En el nombre de Dios (y el fascismo)


Sus padres le inculcaron ir a misa todos los días y sus profesores le dijeron que los judíos y los comunistas eran los malos del cuento, pero fue Salvador Borrego, un autor que enaltece la vida de Hitler, quien delineó la ideología del líder más sonoro de la extrema derecha mexicana. Serrano Limón se entusiasmó tanto con la obra del gurú mexicano del nazismo que durante años envió a los militantes de Provida a que tomaran los cursos de historia que impartía Borrego. Presentamos algunos fragmentos de El vocero de Dios. Jorge Serrano Limón y la cruzada para dominar tu sexo, tu vida y tu país(Grijalbo), un libro que desentraña los entretelones de la trayectoria pública y privada del dirigente del grupo ultra conservador que se opone al aborto y al uso del condón, y que contribuye a conocer mejor a los movimientos ultracatólicos que actúan tanto en la base como en las cimas del poder político y económico.

El jueves 13 de noviembre a las 17.00 horas será presentado por el experto en religión Roberto Blancarte, el músico y humorista Fernando Rivera Calderón, y los autores, con la moderación del periodista Marco Lara Klahr. Centro Cultural El Foco, Tlacotalpan 16, entre Aguscalientes y Campeche, Colonia Roma. Ciudad de México.

Por Salvador Frausto y Témoris Grecko

Jorge Joaquín Ignacio Serrano Limón nació el 16 de agosto de 1952 en la Ciudad de México. Creció en la colonia Narvarte, en donde se unen Pestalozzi y Eugenia, 20 años antes de que esta última se convirtiera en eje vial. En ese tiempo los niños podían salir a jugar a las calles, por lo que Jorge, aficionado al futbol desde chico, disfrutó mucho esa etapa de su vida. Estudió la primaria en la Benito Juárez de la colonia Roma, una escuela pública que goza de prestigio por su alto nivel académico. Cuando terminó el cuarto grado sus papás lo cambiaron al Fray Juan de Zumárraga de la colonia Del Valle, un colegio de instrucción religiosa. “Ahí jugué en los equipos de basquetbol y de futbol, no porque fuera bueno, sino porque eran pocos alumnos”. Tenía rivalidad con otros centros educativos católicos, como el Instituto México y el Centro Universitario México. Eso lo entusiasmaba porque le gusta la competencia. Sus recuerdos también giran en torno al balón en la preparatoria, que cursó en La Salle, donde se consolidó como un defensa central aguerrido, duro. “Yo era de confrontación, le pasaba la pelota a algún jugador y me iba al ataque. Y soy hincha de las Chivas locas que no ganan.”

También se aficionó al tenis y luego al box, “algo que no me explico, porque es un deporte salvaje realmente, porque se dañan dos personas. Llegué a ver mucho a Mantequilla Nápoles, a Rubén Olivares, a Castillo, a Saldívar, todos los sábados en la tarde”. Además iba al cine, donde vio una película española “bellísima, preciosa”: Marcelino, pan y vino. En cambio, “la peor que he visto, por la que ni siquiera pude dormir, fue El general no tiene quien le escriba[en realidad es El coronel…, basada en la novela homónima de Gabriel García Márquez]…” .

En esa época, la de La Salle, empezó a tener contacto con los profesores que recuerda con más cariño, como Salvador González, “el hermano Chava”, y el hermano Juan del Castillo, “todos ellos religiosos admirables, de una sola pieza”, además de Víctor Manuel Sánchez Steinpreis, señalado por su participación en grupos como el Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO), la Guardia Unificadora Iberoamericana (GUÍA) y la Organización Nacional del Yunque. “Fue un muy buen profesor”, dice Serrano Limón. “Recuerdo que hablaba de todo lo que era el socialismo, la lucha entre capitalismo y comunismo.” Eran los años sesenta. Un compañero suyo, que no desea ser identificado, recuerda al líder pro vida vestido siempre de pantalón negro, camisa blanca y un suéter tejido color negro, con cuello en V. Usaba gafas que se le resbalaban por la nariz. Dice que Serrano Limón tenía un apodo, Stalin, y que en las fiestas les llamaba la atención a los chicos que bebían o se besaban con las muchachas. Pero Serrano Limón no lo recuerda así: “De negro, no. No vestía extravagante, se daba en aquel entonces el movimiento hippie, que era el pelo largo, los aretes, las camisas floreadas, sin embargo, nunca me llamó la atención, nunca me gustó vestir de forma escandalosa pero tampoco de negro”. Ni se excedió con el alcohol, como le dijo al periodista Raúl Tortolero: “Nunca me he emborrachado, ni siquiera mareado, ni he tomado más de dos copas”.

