La Tormenta Verde (en Proceso)


Por Témoris Grecko / Teherán

Si el líder supremo de Irán, ayatolá Ali Khamenei, fuera un apasionado del fútbol como la mayoría de sus compatriotas, se habría detenido el domingo pasado, antes de declarar con candidez: “La milagrosa mano de dios estuvo detrás de la elección”.

“¡Lo confesó!”, dice con sorpresa Azadi (significa libertad), una chica de 19 años que no por haber nacido en 1986 ignora los grandes hitos de la historia, “Khamenei es como el Maradona de Irán”. “Maradona es mucho más grande”, replicó su amigo Hafez. “Si tuviéramos un Maradona, ganaríamos más copas del mundo que Brasil”, añadió. Ya encarrerado, se pasó tres pueblos: “Y si tuviéramos un pueblo consciente como el argentino, nuestra democracia sería ideal”. Este cronista no comentó nada, era innecesario romper ilusiones.

El miércoles, cinco jugadores de la selección nacional iraní lucieron bandas de color verde, como las que usan los simpatizantes del candidato opositor iraní, durante el partido contra Corea del Sur. Las cadenas de televisión locales, que son propiedad del gobierno y han ocultado completamente las protestas (excepto para presentar contenedores de basura en llamas y coches destrozados como evidencia del vandalismo de la oposición), carecen de la tecnología necesaria para borrar esos detalles de la imagen y el mensaje salió al aire, poderoso, a todo el país.

En las calles, mientras tanto, marchas de dimensiones espectaculares (un millón de personas en la del lunes en Teherán es un cálculo conservador) tratan de demostrar que quienes rechazan la imposición no son ni extremistas controlados por el extranjero, como insiste el gobierno en presentarlos, ni un montón de polvo, como los describió el presidente –reelecto según los resultados oficiales– Mahmoud Ahmadinejad. “Si somos polvo, ¡somos una gran tormenta de polvo verde que cae sobre el régimen!”, festejó Hafez, haciendo un equilibrio precario sobre un barandal, en la avenida Enghelab, convertida en paseo de las manifestaciones.

DIEZ MILLONES

La primera gran pregunta sobre el actual conflicto en Irán es: ¿realmente hubo fraude electoral? El jueves, el director de la Comisión Central de Elecciones apareció por enésima vez en la televisión para decir que las denuncias de manipulación son absurdas. Su argumento más claro fue: “Es ridículo pensar que se puede cambiar el sentido de diez millones de votos”. El dato oficial es éste: Ahmadinejad, 24 millones; el reformista Mir Hossein Mousavi, 13 millones; el conservador Mohsen Rezaee, 600 mil; y el reformista Mehdi Karroubi (que en las elecciones anteriores, de 2005, tuvo cinco millones de votos), 300 mil. Es decir: el presidente obtuvo el doble que todos sus rivales juntos.

Si al gobierno eso le parece prueba suficiente e inatacable de su victoria, la oposición lo desmiente con ligereza similar: en los últimos días, jóvenes reformistas han repartido como volantes copias de una carta que el ministro del Interior habría dirigido al líder supremo (ése es su título oficial), ayatolá Saiyed Ali Khamenei, en la noche poselectoral, en la que pone estas cifras: Mousavi, 19 millones; Karroubi, 13 millones; Ahmadinejad, 5 millones.

PROCESO recorrió Irán durante un mes antes de las elecciones y atestiguó que la fiebre popular de apoyo a Mousavi no es, como aseguran los publirrelacionistas gubernamentales a los reporteros recién llegados, una afección limitada a Teherán Norte, la parte de clase media y alta de la ciudad. En Teherán Sur, en Tabriz, Esfahan y Shiraz, en Mashhad y Yazd (algo menos en estas dos últimas ciudades), la “ola verde” saltaba cada noche a inundar las calles haciendo campaña por Mousavi. El nivel de participación de la gente tiene pocos paralelos: chicos y grandes, hombres y mujeres, profesionistas y trabajadores. Aunque el candidato opositor logró crear una extensa red de comités barriales, la participación de éstos como organizadores de las actividades fue rebasada por los ciudadanos, que actuaban de manera espontánea y festiva. La cifra concedida a Mousavi por la autoridad electoral es, simplemente, increíble.

Como lo es, también, la que están difundiendo en volantes en las manifestaciones: Ahmadinejad no pudo haberse quedado con apenas cinco millones de votos, en tercer lugar. El presidente se ha construido una base muy importante entre la población menos educada y de bajos recursos. La clase media se queja de que malgastó los ingresos extra obtenidos durante la bonanza petrolera, porque no fueron invertidos en proyectos productivos. Pero a él sí le produjeron dividendos: millones de familias rurales recibieron ayuda económica gubernamental en efectivo. No estaba ligada a objetivos sociales concretos, como salud, educación o impulso a microempresas, sino que se otorgaba libremente para ser usada en lo que fuera. Aunque esto no cambió el panorama de la pobreza, sí dejó huella en los corazones de la gente.

Además, Ahmadinejad es un exmilitar y exmiembro de la milicia Basij, una entidad con participación política activa y extensas redes corporativas: movilizan manifestantes, recursos, electores y matones, en grandes cantidades. Antes de las elecciones, se creía que el presidente contaba con un piso de voto duro de diez millones de votos.

