El naufragio del ayatolá


Por Témoris Grecko (publicado en la sección Opinión de El Universal, 26 de junio de 2009)

Con su aguzado sentido de la justicia, el “representante de Dios sobre la Tierra” debe velar por todos y no se puede equivocar. Es lo que dice la doctrina velayat-e faqih, o “vigilancia del sabio juez”, base de la República Islámica de Irán. Pero el líder supremo, ayatolá Ali Khamenei, se ha alineado con la facción del presidente Mahmoud Ahmadinejad en contra de una gran parte de la sociedad, ha empleado una importante herramienta teológica (“por consejo divino”) para validar el fraude electoral del 12 de junio, y ha dado la señal religiosa y política para desatar la represión generalizada.

Las milicias paramilitares y las fuerzas de seguridad atacan a ciudadanos que protestan pacíficamente y a personas sin relación con el conflicto, dándoles golpizas, aplicándoles torturas y, en un número creciente de casos, asesinándolos. Para ocultar sus acciones y justificar sus actos, inventan conspiraciones extranjeras y difaman con la acusación de terrorismo a quienes ellos mismos han matado, y persiguen a quienes pueden echarles en cara la verdad: prensa extranjera, periodistas locales y cualquier persona que ose tomar fotos con su celular.

En sus sermones, el líder supremo no ha tenido cinco minutos para ofrecerles unas palabras de alivio a las familias de las víctimas. En la última semana, he estado escuchando en las calles un grito que hasta hace poco hubiera indignado a cualquier iraní, pero que ahora suma gargantas de apoyo: “¡Muera Khamenei!”

El manejo brutal y descarado que han hecho Khamenei y Ahmadinejad conflicto creó una situación innecesaria de quiebre del sistema político-religioso. En esta democracia tutelada y autoritaria, el Consejo Guardián evaluó a más de 700 aspirantes a candidatos presidenciales y les negó la participación a todos, excepto a los cuatro que consideró islámicamente irreprochables. Todos son prohombres del sistema: Ahmadinejad, el presidente; Mir Hossein Mousavi, ex primer ministro; Mehdi Karroubi, mulá y ex líder parlamentario; Mohsen Rezaei, comandante de los Guardianes de la Revolución.

Pero Khamenei, quien en 1989 escaló al puesto de líder supremo saltándose requisitos y a clérigos de mayor rango, siempre se ha sabido débil y ha buscado alianzas para afianzarse al poder. Ahmadinejad, con objetivos políticos propios, es su gran aliado.

El desempeño de Khamenei por fin terminó de desnudar frente al pueblo la perversión básica de la doctrina velayat-e faqih: la de que hay hombres –los mismos que la formularon- que tienen poderes divinos para vigilar a la gente.

Tras haber pasado un mes y medio en Cuba, hace medio año, y al llegar a Irán hace seis semanas, me pareció que había enormes similitudes entre las dos añejas revoluciones (tutelaje del líder supremo, culto a la personalidad, supresión de todo lo que esté fuera de la revolución, vigilancia de las actividades de los individuos –por los CDR en Cuba, por las milicias basijis aquí– para castigar sesgos “antirevolucionarios”, propaganda constante, uso de la música y el muralismo para promover el mensaje, nacionalismo y patrioterismo exacerbados, control de los medios de comunicación), pero pensé que la iraní tenía una herramienta muy superior para mantener la hegemonía: la religión.

En Cuba, los errores del gobierno se atribuyen al sistema porque no hay un mecanismo que amortigüe el impacto de los fracasos. En Irán sí: el líder supremo es el que manda, pero la gente había vivido una fantasía democrática de elecciones periódicas con las que podía castigar o premiar la gestión gubernamental. El presidente y los parlamentarios acumulaban el desgaste y se iban con él, lo que dejaba al líder supremo aparentemente incólume.

También en Cuba, el nacionalismo y la construcción del paraíso comunista se han debilitado como mecanismos de control porque la promesa de bienestar material jamás se cumplió. En Irán, los problemas económicos son de esta Tierra, pero la promesa de la República Islámica está en otro mundo: el líder supremo está aquí con su benevolencia para ayudarnos a ir al cielo. Y nadie ha regresado todavía para decirnos que no es cierto.

Con su comportamiento inhumano y faccioso, Khamenei destruyó la mística esencial de su cargo y, con ella, la de la República Islámica. Alarmado, Mousavi advirtió que la convalidación del fraude les daría la razón a quienes piensan que lo republicano y lo islámico son incompatibles. Es que lo son: religión y Estado son cosas aparte y la mezcla es venenosa para la vida pública y privada. Aunque consigan reprimirlos por ahora, los iraníes ya se dieron cuenta.

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