Egipto: El derrumbe del faraón


Por Témoris Grecko / El Cairo

(Publicado en PROCESO, 13/02/2011)

El rugido barrió la plaza velozmente: se inició en el escenario principal, donde muchos pudieron escuchar al vicepresidente Omar Suleimán anunciando que el presidente Hosni Mubárak había renunciado, y se expandió con gran velocidad por la plaza Tahrir y las avenidas que irradian de ella. La inmensa mayoría de los cientos de miles de egipcios presentes no conocía el detalle, qué sucedió exactamente: ¿Lo asesinaron, lo detuvieron, lo hospitalizaron o simplemente escapó? No importaba. La explosión de alegría colectiva, comunitaria, unísona transmitía claramente el mensaje: Mubárak ya no está.

“¡Somos libres, somos libres!”, se gritaban unos a otros. La experiencia de la libertad es algo que sólo conocían los egipcios que habían viajado al extranjero y que los demás vislumbraban a través de películas y series de televisión. Por dieciocho días, desde que empezó el movimiento el 25 de enero, una gran parte de la población en todo el país descubrió que podía quejarse y discutir sobre asuntos que van más allá del clima y los problemas familiares.

La plaza Tahrir de El Cairo, las manifestaciones, las reuniones de estudiantes, obreros, campesinos y profesionales, se convirtieron por primera vez desde que cayó el rey Farouk en 1952 en centros de debate. La gente no está acostumbrada y habla sin escuchar al otro, su urgencia de manifestar lo que piensa la lleva a detener al extraño que pasa para argumentar lo que siente en ese instante. “Ahora sufrimos de diarrea verbal”, comentó un estudiante, medio en broma, medio en serio. Pero lo disfrutan porque nunca lo habían tenido.

En medio del júbilo –aullidos, lágrimas, abrazos, saltos, oraciones–, unos pocos se detuvieron a pensar en lo que había pasado ese viernes 11 y en lo que venía a partir del día siguiente.

Mubárak quiso hacer de la terquedad virtud, y abusó del gesto de cortesía que el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas había tenido hacia él, el jueves 10: tanto los militares como sus aliados estadounidenses habían sugerido a los observadores que el presidente renunciaría y le permitieron dirigirse al país por televisión para que lo anunciara en sus propios términos. Mubárak utilizó la oportunidad para hacer un último y casi desesperado intento de seducir a su pueblo, de hablarle con el cariño y la autoridad de un padre frente a sus hijos, incapaz de creer que el rechazo contra su figura fue una de chispa fundamental del movimiento popular más amplio y numeroso de la historia de Egipto. Su paternalismo generó mayor descontento aún.

Y los oficiales se sintieron engañados. El diario gubernamental Ahram publicó el viernes, en su sitio web, los comentarios del mayor general Safwat El-Zayat, exdirector de los servicios de inteligencia que mantiene importantes conexiones con el ejército, indicando que tanto el contenido del discurso final de Mubárak, como el de otro posterior que dio Suleimán, “fueron formulados contra los deseos de las fuerzas armadas, más allá de su supervisión”.

El viernes, mientras las manifestaciones en todo el país superaban en asistencia a todas las anteriores y las huelgas se multiplicaban, los militares forzaron a Mubárak a subir a un avión y hacer el escape ignomioso que él había querido evitar. A las 6 de la tarde, Suleimán hizo el anuncio consecuente y dijo que el presidente había cedido el poder a las fuerzas armadas. No queda claro cuál será el rol del propio Suleimán, ni si lo tendrá.

Tampoco se sabe qué clase de gestión pretenden hacer los militares. ¿Tolerarán que los manifestantes sigan actuando o tratarán de forzarlos a irse a casa? ¿Qué papel tendrán los partidos de oposición? ¿Cederán ante la demanda de desmontar el régimen (del que el ejército es precisamente el pilar principal) o buscarán imponer un mubarakismo sin Mubárak?

“Esto no es la libertad todavía”, comentó Ahmed Nasef, un estudiante de ciencias políticas y activista de la revolución, un poco molesto porque la pregunta era ducha de agua fría en medio de la fiesta. “Hace falta disolver el parlamento (integrado el año pasado en comicios fraudulentos), levantar el estado de emergencia, reformar la constitución y organizar elecciones libres. Y todo esto lo tienen que llevar a cabo civiles, no generales. Pero mañana veremos, ¡ahora déjame celebrar!”

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