En bici a través del Congo


Por Témoris Grecko (columna “Fronteras Abiertas” en National Geographic Traveler, mayo de 2010)

Lo primero que escuché de Zack Partain fue que había cruzado el Congo de occidente a oriente, solo, en bicicleta. Se me heló la sangre. El estadounidense de 28 años no parece un tipo blando ni tiene exceso de peso, pero tampoco ostenta el aspecto de un deportista de acero. “No soy un ciclista de vocación”, confirmó. “Pero quería conocer el Congo por adentro y la única manera de hacerlo es en bici”. Un rato de conversación y un mapa me hicieron ver que su proeza había sido todavía mayor: sobre las dos delgadas llantas de su vehículo, pedaleó 6,600 kilómetros de senderos insospechados por siete países del centro de África, varios de ellos afectados por sangrientas guerras y con una reputación de violencia que hace temblar a los viajeros más curtidos.

Antes de ser conocido por la dictadura del sádico Mobutu y por una serie de conflictos que han dejado siete millones de muertos (más que cualquier otro desde la segunda guerra mundial), el Congo ya era un lugar que estremecía los corazones de los lectores occidentales de Joseph Conrad, autor de “El corazón de la oscuridad”, una novela que revela lo peor del alma humana, con escenario en el gran río Congo. ¿Qué clase de filosofía motiva cada día a Zack para salir a enfrentar la jungla ecuatorial, en un recorrido que parece no tener fin? “Decisions based upon faith and not fear”, respondió. Es un verso de una canción del grupo “Faithless” y significa tomar “decisiones con base en la fe y no en el miedo”.

Su bicicleta no es nada que impresione. “No podría ir por meses, a través de pobres aldeas, sobre un aparato de 2,000 dólares”, explica. Su equipo también es sencillo: una tienda de campaña, un par de alforjas, una mochila pequeña, unas cuerdas y una botella. “20 kilos, con agua y comida”, precisa. ¡Ah!, y un par de llantas de repuesto. “En medio de la selva, no hay quien te las repare. Antes no tenía y cuando una de ellas se rompió, tardé días en encontrar un río, y por él llegué a una comunidad donde un hombre la arregló”. Con alambre. En donde no hay casi nada, la gente se las arregla para sacarle el máximo provecho a lo que hay.

El río Congo divide los dos países que toman su nombre: al norte, la antigua colonia francesa del Congo, con capital en Brazzaville, y al sur, el viejo Congo Belga, gobernado desde Kinshasa. Zack empezó en Brazzaville, fue hacia el norte y llegó a la República Centroafricana. “La gente se sorprendió al verme salir de la selva y entrar en Bangui”. Después cruzó al Congo vecino y más o menos siguió el trazo del poderoso río. En esa parte marcó el nombre de Akula, una aldea. ¿Algo importante? Encontró Coca-Cola: “En casa es tan normal, pero allí…”

En la ciudad de Kisangani se alejó del curso fluvial para atravesar las provincias orientales. Así llegó a Uganda, donde descansó en donde yo lo conocí, Kampala, la capital. Habían pasado 3 meses y 4,300 kilómetros bajo sus pedales. Pero no fue en ese momento cuando lo encontré por vez primera: se fue al norte del país y después al Sudán del Sur, 500 kilómetros en mes y medio. Regresó al noreste del Congo y se dirigió al sur, por las sufridas provincias de Kivu Nord y Kivu Sud, hasta Bukavu. Pasó a Burundi, luego a Ruanda y volvió a Kampala. Otro mes y medio y 1,800 kilómetros más.

Me mostró imágenes de su camino. Cincuenta años de deterioro y guerras han dejado al Congo sin carreteras. En la mayor parte del país, todo lo que hay son estrechos senderos entre los altos árboles de la selva. En un video que grabó mientras conducía, no se ve más que el manubrio, la maleza, pequeños arroyos y frágiles puentes de bambú que Zack tenía que cruzar a pie. “Es así, así, así durante semanas”, suspiró. “Me levanto en la mañana y sigo hasta la tarde. Sólo me detengo a hablar con la gente, a veces con los oficiales del gobierno que sospechan de mí”. No es muy normal hallar extranjeros dando la vuelta por esos lugares.

¿Tuvo miedo, estuvo en riesgo? “En Congo, nunca. A pesar de todo lo que le han hecho los extranjeros (los congoleses han sido saqueados y masacrados hasta niveles indecibles por musulmanes, belgas, ruandeses, ugandeses y otros), esa gente es la mejor de África”, afirma Zack. “La idea que tenemos de ellos está mal, son increíblemente amables”. Con un poco de información, pudo evitar las áreas en conflicto: “Congo es suficientemente grande como para tener dos guerras y al mismo tiempo, muchas zonas tranquilas”. En Sudán del Sur, en cambio, sí se sintió en peligro: “Sabía que los niños soldado podían matarme para robar cualquier cosa”.

Era un día a finales de enero y Zack se preparaba para volver a cruzar el Congo hasta Kinshasa, otros 3 o 4 meses y 4,000 kilómetros. Al momento de la publicación de este artículo, debe estar en la última etapa del viaje. Después volará a Estados Unidos. Pero su cuaderno está lleno de nuevas rutas que quiere seguir. “Volveré al Congo. Quiero demostrar que esa gente en Londres y en Washington que piensa que el Congo es demasiado grande y quiere dividirlo, está equivocada. Yo creo que en cada extremo del país hay algo genuinamente congolés que lo une”.

¿Valor o locura? Fe. “Tengo fe en que la gente será buena conmigo, que voy a encontrar comida y un lugar para dormir. Cuando paso una frontera, tengo fe en que saldré del país tal como entré. No tomo decisiones con base en el miedo. Tengo fe”.

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ANTES DE LA BICI

Camionero de profesión, Zack llegó a África en 2006: “Antes de eso viví cuatro años en un tráiler y mi mayor gasto era la cuenta del teléfono celular. Ahorré y quería hacer algo interesante. Donde yo vivía, era el pináculo del primer mundo, la representación de los excesos del mundo moderno. África es el pináculo de los fracasos del mundo moderno”. Tiene un mapa del continente partido en dos mitades, sobre el que ha trazado el viaje que hizo antes de montarse en la bici. Ya ha visitado más de 40 de sus 53 naciones. Todo en transporte público. Pero de esa forma, no se puede conocer el Congo.

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