La voz de Neda


Por Témoris Grecko (publicado hoy en La Nación, de Buenos Aires)

Neda tenía 26 años. Su nombre es una palabra árabe que en farsi sólo se usa en el lenguaje poético. Y significa “voz” o “llamada”. Su apellido era Agha-Soltan. Era una joven teheraní normal, como tantas que están tomando las riendas de su vida pero se estrellan con las restricciones impuestas por los fanáticos religiosos. Con lo que Mir Hossein Mousavi explicó como “querer llevar al cielo a la gente por la fuerza”. Involuntariamente, estaba describiendo lo que hicieron con Neda.

Era una joven con sensibilidad. Le gustaba la música, especialmente el pop persa, y tomaba clases de piano. Cantaba muy bien. Se vestía a la usanza moderna, con la pañoleta para el cabello un poco atrasada para poder lucirlo, y usaba jeans. Estaba aprendiendo turco porque quería convertirse en guía de turismo y llevar grupos a la ciudad milenaria de Estambul. El mundo la fascinaba y, como pudo, se pagó viajes al extranjero: Turquía, obviamente, Dubai, Tailandia.

Pertenecer al siglo XXI no impedía que Neda valorara la tradición musulmana de su gente. Estudiaba filosofía islámica en la Universidad Azadi (Libertad), una institución privada. Tampoco se sentía ajena a los problemas que atravesaba su país.

Sus amigos han explicado cómo es que se sentía indignada por las mentiras y el fraude, por los ataques contra personas inocentes, los asesinatos. No era una activista. No tenía la vocación de organizar a los demás y promover acciones. Pero estaba consciente de la importancia de hacer una llamada a los demás, de levantar la voz para corregir los abusos y buscar la justicia.

Por eso trató de ir el sábado pasado, viva y bella, a la manifestación de protesta. Con su profesor de música, Hamid Panahi, y dos amigos más. Iba tarde y la combinación de la marcha con la incompetencia de las autoridades, que simplemente dejan desatendido el tráfico, generó un atasco que detuvo su marcha. Ella y Panahi salieron del coche un momento, para tomar el aire. Cuando Neda hablaba con alguien por teléfono, su plexo solar fue destrozado por una bala. Una sola. Disparada por un francotirador basiji. Uno de aquéllos que salieron a imponer la decisión del representante de Dios sobre la Tierra, de los que quieren llevar a la gente al cielo por la fuerza.

“Era una persona llena de alegría”, la describiría Panahi más tarde. “Era un rayo de luz. Me duele tanto. ¡Tenía tantas esperanzas por ella!”

La imagen tiene la baja definición de un teléfono móvil y las sacudidas de un videoasta amateur sorprendido por hechos demasiado veloces. Pero nos deja ver bien lo que pasa. Corremos con la cámara hacia donde está Neda en el suelo. Hay gritos, la gente está asustada y se acerca a ayudar. Ella no parece darse cuenta de lo que ocurre. O no lo cree. O ya casi se ha ido. Dice Panahi que ella musitó “me estoy quemando, me estoy quemando”. Él y un médico presente tratan de tapar la herida con las manos. La sangre ya sale por la boca y la nariz. Otro hombre llega y toma su cabeza, entre lamentos, no quiere dejarla. “No tengas miedo”.

¿Miedo a qué? ¿Qué hay del otro lado?

Tal vez una voz. Una llamada.

Neda fue asesinada un día después de que el ayatolá Ali Khamenei saliera a convalidar el fraude electoral, y a ordenar la ofensiva de represión que segó la vida de la joven. Él no entiende de los cambios sociales ni tecnológicos, pero ahora un extraño milpiés de bits y bytes le ha dado la vuelta al mundo con las últimas imágenes de Neda. En Irán, todos estos autodesignados defensores de Dios actúan con mezquindad suprema: así como el gran líder negó las condolencias el viernes, así como han llamado terroristas a quienes ellos mismos mataron el sábado –Neda es una–, ahora pusieron a sus vergonzosos amanuenses a escribir insultos contra Neda en Twitter y YouTube, y aseguran que el video es un montaje.

Peor todavía: a la familia le prohibieron celebrar un funeral y le exigieron retirar los tradicionales carteles de duelo en su casa. Tuvieron que enterrarla en secreto y bajo vigilancia. Porque el ayatolá puede no tener idea de en qué clase de mundo vivimos ahora, pero sabe bien del poder de transformación política que tienen los muertos –los mártires—en la tradición islámica chií.

Lo sabe porque él lo ha aprovechado antes. Como en 1978, con el ayatolá Khomeini, cuando los días de duelo (el tercero, el séptimo, el cuadragésimo) por los estudiantes asesinados por otro tirano, el shah de entonces, sirvieron para catalizar la revolución que creó la presente República Islámica. La Revolución que está devorando a sus hijos.

Al menos, la desaparición física –y renacimiento simbólico– de Neda va a ayudar a transmitir un mensaje que tantos jóvenes iraníes piden a los periodistas enviar: No somos terroristas. No somos fanáticos. Somos chicos normales, nos gustan la música y los viajes y aprender idiomas. Somos amigables y tenemos un gran sentido de la hospitalidad. Los religiosos megalómanos que nos gobiernan no nos representan. Hablamos por la voz de Neda. Hacemos la llamada de Neda.

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