Nazanín Amirián: una iraní irreductible


Columna Fronteras Abiertas, de Témoris Grecko

Publicada en National Geographic Traveler Latinoamérica, diciembre de 2010.

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Nazanín Amirián era todavía una niña cuando vio una masacre por primera vez en su vida. Ocurrió justo debajo de su casa, en una plaza de la ciudad de Firuzabad, a 60 kilómetros de la histórica Persépolis, en el centro de Irán. La gente había acudido a manifestarse contra la dictadura del Sha y el ejército disparó contra ella. Eran las siete de la mañana y la pequeña Nazanín estaba saliendo rumbo a la escuela: “Encontré zapatos y cadáveres, y había voces que se quejaban debajo de los cadáveres”.

 

Se comprometió en la causa por ganar libertades democráticas. A los 16 años se afilió a organizaciones de izquierda, para las que trabajaba en el bachillerato escribiendo consignas en las paredes, repartiendo folletos y contrabandeando libros prohibidos, hasta que las autoridades escolares la descubrieron y expulsaron. A principios de 1978, cuando las marchas de protesta se hicieron más frecuentes y violentas, su padre la envió a España. “Te van a meter a la cárcel y ahí te van a violar”, advertía.

 

Ella es uno de los personajes más apasionantes que he conocido en mis viajes. Fue en Barcelona, en junio de 2010, cuando Nazanín accedió amablemente a presentar mi libro “La Ola Verde. Crónica de la Revolución Espontánea en Irán”, sobre la crisis política post-electoral de 2009. Por coincidencia, el personaje principal de mi reportaje, una joven de 25 años, también se llama Nazanín, y la de ahora se identificó muchísimo con ella: “Me acordé de mí misma en la revolución de 1979”.

 

En buena medida, esta Nazanín parece seguir siendo la muchacha de aquellos tiempos: bajita y guapa, es entusiasta, espontánea, graciosa, sencilla. E idealista. La diferencia es que, tres décadas después, ostenta un doctorado en filosofía y es autora de 17 libros de muchos temas: literatura persa, la mujer iraní, el Medio Oriente actual, etcétera. Me regaló la hermosa edición que hizo del “Rubaiyat” de Omar Kheyyam, que ella tradujo y al que le añadió un estudio académico.

 

Con fortuna, la Nazanín de mi libro, que ahora vive en Teherán, tendrá mejor suerte política que la de Barcelona. Esta última, después de ocho meses en España, regresó a Irán y contribuyó a darle el último empujón a la dictadura del sha. Pero eran tiempos de guerra fría y las potencias occidentales temían que Irán cayera en la órbita soviética. “Washington, Londres y París decidieron apoyar al ayatolá Jomeiní”, recuerda. “Las radioemisoras occidentales eran la fuente de noticias de la oposición, y ahí reproducían los discursos de Jomeiní y lo llamaban líder de la revolución”.

 

En las primeras manifestaciones contra el sha, dirigidas por partidos laicos, las mujeres no llevaban velo. Cuando los islamistas del ayatolá empezaron a tomar el control del movimiento, en octubre de 1978, “llegaban a las marchas con miles de chadores (un vestido negro holgado que cae de la cabeza a los pies y sólo deja ver el rostro) y golpeaban con cadenas a quienes no quisieran usarlo, incluso echaban ácido a la cara de algunas porque decían que eran ‘corruptas en la tierra’”.

 

Tras la caída del sha, Jomeiní y sus secuaces se apoderaron del nuevo régimen, con la connivencia del Partido Comunista, que les había brindado su apoyo al presentarse una nueva amenaza: desde Irak, Sadam Husein lanzó una invasión. Mientras tanto, las mujeres, que habían jugado un papel fundamental en la revolución contra el sha, “descubrimos que no sólo no habíamos ganado libertades políticas: ahora nos habían quitado las libertades individuales”, dice Nazanín. Ya no se podían vestir como se les antojara. Una nueva ley las obligaba a cubrirse el cabello con un velo, so pena de recibir una multa de 800 euros (en un país con salario medio de 250 euros al mes), de cárcel por reincidencia, e incluso de pena de muerte.

 

En 1983, un agente del servicio secreto británico declaró que los comunistas conspiraban para tomar el poder con apoyo soviético. Ese mismo día, el régimen detuvo y ejecutó a miles de miembros del Partido Comunista, incluidos amigos de Nazanín, quien también militaba en él. “Quise pasar a la clandestinidad, pero no había dónde esconderse”. La única vía de escape era entrar clandestinamente en Pakistán, “pero los traficantes de personas a veces asaltaban, violaban y mataban a quienes debían sacar de Irán, o los entregaban a las autoridades”. La joven de 23 años pensó que “era mejor morir en la frontera que ser torturada en la cárcel”.

 

Consiguió salir y volar al aeropuerto barcelonés de El Prat, donde el jefe de migración la acusó a ella y a sus compañeros de ser terroristas y quiso enviarlos de regreso a Irán. Montaron una huelga de hambre, consiguieron la atención de la opinión pública, del parlamento catalán y del presidente Felipe González, y fueron admitidos.

 

Nazanín se las arregló para trabajar lavando platos, estudiar ciencias políticas hasta alcanzar el doctorado, y además realizar actividades con respecto a su país, como organizar manifestaciones y publicar el boletín semanal “Irán Actual”. Hoy es profesora en dos universidades y da cursos en varias más

 

Sin embargo, la otra Nazanín, la que describo en mi libro, y millones de mujeres iraníes siguen atrapadas allá, sujetas a la opresión de la dictadura religiosa. “No logran someterlas”, acota la Nazanín de Barcelona. Recuerda entonces que, en la historia del pueblo persa, la participación femenina en la vida pública ha sido intensa. La Organización Democrática Internacional de la Mujer, primera agrupación feminista de ese alcance, fue fundada en 1918 por personas de Estados Unidos, Francia, Dinamarca e Irán. Hoy en día, pese al desagrado que tiene el régimen por la cultura laica, han sido las mujeres iraníes quienes han logrado establecer academias de música, galerías de arte y compañías editoriales.

 

Y son ellas quienes nutren las filas de los movimientos de oposición, quienes se ponen al frente cuando hay que enfrentar a la policía y los milicianos fanáticos. Yo mismo las vi.

 

“Esa es la cultura de la mujer iraní”, reflexiona Nazanín. “Desde hace miles de años. No es de sometimiento. Es de lucha”.

 

 

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