Jiayuguan y Dunhuang: Un Caballo Celestial


Por Témoris Grecko / Dunhuang, Gansu, China.

Hace más de dos mil años, en algún momento entre 120 y 113 antes de Cristo, un caballo excepcional, de belleza extraña y maravillosa, emergió de un pequeño lago de un solo salto y se puso a disposición de un hombre. El sitio, por sí solo ya era extraordinario: impresionantes macizos de dunas, que se elevaban 300 y 400 metros, súbitamente se abrían para permitir que esa bella laguna, llamada Wuwa, existiera. ¿Cómo era que no se dejaban mover por el viento para sepultarla y borrar toda huella?

El hombre era Bao Lizhang, un funcionario del gobierno chino que corrió la suerte de los exiliados: una falta o un error habían servido para que lo condenaran a servir en tierras salvajes, en los límites occidentales del imperio. Muchos como él, al cruzar la última puerta del fuerte del paso Jiayuguan, tras la cual se encontraba lo incierto y lo inhóspito, arrojaban entre lamentos una piedrecilla contra la pared: si no rebotaba de regreso, su viaje estaba destinado a terminar en tragedia.

Gran Muralla en Jiayuguan. Galería de fotos de Jiayuguan aquí: http://www.flickr.com/photos/temoris/sets/72157615022967457/show/
Gran Muralla en Jiayuguan. Galería de fotos de Jiayuguan aquí: http://www.flickr.com/photos/temoris/sets/72157615022967457/show/

Cuando vemos el mapa de China, nos parece un territorio macizo, bien concentrado, estático por siglos. Pero en realidad, la China milenaria está en el este del país, entre Xi’an, Beijing y Hangzhou. Lo demás son conquistas: Sichuan, el sur, Manchuria. Y hacia el oeste, el Tíbet y la provincia de Xinjiang. En particular este último: al observar sus transformaciones a lo largo de la historia, ese mapa de China se ha extendido sobre los “territorios del oeste”, como eran conocidos, y los ha abandonado muchas veces, como saldo de las guerras y a la manera de un hombre que infla y desinfla una bota de vino.

El punto de comunicación entre Xinjiang y China, como la boquilla de la bota, es un largo corredor llamado Hexi, la salida más viable hacia occidente porque al sur se alza la gélida meseta del Tíbet y al norte, se extiende el infame desierto de Gobi. Una serie de oasis permitían subsistir a quienes avanzaban por el corredor. Y el punto clave, donde era más estrecho, era el paso Jiayuguan, que en los mitos chinos tiene una connotación parecida a la de Siberia en tiempos de Stalin: al régimen le urgía colonizar esas zonas para afirmar su control y para ello enviaba a sus súbditos al exilio: criminales, en principio, pero también funcionarios de bajo rango como Bao Lizhang, fugitivos, mercaderes. Su misión era convertirse en campesinos que produjeran alimentos para mantener a las guarniciones militares. Como el corredor de Hexi (hoy convertido en provincia de Gansu) semeja también una larga garganta, la expulsión era llamada kow wai o “sin la boca”, que representa la noción de que China los estaba escupiendo.

El fuerte está ahí, como nuevo. Su poderosa solidez me impresionó cuando lo vi desde la orilla opuesta de un lago congelado. Sus murallas son gruesas y uno no acaba de llegar nunca a los edificios principales, pasa una puerta y otra y otra, porque los arquitectos crearon espacios ciegos donde encerrar al enemigo cuando éste pensara que había vencido un nuevo muro. Tres altas torres permiten controlar el escenario. En la última puerta solía haber inscripciones de exiliados que lamentaban su suerte. Y a cada lado, norte y sur, salen los últimos extremos de la Gran Muralla china, destinados a bloquear el paso, forzar a los viajeros a someterse a la inspección en el fuerte y asegurarse de que nadie pretenda invadir el territorio.

Unos kilómetros más al norte, otra sección de la Gran Muralla está restaurada. La inmensa mayoría de las personas que la han visitado, lo hicieron en su parte más cercana a Beijing, junto con grupos inmensos de turistas que recorren sus anchos pasillos superiores, en donde pelotones enteros podían concentrarse para contener los ataques. Aquí, en donde termina esa obra construida y reconstruida durante siglos, es mucho más estrecha, su anchura admite a no más de dos personas juntas, y sube precipitadamente hacia las montañas. Subí y llegué exhausto a la primera cima, imaginando a los soldados que corrían arriba y abajo en el afán de contener a los invasores, que se protegían de las flechas y tropezaban unos con otros para desplomarse en caídas mortales.

El oasis de Jiayuguan termina ahí, con claridad: las tierras cultivadas a un lado, la aridez de Gobi por el otro, incapaz de admitir un arbusto, una raíz. Los restauradores colocaron aquí la réplica de una caravana de la Ruta de la Seda en tamaño real: camellos, mercaderes, servidumbre. Los hombres que deben haber sentido temor al abandonar la seguridad de China y cruzar el paso rumbo a territorios salvajes: para ellos, la Gran Muralla y el fuerte debe haberles despertado la angustia, también. Pero en el sentido inverso, tras haber superado el desierto y escapado de los nómadas, ver levantarse de entre la arena el perfil de los muros y de las torres debe haberles causado una enorme sensación de alivio y alegría, lo peor estaba por terminar.

