¿Y no será que Brad Will se suicidó?


Por Témoris Grecko / Ciudad de México

Como si las autoridades judiciales de Oaxaca tuvieran alguna huella de credibilidad, eficacia, honestidad e imparcialidad, la Procuraduría General de la República (PGR, equivalente a una fiscalía nacional) les agradeció la ayuda prestada para esclarecer el asesinato del camarógrafo estadounidense Brad Will, hace dos años, el 27 de octubre de 2006. Y como si esta colaboración nada menos con los sospechosos de ser los verdaderos asesinos de Will reforzara su propia credibilidad, la PGR acusó del asesinato nada menos que a los activistas a los que Will fue a apoyar, o sea, a sus compañeros. Y como si esto no fuera ya demasiado bizarro, la parte más poderosa de la prensa mexicana, como los canales de las empresas Televisa y Televisión Azteca (que representan más del 95% de la cuota de audiencia de televisión abierta), asumieron acríticamente la versión presentada por la PGR y reprodujeron sin acotaciones los videos que supuestamente respaldan las conclusiones del organismo.

Más allá de que, eventualmente, pudiera demostrarse que los asesinos de Will no fueron aquéllos con los que él simpatizaba, sino sus enemigos, el daño está hecho: en la sociedad mediática, cuenta mucho más el juicio de la pantalla que el de la justicia. Y ya el gobierno federal del panista Felipe Calderón, la PGR, Televisa y Televisión Azteca, por lo menos, le hicieron un favor inestimable al matón gobernador de Oaxaca, el priísta Ulises Ruiz, quien de esta forma deslegitima a sus impugnadores

Un poco de historia: Ruiz es uno de esos mandatarios que nos recuerda que amplias regiones de México siguen atadas al feudalismo rural del siglo XIX. Es un asesino, represor, corrupto, charlatán y hablador, todo un ejemplo de historia viva: cuando los estudiantes deben aprender qué eran figuras políticas dinosáuricas como el cacicazgo y la dictadura policiaca, los profesores sólo tienen que mandarlos a un fabuloso museo de historia viva como es Oaxaca, todo un parque jurásico donde los velociraptores y los tiranosaurios todavía se mueven con libertad.

Un ambiente cretáceo como éste generó respuestas sociales adecuadas a él. Una protesta magisterial que se convirtió en un movimiento popular de rechazo al gobernador, se radicalizó ante la sangrienta represión y quedó en manos de extremistas ligados a los incipientes grupúsculos guerrilleros que hay en las montañas del sur, que vieron en ésta su oportunidad de ganar centralidad política. A los ojos de los observadores de izquierda y derecha, Ulises Ruiz parecía insostenible, el gobernador no escondía su cavernarismo y actuaba de manera flagrantemente ilegal. El Senado de la República tiene las facultades de declarar la desaparición de poderes en un Estado. Y un gobernador debilitado, cuestionado y desacreditado, necesita del apoyo del gobierno federal para sostenerse. Calderón no tenía que hacer mucho más que dejarlo caer.

Aquí entró en juego el complejo ajedrez político del país. Calderón es un presidente débil, que ganó la Presidencia por apenas 0.5% y cuyo partido, el PAN, controla apenas una tercera parte del Congreso. Otro tercio está en manos de la que entonces era la segunda fuerza política (no lo es más, es un partido caníbal, pero sus diputados y senadores siguen allí), el PRD, autodeclarado de izquierda, cuyo candidato presidencial quedó un 0.5% debajo de Calderón y, dadas las mañanas que intervinieron en el proceso electoral, denunció fraude y se considera “presidente legítimo”. Esto significa que Calderón, a quien le urgía un socio para ganar gobernabilidad, tenía la puerta izquierda cerrada con cien candados. La otra puerta era la del partido dinosáurico por excelencia, el que gobernó México durante 71 años y quedó en tercer lugar en la elección presidencial, el PRI. Conscientes de que son indispensables para Calderón, los mafiosos del PRI le han vendido muy caro su amor. Y uno de los requisitos de cortejo es que el gobierno federal les dé todo el respaldo necesario a los gobernadores reptiles del PRI. El conflicto en Oaxaca no empezó con Calderón, sino durante el gobierno de su compañero de partido y antecesor en el cargo, Vicente Fox. Torpe y desatinado, Fox también tenía este tipo de cercanía con los dinosaurios del PRI. Durante su campaña, Calderón aseguró que terminaría con estas complicidades jurásicas. Pero las mantuvo.

