Amazonas iraníes


Teherán es un lugar donde se aprende de mujeres. De su fuerza, de su valentía y de sus causas.

Por Témoris Grecko (columna “Fronteras Abiertas” en National Geographic Traveler, octubre de 2009)

Cuando uno es un viajero y además es periodista, tiende a descubrirse de pronto metido en situaciones un poco complicadas. Como el 20 de junio pasado, en Teherán, capital de Irán, uno de los países clave de mi recorrido por la Ruta de la Seda, de China al Mediterráneo. Hubo elecciones presidenciales, el gobierno cometió un fraude masivo, la gente salió a las calles en protesta y una combinación de policías antimotines y milicias de fanáticos religiosos se dieron a la tarea de reprimir el descontento.

Ahí estaba yo, en el fondo de un callejón sin salida, con unas 60 personas que pegaban las narices al piso o a cualquier rincón, tratando de respirar. Alrededor de nosotros flotaba una nube de gas lacrimógeno, una sustancia que no sólo te hace llorar, sino que te arde intensamente en los ojos, la nariz y la garganta y además te provoca horribles náuseas.

A un lado de mí lloraban varias chicas con aspecto de delicadas muñequitas, de unos 22 años, con gafas de sol Gucci y bolsos Armani. Se lavaban los ojos con agua de una botellita, pero era inútil. Yo pensé que deberían haber tenido en cuenta los riesgos de participar en una marcha como ésta y que ahora sería difícil que salieran de allí. Estábamos atrapados: en la bocacalle, los milicianos esperaban a que se disipara el gas para venir por nosotros. Resignado al arresto, me interesaba la idea de evitar una golpiza como las que eran habituales.

Entonces, una de las jovencitas se puso de pie. Avanzó unos pasos, se paró de frente a nosotros y levantó una gran roca que nos mostró como si fuera una granada. Su figura delgada parecía flotar entre las capas de humo. Sus amigas empezaron a levantarse y con ellas, el resto de la gente. “¡Allaaaaahu akbar!”, lanzó un poderoso grito de guerra. Sus amigas se lanzaron hacia adelante. El desorganizado pelotón, armado con piedras y palos, las siguió aullando “¡Allahu akbar!” Los milicianos debieron haberse sorprendido cuando de pronto vieron que, desde las nieblas de gas, se les venía encima una granizada de pedazos de concreto. Aunque trataron de retirarse en orden, pronto sus líneas se desintegraron y ellos se dieron la vuelta para huir. “¡Bong!, ¡bang!, ¡bong!”, sonaban los rocazos en sus cascos.

Foto: © Témoris Grecko 2009

 

Teherán es un lugar donde se aprende de mujeres. De su fuerza, de su valentía y de sus causas.

La situación de la mujer en este país es una sorpresa para quien imagina que será la misma que impera en cercanas naciones musulmanas. A pesar de la opresión legal y de las restricciones sociales, uno se da cuenta de inmediato que las iraníes se conducen con una enorme confianza en sí mismas. Una muestra de ello está en que, como hacen sus compatriotas hombres, muchas iraníes buscan la conversación con el extranjero y se acercan a él con apertura y simpatía. “En Europa, lo hacemos (aproximarse a hablar con un desconocido) rara vez porque la gente en general es más reservada”, comparó una turista alemana con quien comenté el tema, “y porque ellos tienden a malinterpretarnos. En América Latina, imposible, los hombres son demasiado agresivos y todo lo que una quiere es que la dejen en paz”. En contraste, en Irán –tengo la impresión–, las chicas no parecen temer nada de un extraño. Nunca me habían invitado tantas veces a sentarme en el césped a tomar el te con pequeños grupos femeninos, ni había recibido tantos saludos y gestos amables de guapas chicas que pasaban en coche.

 

Las iraníes, además, conducen la lucha. Son bellísimas –nunca había visto un movimiento político tan abundante en rostros hermosos– y arrojadas. Las maduras tanto o más que las jóvenes. Una imagen que vi muchísimas veces fue la de una madre de unos cuarenta y tantos, con sus dos hijas de unos 20 años tomadas de la mano, en medio de la batalla. Las madres han vivido con los derechos cercenados por los religiosos que tomaron el poder en 1979 y enseñan a sus hijas a pelear para reconquistarlos.

 

Ese mismo día, presenciamos una golpiza horrible sobre un puente, a unos 30 metros, de unos policías contra varios jóvenes. Impotentes, a un lado de mí, una madre y sus dos hijas gritaban de espanto. Un miliciano con casco y visera se acercó. Y la mujer se le fue encima, con las dos muchachas detrás. No imagino cuántos terribles insultos recibió el hombre de ellas en pocos segundos. Levantaba la porra como para atizarlas, la bajaba, otra vez arriba, y abajo, conteniéndose. Hasta que la madre halló la forma de meter una mano por debajo de la visera y lo empezó a abofetear. El tipo alzó el garrote, ahora sí dispuesto a hacerlas pedazos.

Entonces alguien más gritó, con voz poderosa. Era un oficial de policía que había llegado en una moto. “¡A las mujeres no!”, ordenó. El miliciano gruñó de frustración, se dio vuelta y se fue. Con mirada condescendiente de salvador, el agente les dedicó una media sonrisa a las mujeres. ¡Que se le fueron encima también! Ahora las maldiciones las escuchaba él, en tono muy alto. Yo no pude contener la risa al ver la expresión de su rostro, no lo podía creer. Y la madre, de nuevo, metió la mano por debajo de la visera y lo abofeteó. No recuerdo haber escuchado un aullido de indignación más sonoro. ¡Aaaaaaaaaaah! Le metió gas a su vehículo y desapareció en un rugido. Las 15 o 20 personas que estábamos alrededor aplaudimos entre carcajadas.

 

 

 

*****

UN GRAN DESTINO

No sólo porque Irán es dueño de una cultura rica y milenaria, ni porque es muy seguro y tranquilo (a pesar de los conflictos), sino porque los iraníes son uno de los pueblos más simpáticos y hospitalarios que he conocido, una delicia de gente. Nada que ver con la propaganda que los presenta como locos terroristas. Visita http://www.temoris.org

 

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