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Goma (Congo): La ciudad del fin del mundo

¿O es la del principio? La naturaleza inquietante de esta ciudad es un misterio Columna Fronteras Abiertas, de Témoris Grecko Publicado en National Geographic Traveler Latinoamérica, mayo de 2011 Goma es la ciudad del fin del mundo. Parece raro que … Continue reading

Congo: Tras la huella del lomo plateado

Témoris Grecko / Rumangabo, Parque Nacional de los Virunga, provincia de Kivu Norte, R.D. del Congo

(Publicado en National Geographic Traveler Latinoamérica,  abril de 2011)

“Voy ver a los gorilas lomo plateado”, le dije a la cónsul de la República Democrática del Congo en Kampala, Uganda, al solicitar la visa. “Voy al Parque Nacional de los Virunga”. Ella me miraba con ojos de no, ¿desde cuándo nos visitan los mexicanos? Me dio una ficha de depósito bancario por 130 dólares, que decía “ciudadanos de Estados Unidos y Canadá”. Yo le dije que no, que México no era Estados Unidos. Me la cambió entonces por otra de 80 dólares, que decía “Unión Europea”. Le dije que México estaba en América. “¿América?”, me miró molesta y me devolvió el primer formato. “¡México está en América pero no es Estados Unidos!”, insistí abrumado. Con gesto de quien se harta de la terquedad de los locos, me arrojó un tercer documento. Decía “otros países”. Y la cantidad era de 60 dólares.

¿Quién quiere ir al Congo, y en particular a la zona oriental, donde han muerto horriblemente millones de personas desde 1994? Desde que en enero de 2009 hubo un acuerdo entre el gobierno de ese país y el de Ruanda, cuya enemistad creó las condiciones para una serie de conflictos armados en el que en cierto momento se involucraron hasta siete países africanos, además de milicias, tribus y bandas criminales, la pacificación ha avanzado bastante y por primera vez, existe la oportunidad de resolver los muchos problemas que hay ahí. Y de abrir esa zona maravillosa al turismo: el Parque de los Virunga (una cordillera de siete volcanes –dos de ellos activos– que comparten Congo, Ruanda y Uganda) tiene una enorme diversidad de ambientes que alberga a un 50% de las especies de África. Hay elefantes, hipopótamos, antílopes, y mucho más. Sobre todo, gorilas lomo plateado.

Llegar fue, además, muy fácil. Me dieron la visa en 24 horas, un autobús me llevó en 9 horas de Kampala a Kigali, la capital de Ruanda y ahí tomé otro hasta Gisenyi, en la frontera congolesa. Éste fue el único momento en que me preocupé porque el vehículo era de una compañía llamada “Atraco Express”… al bajarme, todas mis posesiones seguían en mi poder. Cruzar los puestos migratorios me tomó 15 minutos, y de pronto ya estaba en Goma, la ciudad más importante del este del Congo. A la mañana siguiente, un hombre pasó corriendo en busca de su teléfono celular para capturar imágenes de un maravilloso eclipse de sol, que yo no esperaba y pude fotografiar. Al día siguiente, con mi amigo congolés Eddy Mbuyi (quien se encarga del blog gorilla.cd, del Fondo de Conservación Africana), subí al puesto de guardaparques de Bukima, en Virunga, donde él vivió por un año. Frente a nosotros había dos volcanes apagados, Karisimbi (4,500 metros de altura) y, muy cerca, Mikeno (4,400m). Más atrás, uno activo, Nyiragongo (3,500m), que en el fondo del cráter no tiene un lago congelado sino uno de lava ardiente, cuyo rojo resplandor se refleja en las nubes. Eso no era lo más impresionante: a la derecha, a unos 30 kilómetros, el Monte Nyamulagira (3,000m) estaba en plena erupción: por el telescopio veíamos la lava elevarse cientos de metros, antes de caer sobre la pendiente, en dirección al Lago Kivu.

Sólo por eso, sentía que había valido la pena llegar hasta aquí. Yo quería ver gorilas, sin embargo. Una de las ventajas de venir a sitios como éste, tan alejados del mapa de la industria del placer, es que uno no tiene que competir con los grandes rebaños que manejan los operadores turísticos, ni siquiera con otros viajeros. En Ruanda, por ejemplo, uno debe esperar días antes de poder sumarse a uno de los densos grupos que cotidianamente abruman a las familias de gorilas. Aquí, los guardaparques pasan la mayor parte de las jornadas en solitario, cuidando a los primates.

A veces la diosa Fortuna me hace bromas de mal gusto, sin embargo. Eddy y yo nos preparábamos para realizar nuestra expedición, dándonos el lujo de poder elegir entre tres grupos de simios: los Kabirizi, los Humba y los Munyaga. Entonces nos llegó la noticia de que desde Goma venían en camino no uno, ni tres, sino cinco visitantes más. En temporada alta, cada mes, no llegan más de 20 forasteros a hacer el recorrido. Pero justo ahora éramos siete. El ICCN no permite más de seis, así que Eddy, que ya ha tenido muchas de estas experiencias, declinó acompañarnos.

JA’NGGGH

Se trataba de tres amigos –dos ingleses y un keniano– y una pareja de Bulgaria. La cantidad de personas y la distancia determinó que fuéramos a ver a los Humba. Mis privilegios se habían esfumado. Venían también tres guardaparques: un protector con fusil, un machetero para abrir camino y un guía, Diddy Mwanaki, que por su rostro redondo y su bigotito tiene toda la pinta de latino (lo imagino fácilmente en Veracruz o Cartagena). Él nos llevaría, primero, a donde sus compañeros dejaron a Humba y su familia el día anterior. Desde ahí buscaríamos sus huellas para seguirlos. Diddy nos llevó a lo largo del borde de la jungla, por campos comunales que la gente abandonó por la guerra y en los que ahora, que regresó la paz, no ha vuelto a cultivar, o empezó a sembrar hace apenas seis meses.

