Egipto: Promesas de general


Por Témoris Grecko / El Cairo

(Publicado en PROCESO, 20/2/2011)

“Siempre podemos volver a tomar las calles”, explica Ajmed Majer, quien rehusa identificarse como líder del Movimiento Juvenil 6 de Abril y prefiere ser reconocido sólo como moderador de su página de Facebook. Todavía se siente el calor de la acción en el departamento prestado que ocupa su grupo, en un octavo piso sobre la midan Tahrir (plaza de la Liberación) de El Cairo.

Desde aquí, sus miembros observaban lo que ocurría en la pequeña “república” de manifestantes que existió allí desde el 25 de enero y hasta el 13 de febrero, dos días después de que la revolución desatada por este grupo de profesionales de veintitantos y treintaypocos años culminara en la forzada renuncia del único presidente que habían conocido a lo largo de sus vidas, Hosni Mubárak, en el poder desde 1981. A los bebés que nacieron cuando él conquistó la cumbre, les había tomado sólo 18 días destronarlo.

La situación todavía es muy delicada. El Consejo Superior de las Fuerzas Armadas, el mismo que forzó a Mubárak a marcharse en lo que técnicamente constituye un golpe de Estado, se está haciendo cargo de conducir lo que se supone que será la transición democrática de Egipto, con el objetivo declarado de reformar la Constitución, hacer aprobar los cambios en referéndum y celebrar elecciones libres y multipartidarias en septiembre.

Pero a la par que ha realizado esas importantes concesiones, está retrasando otras igualmente valiosas para la oposición, como el levantamiento del Estado de emergencia (que permite que el gobierno arbitrariamente detenga personas, prohiba partidos políticos y organizaciones sociales, y censure o cierre periódicos) que Mubárak mantuvo durante 30 años y la liberación de los presos políticos. Los militares no son conocidos por su vocación liberal y, mientras se asientan las cosas, han mantenido el gabinete de gobierno designado por Mubárak, encabezado por el primer ministro Ajmed Shafiq.

Apresurándose a declarar que el motivo de las protestas era sólo el expresidente y que debían concluir tras su renuncia, el ejército retiró las barricadas de vehículos quemados que protegían los accesos a la plaza Tahrir, desmontó los campamentos y con violencia controlada expulsó a los manifestantes que quedaban, una minoría que insistía en seguir ahí como medida de presión para asegurar que se cumplan las demandas de la revolución: la creación de un gobierno civil de amplia representatividad, sin participación de miembros del antiguo régimen ni estado de emergencia, que lleve a cabo la transición.

El Movimiento 6 de Abril, de creación reciente (2008) pero curtido en la lucha democrática y por la persecución (hostigamiento, golpizas, arrestos) a que lo sometió el mubarakismo, ha optado por darles tiempo a los militares. “Llegamos a la decisión de no hacer protestas mientras esperamos que respondan a nuestras demandas”, explica Ajmed Majer. “Si no lo hacen, nos vamos a la calle de nuevo”. Como fiesta de celebración, pero acaso también como advertencia, convocaron a una gran manifestación de la victoria para el viernes 18.

DE LA RED A LA CALLE

Majer tiene 30 años, es ingeniero civil y, con sus gafas y su calvicie prematura, no tiene pinta de activista político por ningún lado. Sucede igual con sus compañeros: todos son profesionales de compañías privadas, sin militancia en partidos tradicionakles. Sus antecedentes están en Kefaya (basta), un grupo formado en 2003 para oponerse a la invasión de Irak y que después se dividió por diferencias entre sus miembros laicos y religiosos. El Movimiento 6 de Abril se creó para apoyar una huelga en el pueblo industrial de El Malhalla el Kubra, planeada para el 6 de abril de 2008.

Esta conciencia de la importancia del vínculo con los trabajadores puede haber sido vital para el éxito de la revolución contra Hosni Mubárak. El Movimiento y su grupo simbiótico, “Todos Somos Jaled Said” (fundado para protestar por el asesinato a golpes del joven Said en Alejandría, en junio de 2010, a manos de la policía, después de que grabó y subió a internet un video donde se veía a dos agentes repartiéndose el dinero de una extorsión), convocaron a los egipcios a manifestarse el 25 de abril para derrocar la dictadura de Mubárak, a través de sus respectivas páginas de Facebook.

Tenían la ventaja del momento político: sus compatriotas estaban inspirados por las imágenes de la revolución tunecina que expulsó al presidente Zine el Abidine Ben Ali el 14 de enero. Pero a pesar de que algunos medios llaman a ésta la “revolución Facebook” (como antes llamaron a la de Irán de 2009 “revolución Twitter”), Majer estaba consciente de que eso no sería suficiente para movilizar a toda la población.

En un artículo sobre la influencia de la red social en Egipto, del 25 de enero de 2009, The New York Times informó que “alrededor de uno de cada nueve egipcios tiene acceso a internet, y de este grupo, alrededor de un 9% está en Facebook –un total de casi 800,000 miembros”… en un país de 83 millones de habitantes.

Ante el inesperado y enorme éxito que tuvo la convocatoria a protestar, el gobierno quiso acabar con el problema de raíz, o lo que creyó que era la raíz, y si se trataba de una revolución Facebook… habría que bloquear Facebook y, para estar seguros, todo el acceso a internet y la telefonía móvil. Por cinco días, del viernes 28 de enero al martes 1 de febrero, Egipto retrocedió a los años ochenta y fue un país de comunicaciones apagadas, con un costo para la economía estimado en 210 millones de dólares diarios.

