Congo: El ciclo de la violencia contra las mujeres


Por Témoris Grecko / Goma, Kivu Norte, República Democrática del Congo (Agencia Proceso. 2 de junio de 2010)

Esfuerzos como la iniciativa “Corre por las Mujeres del Congo”, que el pasado 8 de marzo (Día Internacional de la Mujer) celebró competencias en 140 ciudades del mundo, están ayudando a generar conciencia sobre la peor situación de abuso sexual masivo en el planeta y sobre el uso de la violación como un arma de guerra.

Desde 2008 se han reportado 200 mil casos de abusos sexuales. En 2009 el promedio de ataques sexuales diarios es de entre 36 y 80 diarios sólo en dos provincias del este del Congo, limítrofes con Ruanda, según estimaciones del Fondo de Población de las Naciones Unidas; 65% de las víctimas son menores de edad, en especial chicas adolescentes.

Human Rights Watch asegura que, en nueve regiones visitadas desde enero de 2009, las agresiones sexuales se duplicaron e incluso se triplicaron en comparación con 2008.

“Ellos violan a una mujer, cinco o seis al mismo tiempo. Pero es no es suficiente. Después le disparan una bala en la vagina”, afirma el Dr. Denis Mukwege, director médico del Hospital Panzi, en Bukavu, provincia de Kivu Sur. “Ver a tantas mujeres violadas me estremece. Lo que me estremece más es la forma en que las violan”.

Activistas de derechos humanos en la región advierten que no se debe perder de vista que, si bien una serie de conflictos armados ha empeorado enormemente las cosas, la raíz de este problema está en algunas prácticas tradicionales, cuyo impacto sólo ha sido agravado por el estado de violencia permanente.

No son sólo los soldados y los milicianos rebeldes quienes atacan: están aumentando los casos que involucran a civiles y familiares. “La infraestructura social está completamente destruida por el conflicto”, explica Mireia Cano Viñas, coordinadora de género de la ong Care International en Goma, provincia de Kivu Norte. “Al no haberla, se pierden las referencias de comportamiento, la sabiduría de los viejos, el respeto hacia las mujeres”.

Para Human Rights Watch, el Congo es “el peor lugar del mundo para ser mujer”. Pero Care International no está de acuerdo: es el tercer peor lugar, después de Afganistán y Somalia.

Organizaciones civiles, gobiernos extranjeros y entidades internacionales están tratando de interrumpir el ciclo vicioso que expone a las mujeres y a los niños a las agresiones más dañinas, que destruyen para siempre sus órganos genitales y con frecuencia les provocan la muerte. El trabajo, sin embargo, estará incompleto si no se atiende su origen cultural, afirma Saleem H. Ali, profesor de resolución de conflictos de la Universidad de Vermont: “Ya no es posible que los hombre utilicen pretextos culturales para justificar la subyugación de las mujeres”.

“Es dentro de mi casa donde me siento más insegura”, revela en Goma, capital de la provincia de Kivu Norte, Thérèse, una habitante de la aldea de Kavumu, víctima de violación intrafamiliar. “Nos pasa a muchas. Es a causa de nuestros maridos. Porque el marido de una vecina me puede venir a violar, o mi propio marido puede violar a mi hija”.

Brutalidad

En Bukavu, el Dr. Mukwege explica cómo es que, por ejemplo, en los casos en que los agresores disparan contra la vagina de la víctima (o le introducen palos, tubos o navajas), “con frecuencia lo hacen con cierto cuidado para asegurarse de que la mujer no muera”.

—¿Por qué querrían ser precavidos?

—Los perpetradores”, continúa Mukwege, “están tratando de provocar tanto daño como puedan, porque usan (la violación) como un arma de guerra, como una forma de terrorismo.

En las pequeñas comunidades rurales africanas, las mujeres son el vínculo fundamental del grupo social. La tradición. Sin embargo, impone el rechazo general hacia una mujer que ha sido violada, desde cualquier vecino hasta el marido y los hijos. “Esto provoca que la mayoría de los abusos sexuales no se denuncie si las huellas no son evidentes”, explica Loran Hollander, médica voluntaria en HealAfrica, una ong congolesa que otorga servicios médicos gratuitos, “ya que es poco probable que el atacante sea castigado y, en cualquier caso, la mujer sufrirá graves consecuencias”.