Algunos árboles delgados y muchos arbustos han crecido en esas tierras. Diddy habló y desde detrás de la maleza se escuchó una voz. “¡Guau!”, dijo uno de los británicos, “aquí uno le habla a la selva y ella te responde”. “Esto no es la selva”, atajó Diddy, “no es nada como la selva”. El inglés se puso terco: “Pues en Londres, esto sería una selva”. Pero estábamos en el Congo. Y nos dimos cuenta cabal de la diferencia cuando por fin entramos en la selva: por momentos parecía que tratábamos de atravesar una pared verde, porosa y húmeda. Perdimos el contacto con la tierra: raíces, troncos caídos, ramas y hojas crean un grueso colchón sobre el que uno camina. Es blando y uno lo agradece porque hay que saltar muchos obstáculos y se siente menos el impacto.

A veces era lo contrario, parecía que la vegetación tratara de impedirnos el paso y nos sujetara: nuestros pies se enredaban con raíces largas y flexibles como sogas, en la capa de materia orgánica por la que avanzábamos se abrían hoyos pequeños y grandes con los que tropezábamos, gruesos troncos lamosos se nos atravesaban, las ramas puntiagudas que el machetero había cortado esperaban un descuido nuestro para rasguñarnos. Si a veces saltábamos, en otras teníamos que agacharnos, o de plano arrastrarnos. Cuidando, siempre, de no poner la mano sobre una serpiente o meter la nariz en la telaraña de una hembra grande, peluda y furiosa.

Por suerte, el sol brillaba con fuerza. No es que lo pudiéramos ver con frecuencia, las copas de los árboles apenas nos permitían atisbar el cielo y el ambiente de la selva está marcado por la penumbra. Lo importante es que no llovía. Ya era demasiada el agua que pesaba en las hojas de las plantas y empapaba nuestros zapatos y ropas. Los guardaparques no lucían botas de montaña de marca cara, como el londinense, sino humildes botas de plástico que los mantenían bien secos. Y a salvo de las hormigas: aunque los demás habíamos metido nuestros pantalones debajo de los calcetines para protegernos, el inglés no había creído necesario hacerlo y se detenía cada cinco minutos a hacer cosas un poco a escondidas. Se veía raro porque se ponía de espaldas a nosotros y realizaba movimientos con la mano que la búlgara malinterpretó: “No sabía que ver gorilas excitaba tanto a los hombres”, dijo.

Hasta que el hombre no aguantó: “¡Oye!”, se dirigió a uno de sus amigos, “¡cómo demonios me quito las hormigas de ahí!” El búlgaro llevó a su pareja a buscar monos dorados en las ramas altas, mientras el londinense se medio desnudaba en plena selva para sacudirse los minúsculos insectos que retozaban en sus piernas, muslos y bajo vientre.

Una hora y media después de haber salido, llegamos al último sitio donde los guardaparques vieron a los gorilas el día anterior, de acuerdo con las coordenadas que daba el dispositivo GPS. 20 minutos después, encontramos el lugar donde habían dormido. “Hay diez nidos”, explicó Diddy, de pie sobre uno de ellos. “Esto significa que son, por lo menos, diez gorilas. Pueden ser más si algunos de ellos no han aprendido a hacer los suyos. Los Humba son doce, incluidos dos bebés”.

Seguimos el rastro. A los obstásculos normales de la selva, había que añadir los redondos y abundantes excrementos que confirmaban que íbamos por la ruta correcta. Tras unos 40 minutos, Diddy nos dio la indicación de guardar silencio y ponernos los tapabocas que nos había proporcionado. Los gorilas son muy vulnerables a las enfermedades humanas y no queremos infectarlos. Por eso la regla exige mantener una distancia mínima de siete metros.

Yo no estaba seguro de querer acercarme más de eso. El grupo se atrasó y yo iba detrás de Diddy. Él se detuvo intempestivamente. Volteó a verme y con los ojos y la boca me indicó que mirara a la izquierda, mientras con la parte baja del cuello realizaba sonidos roncos, como quien se aclara la garganta, en series de dos: “Ja’ngggh, ja’ngggh”. Muy próxima a mí, inmóvil, recargada contra una pared vegetal, en la semioscuridad, se hallaba sentada una estatua enorme, grande y gruesa, de costado negro y frente grisáceo, y rostro inexpresivo. De haber sentido ganas de demostrar cariño, le hubiese bastado extender un brazo para prenderme y depositarme en su regazo. Preferí imaginar eso y no que estaba a una fracción de segundo de ser alcanzado por un gorila furioso.

Ni una cosa ni la otra. El objetivo del ja’ngh del guardaparques es hacer notar la presencia de seres humanos inofensivos en las cercanías, para que el simio no se sienta amenazado ni sorprendido. La gran bestia, sin embargo, no se molestó en hacer saber que nos había notado. Humba, el inmenso lomo plateado de 250 kilogramos, siguió tranquilo, mirando hacia la nada con gran tranquilidad, disfrutando de la calma de la selva. Nosotros, efectivamente, estábamos ahí para admirarlo y contribuir, con el pago de nuestra cuota, a la preservación de su selva. Si tuviera noticia de lo que le ocurrió a la familia de su pariente, Rugendo, tal vez no nos hubiera recibido con el mismo desinterés.

NDEZE Y NDAKASI

A pesar de la mala fama que les han hecho, los gorilas son animales pacíficos. Vegetarianos absolutos, lo único que les importa de los demás animales es que no constituyan un peligro para la familia. Los conservacionistas, por su lado, saben que la deforestación que realiza el hombre está destruyendo el hábitat de los primates y creen que, para convencer a la gente de que vale la pena conservarlo, es buena idea convertir a los gorilas en una fuente de ingresos que beneficie a todos. Por eso, desde mediados de los años 80, han trabajado para “habituar” familias a la presencia humana. Un simio normal se alejaría de la gente o la atacaría si se sintiera en peligro. El ja’ngh, sin embargo, le anuncia la presencia de unos primates flacos y sin pelo, un poco latosos con sus cámaras fotográficas (¡prohibido el flash!), pero sin riesgo.

