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Mahmoud Abbas, el líder que quiere llevar la “primavera árabe” a Palestina

Por Témoris Grecko / Ramala (publicado en el suplemento Enfoques, del diario La Nación, 2 de octubre de 2011)

 

Si Ramala (sede de la Autoridad Nacional Palestina, ANP) hubiera sido Roma, a Mahmoud Abbas, presidente de la ANP, lo habrían recibido a su retorno de Nueva York, el domingo 25, con un arco del triunfo, como a los césares y grandes generales cuando regresaban victoriosos tras largas campañas.

 

Abbas no tenía glorias qué mostrar. No había derrotado a nadie ni conseguido algo que pudiera ser concreto, tangible o, por lo menos, seguro de obtener en un futuro cercano. La multitud que se agolpaba en el complejo gubernamental de La Mukata, sin embargo, se encontraba extasiada por lo que su líder dijo en la ONU, por enunciar sus más sentidas demandas y por un “¡basta, basta, basta!” que representó el sentir de este pueblo harto de un proceso de paz que, a 20 años de iniciado, parece ahora más extraviado que nunca.

 

Y también porque, hasta hace sólo unas semanas, los palestinos se sentían no representados, sujetos a una administración corrompida y represiva que además de todo es ilegal, jefaturada por un hombre a quien consideraban sumiso ante los israelíes y los estadounidenses.

 

Y ese hombre era el mismo Mahmoud Abbas.

 

FANTASMAS DEL PASADO

 

Abbas les dijo que iniciaba una “primavera palestina”. En tiempos en que sus primos de los países vecinos enfrentan y derriban dictadores y sistemas opresivos en lo que se ha llamado “primavera árabe”, los palestinos sentían que se quedaban estancados en un conflicto interminable que empezó antes de que naciera la inmensa mayoría de ellos.

 

El presidente, deslegitimado y carente de credibilidad hasta hace unos cuantos días, ahora fortalecido y en el clímax de su popularidad, es uno de los que vivió antes de la “nakba”, una palabra que en árabe significa “catástrofe” y se refiere al periodo en el que 700 mil árabes fueron expulsados de sus hogares y tierras en 1948-49 para dar lugar a la creación del Estado de Israel.

 

Abbas nació en el seno de una familia musulmana acomodada el 26 de marzo de 1935, en el pueblo de Safat (el nombre hebreo actual es Safed), en Galilea, una región que entonces era parte del Mandato Británico de Palestina y ahora es el norte de Israel. Vivían en el techo de una tienda en el borde del mercado mayorista de la población, donde vendían sacos de semillas de girasol, conservas en lata y vegetales por libra. La fuente principal de ingresos de su padre, sin embargo, era la leche de las ovejas que tenían en la aldea de Zingariya (hoy Moshav Elifelet), del que se producía el famoso queso de Safed, solicitado lo mismo en la cercana ciudad de Haifa como en la lejana Jerusalén.

 

Era una época de tensiones interétnicas y los jóvenes de la mayoría árabe lanzaban piedras contra los judíos. Abbas era demasiado joven y no fue agresivo, según el testimonio que uno de sus contemporáneos judíos, Aryeh Bandareli, cuyo padre vendía al mayoreo el queso que hacían los Abbas, dio al periódico Haaretz.

 

En la noche del 7 al 8 de mayo de 1948, cuando Abbas acababa de cumplir 13 años, un ataque judío contra Safat provocó pánico en la población árabe. Bandareli vio las columnas de civiles escapar por una cañada desértica, como “una flecha de hormigas”.

 

No se conoce que Abbas haya escrito algo sobre las emociones que imprimió en él este evento, pero Bandareli recuerda que 12 años más tarde, un comerciante árabe de Haifa, amigo de la familia, llamó para transmitir los atentos saludos “del señor Mahmoud Abbas”. Tras otros veinticinco años, invitaría al propio Aryeh a visitarlo “a mi cargo” en Túnez o en Londres, pero Bandareli no encontró la oportunidad.

 

Abbas también mantuvo la amistad Menahem Margalit, una vecina judía de Safat siete años mayor que él, que lo alojó en su casa de Haifa cuando el palestino la visitó en 1999.

