Un visado auténticamente porcino


Publicado en National Geographic Traveler Latinoamérica (Noviembre 2010)

Hay que tener cuidado con los requisitos migratorios. Pueden cambiar hasta por el cuento de la marrana.

 

Témoris Grecko

 

Estaba en Uzbekistán, en los desiertos de Asia Central, y quería ir a Irán por tierra. Para eso tenía dos opciones: una era imposible porque debía cruzar Turkmenistán, y esta nación había cerrado sus fronteras a causa de la paranoia de la fiebre porcina o N1H1; la otra era a través de Afganistán, pero la cónsul de este país me tenía esperando por el visado en Tashkent, la capital uzbeka. Cada mañana, ella me decía que no había llegado el visto bueno de sus jefes. Hasta que un día, un afgano que hablaba inglés me dijo que no me lo darían nunca a causa de mi nacionalidad. ¿Por qué no querrían dejar entrar a un mexicano?, me pregunté. ¿Sospecharían que quería venderle marihuana al mayor exportador mundial de opio y heroína? ¿Que convertiría al cristianismo a los talibán? ¿Qué conmigo vendrían la subversión y el caos?

 

“Es por la marrana”, despejó mis dudas. “Por la cerda del zoológico de Kabul”.

 

El tema de los visados es uno de los más delicados para el viajero. No es raro que los menos experimentados lo descuiden, que se enteren en el aeropuerto que no los van a dejar abordar porque no lo tienen. Que los bajen de un tren y los suban en otro de regreso porque se les olvidó que la ruta atravesaba la colita de un paisito que exige visado.

 

Siempre hay que tener cuidado con él, y estar muy actualizado al respecto, porque no es raro que los requisitos cambien en cualquier momento, o que haya otros no oficiales, pero igualmente importantes, como traer documentos que comprueben que tenemos un vuelo reservado para otro país, reservas de hotel, tarjetas bancarias o cierta cantidad de efectivo.

 

Hay lugares que son muy abiertos y otorgan visados con generosidad. Como Hong Kong. Israel, en principio, no lo pide a latinoamericanos, pero con frecuencia, tanto para entrar como –lo que es más extraño y pesado– para salir, lo someten a uno a largas esperas, revisiones exhaustivas y odiosos interrogatorios. La última vez que volé desde el aeropuerto Ben Gurion, me encontraron dos khefiyas (pañuelos de cuadrícula con los que los árabes se cubren la cabeza) y casi me dejan en tierra. “¡Sabes lo que significa esto!”, gritaba el tipo, mostrando la evidencia de mi actividad terrorista. “Pues que en el desierto pega duro el sol”, respondí.

 

Otros son muy cerrados, pero de alguna forma conscientes de sus limitaciones. Por ejemplo, es el caso de Siria, que concede visados al entrar a los ciudadanos de los países donde no tiene embajada. Esto contrasta con, digamos, Nigeria, a la que le da igual si uno tiene un consulado a media cuadra o a un continente de distancia: hay que pedirlo de antemano y presentar papeles irrelevantes. Y no se piense que esto ocurre sólo en un país africano: los mexicanos descubrimos en 2009 que nuestros socios canadienses son capaces de ser más burocráticos y pesados en sus procedimientos, y absurdos en sus requerimientos, que cualquier otra nación con la que tengamos estrecha amistad.

 

No es raro que haya sistemas caprichosos. Turquía, digamos, impone a ciertas nacionalidades latinoamericanas que soliciten visa con anticipación, en su lugar de residencia. Eso me dijeron con toda convicción en sus consulados en Madrid y El Cairo: “Te lo daremos con gusto”, era la respuesta estándar. “Pero pídelo en la ciudad donde vives”. En cambio, los funcionarios turcos en Tbilisi (Georgia) y Tel Aviv (Israel) no sólo fueron amables, también eficaces: sonrientes, recibieron mi pasaporte y mi dinero, y me pidieron regresar tres días después por el documento. Teşekkur!

 

Esto es importante: es común que los consulados de una misma nación tengan distintas reglas y que lo que era imposible en uno, se valga en otro. Cambian desde el trato hasta los precios. En mi experiencia, obtener un visado en un país vecino o cercano al que queremos ir es más sencillo que en uno lejano.

 

Hay gobiernos que exigen una carta de invitación, hecha por un ciudadano o una compañía local, y registrada ante el Ministerio de Exteriores. En principio esto es una lata. Pero lo es mucho menos cuando se toma en cuenta que, si no existiera ese (costoso) procedimiento, nos harían esperar siglos en sus consulados, seguramente en capitales poco atractivas, por la autorización. Uno le paga a una agencia por esa carta y le dicen que espere de una a tres semanas, según el país, pero cuando ya está lista, no queda más que presentarse en la ciudad que uno eligió, entregar el pasaporte y recogerlo en 24 horas. (Nota: Irán es así, pero, advierto, lo peor que puede hacer uno es usar los servicios de la compañía iraní http://www.iranianvisa.com : sí funcionan, pero son groseros, reparten amenazas contra sus clientes y acaban cobrando tres veces la cantidad anunciada.)

 

Yo hubiera querido que Afganistán pidiera una carta de invitación que se pudiera obtener a través de una agencia. Me hubiera ahorrado la espera y, sobre todo, ya pagándoles a estos intermediarios, les hubiese resultado más difícil negármela con el cuento de la marrana. El afgano con el que hablé había conversado con la cónsul, y ella le contó esta historia: como el chancho es un animal desagradable para los musulmanes, los talibán acabaron con todos los que hallaron cuando controlaban el país. Sólo quedó una, pobrecita, ejemplar de esta especie tan rara que la enjaularon en el zoológico de Kabul para que la gente no olvidara cómo es. Pero vino la fiebre porcina. Y aunque no existía manera alguna de que la cochinita se contagiara –no hay otro cerdo en cientos de kilómetros a la redonda–, empleados y público exigieron que la pusieran en cuarentena. Mi interlocutor concluyó: Si eso le hizo la turba a tan inestimable puerquita, la última de los marranos, ¿qué no le harían a un peligro auténticamente mexicano como era yo?

 

Tuve que volar a Teherán.

 

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