Lecciones de viaje


Por Témoris Grecko

Publicado en National Geographic Traveler / Abril 2009

No es raro que un viaje nos deje sin aliento, que sea tan dinámico o accidentado que apenas nos dé tiempo de recordar quiénes somos y en dónde estamos. En muchas otras veces, ocurre lo contrario: las horas en el tren se hacen tan infinitas como los rieles; en el avión exploramos 101 formas de acomodar la cabeza entre asiento y ventanilla. Y pensamos. Las experiencias que tuvimos o la expectativa de las que tendremos se transforman en reflexiones sobre lo que estamos haciendo, qué, por qué, para qué. Al final descubrimos los significados de aquello que nos trajo, que nos hizo levantarnos de la confortable cotidianidad y salir allá, a buscar lo que no hemos conocido.

Como antes que a nosotros les ha ocurrido a muchos, repasar su pensamiento nos sirve para aclarar el nuestro.

Por ejemplo, la idea de que los viajes no sólo ilustran, sino que son necesarios para tener una mejor comprensión, ha sido expresada desde la antigüedad: “Aquél que no viaja no conoce el valor de los hombres”, reza un proverbio moro. San Agustín coincidió: “El mundo es un libro y aquellos que no viajan sólo leen una página”.

Una ventaja de viajar, que interesa a la poeta afroestadounidense Maya Angelou, es que eleva las posibilidades para el entendimiento mutuo: “Tal vez el viaje no pueda prevenir el prejuicio, pero al demostrar que todos los pueblos lloran, ríen, comen, se preocupan y mueren, puede introducir la idea de que si tratamos y nos comprendemos unos a otros, podríamos incluso hacernos amigos”.

Jawaharlal Nehru, el heredero político de Gandhi, se daba tiempo para apreciar lo que había a su alrededor: “Vivimos en un mundo maravilloso que está lleno de belleza, encanto y aventura. No hay final para las aventuras que podemos tener si las buscamos con los ojos bien abiertos”.

Benjamín Disraeli, un político inglés del siglo XIX, señaló con acierto que la memoria nos juega pasadas: “Como todos los grandes viajeros, he visto más de lo que recuerdo y recuerdo más de lo que he visto” (ahora tenemos, por suerte, el auxilio de las cámaras digitales). Para William Least Heat Moon, autor de una road-story de culto, “Blue Highways”, lo genial del viaje es la liberación: “Lo que has hecho se convierte en el juez de lo que vas a hacer, en particular para las mentes de otras personas. Cuando estás de viaje, eres lo que eres justo ahí y entonces. La gente no tiene tu pasado para confrontarlo contigo. No hay ayeres en el camino”. Ésta es una observación muy atinada: en tierra extraña, los viajeros se presentan unos ante otros sin ropajes de prestigio o desprestigio, tales cuales son. La comunicación es más sencilla y profunda, gracias a una disminuida presencia de prejuicios (aunque éstos, sin embargo, rara vez desaparecen).

Algunos que se transportan de un país a otro no comprenden que viajar es cambiar los marcos familiares por otros nuevos que hay que aprender a manejar. La primera nota de cierta reportera mexicana, cuando fue a Beijing para las Olimpiadas de 2008, estuvo dedicada a quejarse de que se perdía en las calles y tenía dificultades en los restaurantes porque la información no estaba en inglés. Clifton Fadiman quiso prevenir al respecto: “Cuando viajes, recuerda que el país extranjero no está diseñado para hacerte sentir a gusto. Está diseñado para hacer que su propia gente se sienta a gusto”. Un error similar fue el de muchos grandes aventureros y exploradores que tuvieron la arrogancia de juzgar lugares y a gentes con criterios occidentales. El escritor Robert Louis Stevenson los puso en su lugar: “No hay tierras extranjeras. Sólo el viajero es el extranjero”. Su misión primaria, añado, es entender y adaptarse.

“No vayas a donde el camino te pueda llevar. Ve a donde no hay camino y abre un sendero”, pidió Ralph Waldo Emerson, como celebración de la actitud pionera. En todo caso, “La aventura es un camino”, anotó Mark Jenkins. “La aventura verdadera (con determinación y motivación propias, y a veces riesgosa) te obliga a tener encuentros directos con el mundo. El mundo como es, no como te lo imaginas. Tu cuerpo hará colisión con la Tierra y tú serás testigo. De esta forma te verás llevado a lidiar con la infinita amabilidad y la profunda crueldad del género humano. Y tal vez comprenderás que eres capaz de tener ambas. Esto te cambiará. Nada volverá a ser blanco y negro”.

El gran poeta italiano Cesare Pavese tampoco estaba interesado en presentar sólo la parte bonita del asunto. Pero dentro de sus palabras, como en las de Emerson, está presente la idea de mostrar cómo el quedar expuestos a la realidad desnuda es un poderoso motor que nos hace crecer: “Viajar es una brutalidad. Te obliga a confiar en extraños y a perder de vista todo aquel confort familiar del hogar y los amigos. Nada es tuyo, excepto las cosas esenciales, el aire, dormir, los sueños, el mar, el cielo, todas las cosas que tienden a lo eterno o a lo que imaginamos de él”.

Para aquellos que se pudieran sentir intimidados, Mark Twain (autor de “Las Aventuras de Tom Sawyer”) nos dejó el más estimulante llamado a dejar lo que estamos haciendo y marcharnos:

“Dentro de 20 años te sentirás más decepcionado por las cosas que no hiciste que por las que sí hiciste. Así que suelta las amarras. Navega lejos del puerto seguro. Atrapa el viento del cambio en tus velas. Explora. Sueña. Descubre.”

RECUADRO

Durante los siglos XIX y XX, anglosajones, nórdicos y franceses predominaron entre los grandes viajeros. Todavía en 1989, cuando realicé mi primer tour por Europa, sin dinero y de “aventón” (tirando dedo), era poco común encontrar iberoamericanos. Falta medir los alcances y efectos de la crisis, pero creo que esto está cambiando rápidamente. En Mozambique, una mexicana me salvó de ser abandonado en una isla. En Laos, tres chilenas, un argentino, un uruguayo, una peruana y yo nos conocimos a bordo de un bote del Mekong. En general, nunca pasé más de un mes sin hablar español. Y ya que viajamos más, podríamos también empezar a contribuir con nuestras propias frases. Yo aprovecho para colar una mía:

La lección más profunda y más bonita que nos deja el viaje es la humildad: uno entiende que todas esas cosas que en casa vemos como valores absolutos, sin preguntarnos cómo es que las adquirimos ni si tienen sentido o no, son relativas, a veces absurdas, y que no hay más verdad en lo propio que en lo ajeno. Hay que aprender de nuevo: nunca estamos más allá de volver a ser bebés en pañales. Renacemos en un ambiente desconocido, nos dan nalgadas para despertarnos, abrimos los ojos… y nos encontramos con la invaluable oportunidad de que podemos volver a crecer.

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