Camboya: La danza de la confianza


Publicado en LS. 2006.

Por Témoris Grecko

 

Sin la coordinación de todos pierdes los pies: las tablas, largas y de superficies planas, se abren y cierran golpeando con fuerza, de acuerdo a los cambios de ritmo de esta canción khmer. Tienes que brincar dentro y fuera de los espacios que forman, como las niñas mexicanas saltan la liga, pero con elegantes movimientos y pasos que siguen también tu compañera y otra pareja, mientras otros cuatro bailarines se encargan de manipular las maderas con precisión. Si te adelantas o retrasas, o si uno de tus compañeros se equivoca, lo siguiente es dolor y una lastimadura en los tobillos o los dedos de alguien. Pero todo funciona a la perfección en este grupo de danza tradicional que, a pesar de estar formado por niños campesinos de una pequeña aldea cercana a la ciudad de Battambang, en el oeste de Camboya, parece tan profesional, creativo y bien producido como los de cualquier compañía urbana europea.

 

Los participantes de mayor edad tienen 15 y 16 años. Los menores hasta 6 y 7. Son las caras nuevas de uno de los países más atormentados del mundo, que ha vivido horrores difíciles de creer, la guerra en una de sus expresiones más terribles. Sus padres, que se sientan humildemente en el suelo frente a la entrada del templo católico donde tiene lugar la exhibición, han pasado por la persecución, la cárcel, la tortura y el asesinato de familiares, amigos y vecinos; por el exilio, la pérdida de las tierras y el hogar; por la vida insoportable en campos de refugiados y por las durezas del retorno a sus pueblos destruidos o la reubicación en otros igualmente afectados; por el enorme esfuerzo de la reconstrucción.

 

Entre las peores de tantas tragedias está la disolución de la confianza y de la dignidad: para poder sobrevivir, unos tuvieron que delatar a otros, con verdad o mentira. Fue la época carnicera del Khmer Rouge. Uno de los momentos más bajos de la raza humana.

 

ROMPER LA CONFIANZA Y LA DIGNIDAD

 

El Partido Comunista de Kampuchea, conocido como Khmer Rouge (“khmer –etnia del pueblo camboyano— rojo”), ganó la guerra civil contra la dictadura bajo la promesa de regenerar la sociedad y brindar una vida mejor. La entrada de sus milicias en Phnom Penh, la capital, en abril de 1975, fue saludada por los habitantes con grandes ovaciones. No sabían lo que se les venía encima: los líderes sostenían una de las versiones más fanáticas del maoísmo y procedieron a vaciar las ciudades para ingresar a la población en centros de trabajo rural donde cientos de miles murieron de hambre y esfuerzo excesivo. Los intelectuales, maestros, burócratas y cualquier persona educada fue vista como enemigo en potencia y pronto los que no huyeron a tiempo fueron apresados y asesinados.

 

Esta es la parte más conocida de la historia. En realidad, la locura había llegado al campo desde tiempo atrás, cuando las dictaduras de Phnom Penh y de Saigón (capital del hoy desaparecido Vietnam del Sur), apoyadas militar y económicamente por Estados Unidos, trataban de romper las redes de apoyo de los comunistas camboyanos y vietnamitas. Los ataques con helicópteros y tanques contra campesinos inocentes se volvieron comunes. Pero entonces todavía era claro quienes eran los verdugos y las víctimas sabían que podían apoyarse mutuamente.

 

Esto cambió cuando el Khmer Rouge tomó el poder y empezó a reclutar espías entre la gente de las aldeas. Cualquier denuncia, aunque no estuviera respaldada por pruebas o pudiera ser motivada por rencillas personales o intereses económicos, era el motivo para la detención, tortura y asesinato de alguien. No importaba si era tenido por persona de bien por la comunidad: de hecho, los más respetables fueron los primeros en morir.

 

Todos se convirtieron en delatores forzados. Para demostrar lealtad al Khmer Rouge, y así tratar de proteger tu propia vida, debías delatar a otros como enemigos del nuevo régimen, generalmente en falso. Ante el peligro de que cualquiera te delate, delátalo primero! Los maestros de la escuela fueron denunciados por sus alumnos. Los padres, por sus hijos. Las esposas, por sus maridos. Las víctimas dejaron de reconocerse entre ellas y la traición rompió los vínculos de solidaridad.

