La rebelión árabe: un final en veremos


Por Témoris Grecko / El Cairo

(Publicado en PROCESO, 6/2/2011)

Las revoluciones en marcha en Egipto y otros países árabes han exhibido el doble discurso de destacados líderes políticos y de opinión occidentales. Hace año y medio, en junio de 2009, en Irán, tomar posición era un gesto fácil que muchos hicieron a gritos: apoyar las comprensibles demandas de libertad de los ciudadanos frente a un régimen ilegítimo y represivo. Pero aunque los gobiernos de Egipto, Túnez, Jordania, Yemen y Marruecos, que ahora enfrentan comprensibles demandan de libertad de sus ciudadanos, son igualmente ilegítimos y represivos, la actitud de muchos de estos líderes es sumamente ambigua, mezclando una cierta simpatía por los movimientos populares con llamados a que se encuentren soluciones intermedias que permitan la supervivencia temporal de esos regímenes. Es decir, sonríen a la gente mientras proponen que se frustren sus demandas.

La diferencia entre el caso iraní de 2009 y el actual es que Teherán es un enemigo de Occidente, mientras que todos los países árabes mencionados han sido sus aliados por años, a pesar de sus componentes antidemocráticos y autoritarios. Y todo esto ocurre en la coyuntura de la llamada “guerra contra el terror”, por la que se entiende un combate contra los movimientos del renacimiento islámico en general, armados y pacíficos, extremistas y no tanto.

Al tiempo en que sus reporteros informan desde las filas de manifestantes en El Cairo, los conductores de importantes cadenas estadounidenses como Fox News y CNN alertan del peligro de que organizaciones islámicas –sobre todo Hermandad Musulmana en Egipto– “secuestren” la causa popular y logren crear un régimen religioso en este país, el más importante del mundo árabe. Fox News presenta gráficas en las que la Hermandad aparece ligada a Al Qaeda, lo cual es mentira, pues en realidad estas organizaciones están enfrentadas. Y sus comentaristas no plantean apoyar a la oposición con la que dicen simpatizar, sino que, para conjurar la amenaza, el presidente Hosni Mubarak debe permanecer en el cargo, ya que, como explicó una de sus estrellas, Bill O’Reilly, “él está contra los islamistas, no le causa problemas a Israel, agarra a algunos cautivos de Al Qaeda y les mete la cabeza al agua, o lo que haga con ellos, y por lo general coopera con Estados Unidos en iniciativas globales”.

En Gran Bretaña, el exprimer ministro Tony Blair, hoy enviado de paz a Medio Oriente, advirtió en una entrevista con SkyNews, el 31 de enero, que Egipto podría involucionar a “una forma muy reaccionaria de autocracia religiosa”. En paralelo, una ola de comentarios provenientes de los servicios de inteligencia se han filtrado a diarios de izquierda y derecha, con afirmaciones tan alarmistas como la de este titular de The Guardian (31 de enero): “Egipto podría convertirse en una amenaza mayor que Pakistán, dicen analistas”. Pakistán es la sede de grupos mucho más extremistas que las organizaciones egipcias, tanto en su ortodoxia religiosa como en su práctica político-militar. Bastante se ha discutido del peligro de que el arsenal nuclear pakistaní caiga en manos radicales, algo que no podría ocurrir en el caso de Egipto porque no lo tiene.

Incluso en Italia, un respetado pensador de izquierdas, Giovanni Sartori, publicó el 31 de enero su artículo “Ilusiones y desilusiones” en Corriere della Sera en el que igualmente advierte de la posibilidad de que los islamistas se apoderen de Egipto y planteó que Estados Unidos apoye a Mubarak: “Vivimos en un mundo muy peligroso. Deberíamos lidiar con él no como misioneros, sino eligiendo el mal menor”.

LA CONTINUIDAD

Eso sería, lo más probable, que Suleimán reemplazara al presidente. Cuando Mubarak disolvió su gabinete y nombró uno nuevo, el 29 de enero, con Suleimán en la Vicepresidencia, los interesados en la permanencia del régimen interpretaron el cambio como un gesto de acercamiento hacia los manifestantes.