En uno de los enfrentamientos entre activistas de la APPO (Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca) y los policías de Ruiz, que Bradley Will documentaba cámara en mano, el estadounidense fue herido por dos balas y murió mientras los activistas lo trasladaban. Ya habían muerto decenas de mexicanos, pero el asesinato de un ciudadano extranjero hizo que el nivel de alarma se elevara y propició la intervención de la policía federal. No para expulsar por fin a Ruiz, sino para estabilizar la situación en su favor.

¿Quién mató a Will? Les tomó dos años de demoras arrastrar las cosas hasta darles vuelta. No sin contratiempos: a principios de la semana pasada, la Comisión Nacional de Derechos Humanos emitió una recomendación en la que señala las graves inconsistencias de la indagatoria de la policía oaxaqueña, hizo peritajes propios y, con base en evidencias, testimonios, reportes forenses y el video donde Will captó su propia muerte (como se ve en el video que aparece arriba, Will grabó a los policías vestidos de civil que hacían disparos; también es relevante el tiempo que transcurre entre que se escuchan una detonación y el quejido de dolor del camarógrafo), para establecer que el disparo que lo mató fue efectuado desde larga distancia, del lado donde estaban los policías, y no de cerca, donde Will corría junto a los activistas.

La versión oficial, presentada el viernes por la PGR, es la contraria: Will recibió un primer disparo desde muy cerca, menos e dos metros de distancia, y un segundo para rematarlo, cuando era trasladado. El responsable es un activista que ya está en prisión. El supuesto motivo: varias personas de la APPO –los mismos que se detuvieron a ayudarlo y trataron de sacarlo de la zona- estarían molestas no porque los policías los estuviesen tiroteando , sino porque Will estaba “tomando fotos”, y decidieron matarlo. En este contexto, la PGR presenta a Bradley Will como “periodista”. El mensaje implícito es que a los periodistas no los quiere nadie y por lo tanto los activistas no tendrían reparos en eliminarlo.

Pero Bradley Will no era un periodista, al menos en el sentido tradicional del término. Will era un hombre con un compromiso político, un anarquista que viajaba por el mundo (Chequia, Argentina, Chiapas, Brasil) para apoyar las causas en las que creía, y que estaba en Oaxaca levantando imagen para un documental militante que sería difundido a través de Indymedia, una red internacional de páginas web de extrema izquierda. Para los activistas de la APPO, Bradley Will no era otro periodista incómodo, sino alguien que les iba a permitir exponerle al mundo su versión de las cosas, algo que valoraban mucho al sentir que los medios nacionales abusaban de ellos al presentar información manipulada del conflicto, sin darles derecho de réplica. Tras su muerte, el subcomandante Marcos, del Ejército Zapatista, lo llamó “compañero” que “lleva la voz de la gente de abajo para que sea escuchada”.

Esta versión de la PGR, además, no esclarece las muertes de otros dos profesores en el mismo escenario, simplemente los ignora: ¿A ellos también los mataron sus propios compañeros? ¿Estaban los activistas más preocupados por matar al camarógrafo desarmado que en defenderse de quienes los estaban tiroteando?

Hace casi 15 años, un secretario de transportes del Distrito Federal, envuelto en un complejo escándalo, murió de dos tiros en el corazón. La policía salió en la televisión a explicar que el hombre se había colocado la pistola en el pecho, había disparado, recibido el impacto y una herida de muerte, y aún así, había mantenido el arma exactamente en la misma posición, y el cuerpo no se había movido ni un milímetro, y además había tenido todavía fuerza y decisión para volver a jalar el gatillo, de manera que una segunda bala había hecho un recorrido idéntico a la primera. Porque al hombre no lo mataron, sino que quiso suicidarse bien suicidado, no fuera que fallara.

¿Hasta dónde va a llevar el presidente Calderón su compromiso con el PRI? ¿No se supone que es ya consciente de que es la impunidad a todos los niveles lo que tiene al país hundido en la violencia? Lo que ofende es que los panistas de hoy, como los priístas de ayer, creen que el pueblo es pendejo.

Notas de la cadena estadounidense Telemundo

(Nota: chequen en el sitio web “Friends of Brad Will”, donde tampoco se tragan la versión oficial.)

(Publicado originalmente en Mundo Abierto.)

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