Es lo que percibieron los Rugendo, una familia de gorilas habituados (que lleva el nombre de un gorila ya fallecido), cuando llegaron por ellos, en julio de 2007. El combustible de uso más común en esta región es el carbón vegetal, que se elabora mediante la quema de grandes cantidades de madera, y los últimos árboles disponibles están en las selvas de los Virunga, el país de los gorilas. Los guardaparques están en combate contra esa industria ilegal, en la que están involucrados desde políticos y militares congoleses hasta los peligrosos milicianos hutus, los mismos que escaparon de Ruanda en 1994 después de haber masacrado horriblemente a alrededor de un millón de civiles tutsis. En el conflicto del carbón, no han faltado los muertos de ambos lados. Pero los mafiosos creyeron tener una idea genial: si lo que quieren es que dejemos de hacer carbón para proteger el hábitat de los gorilas, ¿qué tal si matamos unos cuantos de ellos para demostrarles que es mejor dejarnos en paz?

En la mañana del 23 de julio, los guardaparques encontraron a tres hembras de la familia Rugendo, muertas a balazos: Mburanumwe, que estaba embarazada, Neeza, madre de una gorila de dos años que desapareció, y Safari, que cinco meses atrás había tenido una bebé, Ndeze. Al día siguiente, hallaron el cadáver de Senkwekwe, el lomo plateado que era jefe de los Rugendo, en posición de ejecutado.

Un mes antes, los matones habían asesinado a otras dos hembras, Nsekuye y Lessenjina, de la familia Kabirizi. Cuando los guardaparques las hallaron, dos días más tarde, del cadáver de Nsekuye estaba prendida su bebé, Ndakasi.

Ésas fueron las peores de varias represalias que ocurrieron en ese año, antes de que la campaña contra la mafia del carbón empezara a empujar a los delincuentes fuera del parque. En total, el saldo de 2007 fue trágico para los gorilas: sólo quedan 700 de ellos en el mundo (de los que 380 están en el lado congolés de Virunga y 320 en el ruandés), y mataron a diez. Otros dos desaparecieron.

En la lucha por defender la fauna y las selvas del Parque Nacional Virunga de tantos enemigos (las mafias del carbón, los cazadores furtivos, y las muchas milicias y ejércitos depredadores) han muerto cerca de 130 guardaparques desde 1996, incluidos cuatro en 2009.

Inesperadamente, la pequeña Ndeze reapareció cuatro días más tarde: sólo pudo sobrevivir porque dos gorilas lomo negro, su hermano Kongomani (entonces de cinco años), y Mukunda, la protegieron.

Por mucho cariño que le dieran a Ndeze, Kongomani y Mukunda no podrían mantenerla viva. Ninguna de las hembras la adoptó. Ndakasi estaba en la misma situación. Emanuelle de Merode (hoy director de Virunga) y Samantha Newport, del Fondo de Conservación Africana, las colocaron en una casa en la ciudad de Goma. Querían cuidarlas hasta que pudieran ser independientes, pero en un ambiente urbano nunca adquirirían las habilidades necesarias para sobrevivir en la selva. Así emprendieron una campaña de recolección de fondos con la que levantaron en Rumangabo, el cuartel general del Parque, el Centro Senkwekwe, una hectárea de selva protegida por un muro, en la que las dos gorilitas (hoy de casi tres años de edad) pueden crecer a salvo de búfalos, leopardos, babunes y, por supuesto, seres humanos.

Samantha me llevó a verlas, desde una plataforma de observación que asegura que los visitantes no las contaminen con sus gérmenes. Fui el primer periodista en tener ese privilegio. Un equipo de cuatro guardianes las cuidan 24 horas. Vi a dos de ellos y su estrecha relación con las pequeñas: parece que ellas los ven como a sus padres. Los buscan, los invitan a jugar, los abrazan.

Y se mueven por el Centro como por su casa. Hacen periprecias sobre una estructura tubular de bambú y sobre ella hallan la manera de disfrutar de la pereza en perfecto equilibrio. Hasta que llegue el momento de su reintegración a la naturaleza. (“En la familia Rugendo hay cinco machos y sólo queda una hembra de cuatro años”, señala mi amigo Eddy. “Tal vez ahí les den una recepción entusiasta”.)

LA FAMILIA HUMBA

Después de un rato de observar a Humba, el enorme lomo plateado nos miró. Por poco tiempo, ya que no sintió que debía preocuparse por nosotros. Resultábamos tan aburridos que prefirió tomar una siesta: la gran mole se movió para echarse panza al piso, de cara hacia nosotros.

Mientras Diddy nos acompañaba, sus compañeros peinaban la zona para ubicar al resto de la familia. Así dejamos descansar a Humba y fuimos a ver a dos jóvenes, Mahindure y Matembela, de 8 y 9 años de edad, que jugaban entre las hojas, retozaban y hacían piruetas. No les gusta dar espectáculo a desconocidos y se nos quedaron mirando. Unos minutos después, Matembela se puso de pie, se dio tres golpes en el pecho y rodó sobre la maleza, alejándose de nosotros. Mahindure lo siguió de la misma forma.

Entonces nos llevaron a conocer a Gashangi, una hembra que nos miraba como una anciana desconfiada, detrás de una sólida nube de mosquitos. “Humba se la robó a Kabirizi en 2008”, explicó Diddy. Cuando decimos que los gorilas son pacíficos, nos referimos a que no atacan sin motivo a otras especies. Pero entre ellos las cosas son distintas: es el mundo de los machos alfa y las peleas son frecuentes. Humba derrotó a Kabirizi y como trofeo, se llevó a dos hembras, Gashangi y otra más joven, Bonane.

Kabirizi no podía quejarse. Hace siete años, él llegó a esa familia cuando no había jefe y dos lomos negros se disputaban el liderazgo. A ambos los hizo pedazos: hasta el día de hoy, Buhanga tiene la quijada desprendida e hinchada, mientras a Karateka (a quien llaman así porque tira patadas) lo encontraron los guardaparques medio muerto días más tarde, abrazado a un árbol. Hasta hoy, viven en soledad.