Cuando muchas mujeres de la comunidad han sido agredidas (de manera brutal, frente a su familia o, a veces, forzando a parientes inmediatos a violarlas), su expulsión significa el rompimiento de estos lazos de unidad y la cohesión social se pierde. Una banda armada puede echar a una población de su lugar de residencia, pero la gente tratará de volver. En cambio, cuando además de ser arrojados fuera de su hogar, los pobladores carecen del vínculo de unión que son sus mujeres, el grupo tiende a disolverse y muchos de los hombres terminan reclutados por los agresores.

La violación no es sólo un instrumento táctico, ni es algo nuevo. Lo que ocurre es que los niveles de violencia ya son casi siempre extremos. A Ruth, una adolescente que tenía 13 años cuando llegó al Hospital Panzi, milicianos hutus ruandeses la ataron a un árbol, donde todo el que pasaba podía violarla, varias veces al día. Esto duró meses hasta que la soltaron y ella, destrozada y embarazada, pudo acogerse al cuidado del Dr. Mukwege. “Fue trágico”, dice él. “El bebé nació prematuramente. Pero sus heridas internas eran demasiado graves”.

La mayoría de estas mujeres sufren de algo que se ve pocas veces en el mundo desarrollado: fístulas; es decir, la destrucción de la barrera de tejido que separa la vagina de la vejiga y el ano. Esto provoca que sean incapaces de controlar el flujo de orina y heces. “Pude restablecer su continencia urinaria y realizar una colostomía”, añade el médico congolés, “pero no tiene vagina y jamás le llegará la regla. Ante sus propios ojos, ya no es una mujer”.
A Ruth no le fue tan mal. Al hospital han llegado niñas de hasta dos años de edad, y en las chicas más pequeñas, “cuando intento realizar una reconstrucción, no queda nada sobre lo cual trabajar… esto no es una violación como se conoce en Occidente”, advierte el Dr. Mukwege.

El conflicto en el este del Congo ha dejado entre 5.4 y 7 millones de muertos desde 1994, según diversas estimaciones, de los que unos 2 millones eran niños y niñas. Su origen está en el genocidio de ese año en Ruanda: el ejército francés, cuyo gobierno apoyaba militarmente al régimen criminal, facilitó el escape de los genocidas desde Ruanda hacia los dos Kivus en el Congo, donde formaron las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda (FDLR) con el objetivo de lanzar una contraofensiva. El nuevo gobierno ruandés decidió perseguirlos. A partir de ahí se formaron milicias de todo tipo, Uganda intervino en apoyo a Ruanda, tropas de Angola, Namibia y Zambia se alinearon del lado contrario, y se desarrollaron dos guerras internacionales y un conflicto local permanente que pusieron la región en un estado de violencia y desgobierno.

En enero de 2009, los regímenes enemigos de Congo y Ruanda celebraron un acuerdo para desmovilizar a una milicia pro-ruandesa, el CNDP (Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo), y combatir a las FDLR.

Esto trajo algo de calma a ciertas áreas de los Kivus, pero en las zonas más remotas, las FDLR lanzaron una campaña de represalias contra la población civil, que provocó, según cálculos de Human Rights Watch, al menos 664 muertes de civiles (la mitad de ellos, mujeres y niños), cinco mil casas quemadas (con frecuencia aldeas enteras) y 800 mil desplazados internos (en total, éstos son 2 millones en todo el país).

Los soldados del Congo y de Ruanda también son acusados de violaciones. Y muchas víctimas se sorprenden porque sus agresores del CNDP, ahora se están integrando en las fuerzas armadas nacionales y reaparecen frente a ellas, impunes y con uniforme. Su líder, Bosco Ntaganda, que tiene una orden de arresto por crímenes contra la humanidad, es ahora un flamante general del ejército congolés.

