Censura Sangrienta (en Proceso)


Por Témoris Grecko / Yerevan, Armenia

La campaña del régimen de Teherán contra la prensa local y extranjera ha convertido a Irán en “la mayor prisión de periodistas del mundo”, como lo calificó la organización Reporteros sin Fronteras, con al menos 36 profesionales detenidos. Los objetivos evidentes de esta ofensiva son tres: controlar la información que fluye hacia el exterior; consolidar el monopolio informativo nacional que mantiene el gobierno a través de la televisión y la radio (cuyos directivos son nombrados directamente por el líder supremo, ayatolá Ali Khamenei); y fabricar “evidencias” que demuestren que las actividades de resistencia contra el fraude electoral del 12 de junio son alimentadas y manipuladas por “potencias enemigas”, en particular Gran Bretaña.

La profesión del periodismo se ha convertido en una actividad de alto riesgo en Irán: mientras los representantes de las agencias y medios extranjeros con presencia permanente en el país tienen prohibido salir de sus oficinas, un puñado cada vez menor de periodistas independientes ha estado tratando de cubrir el vacío trabajando de manera clandestina. El peligro es ser detectado, arrestado y utilizado como prueba de la “conspiración” internacional en contra de Irán.

La prensa local ha sido desmantelada mediante clausuras de instalaciones y la detención de sus reporteros, de quienes se teme que puedan estar siendo sometidos a torturas. Incluso, las autoridades llevaron a cabo un acto sin precedentes: la detención de la plantilla completa del periódico Kalameh Sabz, propiedad del excandidato opositor Mir Hossein Mousavi, a cuyos 25 integrantes presentó ante los medios como responsables de la “planeación de los motines” con “participación extranjera”.

VIOLACIÓN Y “SUICIDIO”

Aunque el gobierno ha manejado versiones diferentes e incluso contradictorias sobre detenciones de ciudadanos extranjeros, sólo las de dos periodistas se conocen con nombre y apellido: la del griego Iason Athanasiadis, el 17 de junio, quien estaba escribiendo para The Washington Times, y la del iraní-canadiense Maziar Bahari, corresponsal de la revista Newsweek, el 21 de junio. Hasta el momento, “las autoridades no han presentado cargos contra ninguno de los periodistas presos”, incluidos los iraníes, dice a Proceso Mohamed Abdel Dayem, director del programa para Medio Oriente del Comité de Protección para Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés).

Para el CPJ, “todavía no está claro qué clase de trato se les está dando a los detenidos”, reconoce Abdel Dayem, pero acota: “Históricamente, los periodistas encarcelados en Irán han recibido maltratos frecuentes”. Como ejemplo, pone el caso de otra iraní-canadiense, la fotógrafa Zahra Kazemi, quien fue arrestada cuando tomaba imágenes de familiares de reclusos de la infame prisión Evin, en el norte de Teherán, el 23 de junio 2003. De acuerdo con el testimonio de un médico que la examinó antes de su muerte, el 10 de julio de ese año, Kazemi tenía “el cráneo fracturado, varios huesos rotos o molidos, uñas faltantes, heridas profundas en la espalda, huellas de latigazos y los órganos sexuales destruidos” por violación.

Más reciente es el fallecimiento en condiciones no aclaradas de Omidreza Mirsayafi, un blogger de 28 años que fue detenido, en abril de 2008, por haber escrito una entrada criticando el apoyo iraní a la milicia libanesa Hezbollah. Fue acusado de insultar al difunto jefe de la revolución islámica, ayatolá Ruholla Khomeini, y al actual líder supremo del país, ayatolá Ali Khamenei. Las autoridades afirmaron que Mirsayafi “se suicidó” el 18 de marzo pasado, pero la familia ha solicitado una investigación.

TORTURADOR EN JEFE

Entre los parientes de los periodistas iraníes detenidos existe la convicción de que en la prisión Evin se están aplicando torturas. “Conozco a gente que ha escuchado a personas cercanas a Mir Hossein (Mousavi) aullando de dolor”, dice a Proceso la esposa de un reportero preso, que no desea ser identificada por temor a represalias. “Han pasado semanas y no nos han dejado ver a nuestros familiares, cuando nos acercamos a Evin nos golpean. Ni siquiera estamos seguras de que ellos están ahí. Pero nos han dicho que sí están torturándolos. Me da mucho miedo porque no sé si (su pareja) va a sobrevivir, o si le van a quedar secuelas para toda la vida. Y lo que más me aterroriza es que Said Mortazavi es el que manda aquí”.

Mortazavi, a quien la organización Human Rights Watch identifica como “El Carnicero”, es el procurador general de Teherán. Las muertes de Kazemi y Mirsayafi ocurrieron bajo su autoridad y, según Reporteros sin Fronteras, con su involucramiento directo. “Con base en experiencias pasadas, creemos que él participa activamente en las sesiones de interrogatorio”, afirmó el grupo en un comunicado del 1 de julio. Mortazavi “utiliza todo tipo de hostigamiento y de presión psicológica y física cuando realiza sus interrogatorios”. El 26 de junio, el ministro canadiense de Relaciones Exteriores, Lawrence Cannon, declaró que “dos investigaciones iraníes oficiales confirmaron que Mortazavi ordenó el arresto y la detención ilegal de Zahra Kazemi que condujo a su tortura y muerte”.

