Para ser un guerrero masái


Publicado en National Geographic Traveler Latinoamérica (julio 2010)

No es fácil cumplir el sueño de reintegrarse a África: hay que aprender, pero también educar

Por Témoris Grecko

Con mis amigos Laura Alessandrini, de Italia, y Mac Auwers, de Inglaterra, llegamos a Kenia por primera vez en julio de 2005. Todos teníamos intención de marcharnos: Mac siguió hacia Etiopía, yo volé a India. Ahora que regreso, cinco años después, Laura sigue aquí. Yo creo que todos nos enamoramos de África, pero algunos simplemente no se pueden ir.

Así es que tienen que crear algo que justifique su permanencia. África, madre de la humanidad, nos pide reintegrarnos a ella a través de actividades que la hagan mejor. Laura era consultora en una compañía de alcance global, The Boston Consulting Group. Decidió dejarla para emplear sus habilidades en apoyo a un grupo medioambientalista, el Fondo de Conservación Africana. Después trabajó para compañías privadas hasta que, un día, a partir de una broma (“podríamos entrenar turistas para convertirlos en guerreros masái”), ella y su amigo masái Silas Kitonga se dieron cuenta de que la idea no era una locura, que podían desarrollar un proyecto que fuera a la vez enriquecedor para el visitante extranjero y benéfico para la comunidad nativa.

Ésta es una combinación necesaria, pero difícil de alcanzar, que preocupa a quienes han sentido el llamado de África. Son muchos los que persiguen el sueño de desarrollar un negocio con esas características y que, además, deje ingresos. En Suazilandia conocí a Richard, un inglés que se casó con una mozambiqueña muy bella, se fue a vivir a la cima de un cerro en medio del hermoso valle de Ezulwini (o valle del cielo) y llevaba turistas en quadbikes (motocicletas de cuatro ruedas) a explorar regiones ignotas. Le costaba trabajo evitar el impacto ecológico, sin embargo, y no hallaba la forma de involucrar a la población local para que, en lugar de sentirse invadida por una pandilla de blancos motorizados, recibiera beneficios directos.

Más exitoso es David, un sudafricano blanco que se fue a un rincón remoto, subdesarrollado y paradisiaco de su país, la desembocadura en el océano Índico del río Bulungula, en la provincia de Transkéi, para crear su “Bulungula Incubator”: a partir de siete lindas chozas tradicionales (adaptadas para turistas pero ecológicamente sustentables), está promoviendo proyectos que permiten a los habitantes xhosas de la zona ofrecer servicios a los visitantes e invertir las ganancias en el desarrollo de su gente.

El plan de Laura y Silas va en este sentido. Su compañía Bush Adventures (www.bush-adventures.com) ha montado un campamento cerca de una boma (aldea) masái en Laikipia (cinco horas o 300 kilómetros al norte de la capital, Nairobi), donde ofrecen a grupos de no más de ocho personas entrenamientos en actividades de los guerreros masái. “No es una exhibición”, me explica Silas. “No se trata de que vayas a ver a un actor subido en un elefante o que está haciendo fuego. Vas a aprender a hacer fuego, con un guerrero masái auténtico, y vas a entender cómo tratar con un elefante”. No se trata sólo de practicar técnicas de combate, el uso del arco y la flecha o el rastreo de presas:  a uno también lo educan en el conocimiento de las plantas que usan en la medicina tradicional, en regateo y compra de ganado e incluso en danza masái.

“Al principio, los huéspedes disfrutan de las actividades”, dice Laura. “Pero a los tres o cuatro días de convivir con los masáis, entran en reflexiones sobre las diferencias, sobre cómo en Occidente estamos acostumbrados a tener tantas cosas y opciones superfluas, y que a pesar de que no las necesitamos, carecer de ellas nos puede hacer tontamente infelices”. Se aprende mucho a través del contacto con esta cultura tan sofisticada como diferente. Pero también, añade Silas, uno descubre cosas sobre sí mismo. Pone el ejemplo de la relación entre padres e hijos: “Han venido personas que han trabajado toda la vida y de pronto descubren que tienen un adolescente en casa. Pero aquí no estás en casa, estás en la sabana, sin electricidad, ni iPod, ni Nintendo. Tienes que convivir, entender los valores masái, ser capaz de sobrevivir en un medio salvaje. Padres e hijos se redescubren”.

Silas le planteó el proyecto a su comunidad en agosto de 2009. Ofreció reparar el camino de terracería (lo hicieron ellos dos con sus propias manos) y generar empleos. Obtuvo todo el apoyo. Actualmente, la compañía tiene siete trabajadores fijos y cuatro temporales. Esperan contratar a siete personas más cuando estén a máxima capacidad. Además, los visitantes pueden visitar la boma a cambio de una cuota, convivir con los aldeanos y comprar artesanías directamente de quien las hace.

“Los masáis tienen curiosidad por nuestro estilo de vida, pero no necesariamente la ambición de copiarlo”, admite Laura. “Sus valores son fuertes y no quieren renunciar a ellos. Las necesidades económicas, sin embargo, pueden poner en riesgo su cultura al forzar a los jóvenes a marcharse a la ciudad. Nosotros ofrecemos a la gente con cierta educación la oportunidad de aprovechar sus habilidades sin perder su estilo de vida, sin tener que irse de aquí. Ninguno de ellos va a olvidar el uso del arco y la flecha, pero ahora también interactúan con extranjeros y están expuestos a nuevas ideas. Nos enseñan su cultura, pero también ellos aprenden de nosotros. Es un bello acto de diálogo, un gesto de amistad”.

RECUADRO

EL APRENDIZAJE DE LAURA

“Nunca seré una mujer masái”, reconoce Laura. “Ellos entienden el comportamiento de los árboles, los patrones de la vida. Siempre yo capto sólo una fracción de lo que está pasando, mientras que ellos se dan cuenta de todo: el sonido de un animal, el movimiento de una planta, lo que ocurre en el cielo. Pero he aprendido cosas: el sentido de comunidad, aprender a ser primero parte de ella y luego un individuo. El trato de gran respeto y amabilidad, y la resolución de conflictos: hay un sentido colectivo distinto al nuestro, una idea diferente de lo que es justo. Hay muchas cosas en las que no te puedes salir con la tuya. Tienes que respetar”.

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