“Nosotros contábamos con las redes sociales para encender una chispa”, explica Majer. “Pero no se acababa allí la estrategia. Imprimimos volantes, recorrimos las calles, hablamos con muchísimos grupos de todo tipo, y sobre todo, les pedimos a todos los internautas que actuaran como activistas sociales, que cada uno trajera a diez personas de su familia, de su vecindario o su trabajo”. Después de que decenas de miles de personas salieran a manifestarse el 25 de enero, las convocatorias corrían boca en boca: voluntarios y espontáneos informaban a la gente de a dónde había que ir en los siguientes días, y le pedían repetir el mecanismo, invitar a más.

El éxito de las movilizaciones y la incapacidad de la policía para suprimirlas –llevado todo esto a los hogares a través de la cadena de noticias Al Jazeera–, hizo que los egipcios perdieran el miedo y continuaran sumándose.

PROMESA DE SOLDADO

Desde el departamento sobre la plaza Tahrir, los miembros sdel movimiento veían todo lo que pasaba: las grandes concentraciones, los violentos ataques de las pandillas pro-Mubárak, los movimientos de las unidades del ejército. El sitio parece un café internet poco formal, con gente dormida en los sillones y en el piso. Ahí vivieron varios durante semanas, alimentándose con lo que se les ocurría traer a los que llegaban. En las computadoras reunían información, la procesaban y enviaban al mundo. Ahí fue también donde la madre de Jaled Said, una amable mujer de gafas y jiyab sobre el cabello, escuchó con todos los demás la casi inesperada noticia de la renuncia de Hosni Mubárak, a las seis de la tarde del viernes 11.

A pocos les importó cómo había ocurrido. Lo importante era que habían derrocado al dictador, quien la noche anterior había dado un discurso para insistir en quedarse, contra los deseos de los generales, de Estados Unidos y de su propio Partido Nacional Democrático. El vicepresidente Omar Suleimán, jefe de los espías del régimen por veinte años, también había salido a defender con vehemencia la continuidad de su jefe. Menos de 24 horas después, Suleimán tuvo que dar marcha atrás e informó de la “renuncia” en un mensaje televisado brevísimo, que en sólo 30 segundos cerró una dictadura de 30 años.

De Mubárak corren varios rumores, todos malos para él: que está psicológicamente afectado y con deseos de morir en su residencia del balneario Sharm el Sheikh, en la península del Sinaí, e incluso que cayó en estado de coma y lo atienden en otro país, en Alemania o Arabia Saudí. De Suleimán no se sabe nada: se dice que realizó esa última intervención televisada prácticamente con una pistola detrás, y desapareció de la escena. Una serie de ministros tiene prohibido salir de Egipto y se están preparando procesos contra ellos, por corrupción o por la violencia durante la revolución, cuyo saldo al miércoles 16, según el Ministerio de Salud, era de 365 muertos y 5,500 heridos.

El Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, por su parte, parece interesado en convencer que sus intenciones de cumplir “las legítimas demandas del pueblo” son serias. Menos de 48 horas después de la caída de Mubárak, ya se había reunido con un grupo selecto de ocho jóvenes de la revolución, incluidos Ajmed Majer y Wael Ghonim, de “Todos Somos Jaled Said”.

Esto dejó fuera por el momento a los políticos tradicionales, desde los marxistas del partido Tagamu y los liberales de Wafd hasta los Hermanos Musulmanes, además de Amr Musa, secretario general de la Liga Árabe, y Mojamed ElBaradei, Premio Nobel de la Paz, de quienes se espera que presenten sus candidaturas presidenciales.

Los generales les dijeron a los jóvenes que organizaran partidos para competir, que entregarán el poder a quienquiera que gane las elecciones de septiembre, que en diez días (el miércoles 23) tendrán listas reformas constitucionales para democratizar la vida política (que diseñará un pánel encabezado por el juez Tarek al-Beshry, un pensador musulmán moderado), y que levantarán el estado de emergencia cuando las cosas vuelvan a la normalidad. Como condición para avanzar exigen, en cambio, el fin de las protestas y de las huelgas de trabajadores, a quienes han pedido regresar a sus labores

SOSPECHAS Y CONFIANZA

Un militante partidario que está al tanto de las conversaciones, pero prefiere no ser identificado por su nombre, se queja de que “los militares hablan con una o dos caritas de la revolución, que no tienen experiencia negociadora ni tienen el mandato de nadie para hablar en nombre del pueblo”. Su temor es que esta veloz “disposición a dialogar” en realidad pretenda encubrir que los generales están controlando la transición a gusto sin darles a los opositores un rol activo en el proceso. “¿Quién les dijo que sólo queríamos algunas enmiendas constitucionales? Hace falta una nueva Constitución que limite los poderes del presidente”.

No sólo entre los partidos hay inquietud. También entre los jóvenes, como Ala Ab el Fatá, uno de los blogueros y activistas más prominentes: “Necesitamos que los militares asuman que ésta es una revolución y que no pueden cambiar las cosas por su cuenta. Estamos de acuerdo si ellos custodian esta parte del proceso, pero debe ser algo temporal. Después debe encargarse un gabinete civil que escojamos nosotros, que tenga alguna forma de consenso público detrás, en lugar de que sólo recibamos comunicados unilaterales de los oficiales”.

Majer, en cambio, prefiere darles más tiempo: “Yo creo que los egipcios no seremos arrastrados de vuelta a la dictadura. Los militares no se convertirán en presidentes sólo porque tienen el apoyo de las fuerzas armadas. El verdadero apoyo de los futuros presidentes vendrá del pueblo. Esta revolución nos ha hecho entrar al club de las naciones civilizadas. Nadie nos la podrá robar porque estamos dispuestos a morir por ella”.

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