Otros bloggers que sobrevivieron en 2004 a las sesiones de tortura de Mortazavi dijeron a Reporteros sin Fronteras que Mortazavi “dictaba las confesiones” que después obligaría a los prisioneros a firmar.

El 30 de junio, la agencia oficiosa iraní Fars News publicó en internet las 11 páginas de lo que presenta como la “confesión” de Maziar Bahari, el corresponsal de Newsweek detenido desde el 21 de junio. “Las actividades de los periodistas occidentales en la recolección de noticias y de información de inteligencia y en espionaje son innegables”, habría dicho el reportero. “Yo, también, como periodista y miembro de esta gran maquinaria capitalista occidental, a ciegas o intencionalmente, participé en proyectar dudas y promover una revolución de color” (en referencia a las que tuvieron lugar en Ucrania y Georgia).

Esto se sumó a una campaña por televisión en la que todos los días, en los noticieros se transmiten más supuestas “confesiones” con argumentos y redacción casi idénticos: personas comunes afirman haber cometido actos vandálicos en las protestas motivados por la “información tendenciosa” que recibieron de canales de noticias extranjeros. Un ejemplo es éste: (Mi nombre es) “Bismillah al Rahim al Rahim. Admito que salí a protestar bajo la influencia de la BBC (británico) y Voice of America (estadounidense)”. Incluso el caso de la joven Neda Agha Soltan, cuya agonía fue registrada en un video de teléfono celular después de que un miliciano basiji le disparó el 20 de junio, y que había sido ocultado por los medios iraníes, de pronto fue presentado como producto de una conspiración del corresponsal de la BBC, John Leyne (fue expulsado del país), quien habría contratado a sicarios para matar a la chica y hacer un documental sobre esto.

La actitud de persecución y difamación en contra de la prensa extranjera tiene el respaldo religioso del propio ayatolá Khamenei, quien el 19 de junio, en el sermón en el que le dio su respaldo absoluto a la victoria del presidente Mahmoud Ahmadinejad y anunció el lanzamiento de la ola de represión, dijo que “Los enemigos están tratando (de difamar el proceso electoral) a través de sus medios de comunicación, a los que controlan los sucios sionistas”.

PERIODISMO Y RESISTENCIA

El gobierno concedió alrededor de 450 visas de periodista para las elecciones del 12 de junio. Aunque tenían vigencia de una semana a diez días, era normal solicitar y obtener extensiones. El día 14, cuando las protestas ya se extendían por diversas ciudades del país, las autoridades anunciaron la cancelación de todas las acreditaciones de prensa –con lo cual prohibió a los reporteros realizar su trabajo– y buscaron individualmente a cada representante de medios extranjeros para ordenarle que se marchara. Sólo podrían quedarse aquellos con presencia permanente en el país, bajo severas restricciones, como no poder salir de sus oficinas.

En las calles, comenzó la persecución: cualquier persona con apariencia extranjera, que no estuviera en lugares turísticos, se convirtió en sospechosa de realizar espionaje para el enemigo. En particular, portar una cámara de fotografía fija o video se convirtió en prueba del delito para policías y golpeadores basijis. La prensa internacional se fue del país en masa.

En la televisión, se pidió además a la gente que contribuyera a combatir la “conspiración” extranjera y que denunciara a quienes vieran tomando fotos. Ahora es normal que mujeres en chador se acerquen a preguntar si uno es periodista, de forma amenazadora.

Ante la ausencia de los periodistas profesionales, muchos iraníes se han dado a la tarea de reemplazarlos: con sus celulares y cámaras de bajo precio, se las arreglan para evadir la censura en internet y enviar al mundo miles de imágenes de la represión. Como consecuencia, ellos también se convirtieron en objetivo de la ofensiva. En las protestas, agentes vestidos de civil se infiltran para detener a las personas que están captando imágenes. En las avenidas, policías y milicianos basijis improvisan retenes para revisar los teléfonos móviles de los pasajeros de los coches. Detienen a quienes sorprenden con imágenes de la represión, que usan como evidencia criminal en contra de quien las captó, no de quienes aparecen atacando personas. En uno de estos puntos de control, este corresponsal de Proceso debió sobornar al jefe de un grupo de milicianos para librarse de una golpiza y un arresto, pero como fue denunciado por ellos ante el Ministerio de Inteligencia, tuvo que escapar a Armenia.

La ofensiva contra la prensa ha tenido éxito parcial: la mayor parte de los periodistas que trabajan de manera clandestina, si no es que todos, ha tenido que abandonar el país. Los periódicos locales independientes fueron cerrados y un número indeterminado de reporteros iraníes ha pasado al clandestinaje. “Hasta que presenten cargos de crímenes específicos contra aquéllos que están detenidos, es prematura juzgar las implicaciones que esto puede tener para su futuro, tanto personal como profesional”, dice Abdel Dayem, del CPJ.

Sin embargo, los ciudadanos iraníes no han dejado de tomar y enviar imágenes de lo que ocurre en su país, a pesar de los riesgos. Además, sigue Abdel Dayem, “hay una historia de resistencia en el periodismo en Irán, a pesar de las restricciones, una ley de prensa muy dura y el hostigamiento de las autoridades. Por ejemplo, en los años 90, cerraron cientos de publicaciones reformistas, pero muchos de esos periodistas se pusieron a escribir en la internet o desde el exilio. Dudo que, en el largo plazo, este ataque vaya a tener un efecto permanente en los medios en Irán”.

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