 

Los Abbas escaparon a Siria, donde el padre reconstruyó la fortuna familiar y Mahmoud pudo hacer los estudios secundarios y se graduó de abogado, en la Universidad de Damasco. Continuó más adelante con un posgrado en Egipto y culminó con un doctorado en la Universidad Patricio Lumumba, de Moscú.

 

En los 50 se mudó al pequeño emirato de Qatar, en el Golfo Pérsico, donde trabajó como director de personal del servicio civil y se casó con otra refugiada de Safat, Amina, con quien tuvo tres hijos, Mazén, Yasir y Tarqo. Fue ahí que Yasir Arafat lo invitó en 1961 a adherirse a su partido Fatah, creado dos años antes, y en 1965 formaron juntos la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), una federación de grupos nacionalistas e izquierdistas.

 

A partir de entonces y hasta la muerte de Arafat, Abbas fue su lugarteniente, una posición que se confirmó de manera no oficial cuando fue designado secretario general de Consejo Nacional Palestino, en 1996. Actuando en la clandestinidad bajo el seudónimo de Abu Mazén (que significa padre de Mazén, el mayor de sus hijos, que murió a los 42 años de un ataque al corazón en 2002), y por lo regular manteniendo un perfil discreto, Abbas creó una red de contactos con líderes políticos y jefes de inteligencia de varios países, lo que le permitió fungir eficazmente como diplomático en jefe de la OLP y recaudador financiero.

 

Esta cercanía con Arafat ha dado pie a que algunos israelíes denuncien su pasado “terrorista”. La tesis doctoral que escribió en Moscú en 1983 contribuye a generar animosidad en su contra: en “El otro lado: Las relaciones secretas entre el nazismo y los líderes del movimiento sionista”, escribió que “el número de víctimas judías en la guerra pudo haber sido seis millones, pero también pudo haber sido menor, tal vez ni siquiera un millón. El debate sobre el número de víctimas, sin embargo, no disminuye la atrocidad del crimen que fue perpetrado contra el pueblo judío”. Más importante es que Mohammed Daoud Oudeh, el cerebro de la operación en la que un comando palestino asesinó a once atletas israelíes, en las Olimpiadas de Múnich, en 1972, dijo que Abbas había provisto el financiamiento.

 

MODERADO ENTRE HALCONES

 

Los líderes palestinos e israelíes de la generación de Mahmoud Abbas (nació en 1935) tienen todos un pasado sangriento. Entre tantos ejemplos, dos recibieron el premio Nobel de la Paz: Arafat en 1994, a pesar de que llevó a cabo una infinidad de operaciones militares y terroristas, como la de Múnich; y el exprimer ministro de Israel, Menahem Begin, en 1978, quien en su carrera belicista puso una bomba en el hotel Rey David de Jerusalén y mató a 91 británicos en 1946.

 

Sobre Abbás, sin embargo, no pesan acusaciones directas sólidas. Aunque Mohammed Daoud Oudeh lo identificó como el financiador, también dijo que Abbas no tenía conocimiento de la operación contra los deportistas. Sobre las denuncias de que es un negador del holocausto, él replica que citó a un autor, Raul Hilberg, que daba cifras de víctimas menores que las oficialmente aceptadas, pero no cuestiona que el genocidio haya tenido lugar.

 

Sus actividades a lo largo de varias décadas le crearon un perfil de moderación. Aparentemente, sus relaciones con Arafat eran pragmáticas, no fraternas, y en varios momentos pasaron periodos de años sin hablarse. En los años 60 y 70, se distanció de las actividades terroristas de la OLP y prefirió permanecer en Siria cuando Arafat trasladó la sede de la organización a Líbano. Fue uno de los primeros dirigentes palestinos en promover el reconocimiento del Estado de Israel.

 

Su red de contactos incluía a izquierdistas y pacifistas israelíes, con quienes se empezó a reunir en 1983 y a tramar el proceso de paz que daría inicio en Madrid, en 1991 y se plasmaría en los acuerdos de Oslo, en 1993. Eso permitió la creación de la ANP como administradora de Gaza y de un 19% de Cisjordania, y que sería el embrión del Estado palestino que debería surgir al completarse las negociaciones de paz.