Las familias de gorilas están organizadas alrededor del lomo plateado, el macho dominante que es el único que puede tener relaciones sexuales con las hembras. Los lomos negros, los machos jóvenes, enfrentarán un grave castigo si se les ocurre coquetear con las chicas del jefe. “En un par de años, Matembela estará en condiciones de retar a Humba”, pronosticó Diddy. Si lo vence, se quedará con la familia. Si pierde, será expulsado del grupo y se convertirá en un solitario, hasta que adquiera la fuerza necesaria para derrotar a Humba, Kabirizi o a algún otro lomo plateado, tomar su lugar y ser rey por unos cuantos años. El destino final de todos ellos, sin embargo, es debilitarse, perder ante un joven y morir solos. En la cumbre de su poder, el inmenso Humba tiene ahora 20 años. En un par de temporadas enfrentará el reto de Matembela y, si su suerte es mala, será destronado y condenado al ostracismo. Los gorilas viven hasta los 40 años.

A Diddy le daban mucha risa las penurias del londinense porque antes, cuando el guardaparques congolés había jugado con que él era un lomo plateado y nosotros, lomos negros, el inglés (con cabello entre rubio y rojizo) había dicho que era un lomo gengibre y le disputaría el liderazgo. La estaba pasando tan mal en la selva que más que amenazar, daba pena.

Nos alejamos de la suspicacia de Gashangi para encontrar a una hembra adulta, Magori, con su bebé de cinco meses, Bavuhati, y Kanyarunga, un hijo de otra hembra, Gato. La escena era demasiado humana: Bavukahe era un latoso juguetón que quería ver quiénes eran los visitantes, pero Magori y Kanyarunga tenían más interés en una siesta y la madre quería disfrutarla con su bebé. Una y otra vez, Bavuhati se escapaba de entre los brazos de su madre para mirarnos, y de nuevo, las gruesas manazas lo atrapaban en el camino y lo retornaban al pecho. Aunque no deban tener sexo, los lomos negros sí pueden gozar del gusto de dormir con los demás y uno de ellos se acercó a descansar la cabeza sobre Magori. Diddy se estaba preguntando por su otro hijo, Semakuba, cuando éste casi me cae encima: estaba explorando las partes altas de un árbol y cometió algún error que lo colocó rápidamente en el suelo.

Me pareció pequeño. Mas no tanto un rato después, cuando él me encontró en su camino: la figura negra avanzaba sobre sus puños, se detuvo un instante para mirarme mientras me apartaba, y pasó junto a mí, sin respetar la distancia que se debe mantener. Creo que a Semakuba no le importan mucho las reglas humanas.

Ellas establecen que el tiempo máximo de contacto es de una hora y estaba por cumplirse. Cuando nos marchábamos, encontramos otra vez a Magori y Bavukahe, quien con los labios estaba prendido del pecho de su madre. Ella lo abrazaba con cuidado. Si la imagen fuese una pintura, la llamaríamos Madonna del Congo.

El camino de regreso fue más corto pero más difícil: ya no teníamos que vagar en busca de la familia, los guardaparques sabían cuál era la dirección de salida. Pero los gorilas no habían hecho ese camino al andar, el machetero tenía que abrirlo golpe a golpe. Estaba destinado a tener una existencia breve, porque la fertilidad de la jungla es tal que pronto las plantas lo harían desaparecer. Yo miraba hacia arriba y me admiraba de la locuacidad del famoso novelista Edgar Rice Burroughs, quien imaginó a un blanco vestido con calzón de tigrito, que se desplazaba velozmente saltando de liana en liana. Si un hombre tratara de hacer como Tarzán se arrepentiría, porque sus acompañantes tendrían motivo para reírse toda la vida, y con ellos su red de amigos de Facebook, porque hasta ahí iría a dar el video de su pronta y graciosa caída. No hay espacio entre las ramas de los árboles, y las lianas no son cuerdas de trapecista.

A quien no le hicimos fotos fue al londinense lomo gengibre, que ya había perdido la gorra y tenía la camisa desgarrada y llena de lodo. Al pasar por una especie de claro (como tenía árboles destrozados y plantas aplastadas, yo le pregunté a Diddy si había pasado por ahí una manada de elefantes; “Fueron gorilas”, respondió, “un grupo muy grande”), el inglés preguntó si ya habíamos salido de la jungla. Todavía no. Cuando llegamos al mismo sitio que, horas antes, había descrito como la selva en Londres, se dejó caer de rodillas a la tierra y musitó: “Por fin, fuera…”

Pobre chico. Mi experiencia en el Congo, con eclipses, volcanes y gorilas, me estaba haciendo sentir maravillado, pero la suya, probablemente, no era tan buena y acaso querría escapar de allí de inmediato. “¿Odias la selva? ¿Te arrepientes de haber venido al Congo?”, le pregunté. “¡De ninguna manera!”, rebatió. “Mañana, iremos a buscar a los Kabirizi. Y el próximo año…” Volteó a mirar el volcán del lago de lava. “El próximo año escalaré el Nyiragongo”.

FDLR attacks in Congo

I’m really sad to hear that the FDLR (a guerrilla group formed by the Hutu genocidaires who escaped from Rwanda in 1994 with French help) have ambushed a Virunga park rangers patrol, leaving 8 dead and 3 wounded. My thoughts go to the families and to the heroes of Virunga who fight for nature and people in Eastern Congo.

gorillacd.org

We are deeply saddened to announce the death of eight of our colleagues in a violent attack on one of our vehicles this morning at 6am this morning. 3 were

24 January at 22:14 ·  ·  · Share
  • Rodrigo de Alba likes this.
    • Vinny Walsh Shit, I can’t believe the FDLR are still operating in the East as the UN continues to withdraw troops

      24 January at 22:19 · 
    • Rodrigo de Alba Triste…

      24 January at 22:21 · 
    • Gabriela Lara ‎:(

      24 January at 22:35 · 
    • Rosi Morales Uf! very bad news

      25 January at 10:11 · 

 

Congo: El ciclo de la violencia contra las mujeres

Por Témoris Grecko / Goma, Kivu Norte, República Democrática del Congo (Agencia Proceso. 2 de junio de 2010)

Esfuerzos como la iniciativa “Corre por las Mujeres del Congo”, que el pasado 8 de marzo (Día Internacional de la Mujer) celebró competencias en 140 ciudades del mundo, están ayudando a generar conciencia sobre la peor situación de abuso sexual masivo en el planeta y sobre el uso de la violación como un arma de guerra.

