Regreso a la Gran Chang’an


Por Témoris Grecko / Chang’an

En el octavo día del primer mes del año 645, la calle del Pájaro Rojo de Chang’an estaba repleta de gente. “Todos los monasterios competían entre sí para preparar sus mejores estandartes, tapetes, sombrillas, mesas preciosas y palanquines”, dejó escrito Hui Li, el cronista del suceso. Cantaban oraciones, quemaban incienso, soplaban conchas y sonaban címbalos. La gran procesión transcurrió lentamente, con 657 grandes libros, reliquias del Buda y siete imágenes de oro, plata y sándalo. “¡Es el evento más espléndido desde la muerte del Buda!”, dijo Hui Li. Y todo en honor de un humilde monje que 18 años antes había salido clandestinamente de esa misma ciudad, capital imperial de China, en violación del edicto del emperador, para emprender en solitario el peligrosísimo viaje a India.

Leí sobre la proeza de Xuanzang cuando estaba en ese último país. El personaje me fascinó: sabio y valiente, intrépido y sosegado. Y a través de él me sedujo Chang’an, hoy llamada Xi’an, toda una Nueva York del siglo VII: aunque se había marchado de un país destrozado por la guerra civil (habían perecido dos terceras partes de la población) y en desobediencia al emperador Taizong, que acababa de tomar el trono con sangre, Xuanzang fue recibido con gloria porque el monarca quería su ayuda para conquistar las regiones del oeste. Ya no había huellas del desastre: la primera impresión del monje debe haber sido la del carácter cosmopolita de esa urbe inmensa, cuya población era de un millón de habitantes, incluida una cuarta parte de ellos que había nacido en otros reinos, algo totalmente fuera de lo común en la historia china. “Desde tiempos antiguos, siempre nos hemos amado demasiado a nosotros mismos y despreciado a los extranjeros”, declaró Taizong ante sus oficiales. “Pero yo amo a unos y a otros por igual”. Un proverbio chino dice que el océano es vasto porque ha bebido todos los ríos. El emperador tenía confianza en que la influencia exterior sólo le daría más esplendor a la cultura china.

Chang’an era el inicio de la ruta de la seda, la conexión entre Oriente y Occidente, y todo el mundo quería estar allí. “Desde cada país de Asia, tan lejos como Siria, llegaba gente”, me dijo Vera Zhang, una guía de turistas con seriedad de historiadora.

“Todos en busca de algo: los embajadores, de alianzas; los mercaderes, de fortuna; los misioneros, de conversos; los aventureros, de fama. Muchos se marchaban con historias de la sofisticación y la opulencia de Chang’an. Pero otros eran bienvenidos al servicio del emperador, que premiaba la aptitud y la lealtad. Cuando la corte sesionaba, todos los funcionarios vestían sus trajes nacionales”.

1400 años después, la calle del Pájaro Rojo, que era un boulevard de 150 metros de ancho, se ha encogido a la mitad, flanqueada por edificios de oficinas. En esa zona, la única huella de su antigua gloria es la Puerta del Pájaro Rojo, un arco que domina anacrónicamente el flujo de coches, autobuses y bicicletas en la hora pico. Aunque tiene un ambiente atractivo: las casas tradicionales han sido convertidas en tiendas de antigüedades, restaurantes y casas de té, como si fuera un set de cine. Esta impresión se hace más fuerte porque los encargados, que son en su mayoría ancianos vestidos con chaquetas típicas o camisas tipo Mao, se sientan en taburetes y a través de sus anteojos de arillo negro se pierden en periódicos que parece que les toma todo el día leer.

El cosmopolitismo de Chang’an también se expresó en sus riquezas espirituales. Hay templos que erigieron los cristianos nestorianos y los creyentes en Zoroastro, el fascinante mercado antiguo está presidido por una gran mezquita –muchos de los vendedores son musulmanes– y no falta un par de sinagogas, me hablaron de una monja francesa en un recinto taoísta y, por supuesto, tenía que visitar la soberbia Gran Pagoda del Ganso Salvaje, erigida por orden de Taizong para albergar los tesoros que había traído Xuanzang: los grandes libros contenían sutras, las enseñanzas del Buda, que en China eran conocidas mal y de segunda mano hasta que el monje arriesgó su vida para traerlas. Curiosamente, la pagoda está en la zona de la ciudad moderna, más allá de las sólidas murallas (de una anchura que va de 15 a 18 metros y una altura de 12: ¡era imposible abrirlas en brecha!) que encerraban la urbe original. Desde la cima de la pagoda, a 64 metros de altura, se podía ver toda Xi’an, pero ya no: en los alrededores crecen grandes bloques de apartamentos como matas fuera de control. La Pagoda preside sobre un gran complejo de templos y escuelas, y en la explanada que da acceso a él, hay una estatua del bravo monje.