Era una maniobra, en realidad, de reacomodo dentro de las fuerzas del sistema para ampliar la base de poder de Mubarak: por años buscó la forma de heredarle el cargo a su hijo Gamal, pero el reto popular lo obligó a renunciar a ese proyecto y fortalecer a sus aliados, colocando a Suleimán como primero en la línea de sucesión.

No se trata de ningún reformador: como poderoso jefe de los servicios de espionaje, Suleimán ha estado cerca de Mubarak por veinte años, sostiene su misma retórica anti-islamista, pro-Estados Unidos y pro-Israel, y se ha encargado de buena parte del trabajo sucio, desde arreglar con la CIA los traslados ilegales y la tortura de prisioneros, hasta reprimir sádicamente a la oposición interior, musulmana y laica.

En el ejército, las fuerzas de seguridad y el oficialista Partido Nacional Democrático, el nuevo vicepresidente tiene aliados necesarios para la supervivencia del régimen. Además, controla información confidencial sobre muchos en las cúpulas del poder económico y político.

LOS LAICOS

Suleimán puede ser la única persona, además, que sabe al detalle quién es quién entre los opositores al sistema, tras dos décadas de estarles apretando el cuello. Por un lado, se encuentra Hermandad Musulmana, que hasta antes de las protestas aparecía como el único grupo capaz de presentar una competencia electoral significativa: aunque en los comicios del año pasado fueron borrados, como casi todo el mundo, por un fraude masivo, en los anteriores de 2005 sus candidatos (que tuvieron que presentarse como independientes) lograron el reconocimiento de victorias que le permitieron ocupqr el 20% de los asientos en el parlamento.

En el otro campo, aparece una miríada de grupos pequeños y aún menores, que van desde la extrema izquierda hasta los monarquistas. Los más importantes son el progresista Al Ghad, cuyo líder, Ayman Nur, obtuvo el 12% de los votos en las presidenciales de 2005, y el histórico liberal Wafd, que se hace escuchar porque posee un periódico pero tiene poca representatividad.

En todo caso, tantos años de represión al detalle han descabezado una y otra vez los liderazgos emergentes, e impidieron que en la oposición en general, y en la secular en particular, apareciera una personalidad reconocida en torno a la cual se pudiera unificar. Sólo fuera de Egipto se pudo desarrollar una figura de talla, Mojamed ElBaradei, un hombre de 68 años que ha vivido entre Europa y Estados Unidos desde 1964, que cuenta con un Premio Nobel de la Paz y que ganó reconocimiento durante su larga gestión (12 años) al frente del Organismo Internacional de la Energía Atómica.

Después de que el año pasado se ofreció a los egipcios como candidato presidencial para enfrentar a Mubarak, ElBaradei sólo regresó al país el 27 de enero, para proponerse como figura representativa del movimiento. Al menos por el momento, el gesto fue bien recibido por los partidos y Hermandad, quienes formaron un “parlamento alternativo” y lo pusieron al frente de un comité para negociar la transición política con el ejército.

Su larga residencia en Occidente y su perfil secular no convencen a Estados Unidos, sin embargo. En Washington lo ven con rencor porque ElBaradei frustró los reiterados esfuerzos que hizo el gobierno del presidente anterior, George W. Bush, para convertir al OEIA en un títere de su política exterior: en Irak, cuando se preparaba la invasión, el Organismo declaró que no había pistas de que Sadam Husein tuviera armas de destrucción masiva, como aseguraban Bush y sus socios, el británico Tony Blair y el español José María Aznar; más recientemente, ha criticado la opacidad del programa nuclear de Irán y ha señalado sus peligros, pero se ha rehusado a dar por hecho sin pruebas suficientes que tiene un carácter bélico, como sostiene Washington.

En Estados Unidos, preferirían a alguien mucho más dispuesto a colaborar en la protección de sus intereses estratégicos, y en eso no hay nadie mejor que Mubarak y Suleimán. Y en Occidente en general, se teme que ElBaradei, más conocido fuera de Egipto que entre la mayor parte de su poco informada población, termine siendo rebasado por Hermandad Musulmana. Un pase del país del bando pro-occidental al islamista provocaría un profundo cambio de los equilibrios de poder en la región, que afectaría gravemente a Israel (cuyo primer ministro, Binyamin Netanyahu, manifestó el 31 de enero su apoyo a Mubarak porque “estamos agradecidos con él”) y al juego político estadounidense en Medio Oriente.

