Egipto: La “república de Tahrir”


Témoris Grecko / El Cairo

(Publicado en PROCESO 13/02/2011)

El nerviosismo de Salma Khan, una médica oncóloga de 52 años, se estaba convirtiendo en euforia en la midan Tahrir (plaza de la Liberación), a media tarde del 8 de febrero. En los días previos, activistas de la nueva revolución egipcia y opinadores de los medios internacionales estaban llegando a la misma interrogante: ¿Podría el movimiento sobrevivir al cansancio de 15 días de protestas sin descanso? ¿Empezaría a perder el apoyo de una población ya pobre, que además se veía duramente afectada por la suspensión de la actividades económicas –cierre de negocios, pérdida de empleos, falta de acceso a cuentas bancarias y al cobro de nóminas, desabasto de productos básicos y retirada masiva del turismo extranjero?

Los números nunca coinciden: “decenas”, o a veces “miles”, cifra la televisión oficialista; “cientos de miles” y acaso, “un millón”, proponen medios occidentales y árabes; “tres millones”, es una cantidad que gusta a los opositores. En todo caso, hay acuerdo en que el evento de ese día en lo que algunos llaman la “República de Tahrir”, a pesar de las amenazas de golpe de Estado proferidas por el vicepresidente Omar Suleimán, fue la concentración de protesta más grande de esta revolución y de la historia del país.

Y la más diversa: muchas personas que se habían mantenido al margen acudían por primera vez. Había estudiantes y trabajadores aguerridos; estentóreos pelotones de mujeres con jiyab, chador o niqab, y también con el cabello suelto; contigentes de niños y niñas a los que pequeños de diez años dirigían encendidos discursos; grupos académicos de las madrasas (seminarios islámicos) con sus gorros rojos, de sacerdotes cristianos con crucifijos, de profesores universitarios vestidos con togas, y de miembros de la barra de abogados tocados con bandas verdes. Además de familias tipo occidental (mamá, papá, dos hijos) y tradicional (extensos conjuntos que reúnen al menos a tres generaciones).

“Tenemos vida, ¡tenemos mucha vida!”, se entusiasmaba Salma Khan. Y señaló a un hombre que exhibía un cartel, donde se leía en árabe y en inglés: “No nos vamos si Mubárak no se va”. “¡Aquí nos quedamos!”, proclamó Khan al grupo de gente que escuchaba nuestra conversación. “¡Aquí nos quedamos!”, su grito se convirtió en eslogan. Ella llevaba ya dos semanas durmiendo a la intermperie en la plaza.

AUTOGESTIÓN DEL CAOS

La República de Tahrir (que también podemos traducir como república de la liberación), como llaman los entusiastas al inmenso plantón permanente en la plaza que es el corazón de El Cairo y de Egipto, es un caos semi-anárquico que funciona sorprendentemente bien.

No se puede comparar, por ejemplo, con el campamento de protesta que montaron los simpatizantes de Andrés Manuel López Obrador sobre la avenida Reforma de la Ciudad de México, en 2006, pues aquel se trató de un evento con un convocante muy claro que era a la vez su autoridad indiscutible, la operación corría a cargo de grupos organizados y contaba con apoyos financieros e institucionales.

En Tahrir, en cambio, gobierna la autogestión, sin dirigentes ni asambleas. El que llega y quiere cooperar, busca una bolsa y se pone a recoger basura (esta plaza es uno de los lugares más limpios de El Cairo); se presenta con los voluntarios que en ese momento están a cargo de la seguridad para hacerse un lugar entre ellos; examina las tiendas y estructuras de los campamentos o de alguno de los dos escenarios, y se pone de acuerdo con otros para arreglar lo que haga falta, o construir, o desplazar; ofrece recitales de música, clases de caricatura política o satíricos espectáculos de títeres. La gente de las clases media y alta trae comida y bebidas que reparte entre quienes tienen suerte de estar cerca (muchas personas pobres de fuera de El Cairo que duermen en la plaza carecen de recursos), otros menos afluentes ofrecen dátiles secos, dulces o té. Un periodista creó un diario en tinta azul llamado “Tahrir”.