Desde 2008 se han reportado 200 mil casos de abusos sexuales. En 2009 el promedio de ataques sexuales diarios es de entre 36 y 80 diarios sólo en dos provincias del este del Congo, limítrofes con Ruanda, según estimaciones del Fondo de Población de las Naciones Unidas; 65% de las víctimas son menores de edad, en especial chicas adolescentes.

Human Rights Watch asegura que, en nueve regiones visitadas desde enero de 2009, las agresiones sexuales se duplicaron e incluso se triplicaron en comparación con 2008.

“Ellos violan a una mujer, cinco o seis al mismo tiempo. Pero es no es suficiente. Después le disparan una bala en la vagina”, afirma el Dr. Denis Mukwege, director médico del Hospital Panzi, en Bukavu, provincia de Kivu Sur. “Ver a tantas mujeres violadas me estremece. Lo que me estremece más es la forma en que las violan”.

Activistas de derechos humanos en la región advierten que no se debe perder de vista que, si bien una serie de conflictos armados ha empeorado enormemente las cosas, la raíz de este problema está en algunas prácticas tradicionales, cuyo impacto sólo ha sido agravado por el estado de violencia permanente.

No son sólo los soldados y los milicianos rebeldes quienes atacan: están aumentando los casos que involucran a civiles y familiares. “La infraestructura social está completamente destruida por el conflicto”, explica Mireia Cano Viñas, coordinadora de género de la ong Care International en Goma, provincia de Kivu Norte. “Al no haberla, se pierden las referencias de comportamiento, la sabiduría de los viejos, el respeto hacia las mujeres”.

Para Human Rights Watch, el Congo es “el peor lugar del mundo para ser mujer”. Pero Care International no está de acuerdo: es el tercer peor lugar, después de Afganistán y Somalia.

Organizaciones civiles, gobiernos extranjeros y entidades internacionales están tratando de interrumpir el ciclo vicioso que expone a las mujeres y a los niños a las agresiones más dañinas, que destruyen para siempre sus órganos genitales y con frecuencia les provocan la muerte. El trabajo, sin embargo, estará incompleto si no se atiende su origen cultural, afirma Saleem H. Ali, profesor de resolución de conflictos de la Universidad de Vermont: “Ya no es posible que los hombre utilicen pretextos culturales para justificar la subyugación de las mujeres”.

“Es dentro de mi casa donde me siento más insegura”, revela en Goma, capital de la provincia de Kivu Norte, Thérèse, una habitante de la aldea de Kavumu, víctima de violación intrafamiliar. “Nos pasa a muchas. Es a causa de nuestros maridos. Porque el marido de una vecina me puede venir a violar, o mi propio marido puede violar a mi hija”.

Brutalidad

En Bukavu, el Dr. Mukwege explica cómo es que, por ejemplo, en los casos en que los agresores disparan contra la vagina de la víctima (o le introducen palos, tubos o navajas), “con frecuencia lo hacen con cierto cuidado para asegurarse de que la mujer no muera”.

—¿Por qué querrían ser precavidos?

—Los perpetradores”, continúa Mukwege, “están tratando de provocar tanto daño como puedan, porque usan (la violación) como un arma de guerra, como una forma de terrorismo.

En las pequeñas comunidades rurales africanas, las mujeres son el vínculo fundamental del grupo social. La tradición. Sin embargo, impone el rechazo general hacia una mujer que ha sido violada, desde cualquier vecino hasta el marido y los hijos. “Esto provoca que la mayoría de los abusos sexuales no se denuncie si las huellas no son evidentes”, explica Loran Hollander, médica voluntaria en HealAfrica, una ong congolesa que otorga servicios médicos gratuitos, “ya que es poco probable que el atacante sea castigado y, en cualquier caso, la mujer sufrirá graves consecuencias”.

Cuando muchas mujeres de la comunidad han sido agredidas (de manera brutal, frente a su familia o, a veces, forzando a parientes inmediatos a violarlas), su expulsión significa el rompimiento de estos lazos de unidad y la cohesión social se pierde. Una banda armada puede echar a una población de su lugar de residencia, pero la gente tratará de volver. En cambio, cuando además de ser arrojados fuera de su hogar, los pobladores carecen del vínculo de unión que son sus mujeres, el grupo tiende a disolverse y muchos de los hombres terminan reclutados por los agresores.

La violación no es sólo un instrumento táctico, ni es algo nuevo. Lo que ocurre es que los niveles de violencia ya son casi siempre extremos. A Ruth, una adolescente que tenía 13 años cuando llegó al Hospital Panzi, milicianos hutus ruandeses la ataron a un árbol, donde todo el que pasaba podía violarla, varias veces al día. Esto duró meses hasta que la soltaron y ella, destrozada y embarazada, pudo acogerse al cuidado del Dr. Mukwege. “Fue trágico”, dice él. “El bebé nació prematuramente. Pero sus heridas internas eran demasiado graves”.

La mayoría de estas mujeres sufren de algo que se ve pocas veces en el mundo desarrollado: fístulas; es decir, la destrucción de la barrera de tejido que separa la vagina de la vejiga y el ano. Esto provoca que sean incapaces de controlar el flujo de orina y heces. “Pude restablecer su continencia urinaria y realizar una colostomía”, añade el médico congolés, “pero no tiene vagina y jamás le llegará la regla. Ante sus propios ojos, ya no es una mujer”.
A Ruth no le fue tan mal. Al hospital han llegado niñas de hasta dos años de edad, y en las chicas más pequeñas, “cuando intento realizar una reconstrucción, no queda nada sobre lo cual trabajar… esto no es una violación como se conoce en Occidente”, advierte el Dr. Mukwege.