LOS ISLAMISTAS

George Friedman, director de la agencia privada de inteligencia Strategic Forecast, elaboró cuatro escenarios de salida posibles en su reporte especial “La crisis de Egipto en un contexto global”, del 30 de enero: la sobrevivencia del régimen, bien con Mubarak o con otra figura del sistema, como Suleimán, o un líder militar en caso de que el ejército dé un golpe de Estado; que los manifestantes fuercen la celebración de elecciones en las que venza ElBaradei o alguien parecido, que lleve al país hacia la democracia; o bien, que las gane Hermandad Musulmana y se imponga una agenda islamista; el último “es que Egipto se hunda en el caos político”, tal vez a resultas de unos comicios en los que nadie convicente obtenga la victoria.

Friedman hace notar que Hermandad Musulmana es hoy una agrupación menos fuerte que en el pasado, dividida en varias tendencias. “Pero no es claro que esté más débil que los manifestantes democráticos”, advierte. Sin embargo, este analista asume que, en caso de ganar las elecciones, la Hermandad llevaría al país hacia el extremismo religioso, a pesar de que esto tampoco es evidente.

Al incorporarse a las manifestaciones, sus líderes no van con enormes barbas y turbantes, como los radicales, sino con saco y corbata. En declaraciones a la prensa, el lunes 31, se enfocaron en tranquilizar: “Tratamos de construir una arena democrática antes de empezar a jugar en ella”, dijo Essam El Arian. Su compañero Waleed Shalebi, coordinador de medios de la organización, añadió: “No estamos para gobernar, no tenemos ambiciones en esta área”.

Más allá de que se crea o no lo que afirman fuera del poder, el historial del grupo desde su refundación en los años 70 es de moderación política, más en la línea del Partido de la Justicia y el Desarrollo, que gobierna en Turquía y trata de hacerla ingresar en la Unión Europea, que en el de los ayatolás de Irán.

Mubarak ha asustado siempre con el fantasma del islamismo para hacerse indispensable ante Occidente, exagerando el potencial de la Hermandad. Algunos observadores han notado que las autoridades excluyeron siempre a sus rivales laicos de la competencia electoral, pero sí permitieron que se presentaran (y ganaran) los islamistas, lo que hizo sentir que su fuerza era la mayor de la oposición.

En todo caso, el enorme movimiento de protesta tomó por sorpresa a todas las fuerzas políticas tradicionales, dentro y fuera del sistema. Mubarak reaccionó con torpeza, ElBaradei tardó en viajar a Egipto y Hermandad Musulmana asumió al principio una postura escéptica, antes de anunciar que se sumaba a las marchas “como uno más”. Las demandas de los manifestantes son de tipo económico (empleos, vivienda) y político (fin del régimen), y tanto en Egipto como en los otros países en turbulencia han estado ausentes las consignas religiosas.

Los dirigentes de todos los bandos saben que la situación es difícil de manejar porque no hay líderes claros con quienes negociar: ElBaradei habla en nombre de la oposición organizada, pero ésta no representa a los ciudadanos y sólo puede aspirar a proponer vías de solución que ellos quieran eventualmente aceptar.

El movimiento inició por la inspiración de la revolución en Túnez y la auto-inmolación de un joven desempleado, Jalel Said. Dos grupos de veinteañeros, el Movimiento Juvenil 6 de Abril y Todos Somos Jalel Said, lanzaron una convocatoria a protestar a través de redes sociales de internet y panfletos en papel. Eso no significa que tengan algún control sobre los manifestantes, más allá de proponer acciones, pero sigue siendo dominante el espíritu de su llamado original, laico, ciudadano y alejado de los políticos de siempre.

“Éste es un movimiento de la juventud”, dijo a PROCESO Hamdi al Jalil, un miembro de Todos Somos Jalel Said contactado vía telefónica en El Cairo. “Estamos renovándolo todo, no sólo el sistema. Los grupos políticos tienen que sumarse o quedarse atrás”.

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