 

Sus contrapartes israelíes destacan las maneras corteses de Mahmoud Abbas, y mencionan que no es alguien que entre en confrontaciones y azote puertas. Su reacción típica ante peleas serias es retirarse honorablemente y distanciarse con tranquilidad. En 1994, cuando los israelíes Yitzhak Rabin y Shimon Peres, y el palestino Arafat recibieron el Premio Nobel de la Paz, Abbas se quejó ante el embajador noruego porque él no fue considerado: “Después de todo, yo soy la contraparte de Peres”, argumentó.

 

Uno de sus interlocutores (aunque no su amigo), a partir de 1993, fue Yossi Beilin, viceministro israelí de Exteriores, quien descubrió que Abbas pensaba que entendía muy bien cómo funcionaba la sociedad israelí e imaginaba que los mizrahim (judíos con origen en Medio Oriente) podrían convertirse en un puente para hacer la paz con los palestinos, estableciendo con ellos una alianza de los oprimidos contra la cúpula dominante ashkenazi (judíos con origen en Europa del Este). La derechización gradual de la sociedad israelí en su conjunto, sin embargo, lo ha hecho abandonar esta idea.

 

En 1995, Abbas y Beilin llevaron a cabo una iniciativa propia, independiente de sus respectivos jefes, y presentaron un plan para un arreglo definitivo de paz que preveía el establecimiento de un Estado palestino en casi la totalidad de Cisjordania y Gaza, con acuerdos especiales para compartir Jerusalén. El proyecto, conocido como el “plan Beilin-Abu Mazén”, fue por algunos años algo así como un borrador para los esfuerzos de conciliación.

 

SUSCESOR DE ARAFAT

 

Pragmático y conciliador, Abbas se ganó el reconocimiento de estadounidenses e israelíes, que forzaron su ascenso a primer ministro de la ANP, el 19 de marzo de 2003, para que fungiera como contrapeso para el entonces presidente Arafat, con quien se negaban a tratar. Los dos dirigentes iniciaron entonces una intensa pugna por el poder, que condujo a que Abbas renunciara al puesto tras menos de medio año de ocuparlo, el 6 de septiembre. Los palestinos se encontraban en plena segunda intifada (insurrección), que había empezado en 2000 y a cuya violencia se había opuesto públicamente Abbas.

 

No le quedaba mucho tiempo de vida a Arafat, sin embargo. Cayó en coma en octubre de 2004 y falleció el 11 de noviembre, en circunstancias confusas que dieron lugar a muchas especulaciones: desde que padecía sida hasta que se trató de un asesinato, probablemente llevado a cabo por el Mossad, el servicio secreto israelí. Esta versión fue reforzada el 17 de enero de 2011, cuando el servicio en inglés de Radio Israel difudió declaraciones de un antiguo oficial palestino de inteligencia, Fahmi Shabana, quien participó en la investigación sobre la muerte del líder en 2004 y afirmó que había sido envenenado con polonio.

 

Shabana llamó a las autoridades palestinas a reabrir el caso, pero no tuvo respuesta.

 

Dos semanas después de la muerte de Arafat, el partido Fatah declaró a Abbas candidato para la elección presidencial que tuvo lugar el 9 de enero de 2005. En diciembre, durante su campaña (que tuvo el 94% de la cobertura en televisión, contra un 6% conjunto para los demás aspirantes) el líder pidió el fin de la intifada porque “el uso de las armas ha causado mucho daño y debería terminar”. Ganó con el 62% de la votación.

 

Para perder casi de inmediato: en enero de 2006, los comicios legislativos le dieron la victoria a Hamas, una organización islamista vinculada a Siria e Irán, y que pide la destrucción del Estado de Israel. Abbas le exigió el reconocimiento de Israel y tuvo relaciones muy conflictivas con ese partido hasta que destituyó al primer ministro Ismail Haniyeh, elegido por Hamas, y lo reemplazo con Salam Fayyad, un economista de la Universidad de Texas en Austin. Los islamistas respondieron con ataques que expulsar a Fatah de Gaza y crearon allí una administración paralela y autoritaria, bajo el mando de Haniyeh.

