.

 

La imagen de un Gadafi encolerizado, grosero y diciéndose dispuesto al martirio, puede no ser la última que veamos de él como presidente vitalicio: en su discuso aseguró que “tengo el dinero y las armas para pelear por mucho tiempo”, hasta que, añadió, “la última gota de sangre haya sido derramada”. La cuota de víctimas mortales ha sobrepasado las 400 y todo indica que llegará a los miles.

 

 

 

 

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