 

Un niño de aquel tiempo recuerda que el tío de quien actualmente es su esposa pudo escapar de una masacre contra aldeanos: fueron subidos a un transporte con la promesa de que los llevaban a una reunión, los hicieron bajar en un campo de minas y ahí los tirotearon. Herido, el hombre logró arrastrarse hasta su casa donde fue escondido por su esposa hasta que su hermano (el de él) lo denunció al Khmer Rouge, pues temía por las vidas del resto de la familia. Los milicianos lo sacaron de la vivienda y lo mataron frente a su mujer e hijos. Ahí dejaron el cadáver por algún tiempo: todos tenían prohibido tocarlo o moverlo.

 

El propio padre de ese niño de entonces sufrió la traición consanguínea. Maestro de escuela, fue apresado y mantenido en terribles condiciones. Estaba muriendo de hambre. Su esposa creyó que su hija pequeña podía pasar desapercibida y la envió con alimento. Pero su tío, un joven muy querido por la familia, la interceptó con estas palabras: “Por qué le traes comida al enemigo?” El enemigo, para él, era su propio cuñado, quien falleció de inanición.

 

Ese niño, de nombre Meas Nee, es hoy un activista con reconocimiento local e internacional. Recuerda como les rompieron la dignidad: “Cuando la confianza se rompió llegamos al momento en que sólo podíamos pensar en nosotros mismos y nuestras enormes necesidades. La dignidad y el orgullo por nuestra identidad, que antes eran una parte importante de nuestras vidas, desaparecieron. Parecía que ya no había un futuro qué planear. Nuestras vidas se habían encogido para pensar sólo en sobrevivir. El Khmer Rouge nos hacía sentarnos en asambleas interminables para ser criticados y traicionados, pero todo lo que ocupaba nuestras mentes era de dónde sacar la próxima comida. Nuestras mentes estaban paralizadas. Cada día escuchábamos de gente asesinada pero no hablábamos de eso ni pensábamos cómo evitar que le ocurriera a nuestras familias. No había futuro ni escape.”

 

LA AUTODESTRUCCION MEDIANTE EL TERROR

 

La fotografía que más me impactó expresa precisamente eso: no hay futuro ni escape. Es una de cuerpo completo de una adolescente. La chica no mira a la cámara, sino al cielo. “Por favor!”, casi la escucho decir: “Sácame de aquí”.

 

Estamos muy acostumbrados a ver la muerte por televisión. A veces no es ficción, sino una parte del noticiero. Pero los catorce mil retratos de prisioneros torturados y asesinados que se exhiben en el Museo del Genocidio Tuol Sleng te estremecen de una manera diferente: no muestran un dramatismo obvio; te impactan dentro del alma sin embarrarte de sangre. La mayoría son fotos que podrían servir para el pasaporte o la credencial de la escuela si los fotografiados no tuvieran un número de identificación, única pista objetiva de la situación en la que se encontraban. Era parte del trámite. Todos esos ojos que miran a los tuyos pertenecieron a personas que entraban en la experiencia más terrible, y final, de sus vidas. En muchas miradas hay miedo. En unas pocas, cierto dejo de burla. En otras aparece la confusión, la incredulidad por lo que les está pasando. Tú tampoco lo puedes creer: ves la imagen de hombres y mujeres de todas las edades, de una madre con su bebé en los brazos, de un niño de unos ocho años, de una nena de 10, y te preguntas: pero ¿cómo viniste a caer aquí, linda?, ¿por qué te hicieron esto? Sabes que todas esas personas que posan en calma fueron gente real que ya no está más.

 

El Khmer Rouge convirtió Tuol Sleng, una escuela secundaria de Phnom Penh, en una prisión secreta de donde sólo siete, entre al menos 14,000 personas que estuvieron presas ahí entre abril de 1976 y enero de 1979, salieron vivas. La S-21, como se la conocía en código, adquirió mayor importancia en la medida en que el régimen del Khmer Rouge acabó de eliminar a sus enemigos en la sociedad y empezó a buscarlos dentro del partido. Los interrogatorios mediante tortura, minuciosamente reseñados en enormes archivos, no buscaban averiguar si el acusado era inocente, pues al que era enviado ahí se lo consideraba culpable más allá de toda duda, sino justificar con confesiones la decisión de condenarlo sin juicio, obtener nuevas listas de sospechosos y demostrar la existencia de enormes conspiraciones para subvertir el orden, crear partidos de oposición, dar golpes de estado o sabotear la producción para desestabilizar al gobierno.

