Egipto: Sospechosos: A callar la prensa


Témoris Grecko / El Cairo

(Publicado en PROCESO, 13/2/2011)

Entre la así llamada República de Tahrir y el resto de Egipto hay una frontera con una doble o triple línea de control en cada calle de acceso: son dos filtros en los que los voluntarios piden identificaciones y vigilan que no entren armas. Cuando aparece un extranjero, llaman a un encargado que lo interroga: “¿Has estado alguna vez en Israel, Jordania, Líbano o Irán? ¿Eres periodista?” La respuesta afirmativa, un sello de esos países en el pasaporte o el hallazgo de una acreditación de prensa, provoca que la persona sea entregada a los militares, que siempre tienen al menos un tanque en esas posiciones.

Uno se ha convertido en sospechoso. A los reporteros les hacen la vida difícil, los interrogan y a veces les retienen equipo (cámaras, micrófonos, grabadoras, laptops). Desde el 8 de febrero, les piden un pase especial que deben gestionar ante el Ministerio del Interior, después de haber obtenido una carta de su embajada. Y quienes han pasado por cualquier causa por las naciones referidas, tienen que convencer a uno o dos soldados de que no tienen relaciones allá y sólo hicieron visitas turísticas.

Dentro de la plaza, el foráneo es constantemente fotografiado o videograbado con teléfonos móviles de decenas de personas, de quienes no se sabe si son simpatizantes del movimiento o espías del régimen. Y algunos de ellos se acercan, a veces con amabilidad egipcia y otras veces de manera agresiva, a preguntar nacionalidad y motivos de la presencia allí. “Esto es un movimiento egipcio y los de fuera tienen que mantenerse al margen, ¡Egipto para los egipcios!”, ha sido un argumento repetido. Otros, después de verificar que uno no es ciudadano de un país sospechoso, tratan de explicar más cortésmente su actitud: “Hemos visto en la televisión que extranjeros están tratando de apoderarse de la revolución”.

Las pantallas oficialistas dicen más que eso: afirman por ejemplo que a cada manifestante le pagan 200 euros y le regalan una caja de pollo KFC a cambio de su participación. La gente se burla de eso en la plaza: hay quien reparte fragmentos de papel periódico y pan de pita gritando “aquí están tus euros y tu pollo Kentucky”. Ante la acusación de que los alzados obedecen una “agenda extranjera”, un hombre caminaba con un cartel que decía “Aquí está mi agenda extranjera”, y mostraba un cuaderno rojo en el que se leía “Year 2011”.

“Si les da risa que la tele diga que nos pagan por estar aquí, ¿por qué le creen cuando afirma sin pruebas que los extranjeros nos manipulan?”, rebatía una joven con jiyab verde a algunos acosadores.

Los reporteros internacionales comentan, sin embargo, que midan Tahrir es “el lugar más seguro en El Cairo para ser un periodista”. La mayor parte de los manifestantes son amigables. Muchos se acercan a agradecer que su lucha sea llevada al mundo, y tratan de confortar con palabras protectoras: “Aquí están bien, siéntanse tranquilos”.

Porque afuera, en “Egipto”, es otra cosa. Los grupos de malechores, policías de civil y algunos simpatizantes genuinos que forman los grupos “pro-Mubárak” están a la caza de periodistas y extranjeros. A Mixalis Aidan, un turista chipriota que llegó el 2 de febrero, lo interceptaron en el taxi cuando viajaba del aeropuerto a la ciudad, lo sacaron y lo entregaron a unos soldados que lo retuvieron dentro de un tanque por siete horas.

“Me detuvieron cuando no estaba trabajando y no tenía ni una cámara”, dice Marion Touboul, una periodista francesa de 25 años. “Un tipo con aspecto siniestro pidió ver mi pasaporte y respondió mi teléfono cuando sonó. Era mi novio y le dijo que estaba herida, que viniera por mí rápido. A él también lo arrestó y a ambos nos vendaron los ojos”. Era el 3 de febrero. Después la buscó su compañero, Wissam Charaf, a quien le contaron el  mismo cuento para atraerlo, pero él ya había detectado la trampa. La retención duró ocho horas.

Hasta el día 7, el Committee to Protect Journalists (CPJ) había documentado 140 casos de ataques directos contra periodistas locales e internacionales, e investigaba varios más. Entre ellos hay heridas de bala y de puñal, golpizas y persecuciones, el acoso a una treintena de reporteros por una multitud dentro de un hotel, detenciones, secuestros, robo de equipo, incautación de tarjetas de memoria y cintas de video, amenazas de muerte y el asesinato del camarógrafo egipcio Ahmad Mohamed Mahmou, quien falleció el día 4 tras a consecuencia del disparo que recibió de un francotirador, una semana antes.

“Es pasmoso que el gobierno continúe enviando golpeadores y policías de civil a atacar periodistas y saquear oficinas de medios”, dice Mohamed Abdel Dayam, coordinador para Medio Oriente del CPJ. Además, “responsabilizamos al ejército por los esfuerzos sistemáticos para restringir el trabajo de los periodistas y por el maltrato de quienes toma bajo su custodia”.

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