El embajador de paz del Monte de los Olivos


En Jerusalén hay violencia y odio, pero también una poderosa buena voluntad.

Por Témoris Grecko (columna “Fronteras Abiertas” en National Geographic Traveler, marzo de 2010)

“Espiritualidad” y “energía”. Eso es lo que me habían dicho que encontraría en Jerusalén, dos fuerzas tan grandes que –afirmaron– todo el que llegaba ahí las sentía de inmediato. Era algo propio del lugar y por eso se explicaba que fuera un sitio sagrado para más de dos mil millones de fieles de las tres grandes religiones monoteístas.

La energía es la de la guerra. ¿Cuánta sangre se habrá derramado, se derrama y se derramará en las colinas de Jerusalén, dentro y fuera de sus murallas? La historia de la ciudad es estremecedora: persecuciones, asesinatos, destrucción, personas martirizadas, ejecuciones por los métodos más terribles…

La espiritualidad es la del egoísmo, el fanatismo y la obcecación. No son sólo tres religiones que se niegan mutuamente, que aseguran cada una ser la verdadera y tener derechos superiores e inalienables sobre Jerusalén, concedidos directamente por dios. Dentro de ellas, hay un sinfin de sectas, tendencias y agrupaciones en conflicto.

Tras comentar lo anterior, alguien se compadeció de mí, ciego y sordo, insensible ante la maravilla. Tuve que preguntarle si había visitado la ciudad real o la que su fe lo hizo imaginar. Que si había subido al techo del zoco, donde jóvenes armados con subametralladoras protegen el paso de los judíos que al caminar por arriba evitan cruzar los pasillos del mercado, de mayoría árabe. Que si había ido al Muro de los Lamentos, donde los judíos haredim (fundamentalistas) han impuesto sus reglas sobre los moderados y las mujeres, muchos de los cuales optan por rezar en otro muro, el sur. Que si sabía que hay planes para destruir la mezquita de Al Aqsa y la Cúpula de la Roca –sagradas para los musulmanes– para reconstruir allí el Templo de la Alianza. Que si desconocía que los militantes islámicos de Hamas están imponiendo su ley con las armas en Shu’fat y otros barrios. Que si no había visitado la Iglesia de la Natividad (donde se dice que nació Jesús), en Belén, donde varios grupos cristianos que se la disputan de vez en cuando ofrecen espectaculares peleas de curas, con esgrima de báculos y lanzamiento de crucifijos.

Claro que si uno va de turista y quiere cerrar los ojos, podrá ignorar lo que ocurre alrededor. Pero en Jerusalén, la calma no es más que la antesala de la violencia.

Empezó a darme vueltas la idea de que estaba en Tierra San(grien)ta.

Entonces conocí a Ibrahim Ahmad Abu El-Hawa, un palestino musulmán de 67 años. Para llegar a su “Casa de Paz”, en la cima del Monte de los Olivos, tuve que cruzar el cementerio judío, aquel cuyos muertos, según la Biblia, serán los primeros en levantarse en el día de la resureección (pues será difícil, porque la inmensa mayoría de las tumbas ha sido vandalizada y no quedó mucho adentro). Llegué a alojarme invitado por mi amigo francés Tom (quien sólo llevaba un par de días allí), y no tuvimos que pedirle permiso a nadie. Tomé la cama que vi libre, para quedarme por unas cuantas noches, como algunas personas. Otros llevaban meses. Sólo por lo que uno quiera contribuir. Y además, a Ibrahim le encanta ofrecer te, cocinar y sentarse a contar historias.

Como la de que su familia habita en el Monte de los Olivos desde hace 1,400 años. Y que de niño sentía rencor por su padre porque se llevaba a su madre para dormir juntos en un sillón, tras haber cedido su cama a un extraño en problemas. “¡Ahora yo hago lo mismo!”, se rio. Conversaba con nosotros mientras cortaba vegetales para hacernos un rico caldo, bienvenido en el frío del invierno que pegaba más duro allá arriba, en la punta del cerro.

Ibrahim es conocido como el Embajador de Buena Voluntad del Monte de los Olivos y en tal calidad, ha viajado por todo el mundo. “Nunca he pagado un centavo”, se jactó con una sonrisa. “Siempre me han invitado porque quieren oír lo que les digo”. Trabaja por la paz desde hace 40 años y en esta última etapa, ha sostenido una campaña junto con Eliyahu McLean. Él es un judío de la mitad de su edad al que encontró en el mercado callejero de Ben Yehuda, en Jerusalén, en 2001, tiempos de violencia entre palestinos y judíos. Ibrahim se arrojó a sus brazos, llorando. Eliyahu lloró también.

Uno de los ocho hijos de Ibrahim vivía en Nueva Orleans y el huracán Katrina destruyó su casa. Como la indemnización que recibió era insuficiente para comprar otra, les dio el dinero a sus padres para que construyeran una vivienda en el Monte de los Olivos. El problema es que el Estado de Israel sostiene una política de largo plazo destinada a judaizar Jerusalén, y una de sus herramientas es negar los permisos de construcción a los palestinos. Cualquier judío nacido en otra parte del mundo tiene derecho a asentarse en Jerusalén, pero los nativos árabes de allí están siendo expulsados. A la gente no le queda más remedio que llevar a cabo las obras sin autorización. Cuando Tom y yo estábamos con él, Ibrahim recibió una notificación de la Corte: había perdido el juicio en su contra por realizar “construcciones ilegales” y tenía que escoger una de tres opciones: pagar una multa de 2,500,000 shaqelim (675,000 dólares), equivalente al doble del valor estimado de la casa; purgar una pena en prisión; o destruir el inmueble. “Estoy demasiado viejo y enfermo para la cárcel y no tengo dinero”, musitó.

De pronto, llegó una joven pareja de judíos a saludarlo: Zvi, argentino, con su esposa estadounidense (no pude retener el nombre) y su bebita Yaeli. A Ibrahim le encanta la enredada y sorprendente historia de cómo llegó la chica desde Holanda a alojarse en su Casa de Paz, donde conoció a Zvi, y le pidió que nos la contara. Es como el abuelo de la nenita.

“La gente no escucha las buenas noticias de mi país, sólo las malas”, lamentó Ibrahim. “Por ejemplo, cuando el ejército israelí demolió cien casas en Jenín, muchísimos judíos y cristianos vinieron con nosotros a donar sangre para los musulmanes heridos. O también: hay muchos judíos que se oponen al muro (con el que el gobierno encierra a los palestinos y expropia sus tierras). Cuando protestamos contra él, los que gritan más son los judíos, y se colocan entre nosotros y los soldados para que no nos lastimen. Yo creo que el pueblo judío va a destruir ese muro y echará el concreto al mar. Somos pueblos tercos, de la misma semilla, y queremos vivir juntos. Yo invito a la gente de todo el mundo a que venga a mi hogar, judíos, cristianos, musulmanes, ateos, y que conozca lo bueno de nuestra tierra”.

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