Guía para turistas de la historia / Fronteras Abiertas


Por Témoris Grecko (publicado en National Geographic Traveler, septiembre de 2009)

Hay ocasiones en que la historia nos alcanza cuando estamos de viaje. Uno puede reaccionar de distintas maneras, dependiendo de cuánto nos interesa efectivamente la historia –nos puede importar muy poco– y hasta dónde estamos dispuestos a soportar algunas incomodidades, en incluso afrontar riesgos.

No serán pocos los que empaquen las maletas y agarren el primer taxi al aeropuerto. Muy respetable. A veces se viaja con niños, o con una pareja poco dispuesta, o simplemente lo que se busca es descansar y relajarse. Pero para aquellos que deciden quedarse, habrá que decidir qué clase de perspectiva es la que estamos buscando. Es decir, qué tan cerca nos queremos poner de la historia.

CUANDO NO PASA NADA…

Digamos que no se trata de una situación mortal e inescapable. No es Sarajevo en 1993, donde si uno no salió a tiempo, se convirtió en parte de la historia. Pensemos que se trata de un evento en el que uno puede elegir entre mirarlo desde las ventanas de la habitación y la terraza del café, o acercarse más, a donde están pasando las cosas. Puede ser la caída del Muro de Berlín. Ése es un ejemplo que me duele porque yo me estuve tomando fotos con el famoso Berliner Mauer de fondo dos semanas antes de que lo destruyeran, y cuando ocurrió, sólo lo podía leer en los diarios mientras me daba zapes en la cabeza.

Ése no hubiera sido un evento peligroso, a no ser que uno se colocara del lado equivocado de la pared en derribo, claro está. Y hubiera sido difícil quedarse en el hotel sin participar de la gigantesca verbena de libertad.

A veces, uno no puede salir del cuarto, a pesar de todas las ganas de bajar a ver. Durante el proceso que condujo al golpe de Estado de 2006 en Tailandia, que no dejó víctimas, yo estuve atado a la cama de un hospital con la panza abierta. Así es que sólo me quedaba ver los sucesos explicados en tai en el televisor (no es que me importara mucho el libro de la historia tailandesa en ese momento, la personal era la que yo estaba tratando de seguir escribiendo).

Y también ocurre que no ocurre nada, como en la letárgica celebración del 50 aniversario de la Revolución Cubana en Santiago, pol coltesía del camalada Laúl.

… Y CUANDO SÍ

Un caso muy distinto es el del reciente conflicto postelectoral en Irán. Como parte de un viaje más largo por Asia, traté de asegurarme de estar ahí a tiempo para los comicios del 12 de junio, aunque sin esperanzas de atestiguar algo sobresaliente. Los pronósticos indicaban que sería una victoria fácil para el presidente Ahmadinejad. El candidato Mir Hossein Mousavi se convirtió en un retador peso completo, hubo un fraude masivo, la gente salió a la calle y vino la represión. Los ojos del mundo voltearon hacia la República Islámica. Y yo estaba ahí, en primera fila, y en el ruedo.

Claro que mi situación es diferente a la de un viajero normal porque soy periodista y empecé a cubrir los eventos para medios de varios países. Donde yo me hospedaba, sin embargo, había otros extranjeros que no pudieron evitar sentirse atraídos por la oportunidad de presenciar la historia. Y cada quién lo hizo a su modo.

Unos me buscaban cada noche para compartir mis experiencias y pasaban el día haciendo su agotador trabajo de turistas corrientes. Otros se quedaron durante más tiempo del que habían planeado en un principio y se daban vueltas por la ciudad, tratando de evitar los puntos conflictivos… que a otros atraían.

Hay una subespecie de viajero no profesional que adora las descargas de adrenalina. Presenciar cómo una multitud enfrenta los ataques de un batallón de antimotines les da suficientes estímulos. También está el forastero solidario, el que se siente involucrado en las luchas populares de cualquier sitio y se va a patear botes de gas lacrimógeno de vuelta a quien los arrojó.

Aquí crece mucho el riesgo de salir lastimado, naturalmente. Con suficiente atención, uno puede visitar una ciudad en revuelta sin que le pase nada, puede haber escaramuzas a dos calles sin que uno se dé cuenta. Las cosas cambian cuando uno va a buscar los trancazos.

Como es obvio, el extranjero es el personaje más vulnerable en el escenario: no conoce las dinámicas, con frecuencia no entiende el idioma, es difícil que descubra automáticamente cuáles son las vías de escape y unas sonrisas no le van a resultar suficientes para convencer al policía de que no lo golpee o lo arreste. Peor todavía si se salió con la cámara como al parque y le acaba de hacer una foto al bestia que le acaba de romper el tolete en la cara a una ancianita. Varios extranjeros como éste cayeron presos de un régimen que buscaba demostrar una supuesta conspiración internacional. Y fueron acusados de espionaje y agitación.

Otros, no obstante, se las arreglaron para salir de ahí intactos. Con sus cámaras. Y muchas fotos para presumir que estuvieron presentes en un momento histórico. Así es que, si sabes correr, métete al motín y asegúrate de salir de él con tus imágenes. Si no, atestígualo desde la terraza e imagínate las maravillas que harás con Photoshop mientras remojas el bigote en la espuma del capuchino.

*****

KIT DEL TESTIGO CERCANO

-Si pareces lugareño, genial. Si no, mimetízate en lo posible, empezando por ocultar las diferencias de tono de piel y cabello: gafas, sombrero, mascada de bandido, mangas largas. Sandalias y las bermudas, por favor, no.

-Morralito insignificante para esconder la cámara.

-Bolsa de plástico en el estómago para cuando te tengas que comer la tarjeta de memoria (¡así podrás rescatar tus fotos!).

-Zapatos para correr.

-Bandera de un país autoritario amigo del régimen, del que puedan creer que procedes (para mejores resultados, aprende el idioma también).

Gas pimienta para defenderte.

-Te van a romper la cabeza. En lugar de gas, billetes de 20 dólares para comprar amabilidades. Funcionan mejor.

-Curitas, merthiolate, tablillas y un abogado.

-Boleto para el próximo vuelo a Suiza.

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