El conflicto en el este del Congo ha dejado entre 5.4 y 7 millones de muertos desde 1994, según diversas estimaciones, de los que unos 2 millones eran niños y niñas. Su origen está en el genocidio de ese año en Ruanda: el ejército francés, cuyo gobierno apoyaba militarmente al régimen criminal, facilitó el escape de los genocidas desde Ruanda hacia los dos Kivus en el Congo, donde formaron las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda (FDLR) con el objetivo de lanzar una contraofensiva. El nuevo gobierno ruandés decidió perseguirlos. A partir de ahí se formaron milicias de todo tipo, Uganda intervino en apoyo a Ruanda, tropas de Angola, Namibia y Zambia se alinearon del lado contrario, y se desarrollaron dos guerras internacionales y un conflicto local permanente que pusieron la región en un estado de violencia y desgobierno.

En enero de 2009, los regímenes enemigos de Congo y Ruanda celebraron un acuerdo para desmovilizar a una milicia pro-ruandesa, el CNDP (Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo), y combatir a las FDLR.

Esto trajo algo de calma a ciertas áreas de los Kivus, pero en las zonas más remotas, las FDLR lanzaron una campaña de represalias contra la población civil, que provocó, según cálculos de Human Rights Watch, al menos 664 muertes de civiles (la mitad de ellos, mujeres y niños), cinco mil casas quemadas (con frecuencia aldeas enteras) y 800 mil desplazados internos (en total, éstos son 2 millones en todo el país).

Los soldados del Congo y de Ruanda también son acusados de violaciones. Y muchas víctimas se sorprenden porque sus agresores del CNDP, ahora se están integrando en las fuerzas armadas nacionales y reaparecen frente a ellas, impunes y con uniforme. Su líder, Bosco Ntaganda, que tiene una orden de arresto por crímenes contra la humanidad, es ahora un flamante general del ejército congolés.

“Esto se está poniendo peor”, dice el Dr. Mukwege, que ha perdido el optimismo que tenía hace un año, cuando Ruanda y Congo comenzaron a cooperar. Cada día, 15 víctimas llegan a su hospital en promedio. “Vemos más casos de mujeres que han sido violadas durante 24 horas, 48 horas. Si continúan los enfrentamientos, no habrá solución para nuestras mujeres”.

La tradición

“El número y la brutalidad de las violaciones de guerra son terribles”, apunta Cano Viñas, de Care International. “Pero enfocarse únicamente en ellas hace que se desvíe la atención de otros temas, como las prácticas tradicionales, la violencia doméstica, la violación conyugal, el incesto y la mortalidad materna. Hay un promedio de mil 100 muertes de madres por cada 10 mil partos. Evidentemente, un país que valora a sus mujeres da una atención mayor a la salud reproductiva”.

Pese a su importancia en la comunidad, la costumbre relega a la mujer a un papel marginal, completamente subyugada al marido. Para casarse con ella, éste ha pagado una costosa dote a la familia y, a cambio, exige obediencia completa, trabajo duro y sumisión sexual. En caso de divorcio, la dote deberá ser devuelta. Por ello, los padres, que ya la han gastado, presionan para que su hija acepte su situación, incluida la poliginia.

Esto ocurre en todos los niveles económicos. Una mujer acomodada de Goma, segunda esposa de un importante político 18 años mayor que ella, describe: “Él pasa tres días con su primera esposa y tres días conmigo. Cuando está con la primera, yo tengo que permanecer sucia. Sólo puedo lavarme la cara y ponerme un perfume ligero. Si cometo el error de asearme más, él se enfurece, me golpea y no me da dinero. Constantemente les pregunta a la trabajadora doméstica y a los niños si vino alguien en su ausencia. Ni siquiera me deja manejar la camioneta. Es una pesadilla; vivo como prisionera en mi propia casa”.

Shami, una mujer de clase baja, de 25 años, habitante de la aldea-mercado de Kivumba, al norte de Goma, y cuyo marido murió hace poco, narra que los tíos y tías del difunto decidieron que tenía que acostarse con el hermano pequeño de su esposo, a quien ella había criado: “Dijeron que era para purificarme y evitar que su espíritu viniera a asustarnos a mí y a los niños. Después, por orden de mis suegros, mis hijos y yo quedamos bajo el mando del muchacho”.

Después de 16 años de guerra, con las comunidades rotas por el conflicto y los referentes de comportamiento destruidos, la masculinidad de muchos hombres (que a veces también son víctimas de violación) ha sido afectada: “Él siente que su hombría se pierde, que la tiene que recuperar mediante la imposición y la violencia”, dice Cano Viñas. “Y los niños aprenden los modos de los hombres de la guerra, una masculinidad que se basa en la violencia y el poder”. Las mujeres y los infantes, ya relegados por la costumbre, son las víctimas a mano.

“Muchas naciones africanas denuncian las críticas hacia la tradición como un acto neocolonialista”, explica el profesor Ali. Sin embargo, “tenemos que admitir que la mayoría de las sociedades humanas ha compartido la desgracia común de los crímenes contra las mujeres, y que algunas de ellas han sido capaces de superar este trágico pasado más rápido que otras. El problema de la conformidad cultural (con tales prácticas) permea a las mujeres tanto como a los hombres. Un estudio reciente indica que un 91% de las mujeres en Zambia y un 70% en India creen que golpear a la mujer se justifica por al menos una razón. Por suerte, la cultura puede cambiar, aunque eso requiere una combinación de activismo y presión para transformarla desde la raíz”.

“La guerra sólo ha exacerbado una situación preexistente”, considera Cano Viñas. “No sólo hace falta paz, también hay que transformar las prácticas tradicionales que relegan a las mujeres para darles más poder social y económico. Porque a veces pensamos que los violadores son los guerreros. También, y cada vez con mayor frecuencia, son los profesores, los policías, los vecinos, los padres”.

(Reproducido en diarios mexicanos como Avanzada.)