 

ARRIBO A LA POPULARIDAD

 

Mahmoud Abbas llegó a 2011 con una reputación erosionada. Su primer ministro Fayyad dedicó su tiempo con éxito a “construir instituciones”, pero lo que los palestinos veían era a un presidente incapaz de imponerse sobre Hamas, que utilizaba a la policía palestina para reprimir a opositores propios y de Israel, y que inclinaba la cabeza ante Washington y Tel Aviv sin poder conseguir nada a cambio.

 

Pidió confiar en Barack Obama, pero los esfuerzos del mandatario estadounidense por conseguir que Israel dejara de construir asentamientos ilegales en los territorios que, para alcanzar la paz que todos dicen desear, deberá devolver, fueron respondidos con arrogancia.

 

Lo peor es que se trata de un presidente ilegal. El hecho de que anuncie una “primavera palestina” puede ser un boomerang, porque los árabes se han alzado contra gobernantes sin legitimidad, y él lo es: su mandato terminó en enero de 2009 y él ha insistido en seguir al frente sin nuevas elecciones, con respaldo de Estados Unidos e Israel, por el peligro de que Hamas las gane y termine mandando también en Cisjordania.

 

Su jugada en la ONU, al reclamar el ingreso de su país y, por consecuencia, el reconocimiento de un Estado palestino, parece haber cambiado su suerte. “Nunca había recibido tanta presión como ahora”, dijo en referencia a los esfuerzos y las amenazas de estadounidenses, israelíes y europeos. Mientras más exigencias le hacían, y él más las resistía, su imagen estaba creciendo frente a su pueblo.

 

Hoy, sus opositores siguen allí. En Gaza, Hamas rompió televisores y arrestó a dueños de cafés donde se veía el discurso del viernes 23 en la ONU. En Ramala, jóvenes educados en el extranjero señalan las inconsistencias entre sus dichos de hoy y sus acciones pasadas.

 

Abbas se dirige a la mayoría menos politizada, no obstante. “A mí no me importaba la política”, dice Ahmad, un camarero de 18 años, “pero Abu Mazén les dijo a los líderes mundiales lo que nadie había dicho en nombre de los palestinos, me hizo sentir orgulloso”.

 

“Fui a las Naciones Unidas, portando sus esperanzas y sus aspiraciones, su sufrimiento y su visión del futuro, y su necesidad de un Estado palestino”, declaró Abbas en La Mukata, el domingo de su retorno. “La primavera palestina está aquí, una primavera de lucha pacífica que alcanzará sus objetivos. No hay duda de que somos fuertes y firmes,  ¡mantengan la frente en alto, palestinos!”

 

 

Cisjordania, entre el respaldo a Abbas y la decepción por Obama

Témoris Grecko / Ramala (publicado en La Nación, 22/sep/2011)

 

Los palestinos están decepcionados porque, hace un año, el presidente estadounidense Barack Obama dijo que en estas fechas Palestina sería Estado miembro de la ONU y ayer les pidió posponer sus intenciones.

 

Sin embargo, a pesar de que los miles de asistentes a un mitin en la plaza Arafat, de Ramala (sede de la Autoridad Nacional Palestina, ANP), estaban ahí para apoyar la entrada al organismo internacional, la gente impidió la quema de una bandera de Estados Unidos. No había terminado su discurso el secretario general de la ANP, Tayeb Abdelrahim, cuando dos jóvenes encapuchados, uno montado sobre los hombros del otro, entraron en la plaza ondeando la enseña e hicieron ademán de prenderle fuego. La multitud se volvió hacia los muchachos para exigirles que cambiaran de actitud y las personas cercanas les arrebataron el emblema.

 

“Escogimos dirigirnos a la ONU cuando todas las otras opciones fallaron”, dijo Abdelrahim. “El nuevo Estado cumplirá sus compromisos, pero nos rehusamos a negociar sólo por negociar”.

 

No se puede decir que la multitud de Ramala representa a todos los palestinos: hay quienes consideran sin sentido manifestarse en los centros urbanos (también hubo mítines en las demás ciudades palestinas) y tratan de conducir las protestas a puntos donde podría haber confrontaciones con tropas o colonos israelíes.