RELIGIOSILLO DESDE CHIQUILLO

Su padre, Gustavo Serrano Mass, fue un abogado priísta del D. F. que ocupó un puesto en la Secretaría de Salubridad y Asistencia y que, además, tenía un despacho que le prestaba servicios a la Suprema Corte de Justicia. “Fue muy amigo del presidente Emilio Portes Gil [1928-1930]”, dice el activista. Su madre, María Isabel Limón Oropeza, era originaria de Pachuca y se dedicaba a las labores del hogar. “Se desvivían mucho por mis hermanos y por mí, íbamos los domingos a misa y diario iba mi mamá a misa; mi papá, aunque no iba a misa diario, iba todos los días a la iglesia antes de irse a la oficina.”

Económicamente, su infancia fue cómoda, pero cuando tenía ocho años su padre sufrió una embolia que le arrebató la movilidad del lado izquierdo del cuerpo, el habla y la lucidez, y lo forzó a intentar una lenta recuperación: “Mi papá estuvo luchando por salir adelante, por sentarse, por caminar, por hablar y luego se fue levantando hasta que reabrió el despacho, eso se me quedó muy grabado”. Una década dura, al final de la cual Serrano Mass murió de una peritonitis en 1971, cuando Jorge tenía 18 años. Su mamá tiene actualmente 90 años y vive en casa del dirigente pro vida. Gustavo Serrano y María Isabel Limón tuvieron ocho hijos: Maribel, Martha, Gustavo, Graciela, Francisco, Victoria, Jorge y Juan Carlos.

Jorge Serrano Limón terminó la preparatoria justo en la época en que murió su papá, por lo que debió buscar cómo ayudar a la familia. “En aquel momento estaba el auge del programador [informático] y empecé a trabajar en el Centro Rosenblueth”. Como el padre había muerto intestado, su hermana Victoria consiguió la ayuda de un abogado con el que luego se casaría, José Antonio Ortega Sánchez, identificado como miembro del Yunque. El joven Jorge, que no podía pagarse los estudios superiores en La Salle ni pudo ingresar a la unam porque estaba en huelga, entró a una escuela privada laica de menor costo, la Universidad Latina. Ahí se graduó en administración de empresas con especialidad en sistemas de información. Luego vinieron otros trabajos, también en áreas de computación, en la Secretaría de Programación y Presupuesto y más tarde en la Secretaría de Educación Pública.

En varios momentos llegó a sentir inquietud por llevar una vida religiosa y conversó con algunos sacerdotes, “pero dije ‘no, aquí no es mi vida, mi vida es el matrimonio'”. No obstante, fueron aquellos años, los de la prepa y la universidad, los que terminaron vinculando a Jorge Serrano Limón con el mundo de los grupos católicos de carácter secreto o “reservado”. Su hermano Francisco, un hermano lasallista de ideas radicales, fundó en los años setenta Juventud por la Vida, una asociación católica en la que compartió liderazgo con Bernardo Ardavín Migoni y Rogelio Barrón, vicerrectores académico y administrativo, respectivamente, de La Salle durante aquella década. Si bien esta agrupación era de carácter público, los tres dirigentes la utilizaban para observar a posibles candidatos que con el tiempo se irían integrando a la Organización Nacional del Yunque, ésta sí de perfil secreto. (…)  Mientras Francisco se desempeñaba como profesor y directivo de colegios lasallistas como el Cristóbal Colón y el Simón Bolívar, Jorge destacaba en Juventud por la Vida -desde los 16 años de edad- por ser un muchacho que abrazaba con fervor las ideas religiosas que ahí les inculcaban.