“Esto se está poniendo peor”, dice el Dr. Mukwege, que ha perdido el optimismo que tenía hace un año, cuando Ruanda y Congo comenzaron a cooperar. Cada día, 15 víctimas llegan a su hospital en promedio. “Vemos más casos de mujeres que han sido violadas durante 24 horas, 48 horas. Si continúan los enfrentamientos, no habrá solución para nuestras mujeres”.

La tradición

“El número y la brutalidad de las violaciones de guerra son terribles”, apunta Cano Viñas, de Care International. “Pero enfocarse únicamente en ellas hace que se desvíe la atención de otros temas, como las prácticas tradicionales, la violencia doméstica, la violación conyugal, el incesto y la mortalidad materna. Hay un promedio de mil 100 muertes de madres por cada 10 mil partos. Evidentemente, un país que valora a sus mujeres da una atención mayor a la salud reproductiva”.

Pese a su importancia en la comunidad, la costumbre relega a la mujer a un papel marginal, completamente subyugada al marido. Para casarse con ella, éste ha pagado una costosa dote a la familia y, a cambio, exige obediencia completa, trabajo duro y sumisión sexual. En caso de divorcio, la dote deberá ser devuelta. Por ello, los padres, que ya la han gastado, presionan para que su hija acepte su situación, incluida la poliginia.

Esto ocurre en todos los niveles económicos. Una mujer acomodada de Goma, segunda esposa de un importante político 18 años mayor que ella, describe: “Él pasa tres días con su primera esposa y tres días conmigo. Cuando está con la primera, yo tengo que permanecer sucia. Sólo puedo lavarme la cara y ponerme un perfume ligero. Si cometo el error de asearme más, él se enfurece, me golpea y no me da dinero. Constantemente les pregunta a la trabajadora doméstica y a los niños si vino alguien en su ausencia. Ni siquiera me deja manejar la camioneta. Es una pesadilla; vivo como prisionera en mi propia casa”.

Shami, una mujer de clase baja, de 25 años, habitante de la aldea-mercado de Kivumba, al norte de Goma, y cuyo marido murió hace poco, narra que los tíos y tías del difunto decidieron que tenía que acostarse con el hermano pequeño de su esposo, a quien ella había criado: “Dijeron que era para purificarme y evitar que su espíritu viniera a asustarnos a mí y a los niños. Después, por orden de mis suegros, mis hijos y yo quedamos bajo el mando del muchacho”.

Después de 16 años de guerra, con las comunidades rotas por el conflicto y los referentes de comportamiento destruidos, la masculinidad de muchos hombres (que a veces también son víctimas de violación) ha sido afectada: “Él siente que su hombría se pierde, que la tiene que recuperar mediante la imposición y la violencia”, dice Cano Viñas. “Y los niños aprenden los modos de los hombres de la guerra, una masculinidad que se basa en la violencia y el poder”. Las mujeres y los infantes, ya relegados por la costumbre, son las víctimas a mano.

“Muchas naciones africanas denuncian las críticas hacia la tradición como un acto neocolonialista”, explica el profesor Ali. Sin embargo, “tenemos que admitir que la mayoría de las sociedades humanas ha compartido la desgracia común de los crímenes contra las mujeres, y que algunas de ellas han sido capaces de superar este trágico pasado más rápido que otras. El problema de la conformidad cultural (con tales prácticas) permea a las mujeres tanto como a los hombres. Un estudio reciente indica que un 91% de las mujeres en Zambia y un 70% en India creen que golpear a la mujer se justifica por al menos una razón. Por suerte, la cultura puede cambiar, aunque eso requiere una combinación de activismo y presión para transformarla desde la raíz”.

“La guerra sólo ha exacerbado una situación preexistente”, considera Cano Viñas. “No sólo hace falta paz, también hay que transformar las prácticas tradicionales que relegan a las mujeres para darles más poder social y económico. Porque a veces pensamos que los violadores son los guerreros. También, y cada vez con mayor frecuencia, son los profesores, los policías, los vecinos, los padres”.

(Reproducido en diarios mexicanos como Avanzada.)

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