 

El “hermano Duch”, jefe de la prisión, y su gente sabían que su misión era obtener esas “pruebas” –a riesgo de caer presos si no las conseguían– y se esforzaban por obtenerlas a toda costa. Mediante el hambre, la privación del sueño, la presión psicológica y la inflicción brutal del dolor físico, los torturadores obtenían largas listas de supuestos traidores, miembros del partido que eran encarcelados y a los cuales les arrancaban más nombres. El criminal mayor, Pol Pot, el “hermano número 1”, y sus secuaces confirmaban así sus temores de que enfrentaban todo tipo de complots orquestados por Vietnam, Tailandia, Estados Unidos, la Unión Soviética e incluso por su único aliado, China.

 

Muchos de los acusados no lo podían creer. El historiador David Chandler recoge el intercambio epistolar entre Siet Chhe, un general protegido de Pol Pot que había caído en desgracia, y Duch, en abril de 1977:

 

“¡Sufro horriblemente, hermano!”, se quejó Siet. “Nunca había estado en una situación así. Cuando mi hija estuvo prisionera del enemigo pensé que era normal: la lucha entre el enemigo y nosotros. Ahora estoy confinado en la cárcel de la revolución, no lo puedo entender, ¡es muy confuso!”

 

En una segunda misiva, advertido de que lo iban a empezar a torturar, Siet rogó: “¡Querido hermano! ¡Sé que es mi fin! No importa cuánto me golpeen los camaradas, que rompan mis huesos en pedazos, no tengo nada más que informar. Sólo tendrán el flujo de mi sangre o mis heces, o mi muerte. Por favor, rescátame a tiempo, hermano. No importa cómo muera, seré leal al Partido hasta el final”. Más adelante, Siet pedía a Duch que lo deje suicidarse para evitar la tortura: “Si no rescatas a tu hermano menor, ¡él morirá sin duda! Estaré dispuesto a morir por propia mano para que la Seguridad del Partido salve su honor”.

 

Duch esperó hasta que aplicaron los primeros tormentos. Entonces respondió para criticar a Siet por haber dicho que las acusaciones en su contra eran una difamación: “Nunca ha habido un solo miembro del Partido que haya venido a la S-21 por falsas acusaciones. ¿Qué es lo que entiendes del problema, hermano? ¿Que se creó porque el Partido fue engañado con falsas acusaciones? ¿O porque tu has actuado mal con el Partido? Yo entiendo que tú has actuado mal con el Partido. Te pido que evalúes este problema y lo resuelvas. Cuando estemos de acuerdo, podremos trabajar juntos”.

 

La S-21 era una prisión secreta y la mayoría de los que entraban presos ahí no sabían lo que les ocurriría. Pero Siet Chhe había oído hablar de ella, de que nadie salía vivo de allí, y estaba consciente de que “confesar”, o estar “de acuerdo” con Duch, no le salvaría la vida. Resistió la tortura sin acceder. Hasta que Duch ordenó cambiar de táctica y Tuy, responsable del interrogatorio, le sugirió por carta a Siet: “Escribe la historia de tus actividades sexuales con tu propia niña en detalle, porque desde el punto de vista de las masas, esta ofensa ha sido observada claramente. No necesitas negarlo. No dejes que tu cuerpo siga sufriendo por estas insignificancias”. Siet replicó con una misiva elocuente en la que defendía a su única hija, una veinteañera comprometida con la revolución, de la que dijo que era virgen. No obstante, esto parece haber terminado de derribarlo psicológicamente y dejó de escribir cartas. En los meses siguientes, hasta que fue asesinado, hizo “confesiones” que implicaron a decenas de personas.

 

Para diciembre de 1978, cuando Vietnam invadió Camboya en respuesta a sistemáticos ataques militares del Khmer Rouge, la militancia del partido había sido diezmada. A pesar de que la dirigencia de nivel medio había desaparecido, las “confesiones” siguieron aportando “culpables” y buena parte de los altos líderes pasó por la tortura y el asesinato. El propio Duch estaba bajo escrutinio y sólo la derrota ante Vietnam lo salvó de su propia cárcel. Todos los jefes de zona, menos uno, fueron perseguidos y eliminados. La administración civil se colapsó. Los vietnamitas se quedaron mudos por la velocidad (poco más de un mes) en que vencieron al Khmer Rouge: no quedaban oficiales suficientes para organizar la defensa.

 

Poco antes del fin, un torturador de la S-21 que se había convertido en torturado, declaró en la “confesión” que le arrancaron sus camaradas: “Si el Partido arresta a todo el mundo, ¿quién va a quedar para hacer la revolución?”