Marcelo Ebrard, uno de los alumnos de Francisco y hoy jefe de Gobierno del Distrito Federal, recuerda a su profesor como un tipo despótico que humillaba a los estudiantes para castigarlos, que mostraba videos de fetos abortados y que reclutaba a chicos para practicar artes marciales y participar en manifestaciones antiaborto y antico- munistas. Otro ex alumno ha escrito que “el hermano Paco hacía en clase afirmaciones pro nazis, antisemitas y misóginas”. (…) Juventud por la Vida le dio a Jorge Serrano Limón sus primeras experiencias como activista católico. Él describe a sus miembros como “jóvenes de una formación dura, recia, que se reunían con la finalidad de defender la vida y difundir la doctrina de la Iglesia católica”. Le preguntamos que qué entendía por “formación dura y recia”, él contestó: “Tenían una jerarquía muy clara, muy marcada. Tenían actividades, como era el futbol americano, como era la bandera, como eran los caballazos, el enfrentamiento cuerpo a cuerpo, ese tipo de eventos duros, varoniles, para formar la voluntad. Actividades que tenían lugar a las 5 de la mañana. Había disciplina”. (…)

SU GURÚ NAZI

En la base del pensamiento de los católicos radicales (UNS, Tecos de Guadalajara y Yunque, entre loas más destacados) está la certeza de que la Iglesia de Roma enfrenta un asedio mundial promovido por judíos y masones: “la conspiración judeo-masónica” que creó el monstruo bicéfalo del comunismo y el liberalismo, y que trata de debilitar a la sociedad cristiana mediante la corrupción moral de sus integrantes. Derrota mundial, de Salvador Borrego, y Los protocolos de los sabios de Sión, un panfleto antisemita aparecido en Rusia en 1903, son dos lecturas obligatorias para los militantes de estos grupos. (…)

En 1953, un año después de que naciera Jorge Serrano Limón, Salvador Borrego publicó su primer libro, Derrota mundial, que se convertiría en un bestseller internacional: 48 ediciones a la fecha y todavía lo promueven en América Latina diversas organizaciones de católicos radicales. Cuando publicó este texto, Borrego era lector de cables de las agencias internacionales en Excélsior, un diario que en los años cuarenta mostró cierta simpatía con el Tercer Reich. En su obra, el autor retoma la argumentación contra los judíos y la aplica al conflicto armado de 1939-1945: la de Adolfo Hitler no fue una guerra de agresión, sino de autodefensa contra la amenaza comunista representada por la Unión Soviética, ya que Stalin estaba bajo control judío. Trágicamente, escribe Borrego, el judaísmo logró engatusar a las potencias occidentales e involucrarlas en defensa de Moscú, lo que llevó a la caída de Alemania y a la “derrota mundial”. Según Borrego, el Holocausto nunca ocurrió y es una invención propagandística. Para demostrarlo, ofrece cifras a su gusto: antes de 1938 había 6 millones de judíos en Europa, por lo cual, si los nazis hubieran matado a 6 millones, como se afirma, ¿cómo se explicaría que, tras 1945, “aún había tantos que pudieron asumir innumerables puestos públicos, montar tribunales de desnazificación y ocupar cargos directivos en el comercio, en la industria, en la banca y en general en todas las actividades públicas? […] ¿Se trataba acaso de una mágica resurrección?”