A ocho horas en autobús desde Jiayuguan, o a semanas de viaje para las antiguas caravanas, hay otro oasis, el de Dunhuang. Este sitio es la base para visitar uno de los atractivos más importantes de China, que por la distancia no es suficientemente conocido: Mogao Ku, o cuevas de Mogao, uno de los puntos climáticos en la historia artística de la humanidad. Son llamadas también “cuevas de los mil budas”: a lo largo de mil años, entre los siglos IV y XIV, humildes monjes esculpieron, labraron o pintaron imágenes religiosas. La aridez, el frío, la resistencia budista y la suerte preservaron medio millar de cuevas del tiempo y las persecuciones imperiales (además de los rusos blancos: tras su derrota a manos de los soviéticos en la guerra civil rusa, a principios de los años 1920, muchos de ellos escaparon a china y las cuevas fueron usadas como cárcel para ellos, que destrozaron muchas obras de arte). El trabajo sostenido a lo largo de tanto tiempo dejó estatuas y pinturas con diversas influencias artísticas: greco-budistas (lo griego llegó hasta acá a raíz de que Alejandro Magno y sus tropas invadieron territorios de Asia Central, del otro lado de los grandes desiertos), chinas y mongol-lamaístas, que se mezclaron gradualmente.

Con el objeto de evitar sus deterioro, no hay iluminación artificial (ni se pueden tomar fotos) y las visitas son forzosamente guiadas. Así, a media luz, uno puede darle una ojeada a la vida en estos territorios de frontera, de reyes y ricos donantes (que financiaban a los monjes para aparecer en las escenas), grupos étnicos de todos los países centroasiáticos, mercaderes, peregrinos, bandidos, caravanas, los dos parísos del budismo mahayana, occidental y oriental, y feitian o apsaras, que son seres divinos que vuelan a lo largo del cielo budista.

Ya era marzo y las temperaturas seguían bajo cero, el arroyo cercano estaba congelado. ¿Cómo podían sobrevivir estos humildes monjes de hace mil años en túnica, que vivían en gélidas cuevas y estaban dedicados exclusivamente a multiplicar por millares las imágenes de Buda? La guía dijo que en febrero es normal estar 20 grados bajo cero.

Del otro lado de Dunhuang, fui a buscar el lago de la Luna Creciente. Me quedé maravillado desde mucho antes de llegar: al final de la carretera, se levantaban dunas gigantescas, como no había visto antes. Brillaban en el sol del atardecer, en parte doradas y en parte blancas y cegadoras, porque en la mañana había nevado y persistía la capa helada. Me subí a un camello para recorrerlas, llegué hasta la cima de una de ellas, pero era sólo la primera: otras mucho más altas se extendían hacia el horizonte.

 Dunas de Dunhuang. Galería de fotos aquí: http://www.flickr.com/photos/temoris/sets/72157615062431247/show/
Dunas de Dunhuang. Galería de fotos aquí: http://www.flickr.com/photos/temoris/sets/72157615062431247/show/

Después caminé hacia el lago, al lado del cual se levantan algunos edificios tradicionales. Parece una media luna, en efecto. Y alrededor, las enormes dunas. La existencia de este lago, llamado Wuwa miles de años atrás, parece efectivamente sobrenatural: ¿por qué se abren aquí las poderosas dunas, empinadas y difíciles de escalar, qué ha impedido por tanto tiempo que avance sólo un poco y lo hagan desaparecer? Invaden campos de cultivo, acaban con pueblos, cambian de forma y posición durante la noche y sorprenden a las personas en la mañana… pero el lago sigue ahí.

La tarea del exiliado Bao Lizhang era cuidar Wuwa para que los caballos salvajes pudieran beber. Un día observó a ese caballo portentoso. Para poder acercarse a él, creó una figura humana de barro que vistió con sus ropas y le colocó un lazo en las manos. Al principio, el animal receló, pero tras varias semanas se acostumbró. Cuando Bao lo estimó prudente, se colocó en lugar de la estatua, con esas ropas y el lazo, y sorprendió al caballo. Después lo domó y se lo ofreció al emperador.

Bao esperaba conseguir con esto que le quitaran el castigo y poder atravesar el fuerte del paso Jiayuguan de regreso a su hogar en China. Para asegurarse de que esto ocurrieran, planeó asociar al caballo con un evento divino y auspicioso e inventó la historia del salto fuera del lago. El emperador, que tenía una debilidad por las manifestaciones de lo sobrenatural y había bañado en regalos a un mago que no había hecho nada más que engañarlo, interpretó el cuento como un regalo de dios, un favor personal de la divinidad, y escribió una oda llamada “Canción del Caballo Celestial”. Bao Lizhang pudo volver a casa.

Wuwa, hoy lago de la Luna Creciente.
Wuwa, hoy lago de la Luna Creciente.

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