Cada quien elabora sus propios carteles y mantas a mano, con ideas personales, no hay consignas ni repartición de leyendas ideadas por los secretarios de propaganda. Y corre a cargo de todos, igualmente, la defensa de ese territorio “soberano”: lo mismo frente a las pandillas pro-gubernamentales que fracasaron en su intento de conquistarlo con palos, piedras y balas entre el 1 y el 3 de febrero, que cuando el ejército apostado en la “frontera” trata de mover sus tanques y vehículos blindados para empujar las líneas opositoras, como intentó el día 7.

El aspecto más impresionante, sin embargo, es la atención médica: detrás del escenario principal, en el pasillo comercial de la base de un edificio, han improvisado una clínica con farmacia, atendida por doctores voluntarios como Salma Khan, para tratar los casos graves urgentes antes de canalizarlos a los hospitales. Además, hay cuatro puntos de primeros auxilios en los alrededores de la plaza.

No hay intervención organizativa de las organizaciones políticas tradicionales (desde el histórico partido liberal Wafd hasta los Hermanos Musulmanes), que han tratado de mantener un perfil bajo porque es claro que la mayoría de participantes de este movimiento, que fue originalmente convocado por pequeños grupos de jóvenes activistas a través de Facebook, es gente sin afiliación y celosa de su independencia.

Ocurre lo contrario a nivel de las conversaciones con el gobierno, de las que está a cargo el recientemente nombrado vicepresidente, Omar Suleimán. Es una operación delicada porque resultaría difícil para los partidos asumir compromisos, en vista de que su representatividad es relativa.

“Está bien que vayan, alguien tiene que hablar por nosotros”, dice Fatima Hosny, una joven estudiante del movimiento. A cambio del compromiso de introducir reformas democráticas en la Constitución y celebrar elecciones libres, ¿aceptaría ella que los políticos llegaran a un acuerdo que permitiera que el presidente Hosni Mubárak mantuviera su puesto, con poderes simbólicos, hasta septiembre, como es la postura oficial? “¡Sería una traición!”, reclama como quien atestigua un sacrilegio, “Mubárak ha matado casi a mil personas en estos quince días, ¿cómo podríamos deshonrar a los shuhada (mártires) permitiendo que Mubárak se quede?”

AMENAZA DE GOLPE DE ESTADO

El domingo 6, la revolución recordó a sus muertos. Fotos de algunos de los caídos aparecieron en grandes mantas y en periódicos. Jóvenes que ya no están, algunos de ellos captados en imágenes muy entrañables. Otros son cadáveres con huellas de la saña con la que los asesinaron. Al mediodía del miércoles 9, Human Rights Watch, siguiendo una metodología estricta de visitas a hospitales y morgues, y de entrevistas con médicos y ambulantes, había documentado 302 víctimas mortales. Algunos creen que son muchos más. Todos ellos, razones para no transigir.

“Hitler asesinó a los judíos. Mubárak, tú a tu propio pueblo. Hitler se suicidó. ¿Por qué no haces lo mismo?”, rezan varios carteles.

Muchos se contentarían con que se fuera ya. El régimen ha operado el conflicto de una forma en que podría sobrevivir sin Mubárak: el ejército, su principal componente y sostén, ha practicado un juego de ambigüedades que todavía permite que los soldados reciban ovaciones de los manifestantes. Algunos piden que se vayan tanto el presidente como el vicepresidente, pero una mayoría de opiniones en Tahrir sugiere que el alejamiento de Mubárak y la apertura de una transición democrática creíble, operada por Suleimán, serían suficientes para retirarse a casa, por ahora.

“El problema es que esto se ha convertido en una cuestión de honor y machismo para Mubárak”, explica Ahmed Seif, un profesor de ciencia política y activista comprometido desde el primer día de la revolución. “Mubárak verdaderamente cree que es el padre de todos los egipcios y que 30 años de servicio como presidente le tienen que ser retribuidos con honores. No quiere para sí el destino humillante de (Zine el Abidine) Ben Ali (el expresidente tunecino derrocado el 14 de enero después de 32 años de gobernar), que escapó en un avión que ningún país quería recibir”.