 

Las fuerzas de seguridad de la ANP han logrado, por lo general, mantenerlos bajo control, hasta el momento. Durante el día se registraron algunos choques aislados. En Qalandia, un punto de control israelí que parece puesto fronterizo, entre Jerusalén y Ramala, jóvenes lanzaron piedras contra las tropas israelíes, que respondieron con gases lacrimógenos, granadas de aturdimiento, balas de goma y cañones sónicos. También hubo reportes de incidentes en Hebrón.

 

La intensidad de los enfrentamientos no es superior a la que se produce en semanas normales, sin embargo. La ANP ha manifestado su voluntad de impedir que la campaña de apoyo al ingreso en la ONU escale el conflicto hasta convertirse en una tercera intifada (insurrección), y lo que parece una mayoría en Ramala comparte el sentimiento: “He pasado por dos intifadas”, afirmó Hisham Mahmoud, un trabajador de la administración local. “Murieron muchos palestinos e israelíes, la economía desapareció, hubo enorme sufrimiento. La paz no se consigue con violencia”.

 

ENFRENTAMIENTO EN QUSRA

 

Los disidentes tienen posibilidades de influir, no obstante. La ANP convocó eventos el viernes por la tarde, para acompañar el discurso que dará el presidente Mahmud Abbas ante la Asamblea General de la ONU. A lo largo de la llamada “primavera árabe”, los viernes han sido las jornadas de mayor intensidad de protestas: es el día más importante de la semana musulmana y la gente sale de la oración de mediodía a manifestarse.

 

Reportes de la prensa israelí, sin embargo, indican que el ejército “no espera motines inminentes en Cisjordania”. Al dar cuenta de una reunión que tuvo lugar a la una de la mañana del miércoles, en el aeropuerto Ben Gurion, entre el primer ministro Binyamin Netanyahu (quien se disponía a volar a Nueva York para hablar ante la ONU) y el jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Israelíes de Defensa, general Benny Gantz, este último informó lo anterior, precisando que de todos modos sus tropas “están listas para cualquier eventualidad”.

 

Los medios no mencionaron si Gantz se refirió a otra posible fuente de violencia: los grupos extremistas entre los colonos israelíes, que durante semanas anunciaron que manifestarían su oposición al Estado palestino con marchas sobre poblaciones árabes. El 13 de septiembre, el diario Haaretz dio a conocer un informe del Shin Bet, el servicio de seguridad del Estado, en el que se advierte que colonos radicales estaban planeando atentados contra palestinos e izquierdistas israelíes, “lo que constituye una actividad terrorista”.

 

El martes, en una visita al pueblo palestino de Qusra, cerca de la ciudad cisjordana de Nablus, fue posible constatar los daños contra una céntrica mezquita que todavía mostraba graffiti (“Mahoma es un cerdo”) y daños causados por fuego, que provocaron “centenares” de colonos en un ataque registrado el viernes 16. Cuando el ejército llegó, sus tropas se interpusieron entre los agresores y los defensores. Los primeros siguieron arrojando piedras, según narraron los pobladores, pero cuando los árabes trataron de responder, los soldados les arrojaron gases lacrimógenos y dispararon balas de goma.

 

Mostraron fotografías. Una de ellas era de un joven que había caído herido en un tobillo, que se veía destrozado. Un colono, sigue la versión, se acercó y golpeó la herida varias veces con el borde de una pala. El árabe perdió el pie.

 

MARCHA EN ITAMAR

 

Las historias de agravios mutuos no tienen fin. Toda nueva agresión se justifica en una recibida antes. En Itamar, un asentamiento del área, el alcalde Moshe Goldsmith mostró la casa donde infiltrados palestinos asesinaron a los cinco miembros de la familia Vogel, con armas blancas. Los responsables escaparon pero ahora acaban de ser condenados a prisión perpetua.

 

Goldsmith dijo no tener cuidado por el ingreso de palestina en la ONU, y afirmó que aceptaría una anexión de Cisjordania por Israel, aunque “no tendría sentido: uno no anexa su propia casa. Ésta es nuestra tierra, está en la Biblia”.