¿A qué se debe esta danza de cifras? La revolución islámica jamás se preocupó por construir un sistema electoral confiable, transparente y con plenas garantías. No hay un padrón de votantes, no existe una lista con foto, datos y huella digital del elector. Quien tampoco tiene un sitio designado para votar, puede ir al sitio más cercano a su casa o al que está del otro lado del país. Sólo tiene que presentar un carné de identidad sin candados de seguridad importantes, y anotarse en un papel. Los partidos no tienen un representante permanente en los centros de votación con derecho a hablar e informarse. Ni siquiera reciben copias de actas o de los documentos que se generen en el lugar.

Los funcionarios de casilla no reciben un entrenamiento ni son imparciales: en las mezquitas, son religiosos que siguen los dictados del líder supremo (quien se inclinó por Ahmadinejad) y en las escuelas, son funcionarios públicos que saben que un cambio de presidente los puede llevar a ser reemplazados en el trabajo, como ocurre normalmente en este país. Eso, en cuanto a las urnas fijas. Porque las hay móviles: una persona solitaria se las lleva como pueda a recorrer zonas con poca población, para recoger sus votos. En ninguno de ambos casos, los sufragios se cuentan en el lugar, sino que son trasladados a centros de conteo, que a su vez envían los datos al Comité Central de Elecciones.

¿Que no se pueden alterar diez millones de votos? Ni siquiera hace falta contarlos: la oposición denuncia que el resultado final se dio sin haber terminado de abrir todas las urnas. El sistema electoral es tan poco confiable que de la misma forma en que quienes lo controlan se pueden presentar a dar un resultado, sin sentir que de alguna forma tienen dar certidumbres más allá de su palabra, la oposición puede descartarlo y lanzar al aire sus propias cuentas alegres.

EL LÍDER SUPREMO

A falta de un instrumento eficaz para lidiar formalmente con el problema del poder, el asunto pasa a disputarse en otros espacios. En las calles, donde los gigantescos números de los opositores son confrontados con la policía antimotines y los golpeadores y asesinos de la milicia Basij. Y en la oscuridad de los salones de las mezquitas y las residencias.

Hacia afuera, la simplicidad de los medios y la propaganda gubernamental proyectan la imagen de que el régimen iraní es monolítico, homogéneo, consolidado. Pero es todo lo contrario: un complejo entramado de facciones e intereses, de corte económico, político e ideológico, que se entrecruzan e impiden generar un consenso permanente. La de Ahmadinejad es, por el momento, la facción más fuerte, fundada en la fuerza bruta del ejército y los basiji. Mousavi y los expresidentes Khatami y Rafsanjani pertenecen a grupos distintos que en otros tiempos se han enfrentado, pero que ahora están unidos como una reacción instintiva de supervivencia, para combatir la hegemonía aplastante de Ahmadinejad y su guardia pretoriana.

Por encima de todos, se supone, está el líder supremo. Este cargo fue creado por el fallecido ayatolá Khomeini, principal figura de la revolución islámica de 1979, con base en su doctrina llamad velayat-e faqih, o “vigilancia del sabio juez”: es una combinación de democracia y tiranía, es decir, la soberanía está en el pueblo, pero hasta cierto punto, porque el sabio juez vela para impedir que la use equivocadamente.

En el sistema actual, los ciudadanos eligen al presidente y, en otro momento, a los miembros del Majlis (congreso). Todas las decisiones de estos personajes, sin embargo, pueden ser revocadas por el líder supremo (como ocurrió una y otra vez durante la presidencia del reformista Khatami –1997-2005), quien además se encarga de designar a los integrantes del poder judicial, al Consejo Guardián (bajo el que opera el comité electoral), a los jefes de la policía y del ejército e incluso a los directores de los medios de comunicación del Estado, lo que incluye todos los canales y estaciones de televisión y radio.

LOS EQUILIBRIOS

¿Por qué no pone orden el líder supremo? Porque su condición de supremo nunca ha estado segura. El ayatolá Khamenei, mucho más hábil en la política que en la religión, logró maniobrar para ser nombrado sucesor tras la muerte de Khomeini, a pesar de que no tenía el rango clerical necesario. Para evadir este obstáculo, se las arregló para ser ascendido de hojatoleslam a ayatolá más o menos 20 años antes de tiempo, lo cual nunca le han perdonado otros religiosos de mayor grado.

Esa debilidad lo ha forzado a negociar: tras bambalinas, se alía con las facciones, trata de hacer que se enfrenten y arregla pactos políticos. Por uno de esos acuerdos, favoreció el ascenso de Ahmadinejad al poder en 2005 (entre acusaciones de fraude), pero ahora el enano le creció y se estima que es Ahmadinejad el que presiona a Khamenei.

La esperanza de Mousavi y sus aliados es forzar un cambio de equilibrios entre las facciones, de manera que el líder supremo estime conveniente cambiar de amigos. Y esto podría ocurrir, ya que la disputa está teniendo un costo enorme para el sistema: al menos la mitad de los iraníes siente que la están humillando y que todo es una farsa. Algunos, en este sector, quisieran quitarle el apellido a la república islámica. Son una minoría, El peligro es que este proceso los convierta en una fuerza mayoritaria. Y de entrada, es la figura de Seiyed Ali Khamenei la que más está padeciendo. Sobre todo entre los jóvenes.

En la gran marcha del lunes, Azadi y Hafez se pusieron a corear un eslogan que apenas apareció hace unos días, pero ha ganado popularidad y el contigente, por unos minutos, rompió la consigna de mantener el silencio: “Seiyed Ali Pinochet, Irán no se convertirá en Chile”. Algo traen estos chicos que relacionan a Khamenei con figuras del Cono Sur. Será la democracia ideal que creen que hay allá. Tal vez por ley de dios, todas las ilusiones deben romperse. Pero los iraníes marchan para proteger las suyas.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s