Un océano de todos los ríos


Columna Fronteras Abiertas en National Geographic Traveler (Julio 2008)

China está venciendo su desconfianza milenaria hacia lo extranjero. 1400 años después, el cosmopolitismo de Chang’an renace en Shanghai

Por Témoris Grecko

Desirée Wang era militar a los 18 años, usaba uniforme de tonos olivo y una vez marchó frente a la universidad donde tenía el sueño de estudiar. Al verla ahora, a sus 45 o 50, hermosa y vivaz en jeans deslavados y una fina blusa italiana de color rosa, no podía imaginarla en aquellos días de la “revolución cultural” de Mao Ze Dong, cuando la nación completa era un mar de cuatro colores: azul para los obreros, verde para los soldados, gris para los cuadros del Partido Comunista y negro para los campesinos. Su inglés recuerda al de la reina y se dedica a instruir a niños extranjeros en costosos colegios de Shanghai. Si hubiera anticipado tal futuro cuando era adolescente (no podía, era impensable), hubiese sido severamente castigada, humillada en público, forzada a hacer una “autocrítica”.

“Todo lo foráneo era burgués y malintencionado”, conversaba mientras comíamos pato rostizado en el tren donde la conocí, poco antes de llegar a Shanghai. Con una cuchara, se llevaba los fideos a la boca pegada al cuenco, y me miraba con aire estudioso. “Cualquier persona educada en Occidente era tomada por traidora, abrían las cartas para censurar el contenido, le rompieron los dedos a un pianista que se rehusó a dejar de tocar Mozart”. Las anécdotas no terminaban. “Decían que la influencia extranjera nos podía corromper, que podría conducir a una transformación pacífica de China por el capitalismo occidental, a su triunfo sobre el socialismo, que así nos arrojaría de vuelta al abismo profundo y al fuego llameante, y volveríamos a sufrir”.

¿Ceguera comunista? No. Mao sólo reeditó una milenaria actitud de los chinos, un pueblo con 5,000 años de historia y una cultura poderosísima, que ha pasado la mayor parte de ese tiempo rechazando y temiendo a los extranjeros. Todavía hoy, muchos de ellos ven a los no chinos como incultos, al tiempo en que se sienten amenazados por las influencias foráneas.

No fue el caso de Taizong, uno de los cinco emperadores que Mao admiraba (una selección muy exclusiva de entre los centenares de monarcas que los alumnos chinos tienen que memorizar). Él gobernó del año 626 al 649 desde Xi’an, la famosa ciudad de los guerreros de terracota. Yo la había visitado semanas atrás y todavía encontré huellas del esplendor que tuvo en aquella época, cuando se llamaba Chang’an y era toda una Nueva York del siglo VII. Tan cosmopolita que una cuarta parte de la población de “la ciudad del millón de personas” era originaria de otros países. “Desde tiempos antiguos, siempre nos hemos amado demasiado a nosotros mismos y despreciado a los extranjeros”, declaró Taizong ante sus oficiales. “Pero yo amo a unos y a otros por igual”.

Chang’an era el inicio de la ruta de la seda, la conexión entre Oriente y Occidente, y todo el mundo quería estar allí. “Desde cada país de Asia, tan lejos como Siria, llegaba gente”, me dijo Vera Zhang, una guía de turistas con seriedad de historiadora. “Todos en busca de algo: los embajadores, de alianzas; los mercaderes, de fortuna; los misioneros, de conversos; los aventureros, de fama. Muchos se marchaban con historias de la sofisticación y la opulencia de Chang’an. Pero otros eran bienvenidos al servicio del emperador, que premiaba la aptitud y la lealtad. Cuando la corte sesionaba, todos los funcionarios vestían sus trajes nacionales”.

Ese brillante periodo de apertura fue una excepción, no obstante. Los han, la etnia dominante que construyó China, son un pueblo dado a extender sus murallas, cerrar las puertas e imponer su homogeneidad sobre todo lo que quedó dentro. Desde mi punto de vista, es claro que el sentimiento de superioridad con el que justifican su desprecio hacia lo extranjero en realidad revela su temor, se sienten inseguros. A pesar de que la historia ha demostrado que abrirse al mundo les trae grandeza, y además que cuando las cosas han salido mal, los extranjeros han saltado las murallas y los han conquistado (como hicieron los mongoles y los manchúes), la sólida y profunda cultura china ha terminado por asimilarlos e imponerse, enriquecida además por el aporte de los invasores.

Shanghai es el ejemplo más dramático de este fenómeno repetido. Conocida durante siglo y medio como “la ramera del Oriente”, es una ciudad fundada por británicos, japoneses, franceses y estadounidenses como una brutal imposición del enemigo extranjero al debilitado imperio chino, fue un abuso cometido sin vergüenza que obligó al “hijo del sol” a aceptar que los bárbaros se instalaran en sus dominios a contrabandear opio y mercancías, a tratar a los chinos como personas inferiores en su propia tierra, a organizar actos de agresión militar contra sus súbditos. En su origen, es exactamente lo opuesto a la luminosa Chang’an.