 

EL DESARROLLO DE LAS ALDEAS

 

Los vietnamitas no encontraron a nadie en Phnom Penh cuando la liberaron, en enero de 1979. Dos fotógrafos de prensa dieron con la S-21 por casualidad, alertados por el olor a muerto: los guardias se ocuparon de asesinar a los últimos presos antes de marcharse. El nuevo régimen, también comunista pero de otra tendencia, mantuvo una atmósfera opresiva durante algunos años, antes de empezar a liberalizarse. Pero la situación se había deteriorado demasiado: el campo estaba destruido, la economía, colapsada, y millones de camboyanos vivían como refugiados internos o en Tailandia, donde los soldados de aquel país los maltrataban y las organizaciones extranjeras de ayuda les daban trato de infantes incapaces de valerse por sí mismos. No tenían dignidad.

 

Poco a poco empezaron a regresar a sus aldeas, algunos; otros tuvieron que ir a vivir a regiones que no conocían. Todo estaba roto: las casas, los corrales, los estanques, los canales. El Khmer Rouge había perdido el poder, pero no estaba derrotado: en una insólita alianza contra el nuevo gobierno, Estados Unidos, China y Tailandia apoyaron con dinero y armas a los genocidas del Khmer Rouge (dirigidos por Pol Pot hasta 1997, cuando sus compañeros por fin se cansaron de sus locuras, lo enjuiciaron y asesinaron), que gracias a ellos pudieron seguir atacando las aldeas y matando campesinos indefensos durante casi veinte años más. Lo peor es que en los pueblos todos sospechaban de todos, nadie podía contar con los demás ni sabía cómo generar iniciativas: los tiempos bajo el control del Khmer Rouge o a la sombra de la asistencia occidental les habían aflojado la dignidad. Se acostumbraron a recibir órdenes y castigos de unos, y órdenes y alimentos de otros.

 

“Teníamos que encontrar la forma de restaurar la confianza entre los individuos, las familias y las comunidades”, cuenta Meas Nee, fundador de la ONG local Krom Akphiwat Phum (KAP, literalmente, “el grupo que desarrolla la aldea”), quien se ha ocupado de trabajar con los campiranos al tiempo que trata de ayudar a los grupos internacionales a entender que las prioridades de sus agendas de trabajo no se pueden alcanzar si no se toma en cuenta la situación psicológica de la gente y sus propios tiempos de acción: “Yo he experimentado el entumecimiento mental (que provocó en la sociedad el régimen del Khmer Rouge) y trato de planear maneras de ayudar a la gente a pensar de nuevo. No uso la palabra ‘por qué?’. La gente no sabe por qué está sufriendo. Sólo sabe que la vida es muy diferente de la de antes de las guerras y que ahora es mucho más difícil. Lo que hago es atender las conversaciones de los aldeanos y escuchar lo que sugieren. Participación significa que nosotros participamos con los aldeanos, no que ellos participan con nosotros”.

 

El método de la organización de Meas Nee no es convocar a la gente a asambleas, pues eso recuerda las que el Khmer Rouge realizaba para criticar y condenar. Por lo contrario, los activistas de KAP esperan a ser invitados a reuniones que crecen y dejan que los proyectos surjan de las personas, “ellos son los que planean y resuelven los problemas por sí mismos, y después de un tiempo son ellos los que nos presionan para que nos les sumemos”. El principal objetivo de la reconstrucción de la comunidad, dice Meas Nee, “es que los aldeanos reconquisten la dignidad y la unidad”.

 

LA DANZA DEL RESURGIMIENTO

 

Kike Figaredo, el obispo católico de Battambang, tiene otra forma de trabajar en favor de la reconstrucción: a través de los niños. Primero pensé que el hecho de que la mayoría de los camboyanos es budista representaría un importante obstáculo, pues habría miedo de que los curas trataran de convertir a sus hijos. “Es mucho más sencillo tratar con los budistas que con otros cristianos, incluso que con los católicos”, confesó el jesuita español. “La costumbre de enjuiciar todo lo que vemos y definirlo como bueno o malo es nuestra. Somos nosotros los que descalificamos a los no cristianos, los budistas son tolerantes”.

