Hipocresía mexicana


Hace un par de semanas, cuando aprobaron la ley racista en Arizona, me metí a la página de Facebook de la gobernadora con ganas de dar guerra. Salí trasquilado. Encontré una entrada de un tipo que proponía no ir muy lejos, que si se trataba de endurecer las leyes contra los migrantes, sólo había que copiar las de… los mexicanos. Y explicó lo que establecen las ignomiosas leyes mexicanas de migración. Sabemos, además, que más allá de la ley, pandillas, policías, coyotes y todo tipo de bestias indignas convierten a México en un infierno para los migrantes centroamericanos y de otros países, una frontera vertical, como nos dijo un cura en Tapachula. Si a alguien le interesa, puede leer más en este reportaje que hice con Vivienne Stanton.

Mi amiga Gaby Nieto, conocida entre la tropa como Lady Gabs, puso ayer en mi muro de Facebook un vínculo a un reportaje de El Universal donde Natalia Gómez Quintero narra cómo el racismo está saludable y activo en este país que se queja tanto del que sufren los compatriotas en otros lugares. Y eso me trajo a la mente una anécdota que escribí en 2006, que mi queridísima amiga Eileen publicó en su blog.

Aquí traigo el fragmento que quiero compartir:

“Nosotros no valemos nada”, me dijo un señor indígena en la avenida Gabriel Mancera, casi esquina con Xola, en la colonia del Valle de la Ciudad de México. Un momento antes, su compañero, con el rostro lleno de sangre, había dicho: “No queremos dar molestias”.

Esto ocurrió pocas semanas antes de salir de México. Yo venía conduciendo y me acompañaba mi tío Martín. Al pasar Xola, vi como una persona cruzaba la avenida sin precaución alguna. La mujer que manejaba un coche blanco no pudo hacer nada y lo golpeó de costado.

Ella y nosotros nos detuvimos de inmediato. Levantamos al señor, de unos cincuenta años, delgado, pequeño. Tenía la cabeza abierta, la camisa se le llenaba de sangre. De inmediato dijo que estaba bien, que era su culpa, y empezó a pedir perdón. Estábamos a unos cien metros de un hospital del IMSS con atención de emergencias. Lo invitamos a venir con nosotros para que lo checaran. Él se negaba, avergonzado, “somos indios, no queremos dar molestias, somos indios, no queremos dar molestias, perdónennos”. Su compañero lo abrazaba para consolarlo, pero sobre todo se ocupaba de tranquilizarnos, y entonces empezó a llorar. “Es que nosotros no valemos nada. Somos indios de la sierra. No valemos nada”. Yo quería llorar también.

A unos pasos de ahí, cerca pero sin intervenir, estaba un hombre mestizo, chilango, con un bonche de ejemplares de una publicación religiosa. Los dos indígenas también traían unos montones. Pensé que estaban relacionados. Me molestó que el tipo, quien supuse que estaba a cargo de ellos, se mantuviera al margen mientras el indígena seguía sangrando. Le dije que me ayudara a convencerlo de ir a revisarse la herida. El hombre hizo ademán de marcharse. Le pregunté por dios y su religión, que por qué no ayudaba al prójimo. Se fue. Los indígenas se fueron tras él.

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