Un mar que mató el hombre


Moynaq es un lugar donde se aprende de las terribles consecuencias ambientales de la estupidez humana.

Por Témoris Grecko (columna “Fronteras Abiertas” en National Geographic Traveler, noviembre de 2009)

Uzbekistán es un país de ciudades de leyenda. Samarcanda, Bujara y Jiva, con sus grandes mezquitas, sus altos minaretes, sus seminarios y sus murallas evocan tiempos de sultanes y harenes, largas caravanas de miles de camellos, inciensos, especias, joyas y sedas. Los viajes, sin embargo, no sólo nos pueden embarcar en maravillas de placere3s y lujos. También sirven para aprender.

Unos 400 kilómetros al norte de Jiva, está el Mar de Aral. O estuvo, mejor dicho. El cuarto cuerpo continental de agua salada del mundo, con 68 mil kilómetros cuadrados, hoy se ha partido en dos y tiene una extensión de sólo 17 mil km2. En donde había agua, olas, peces y aves, ahora sólo hay arena, sal, polvo, y decenas de extraños cadáveres de metal oxidado. Moynaq, un antiguo puerto pesquero de 40 mil habitantes, al que llegaban los turistas para bañarse en sus playas y tomar sus famosos baños medicinales, se ha convertido en un pueblo en semiabandono, una larga hilera de cascarones de lo que fueron casas, habitado por personas aquejadas por graves enfermedades, que hace mucho que dejaron de soñar con el regreso de los buenos tiempos: ahora estarían contentos si tan solo se pudieran largar.

La desaparición de un cuerpo de agua masivo afectó el clima en una extensa región de Asia Central. Los días sin una gota de lluvia aumentaron de 35 al año a 120. El aire se hizo mucho más seco. De las 173 especies animales que había, sólo sobreviven 38. En el antiguo lecho marino, ahora expuesto al sol, se forman inmensas tormentas de arena, sal y compuestos químicos tóxicos que barren toda la zona. A cientos de kilómetros de Moynaq, al margen de la carretera, se pueden ver depósitos blancos y pardos de los residuos arrastrados por el viento.

Más cerca del pueblo, la última parte del camino es como un estrecho terraplén construido sobre una seca planicie. Hace 25 años, Moynaq estaba en Ush Say (Cola de Tigre), una península conectada a tierra firme por esta larga calzada. Y lo que se puede ver a izquierda y derecha –dunas y más dunas hasta el horizonte–, entonces estaba cubierto de agua.

Tras llegar, un grupo de adolescentes se acercó a preguntarme si era un investigador con una solución para el desastre. Dicen ahí: “Si cada científico que viene a estudiar la desecación del Mar de Aral llegara con una cubeta de agua, ya lo hubieran llenado de nuevo”.

En 1959, los burócratas de Moscú concibieron un plan brutalmente ambicioso para irrigar extensos pedazos de desierto y transformarlos en plantaciones de algodón. El agua del Mar de Aral provenía de los ríos Amu Darya y Syr Darya. Desviaron el líquido a través de extensas redes de canales. Como no estaban entubados, sino al aire libre, y no los hicieron a prueba de filtraciones, una parte considerable del agua se pierde por evaporación solar y fugas. Además, convirtieron los ríos en un vertedero de desechos químicos, que fue lo que llegó al Mar de Aral. En dos décadas, los peces y muchas especies murieron por envenenamiento, y las aguas se retiraron. Hoy, la costa está a ciento sesenta kilómetros del antiguo puerto.

Moynaq es un lugar donde se aprende de las terribles consecuencias ambientales de la estupidez humana.

Llegué al viejo muelle. Años atrás, yo había visto la foto de un sonriente grupo de marineros en ese lugar, que mostraban la captura de pescado. Ahora, sólo encontré un extraño cementerio. Siete cadáveres de barcos se oxidan casi en fila. Unos 500 metros a la derecha, hay otros dos. A un kilómetro y medio, más o menos, se asoleaba uno más.

 

Foto: Témoris Grecko 2009

Bajé por las escaleras que antaño conducían al agua. Los botes descansan sobre dunas de arena. Uno había perdido la cubierta metálica de la popa y parecía el costillar de un buey argentino tras el paso de cinco gauchos hambrientos.

Levanté escotillas, abrí puertas, me planté en un puente de mando. Quise imaginar días mejores, las manos del capitán sobre el timón, los marineros recogiendo las redes. Seguramente reían. Pero tal vez ya no mucho. Acaso ya se daban cuenta del triste futuro que se les venía encima. Seguramente constataban que el Aral era menos profundo, que las orillas retrocedían. ¿Habrán pensado en oponerse? ¿En actuar para proteger el medio ambiente para sus hijos?

La crisis llegó con una lentitud de décadas. ¿Cómo habrá sido la última jornada? Esos siete barcos están alineados por alguna causa. En cierto momento, los rudos hombres debieron haber comprendido que no se podía más. Trajeron sus botes con la última marea. Al descender de ellos, el charco ya se había alejado. Bajaron por las escalerillas, salvavidas al hombro, y plantaron sus botas impermeables sobre montones de arena reseca. Caminaron hacia el muelle. Y se despidieron para siempre del Mar de Aral y de sus vidas de pescadores. De un día para otro, los marineros se convirtieron en hombres del desierto.

*****

DECISIONES FATALES

Millones de toneladas de pesticidas, defoliantes y otros químicos fluyeron hacia el mar cuando tenía agua. Hoy, los restos desecados de esos productos se mezclan con la arena y la sal. Ahora son comunes las grandes tormentas de polvo que dispersan anualmente 150,000 toneladas de partículas de organofosfatos y organocloridos que han causado una explosión de enfermedades: tuberculosis, problemas de riñón, anemias (que afectan a 80% de las mujeres embarazadas), problemas intestinales y gran mortalidad infantil por asma, bronquitis crónica y neumonía. El agua contaminada provoca que el cáncer y los daños al pulmón son 30 veces más elevados de lo que eran antes de la tragedia. Visita http://www.temoris.org

One response to “Un mar que mató el hombre

  1. soy solo alguien que quiere que el gobierno de su país lea y vea lo que le paso a otros pueblos por el mal uso de sus recursos naturales,soy mama y maestra de arte y trato de sacar temas de conversación relacionados con la vida y la muerte de los ecosistemas en el mundo ,los ciclos naturales y los forzados por el hombre,tengo un adolescente dentro mio con muchos ideales y utopías, que suerte encontrar gente como usted que escribe cosas como estas,lo encontré después de ver una nota sobre el mar Aral en la tele,que me puso en conocimiento del desastre y me hizo reflexionar sobre el futuro de mi Argentina querida.

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