Un mexicano llamado González


Los pasaportes sugieren aspectos insospechados de nuestra identidad.

Por Témoris Grecko (columna “Fronteras Abiertas” en National Geographic Traveler, abril de 2010)

Uno puede sentirse ciudadano del mundo o de su pueblo, pero para efectos migratorios, la identidad no es ni más grande ni más pequeña que la indicada en el pasaporte. Esto puede tener efectos anticipables o completamente impredecibles. Como descubrí con mi amigo el Chino en septiembre de 2002, al tratar de entrar a Grecia desde Turquía.

El Chino no tiene nada de oriental. Se llama Luis Gómez González y le decimos el Chino por uno de tantos caprichos mexicanos: ése es el nombre que les damos a los rulos y así llamamos a todas las personas con cabello rizado o crespo. Y si esto les parece raro a otros latinos o los europeos, fue mayor la sorpresa de mis amigos en China cuando les expliqué cómo es que mi cabello me convierte en un chino como ellos: los pelos se les erizaron de horror.

Los policías griegos no estaban enterados de la condición chinácea de mi amigo, así es que no entendíamos por qué nos bajaron del autobús junto con todos los pasajeros con nombre árabe, sospechosos comunes. El Chino y yo teníamos el tercer y cuarto lugares en una fila con otros doce hombres, frente a la oficina de migración. Adelante había dos chicos musulmanes cuyos nombres sonaban a algo así como “Ifin” y “Afan”. La puerta se abrió y los dos intentaron entrar juntos. El policía los regañó y sólo dejó pasar a Ifin.

Salió tres minutos después. Todos estiramos los cuellos para tratar de leer en su cara nuestro propio futuro: ¿Parecía regañado o derrotado, o mostraba alivio? Más bien lo primero. Afan dejó salir un pequeño gemido de angustia cuando se dispuso a avanzar hacia su destino. Pero el policía lo volvió a detener, de mala manera. Y dijo: “¡Méksiko!”

Yo pensé que, como había ocurrido con Ifin y Afan, sólo debía entrar uno, y cortésmente le cedí el paso al Chino. Pero nos querían a ambos. La puerta golpeó detrás de nosotros cuando pasamos a la oficina. El jefe de la estación, un gordo con mostacho, estaba sentado y alrededor de él, varios agentes de pie se asomaban a nuestros pasaportes. Nos miró severo. “¿Habla español?”, dijo. Respondí en castellano que sí, que me daba gusto que él, siendo griego, lo entendiera, que nuestra literatura es muy rica y… “¿Habla español?”, insistió con voz más agresiva. Y pasó al inglés: “¿Conoce a Pepito González?”

Por mi cabeza cruzó el temor de que alguno de nuestros muchos mafiosos hubiera llegado hasta allá, y que estuvieran tratando de detectar algún nexo de nosotros con él. No parecía haber otro motivo. El pasaporte mexicano es bastante eficaz, a pesar de no representar a un país rico. Sólo nos hacen la vida difícil las naciones a cuyos ciudadanos nosotros les hacemos la vida difícil, principalmente porque nuestro vecino del norte no los quiere cerca de su frontera: turcos y brasileños, entre otros. ‘Ah!, y también nos complican las cosas nuestros socios y amigos, Estados Unidos y Canadá.

Otros pasaportes útiles son los de Argentina y Chile. Y fuera de las regiones de habla hispana, a todos nos confunden: no es raro que a los mexicanos nos hablen como si fuéramos de Sudamérica, bailáramos tango y hubiésemos nacido en Macchu Picchu, mientras que a los viajeros del sur les pueden preguntar que dónde dejaron el sombrero de charro y que si viven en el mismo barrio que los músicos del grupo Maná. Para muchos, las telenovelas representan fielmente la vida cotidiana en cualquiera de nuestros países.

En el último año, la imagen colectiva se ha deteriorado. Mientras la de Brasil se engrandece (fútbol, carnaval, modelos y ahora Lula y mucho petróleo), las noticias llevan al mundo la guerra del narco en México, golpistas satisfechos en Honduras, desplantes bélicos entre Venezuela y Colombia, y desgobierno en Argentina.

El consuelo es que seguimos pareciendo simpáticos en Asia, Medio Oriente, África y el este de Europa, donde a los latinos no nos ven como a colonialistas arrogantes, sino como gente parecida a los lugareños. Los crecientes flujos de viajeros nos hacen cada vez menos raros. Nuestra música sigue abriéndose paso como tromba (y generando imitaciones locales, como la cumbia camboyana y el reggaeton jordano –aunque no los llamen así), el Che es un gran icono al que ahora se sumó Hugo Chávez (aunque usted no lo crea), y se piensa que los hombres y mujeres que uno ve en el transporte público de nuestras ciudades son idénticos a Antonio Banderas y a Salma Hayek. Muchas jovencitas quisieran poder salir de un pueblito serrano a casarse con el galán rico de Bogotá, Buenos Aires o Ciudad de México, como se ve en la tele.

Hay que pasar las fronteras, de todos modos. Y ahí no hay simpatías ni importa nada más que la fuerza del pasaporte. ¿O sí?

Frente a la mirada gélida del comandante, traté de explicarle que Pepito y González son nombres muy, muy comunes, y que podríamos conocer a diez personas con esa combinación, sin que una de ellas fuera la que él buscaba. No lo convencía, su rostro se ponía cada vez más rojo. Sus subalternos nos miraban con gravedad. Hasta que el bigotón no pudo aguantar y soltó una enorme carcajada. Que los demás repitieron, risas y risas. Y el Chino y yo… pues también, a reír, ¿qué más? “¡Arriba, arriba!”, dijo alguien. Entonces caímos en la cuenta: por Pepito González, ellos se referían al ratón Speedy González: vieron “México” y el apellido del Chino, ¡y quisieron vernos para saber si nos parecíamos a los de los dibujos animados!

Al salir de la oficina, encontramos los ojos de los hombres de la fila, que escrutaban nuestras caras como quien busca respuestas en una bola de cristal. Ifin estaba triste; Afan, preocupado. Nosotros reíamos con gusto y ellos no sabían por qué. Pero la risa es reconfortante y se contagió de uno a otro como si fueran doce fichas de dominó que caían. Todos parecían buenos tipos. Sus pasaportes, sin embargo, los hacían sospechosos. Y lamentablemente, ellos no tenían un ratón correlón que hiciera reír al policía del mostacho. Casi ninguno pasó.

*****

En Líbano conocí a un par de hermanas (sumamente guapas y simpáticas) que son mexicanas… sin haber estado nunca en México. Su abuela era mexicana y por eso, tenían derecho a adquirir esa nacionalidad. Ellas, que quieren visitar México, hablan bastante bien el castellano. Sus primos no, aunque también obtuvieron el pasaporte del águila y la serpiente: con él pueden viajar sin las limitaciones que tendrían con el documento libanés.

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