Tras leer la primera edición, José Vasconcelos quiso escribir el prólogo para la segunda (y todas las subsecuentes), donde afirmó que la obra era “una de las más importantes que se hayan publicado en América”. (…)

Serrano Limón reconoce que leyó los libros de Salvador Borrego: “En aquel entonces se me hacían muy dramáticos, aunque ahorita digo que están muy cercanos a la realidad, pero sí lo llegué a ver en Derrota mundial”. Borrego tenía oficinas en la calle Sadi Carnot, en la colonia San Rafael, cerca del colegio Cristóbal Colón (que después se cambiaría a Lomas Verdes, Naucalpan), adonde acudían los hermanos Serrano Limón y sus chicos de Juventud por la Vida, como recuerda Jorge: “Tenía un despacho, una biblioteca grandotota, enorme, de pared a pared, de techo a piso. De piso pero madera vieja, techos muy altos. Tenía una mesa grandotota, y él hablaba. Unos le preguntaban de la masonería, de la Internacional Socialista, de Hitler, de Plutarco Elías Calles, y él conocía todos los temas. Uno lo escuchaba hablar durante 20 o 30 minutos y nos daba una cátedra de lo que hacía el gobierno mexicano, de lo que hacía Plutarco Elías Calles, de lo que hacía Juárez, de lo que hacía Gómez Farías, de las acciones de la masonería en México. Era muy interesante escucharlo, porque conocía muchísimos datos; sacaba los tratados, ahí los tenía en su biblioteca; nos los enseñaba; cuándo se firmaron los tratados, quiénes participaron… Era muy interesante”. A lo largo de una década, de 1970 a 1980, los Serrano Limón le enviaron jóvenes: “No eran cursos formales. Le hablábamos, que si nos podía dar un tema, decía que sí. Cada mes, a veces cada semana, pero generalmente cada mes, íbamos, había veces que yo no podía ir, iban los muchachos a platicar con él. Eran clases de historia, más bien. Hasta que dejamos de organizarnos y de mandar a los muchachos. Los tomaban muy bien, salían muy bien formados, pero luego, simplemente dejamos de organizarlos. No se dio un distanciamiento ideológico o personal, nunca lo hubo”.

A pesar de haber sido un entusiasta de Borrego, tanto como para considerar que su pensamiento era necesario para la formación de los jóvenes y dedicar años a promoverlo, Jorge Serrano Limón pinta una raya con respecto a la admiración de Borrego por Hitler: “Ahí yo difiero. No justifico al nazismo. Si bien es cierto que el comunismo era un peligro real, también es cierto que el nazismo es otra manera de deshumanización. Jamás, jamás voy a justificar ni al comunismo, porque es un sistema que aleja al hombre de Dios y porque es un sistema implícitamente perverso, ni al nazismo. El nazismo es una verdadera aberración, es un genocidio perpetrado en contra de una raza, y además creyéndose la súper raza, por encima de todos, por encima de los discapacitados, de los imposibilitados, de los más débiles. Su filosofía es totalmente contraria a lo que sostiene el cristianismo”.

Por quien sí profesa admiración, en cambio, es por el militar insurrecto que, con la ayuda de Hitler y Mussolini, destruyó la república española para imponer una dictadura católica de cuatro décadas: “Francisco Franco hizo una lucha muy importante, no lo podemos juzgar con los parámetros de ahorita. Habrá que juzgarlo con los parámetros que había en aquel entonces. Franco trabajó bien por España, la consolidó, hizo un buen trabajo en el aspecto social, político. Creo que fue un buen estadista”.

¿Y EL ANTISEMITISMO?

En julio de 2002, la Iglesia Católica logró que fuera pospuesto el estreno de la película “El crimen del Padre Amaro” para que no coincidiera con la visita del papa Juan Pablo II. Pero su objetivo era la censura total del filme. Fueron Serrano Limón y su Comité Nacional Provida quienes dispararon los primeros tiros, menos de 48 después de que se fue el Papa. Para cuestionar a la película, Serrano Limón y Rocío Gálvez (dirigente formal de Provida) podían haber elegido plantear un argumento detallado sobre los puntos negativos que creyeran encontrar en ella. Pero hubo algo que les saltó de inmediato: entre quienes tenían que ver con el filme, directa o indirectamente, ¡había judíos! Uno era el productor, Arturo Ripstein. Otro, el director general del Instituto Mexicano de Cinematografía, Alfredo Joskowicz, cuya dependencia -no él- había aportado menos de la quinta parte del presupuesto de la obra (el resto del financiamiento venía de Veracruz, España, Argentina y Francia). Los inquisidores decidieron dejar libres -por el momento- al director, Carlos Carrera y al guionista (o sea, mente creadora de cualesquiera blasfemia se hubiera proferido), Vicente Leñero, ambos católicos y, desde la perspectiva religiosa, sujetos a la guía moral de la autoridad eclesiástica. Tampoco se dirigieron a Gael García Bernal, intérprete del cura abusador, ni a Ana Claudia Talancón, quien encarnó a la pecadora culpable de incendiar las hormonas del buen padrecito, señuelo viperino hacia el camino del mal.