La vez pasada que estuve en Xi’an era septiembre. Tengo mala suerte porque ahora en marzo, como entonces, predominaban los cielos grises y el clima frío. Además, esta vez, un anciano me echó de la Gran Mezquita (construido en los tiempos de Xuanzang, en 742, es un recinto magnífico, dividido en cinco patios con pabellones y salones, que mezcla los estilos chino e islámico) porque consideró que era irrespetuoso que yo hiciera fotos durante el servicio religioso del viernes. Yo tenía especial interés en volver a visitar el barrio mahometano de Xi’an porque sus habitantes, los hui, están especialmente ligados con la Ruta de la Seda: son comerciantes y descienden de quienes vinieron hace muchos siglos en las caravanas cargadas de productos, desde las regiones musulmanas de Asia. Xi’an es, de hecho, la puerta a la China musulmana, ésa que muchos no se imaginan que existe. A partir de aquí, y hasta el Mediterráneo, estaré en tierras donde se adora a Alá. Sólo haré una pausa en el monasterio budista de Taer Si, en Xining, en la meseta tibetana.

Con una amiga alemana, Elli, fuimos al museo del “Bosque de las Estelas”: miles de lozas grabadas con textos de todo tipo, desde históricos y filosóficas hasta documentos legales e inventarios, incluidos algunos escritos de Confucio y de Xuanzang. Me impresionó que se tratara de un museo de casi 1000 años de antigüedad, fue fundado en 1087. También visitamos el Museo de Historia de Shaanxi, la provincia de Xi’an. Esperaba que fuera más grande porque esta zona es el corazón de la China antigua, Chang’an fue su capital por centurias. De todos modos, tiene piezas magníficas, muchas desenterradas en el sitio de los guerreros de terracota. Visité el recinto que los alberga hace dos años y medio: 10,000 figuras de soldados (se cree que hay más sin descubrir) y caballos de arcilla en tamaño natural, que originalmente sostenían arcos, espadas y armaduras verdaderas. El hallazgo casual de estos ejércitos de lodo, por campesinos en 1976, es calificado por algunos como el mayor hito arqueológico del siglo XX. Tienen la inusual característica de que nos permiten ver cómo eran los hombres de clase baja de la época, cómo se vestían los guerreros de a pie, qué armas usaban, cuáles eran sus rasgos físicos. Normalmente, la información que nos llega de la antigüedad proviene de las tumbas y palacios de los monarcas, nobles y grandes sacerdotes; de los pobres, sólo quedan entierros sencillos y sus cuerpos y humildes ropajes están destinados a convertirse en tierra fértil.

Sin embargo, no dejó de hacerme sentir incómodo su historia: cientos de miles de personas se vieron afectadas de una u otra forma (muertes, hambre, enfermedades) por la cobardía de un déspota enfermo, el emperador Qin Shi Hung, un gran asesino que en tiempos de Xuanzang ya era una centenaria referencia de despotismo. Él mandó a hacer los guerreros hace 2000 años porque tenía miedo de lo que le pudiera ocurrir en su paso a la otra vida y creía que las figuras de terracota lo podían proteger. Como es natural, la gente guardó grandes rencores y en la primera rebelión, apenas muerto Qin, atacaron varias de las enormes tumbas. Los que nos presentan ahora son los sobrevivientes del motín, ocres e impávidos.

Chang'an
Pagoda del Gran Ganso Salvaje

Hacer click aquí para ver más fotos de Xi’an

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NOTAS PERSONALES (POR SI A ALGUIEN LE INTERESAN)

Me senté en la sala de espera, frente a la puerta por donde pasaría al avión. Y me di cuenta, de golpe: todavía me encontraba en México, en ese espacio tan familiar de demostradoras que ofrecen tequila frente a las tiendas de duty free y voces femeninas que anuncian vuelos a Chihuahua. Pero yo ya me sentía fuera. Me dio la impresión de que, súbitamente, había vuelto a ser el de casi dos años atrás, cuando regresé de mi primera vuelta al mundo. Sólo cinco minutos antes me había despedido de mis padres, de mi hermano, de mi amiga Brisa. Pero ya estaba otra vez muy solo, dependiente de mí mismo en este salto voluntario y de cabeza hacia el océano de otros pueblos, idiomas y alfabetos desconocidos, costumbres insospechadas y oficiales de migración. Solo, con mi hogar dentro de una mochila. Y demasiado peso en libros y equipo.

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El viaje fue muy bueno, aunque duró casi 24 horas en tres vuelos y dos escalas (Los Ángeles y Beijing), y además en Xi’an tuve un aterrizaje “suave”, ideal para aclimatarme a la nueva dinámica. De L.A. a Beijing, tuve una compañera muy agradable, una china que estudia en Texas, Yezi Jin, que se preocupó porque no traigo ropa adecuada para el frío invernal de su país. Compró un chocolate a bordo para que lo pueda comer si un día tengo hambre y frío. Imbuido de misticismo chino, lo consideré como un evento auspicioso. Después, en Xi’an llegué al hostal Siete Sabios (Qixian), donde me alojé cuando vine en septiembre de 2006. La gente se acordó de mí, de México, y me mostró una pared donde hay muchas fotos, varias de ellas con mi carota. Para coronar, coincidió que Elli, una encantadora chica alemana que conocí aquí en aquellos días, está de visita e hicimos varios paseos juntos. O sea que gran inicio.

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