 

De todos modos, persiste el problema de la pérdida de la confianza. En las calles no es tan obvio: los camboyanos son gente sonriente y amable. Uno se imaginaría que, después de tantas agresiones extranjeras en los últimos 60 años (de tailandeses, vietnamitas, japoneses, franceses y estadounidenses) y de las guerras civiles, podrían mostrar odio o al menos suspicacia ante los extraños. Incluso hacia los conocidos. En la superficie, no parece ser así. Pero el obispo recuerda que entre los pueblos sudasiáticos es muy importante lo que se conoce como “salvar la cara” o “no perder cara”: es indispensable cuidar la imagen, tener una apariencia de gente satisfecha y educada, no demostrar que se ha recibido una ofensa o un agravio. “Cuando los llegas a conocer, en privado, te enteras de que no confían en nadie”, dice Figaredo

 

Estas actitudes íntimas se transmiten a los hijos. En el rompimiento de esta espiral de desconfianza interviene el trabajo artístico de la diócesis. La calidad de la ejecución de los niños del grupo de danza demuestra que están profundamente comprometidos: tienen que trabajar horas en el campo e ir a la escuela, pero le roban tiempo al juego y al sueño para acudir a los extenuantes ensayos. Las madres los apoyan, muchos padres también. Sus vestuarios son impecables, sus sonrisas, conmovedoras.

 

Una motivación primaria sería económica: para apoyar a sus familias, e incluso para brindar cuidados médicos y prótesis a las víctimas de las minas antipersonales (el país está sembrado de ellas y miles de campesinos, principalmente niños, pierden las piernas, los brazos o la vida cada año), el obispo obtiene donaciones de entidades españolas y trata de demostrar sus avances a través de giras de los pequeños bailarines por ciudades ibéricas. Todos ellos saben presentarse en castellano y algunos lo manejan con soltura.

 

El entusiasmo con el que se entregan sugiere mucho más, sin embargo. Hay que ver la galanura con la que visten los bellos trajes tradicionales, la dedicación con la que cuidan cada movimiento, el sentimiento con el que reflejan la música y la pasión con la que representan historias del pueblo khmer: están orgullosos de su identidad, de ser camboyanos nuevos.

 

Son gente digna. Y cuentan con sus compañeros: todos saben que el éxito de la función depende de todos. Cada cual cuenta con cada otro para salvarse del golpe de las tablas y brindar un espectáculo hermoso. Esa es su coordinación más perfecta: estos niños han tomado en sus manos y en sus pies la lucha por la recuperación de la confianza.

 

 

RECUADRO

 

LOS NIÑOS DE LOS KILLING FIELDS

En medio del campo hay una enorme estupa (mausoleo budista) que contiene miles de cráneos, clasificados por género y edad. El régimen del Khmer Rouge traía aquí a los prisioneros de la S-21 para ejecutarlos. En los tiempos de mayor actividad, cuando la prisión secreta rechazaba camiones de condenados porque ya no cabía uno más, eran enviados directamente al centro de exterminio de Choeung Ek, conocido en el extranjero como los “Killing Fields” (“campos de la muerte”). No había balas qué desperdiciar, así que se colocaba a las personas en fila frente a las grandes fosas en las que iban a ser enterradas y se les daba un potente mazazo en la nuca. Caían al fondo, muertas o medio muertas.

 

Testimonios de los guardias dan cuenta del terror al que ellos también estaban sujetos. Uno narró que Duch, el director de la S-21, le ofreció un marro y le preguntó si tenía miedo de destrozarle la cabeza al prisionero. No tenía miedo, sino pavor a ganarse un lugar en la cola si se rehusaba, y tuvo que hacerlo. Así creaba cómplices el Khmer Rouge.

 

Los cráneos de la estupa están un poco amontonados. A veces parecen que tienen un orden sarcástico. Muchos muestran las fracturas de los golpes fatales. En la base hay ropa vieja, la que conservaban los esqueletos. Afuera, todo parece acomodado, pero las fotografías exhiben el caos de las primeras semanas de excavación: montones de tierra y los miles de huesos y fragmentos de tela que aparecían. Hoy, a 28 años del cierre de este Auschwitz asiático, todavía es posible encontrar pedacitos de ropa en el suelo. Las fosas comunes están abiertas y señaladas. Algunas se han convertido en estanques.

 

En medio de la desolación, el visitante es acosado por grupos de niños de la zona, que tratan de ganarse algún dólar como improvisados guías. Son macabros sin darse cuenta: cuando el turista va a tomar una foto de un fragmento de ropa en el suelo, arrojan algunas muelas o unos pedazos de hueso para garantizar una imagen impactante. Cuando se aburren, se recargan sobre las estelas que dicen “Mass Grave”; a veces juegan a aventarles piedras; otras, posan sonrientes junto a un árbol con un letrero en el que se indica que contra él eran azotados hasta la muerte los niños que llegaban a Choeung Ek.

 

 

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