En bici a través del Congo

Por Témoris Grecko (columna “Fronteras Abiertas” en National Geographic Traveler, mayo de 2010)

Lo primero que escuché de Zack Partain fue que había cruzado el Congo de occidente a oriente, solo, en bicicleta. Se me heló la sangre. El estadounidense de 28 años no parece un tipo blando ni tiene exceso de peso, pero tampoco ostenta el aspecto de un deportista de acero. “No soy un ciclista de vocación”, confirmó. “Pero quería conocer el Congo por adentro y la única manera de hacerlo es en bici”. Un rato de conversación y un mapa me hicieron ver que su proeza había sido todavía mayor: sobre las dos delgadas llantas de su vehículo, pedaleó 6,600 kilómetros de senderos insospechados por siete países del centro de África, varios de ellos afectados por sangrientas guerras y con una reputación de violencia que hace temblar a los viajeros más curtidos.

Antes de ser conocido por la dictadura del sádico Mobutu y por una serie de conflictos que han dejado siete millones de muertos (más que cualquier otro desde la segunda guerra mundial), el Congo ya era un lugar que estremecía los corazones de los lectores occidentales de Joseph Conrad, autor de “El corazón de la oscuridad”, una novela que revela lo peor del alma humana, con escenario en el gran río Congo. ¿Qué clase de filosofía motiva cada día a Zack para salir a enfrentar la jungla ecuatorial, en un recorrido que parece no tener fin? “Decisions based upon faith and not fear”, respondió. Es un verso de una canción del grupo “Faithless” y significa tomar “decisiones con base en la fe y no en el miedo”.

Su bicicleta no es nada que impresione. “No podría ir por meses, a través de pobres aldeas, sobre un aparato de 2,000 dólares”, explica. Su equipo también es sencillo: una tienda de campaña, un par de alforjas, una mochila pequeña, unas cuerdas y una botella. “20 kilos, con agua y comida”, precisa. ¡Ah!, y un par de llantas de repuesto. “En medio de la selva, no hay quien te las repare. Antes no tenía y cuando una de ellas se rompió, tardé días en encontrar un río, y por él llegué a una comunidad donde un hombre la arregló”. Con alambre. En donde no hay casi nada, la gente se las arregla para sacarle el máximo provecho a lo que hay.

El río Congo divide los dos países que toman su nombre: al norte, la antigua colonia francesa del Congo, con capital en Brazzaville, y al sur, el viejo Congo Belga, gobernado desde Kinshasa. Zack empezó en Brazzaville, fue hacia el norte y llegó a la República Centroafricana. “La gente se sorprendió al verme salir de la selva y entrar en Bangui”. Después cruzó al Congo vecino y más o menos siguió el trazo del poderoso río. En esa parte marcó el nombre de Akula, una aldea. ¿Algo importante? Encontró Coca-Cola: “En casa es tan normal, pero allí…”

En la ciudad de Kisangani se alejó del curso fluvial para atravesar las provincias orientales. Así llegó a Uganda, donde descansó en donde yo lo conocí, Kampala, la capital. Habían pasado 3 meses y 4,300 kilómetros bajo sus pedales. Pero no fue en ese momento cuando lo encontré por vez primera: se fue al norte del país y después al Sudán del Sur, 500 kilómetros en mes y medio. Regresó al noreste del Congo y se dirigió al sur, por las sufridas provincias de Kivu Nord y Kivu Sud, hasta Bukavu. Pasó a Burundi, luego a Ruanda y volvió a Kampala. Otro mes y medio y 1,800 kilómetros más.

Me mostró imágenes de su camino. Cincuenta años de deterioro y guerras han dejado al Congo sin carreteras. En la mayor parte del país, todo lo que hay son estrechos senderos entre los altos árboles de la selva. En un video que grabó mientras conducía, no se ve más que el manubrio, la maleza, pequeños arroyos y frágiles puentes de bambú que Zack tenía que cruzar a pie. “Es así, así, así durante semanas”, suspiró. “Me levanto en la mañana y sigo hasta la tarde. Sólo me detengo a hablar con la gente, a veces con los oficiales del gobierno que sospechan de mí”. No es muy normal hallar extranjeros dando la vuelta por esos lugares.

¿Tuvo miedo, estuvo en riesgo? “En Congo, nunca. A pesar de todo lo que le han hecho los extranjeros (los congoleses han sido saqueados y masacrados hasta niveles indecibles por musulmanes, belgas, ruandeses, ugandeses y otros), esa gente es la mejor de África”, afirma Zack. “La idea que tenemos de ellos está mal, son increíblemente amables”. Con un poco de información, pudo evitar las áreas en conflicto: “Congo es suficientemente grande como para tener dos guerras y al mismo tiempo, muchas zonas tranquilas”. En Sudán del Sur, en cambio, sí se sintió en peligro: “Sabía que los niños soldado podían matarme para robar cualquier cosa”.

Era un día a finales de enero y Zack se preparaba para volver a cruzar el Congo hasta Kinshasa, otros 3 o 4 meses y 4,000 kilómetros. Al momento de la publicación de este artículo, debe estar en la última etapa del viaje. Después volará a Estados Unidos. Pero su cuaderno está lleno de nuevas rutas que quiere seguir. “Volveré al Congo. Quiero demostrar que esa gente en Londres y en Washington que piensa que el Congo es demasiado grande y quiere dividirlo, está equivocada. Yo creo que en cada extremo del país hay algo genuinamente congolés que lo une”.

¿Valor o locura? Fe. “Tengo fe en que la gente será buena conmigo, que voy a encontrar comida y un lugar para dormir. Cuando paso una frontera, tengo fe en que saldré del país tal como entré. No tomo decisiones con base en el miedo. Tengo fe”.

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ANTES DE LA BICI

Camionero de profesión, Zack llegó a África en 2006: “Antes de eso viví cuatro años en un tráiler y mi mayor gasto era la cuenta del teléfono celular. Ahorré y quería hacer algo interesante. Donde yo vivía, era el pináculo del primer mundo, la representación de los excesos del mundo moderno. África es el pináculo de los fracasos del mundo moderno”. Tiene un mapa del continente partido en dos mitades, sobre el que ha trazado el viaje que hizo antes de montarse en la bici. Ya ha visitado más de 40 de sus 53 naciones. Todo en transporte público. Pero de esa forma, no se puede conocer el Congo.