Pero ahí es también donde el Partido Comunista fue creado en 1921, donde sus militantes protagonizaron épicas luchas laborales y de donde vienen los dirigentes que gobiernan desde Beijing: la fidelidad a Shanghai se demuestra en el objetivo de convertirlo, por encima de Hong Kong, en la capital financiera de Oriente y centro neurálgico para la economía global.

¡Cómo se nota! La tarde en que llegué, mientras caía la oscuridad, caminé entre las multitudes por las estrechas avenidas del barrio llamado el Bund hasta la orilla el Huang Pu, el río que divide la ciudad. No lo esperaba, pero se me cayó la mandíbula: estaba admirando uno de los mayores espectáculos urbanos del mundo. ¡Los chinos lo planearon todo para dejarnos con la boca abierta!

El Bund fue construido por los occidentales y sus elegantes edificios recuerdan el Londres del fines del siglo XIX y el Nueva York de los años 30. Desde su paseo fluvial, miraba Pudong en la ribera contraria, un lugar donde la mentalidad abierta y la altura de miras del emperador Taizong se abrieron paso hasta el siglo XXI: brillaba la híper-vanguardia, el futurismo en rascacielos como un gigantesco código de barras de colores, en contraste con los edificios victorianos y neoclásicos del Bund. Como esto no es una democracia liberal, un burócrata le dio a un artista el poder para coordinar la iluminación de cientos de edificios, desde el nivel del agua hasta la antena más alta, a 420.5 metros de altura, y jugar con potentes cañones de luces púrpuras, verdes, blancas, azules…

Es increíble que hace tan solo 15 años, todo en Pudong eran granjas. Una tarde de otoño me senté a descansar en las bancas del lago artificial del Century Park, donde uno no se siente en China: en lugar de la espesa contaminación de sus ciudades, grandes y pequeñas, allí hay oxígeno y cielo azul; las avenidas son anchas, el tráfico, fluido; uno no se siente atrapado entre edificios que se aprietan unos contra otros y parece que se nos vienen encima, como en Hong Kong: los planificadores de Pudong se preocuparon por abrir espacios entre las torres súpermodernas –los edificios Jina Mao, Oriental Pearl y decenas más–, para crear frente al parque el aparador más vistoso, perfecto para admirar su belleza y sus dimensiones sin riesgo de aplastamiento visual. Muchas fueron proyectadas por arquitectos extranjeros, como ocurre también en Beijing con las magníficas edificaciones para las Olimpiadas. Un asesor chino de la construcción del Estadio Nacional, Ai Weiwei, dijo a National Geographic: “No lo diseñamos para que fuera estilo chino. Es un objeto para el mundo”.

¿Qué pensaría Mao? ¿Y Taizong? Desde ese parque, pude sentir un puente espaciotemporal que unía la Chang’an del siglo VII con la Shanghai del XXI. Por lo bueno y por lo malo. Porque a casi 60 años de iniciado el proceso de supuesta “construcción del comunismo”, la República Popular China no parece mucho más justa que la China de la dinastía Tang. Los señores feudales de hace milenio y medio, con sus sofisticadas vestimentas, han sido reemplazados por jóvenes vestidos con trajes de diseñador que conducen coches BMW de superlujo, son dirigentes del Partido y enredan con palabrería marxista sus frías decisiones de negocios. En las zonas rurales, los campesinos siguen expuestos a las injusticias y las hambrunas, y como ocurre desde hace miles de años, van a las grandes plazas de las ciudades a inmolarse como piras humanas, la forma de protesta más extrema e irremediable. La diferencia entre los viejos y los nuevos tiempos es la emergencia de una clase media de cientos de millones: no fue Mao quien los sacó de la pobreza, sino la renuncia al comunismo y las reformas económicas de los dirigentes que lo reemplazaron tras su muerte y se están haciendo multimillonarios.

China siempre ha creado inmensas riquezas y mucha injusticia, maravillas con fondo de dolor. Pero ha tenido más éxito cuando se ha abierto. Como ahora: siempre bajo presiones nacionalistas, con ultras que atacan extranjeros y la determinada decisión gubernamental de consumar la homogeneización han, por las buenas o por las malas (trágicamente, las murallas tienen bien rodeados al Tíbet y a Xinjiang), Beijing ha demostrado que quiere jugar con las reglas internacionales que rigen a las potencias de su tamaño, no ser más benigna ni más maligna. Es un sistema injusto, pero no se les puede pedir a los ricos “comunistas” chinos que cambien sin exigírselo también a sus socios occidentales. Y el mundo se beneficia tanto como ella misma de una China constructiva y abierta, que Mao acaso aborrecería, pero que sin duda Taizong admiraría fascinado. Como dice el proverbio chino: “El océano es vasto porque ha bebido todos los ríos”.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s