Serrano Limón y Gálvez creyeron que el origen étnico de Ripstein y Joskowicz los hacía diferentes de los demás involucrados en la cinta y del resto de los mexicanos y que les daba responsabilidades particulares. Difundieron una carta abierta, firmada solamente por Gálvez, en la que los cuestionan por lo que presentan como un comportamiento equiparable al del propagandista nazi Joseph Goebbels, y además asimilan “El Crimen del Padre Amaro” a filmes realizados por orden de Hitler para justificar el extermino de millones de personas: “El cine es un medio de comunicación de ideas y de sentimientos muy poderoso. Así lo comprobó el siglo pasado Goebbels, el ministro de propaganda de la Alemania Nazi, quien por mandato de Hitler realizó varias producciones con el objetivo de generar odio contra los judíos. De entre éstas Goebbels produjo una cinta maestra de la manipulación titulada ‘El Judío’, la cual influyó enormemente en el aborrecimiento del pueblo alemán contra esta raza y su deseo de exterminarla”. Párrafos después, la misiva termina así: “Nos produce un enorme dolor que personas como Arturo Ripstein Rosen (productor) y Alfredo Joskowicz (Director General de Imcine) produzcan cintas que pueden generar la repulsión y el aborrecimiento contra la religión y la Iglesia Católica, como en su tiempo Goebbels produjo cintas para fomentar el odio hacia el pueblo judío. No debemos olvidar la amarga lección de la experiencia nazi”.

¿Se dejaba ver así la influencia del antisemitismo del maestro Salvador Borrego? Cuestionado por los autores de este libro, Jorge Serrano Limón lo rechaza. Primero se sorprendió por la carta: “¡Ah, Chihuahua! Eso es una mentira o alguien que no está…” Le leímos algunos párrafos y la reconoció:

-Creo que sí recuerdo vagamente esta carta, y creo que sí la sacamos haciendo estas referencias, pero no hubo una crítica directamente al judío por ser judío.

-¿Por qué la dirigieron sólo contra Ripstein y Joskowicz, entonces, y dejaron fuera al director, al guionista y a los actores?

-No lo hicimos porque fuera judío o no, más bien eran las personas que conocíamos o que para nosotros era evidente que estaban ahí, pero no porque hayan sido judías. No tenemos nada contra los judíos.

-Salvador Borrego niega que haya habido un holocausto en el que mataron a seis millones de judíos. ¿Usted qué cree?

-Bueno, yo sí creo que los nazis mataron a una cantidad impresionante de judíos. No sé cuántos, pero fueron muchísimos, y para nosotros es reprobable, completamente. Nosotros condenamos el nazismo, por su violencia, primero, y luego por otras cuestiones, pero primero por la violencia.

-Y cuando ustedes dirigen la carta hacia estas personas, ¿por qué no la dirigen hacia Carlos Carrera, el director, hacia Leñero o hacia los actores, Gael García Bernal y Ana Claudia Talancón, que para el caso son mucho más conocidos que Ripstein y Joskowicz?

-No me acuerdo, pero no fue por cuestión racista, porque hayan sido judíos. No recuerdo el momento, tendría que meterme un poquito más.

-¿Usted elaboró la carta o la hizo Rocío Gálvez?

-Ehm… No, yo elaboraba casi todos los comunicados. Ehm, este comunicado… yo lo debí haber elaborado.

(Publicado originalmente en Mundo Abierto.)

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