A las 10.45 de la noche del jueves 10 de febrero, después de intensos rumores de que renunciaría, Mubárak dio un discurso televisado en el que insistió en seguir en el poder hasta concluir su actual periodo, en septiembre: “He delineado una visión para salir de la crisis y realizar las demandas de los jóvenes y los ciudadanos sin vulnerar la Constitución”.

En la plaza Tahrir, donde cientos de miles lo escuchaban por altoparlantes, se multiplicaron los sonidos de desagrado. La voz del presidente, la de un padre que cuenta un cuento a sus hijos, ha seducido a su pueblo por décadas: “He vivido durante la ocupación y durante la liberación del Sinaí. No me separarán de esta tierra hasta que me entierren en ella”.

Ahora, sin embargo, la gente ha ganado confianza en sus capacidades. Y rechazó el encanto, sobre todo cuando Mubárak hizo ver que 17 días de protestas y 300 muertos no le han hecho comprender el mensaje: el conflicto, dijo, “no es contra mi personalidad, contra Hosni Mubárak”. “Fuera Mubárak”, respondieron miles de voces de personas que no parecían desilusionadas, sino listas para seguir adelante.

“Mubárak ha torturado y asesinado a los hijos de Egipto por 30 años, ha incumplido compromisos cuando ha querido, ¿y espera que creamos en su buena voluntad ahora que lo tenemos contra la pared?”, cuestionó Saif en la plaza Tahrir. “¡Que se vaya!”

El vicepresidente Suleimán ha fracasado en sus intentos de ganarse a los partidos de oposición. Los sentó a la mesa el domingo 6 y les ofreció reformas y garantías. Además, amenazó con que, si las protestas continúan, “alguien” podría dar un golpe de Estado, en el que “los oscuros murciélagos de la noche emergerían para aterrorizar a la gente” y se darían “pasos apresurados y mal calculados, incluyendo un montón de irracionalidades”.

Esto significaría que el ejército abandonara su supuesta neutralidad (una investigación del diario The Guardian lo acusó el día 9 de haber “detenido secretamente a cientos y posiblemente miles” de opositores, además de practicar torturas y desapariciones) y atacara a los manifestantes.

Los políticos saben que la línea roja está bien pintada, sin embargo: no se puede aceptar la permanencia de Mubárak. Cada cual por su lado, los principales actores se retiraron de las conversaciones: Hermanos Musulmanes, el Premio Nobel de la Paz Mohamed ElBaradei y los demás partidos.

La esperanza gubernamental de que el cansancio y la asfixia económica agotaran a los opositores pareció desinflarse con la inmensa concentración del martes 8. Todavía más el 9, cuando se difundieron nuevas noticias: mitin gigante en Alejandría, protestas en otras 24 ciudades, huelgas de trabajadores (en 6,000 centros de trabajo, según cálculos de la oposición, e incluyendo a los operadores del Canal de Suez, lo que pone en peligro la operación de este punto estratégico) y descontento entre periodistas afines al régimen. Muy importante es que, cuando algunos temían que los manifestantes se estaban conformando con sentarse en su República de Tahrir y perdían la iniciativa política, desde el día 7 se lanzaron a asediar el parlamento y ministerios como el de Aviación Civil.

El 7 de febrero, la presión internacional forzó al gobierno a “reaparecer” al bloguero Wael Ghonim, el activista que creó el grupo de Facebook “Todos Somos Jaled Zaid”, de donde partió la convocatoria original del movimiento, y que había sido detenido clandestinamente 12 días antes, el 27 de enero. Ghonim puede convertirse en la gran personalidad de la revolución, a juzgar por el entusiasta recibimiento que tuvo en Tahrir, el día 8, y porque esa misma tarde, a 24 horas de que la abrieron, otra página de Facebook, que pide convertirlo en portavoz del movimiento, había recibido la adhesión de 148,700 personas. A las 6.46 de la mañana del día 9, Ghonim ya estaba muy activo en Twitter. Su mensaje resumió la determinación general: “Éste no es el momento para ‘negociar’, es el momento para ‘aceptar’ e ‘implementar’ las demandas de los egipcios”.

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