Héroes del Congo / Heroes of the Congo

R.D. DEL CONGO: LOS HÉROES DEL CONGO

Un reportaje desde la peligrosa región oriental del Congo, a un lado de Ruanda, sobre la valerosa lucha que llevan a cabo los guardaparques de Virunga para proteger a los últimos gorilas de montaña y el medio ambiente, pese a los ataques de sangrientas bandas armadas ypoderosas mafias. Publicado en ESQUIRE (marzo 2010)

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D.R. OF CONGO: HEROES OF THE CONGO

A reportage from Congo’s dangerous Eastern region, next to Rwanda, about the brave fight Virunga’s park rangers maintain to protect the last mountain gorillas and the environment. they face attacks by blood-thirsty armed bands and powerful mafias. Published by ESQUIRE (March 2010)

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D.R. OF CONGO: HEROES OF THE CONGO

A year on the road and a birthyear with the Sun

Dear friends:

Last March 2 it was a year since I flew out of Mexico and started this second round-the-world trip. I’m in Nairobi now, which has trapped me just as it did back in 2005. And, as I decided that I will turn 40 once and only once (not tempted to repeat), I won’t have a birthday, but a birthyear with the Sun. Therefore, I’m also starting here a series of celebrations which should follow the fireball in the sky: from South to North as the Boreal Summer approaches and the Austral one heads off, and from East to West as the light chases away the darkness.

In this year I have seen things that have made me feel ever more amazed about our world, its nature and its peoples.

First of all, I watched in big close-up the Iranian Green Revolution. It was a unique chance to witness the bravery, generousity and glamour of a wonderful people rebelling against the military-religious dictatorship that rules them. If it was only for this experience, the whole trip is worth it. As long as the authoritarian regime is in place, I won’t be welcome back in Iran, which makes me very sad. But I believe in the Iranians and trust that they will get rid of that fanatic, corrupt cast of pious cheaters, liars and killers. I wrote a book on what I saw and heard, which shall be on sale in Spain (a little later in Mexico and Argentina) by mid-April. It’s title is “La ola verde. Crónica de una revolución espontánea” and it will be published in Barcelona by Los Libros del Lince. It’s in Spanish, of course, and though you can dismiss the possibility that some foreign publisher would like to acquire it and translate it into English, this is not very likely. As one English writer puts it, “we English native speakers stopped reading foreign language authors since Voltaire was alive”. Hope dies last, of course, so we’ll see.

I’ve also seen the pledge of the Uyghur people from Kashgar, pushed far from their homes as the Old City, a crucial stage on the Silk Road, was being bulldozed by the Chinese government to build huge appartment blocks in its place. I saw huge Buddhas in the Mogao caves and six-hundred metres sand dunes nearby, in Dunhuang. I crossed the snowed Pamirs and the Tian Shan, now in Kyrgyzstan, where my belongings ended in some thieves’ hands. Then, in Uzbekistan, I went to the now-defunct Aral Sea, where ship corpses strangely lie on the sand in the middle of the desert.

Iran was the highlight. But I was almost caught by the police commiting journalistic crimes and had to escape to Armenia, where I made a detour to Nagorno-Karabakh and the occupied, utterly destroyed Azeri city of Aghdam. In Georgia, I went up to Kazbegi, a wonder in the Greater Caucasus, in Georgia. Then I took a little holiday. Sort of, because I went to Barcelona to write the book, but my dear Catalina and many other friends, old and new, made me feel the most welcome.

Back on the road, I went to the Turkish Kurdistan and then to one of the most amazing cities on Earth, Istanbul, where I was also warmly received. In fact, this part of the trip makes a big contrast with the Central Asian one, which was tough for many reasons, being the main one a deep feeling of isolation. Now, and for months, I’ve met lovely people in almost every place. Like Beirut, Damascus, Aleppo, Nicosia, Tel Aviv, Accre, Jerusalem, Ramallah… and Mama Africa: it was a coming back home. Uganda, Congo (with it’s volcanic eruptions, an eclipse, gorillas), Ruanda, Uganda again… and now Kenya.

So here I am, reporting on a year on the road… and inviting everyone to join me in this birthyear with the sun…

No time for siesta. Life is fiesta!!!

The celebrations actually started in Kampala’s Backpackers on New Year’s Eve and following weeks, with Sean, Adam, Kate, Clare, The Prince Formerly Known as Frankie, Andy, Rafa, Peter, Rachel and so many more! Nakasero nights, Kololo nights… Kabalagala nights and mornings! What a start!

And then Nairobi, with Laura, Melanie, Waireri, Sheila, Waringa, Cynthia, Peaches, David, Ben, David “Hacienda”, Wendy “Paloma”, “Rodríguez” and again, Adam, who took a few days off to celebrate with me in Westlands, Langata, Hurlingham and… well, not yet, but Madhouse should appear at some point.

What next?

Well, be aware: A party! Coming soon to a venue near you!

Next in line are:
Following the Sun from South to North: up to Cairo, by mid-March; Tel Aviv, late this month; and Istanbul, late April.

Then, from East to West: Barcelona, late May; Madrid, in June; and Mexico City!!! in… well, all this is temptative, so let’s say August.

The celebrations will have covered, by then, 8 cities in four continents.

Naturally, Mexico City’s celebrations should be rather quiet, my body will be quite diminished after all this, and well, it’s 40… but I paid everything I owed and was punished for every sin in the deserts of Central Asia and Iran, this is my only 40th birthyear, and that’s my beloved city!

(And the celebrations threaten to connect with the 200th anniversary of Mexico’s independence, in September… dammit!)

So, as you see, I’m not as serious as you no doubt thought I was. And you are welcome to be as unserious as you can in any, or all, of these fiestas!

Happy bithyear!

Con amor, Témoris