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En Gaza, la tregua fue apenas un breve respiro en un conflicto interminable

Témoris Grecko / Gaza (publicado en La Nación

El puerto de Gaza recuperó la vida: después de cuatro semanas de asedio, en que los botes de pesca eran hundidos y los barcos israelíes bombardeaban a niños que jugaban en la playa, el inicio de un cese al fuego de tres días, a las 8 de la mañana, fue como la campanada que, por primera vez en cuatro semanas, sacó a hombres y mujeres e infantes de sus escondites para ir a jugar en las olas y salir a lanzar las redes para conseguir alimento.

Hasta las 7.59, proseguía la normalidad de la violencia: desde el desierto y desde el mar, la artillería israelí golpeaba aldeas y ciudades, mientras los zulos de Hamas abrían los ojos para lanzar cohetes hacia la inutilidad. Se estaban dando duro, como temerosos de perder el último momento de hacerse daño. Pero cuando el reloj marcó la hora, los cañones callaron.

Gaza despertó. Sin el miedo de ser aplastados por los gordos dedos de los cielos, los habitantes salían a ver cómo era el sol sin la intermediación de las ventanas. Algunos pensaban que ya, por fin se había acabado la guerra, que el sufrimiento había pasado su punto más alto y que en su decadencia, permitiría a la gente reconstruir sus vidas. Otros eran más cautos y pedían esperar al final del tercer día para poder evaluar. “Estás en Gaza, aquí sólo crees en mañana cuando ya casi llegas a pasado mañana”, dijo un palestino.

En algunos de los sitios más afectados, convertidos en tierra prohibida por los tanques israelíes, la retirada de las tropas permitió que los pobladores, asilados en otros lugares, regresaran a ver si su casa seguía allí, si podían habitarla o si por lo menos había algo que podían rescatar. El último dato de la ONU, del miércoles, estableció en 235 mil personas (de un total de 1 millón 800 mil gazatíes) el número de refugiados en las escuelas de la organización. Pero hay muchos más. Nadie sabe cuántos: antes que ir a amontonarse en patios, pasillos y salones de clase, muchos han tratado de ser recibidos por parientes o amigos. Es por eso que los misiles han matado en un solo golpe a familias extendidas completas.

Los más optimistas, sin haber verificado si todavía tenían hogar, abandonaron los albergues con todo lo que poseían: utensilios, mantas, juguetes, todo en cualquier vehículo disponible, de tracción mecánica o animal. Abundaban los coches que andaban con las puertas abiertas de tantas personas que llevaban dentro, apretadas pero sonrientes en su tránsito de retorno.

LA CASA MALDITA

No así los que iban a Kuzaah, donde no había lugar para alegrías ingenuas. Este pueblo del sur de Gaza, dependiente de la ciudad de Khan Younis, fue tomado por el ejército de Israel el primer día del inicio de su ofensiva terrestre, el 17 de julio. Su desocupación, durante la noche del jueves al viernes, abrió una puerta ancha y alta.

Pero no a la esperanza, sino al horror.

Para bloquear el acceso, los soldados habían roto la carretera y los vehículos no podían aproximarse a menos de un kilómetro. Era el sitio donde esperaban las ambulancias y hasta ahí, entre las primeras construcciones destrozadas, llegaban las primeros señales de lo que aguardaba en la villa: utilizando mantas como si fueran camillas, grupos de jóvenes trasladaban cadáveres horriblemente quemados.

Acercándose a pie, bajo un sol inhóspito, se percibía poco a poco el tamaño del espanto. No había una sola construcción que no hubiera sufrido daños. Muchas estaban en tal ruina que eran irreconocibles. Un árbol se mezclaba con columnas desnudas que parecían imitarlo, alzándose por encima de los montones de escombros.

Debajo, había cadáveres. No hacían falta perros entrenados para detectarlos: el hedor aullaba. El mismo que rodeó a los militares israelíes durante las dos semanas que estuvieron ahí, sin darse a la tarea de rescatar los cuerpos. Se la dejaron a los que vendrían después.

Como a quienes comprendieron que ese pequeño coche de madera, volteado y enterrado hasta la mitad en un cerro de arena, iba tirado por un hombre humilde que ahora, seguramente, yacía oculto, sepultado por la explosión. Una veintena de chicos se afanaban por escarbar, mientras otros buscaban unos metros más allá, entre las piedras de un edificio derribado.

Al final del pieblo, estaba la casa maldita. El hedor que hacía estremecer a todos en las calles, se iba intensificando desde la entrada, al caminar por el jardincillo y mucho más al pasar la puerta. Hedor de muerte concentrada. Al frente, una cocina, con charcos de sangre vieja e impactos de bala en la pared. A la derecha, un cuarto con la puerta desvencijada, la cama rota, charcos de sangre vieja e impactos de bala en la pared. Entre ambos salones, un baño. El baño más doloroso del mundo.

LA CAPTURA

Los cuerpos ya no estaban. A los vecinos que llegaron muy temprano los abrazó la potencia de la peste y encontraron los cadáveres. Fueron los primeros que sacaron de allí. No sabían decir cuántos: entre seis y ocho. Tampoco los pudieron reconocer porque habían sido destrozados a balazos, amontonados en ese baño —donde había charcos de sangre vieja que estaban gordos y llenos de gusanos y los impactos de bala en la pared parecían una viruela brutal— y abandonados por semanas, hasta que las carnes roídas por la fauna minúscula y microscópica perdieron forma y consistencia. Como pistas de los autores de la matanza sólo quedaban decenas de casquillos, esbeltos y alargados.

Al salir de ahí, las circunstancias habían cambiado. Se escuchaban disparos de tanque en las cercanías. Los jóvenes ya no llevaban cadáveres podridos y calcinados, sino cuerpos de hombres apenas heridos.

Alguien explicó que el ejército quería vengar la captura de un militar israelí. “Secuestro”, era el término que utilizaba al asegurar que había ocurrido a las 9.30 de la mañana. Pero “uno no secuestra a un soldado invasor, lo toma prisionero”, precisó el informante, “y lo hicieron antes de las 8”. La diferencia es vital para establecer quién pulverizó la tregua. No se puede creer a las partes sin hacer una investigación y ninguna de ellas va a permitir que la investiguen.

Se quedará en acusaciones mutuas. Lo inmediato, en todo caso, era que los cañonazos sonaban cada vez más cerca. Los vecinos que habían regresado se marchaban a toda prisa. Los optimistas con sus coches llenos de enseres habían dado media vuelta. Las calles se vaciaban, temerosas de los gordos dedos de los cielos; los pescadores remaban a la costa y los niños escapaban del alcance del barco israelí. El puerto de Gaza recuperó la muerte.

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