 

Los colonos de Itamar realizaron una marcha el martes de siete kilómetros, hasta bloquear un cruce carretero que quedó cortado para el tráfico palestino, aislando así el norte de Cisjordania de Ramal y el resto del territorio.

 

Los medios acudieron imaginando que se trataba de una de las manifestaciones que habían anunciado los colonos, en represalia por los movimientos palestinos. Los hombres armados con rifles automáticos, sin embargo, apenas se dejaron ver. Los 200 manifestantes eran niños y adolescentes de hasta 15 años, acompañados de tres mayores y dos jóvenes animadores, que recorrieron el tramo entre canciones y bailes.

 

Mientras las cámaras registraban bellas imágenes de niños con banderas con la estrella de David, numerosos colonos se reunieron no muy lejos, en el asentamiento de Yitzhar, y realizaron otra marcha. El reporte militar indica que bajaron hasta la aldea palestina de Assira al-Kibliya y lanzaron piedras contra personas y casas. Cuando el ejército llegó, sus tropas se interpusieron entre los agresores y los defensores. Dispersaron a estos últimos con gases lacrimógenos.

 

 

 

Ramallah, entre la tensión y el escepticismo

Por Témoris Grecko / Ramala (publicado en La Nación, de Buenos Aires. 21/sep/2011)

 

Se inició una semana que inyectará movimiento a un proceso que parecía indefinidamente estancado. Se supone que es de paz, pero si no, a muchos en Ramala, sede de la Autoridad Nacional Palestina, les da casi igual: “Llevamos 20 años en esto, desde que empezaron las conversaciones, y 18 años desde que se firmaron los acuerdos en Oslo”, dice Amr Abdel Nasr, un veterano miembro de Fatah, el principal partido palestino. “¿A dónde nos condujo todo esto? ¿Tenemos Estado, alguna forma de independencia? ¿Han dejado de construir asentamientos en nuestras tierras? Fue una gran trampa en la que caímos, y ahora nos están diciendo de nuevo que esperemos al diálogo. Como si esta vez sí quisieran ser serios”.

 

El viernes próximo, el presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP, un gobierno que debía ser transitorio y abrirle camino a un Estado palestino que sigue sin llegar), Mahmoud Abbas, dará un discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas, tras lo cual presentará la solicitud para ser admitido como Estado miembro de pleno derecho.

 

Que no prosperará: debe ser aprobada por el Consejo de Seguridad y Washington ha adelantado su veto. Regresará entonces a la Asamblea General, donde una mayoría –con la que los palestinos parecen contar– puede elevar el estatus de la ANP, que actualmente tiene el de “entidad observadora”, al que ostenta el Vaticano, de “Estado observador”: esto significaría que la ONU reconoce a Palestina como Estado, dentro de las fronteras del armisticio de 1948.

 

El estatus de Israel también cambiaría: pasaría entonces de dominar unos “territorios” a ser el ocupante de otro Estado; la permanencia de 500 mil de sus ciudadanos en tierra ajena sería ilegal; el encarcelamiento sin juicio de miles de civiles palestinos se convertiría en un crimen de guerra; y los enfrentamientos con las milicias palestinas serían actos bélicos.

 

Palestina podría ingresar como Estado en organismos internacionales, tales como la Corte Criminal Internacional, y denunciar ahí a Israel. Los dirigentes políticos y militares israelíes y los colonos israelíes en Cisjordania, muchos de los cuales nacieron o tienen parientes en otros países que suelen visitar, como Estados Unidos, podrían enfrentar órdenes internacionales de detención y verse obligados a encerrarse en Israel. Sus bienes podrían ser incautados.

 

El presidente Abbas ha enfrentado presiones “como nunca antes”, según sus propias palabras. Estados Unidos amenazó con que, si el palestino persiste en su empeño, suspenderá la ayuda anual que entrega a la ANP, cercana a los 500 millones de dólares. Los ministros israelíes barajan públicamente un arsenal de sanciones: desde cancelar la entrega de los impuestos aduanales que cobra en representación de la ANP, que suman alrededor de 400 millones de dólares al año, hasta desconocer los acuerdos de Oslo, que permiten que la ANP administre un 19% de Cisjordania.

 

“El Estado de Israel firmó los acuerdos de Oslo con la Organización para la Liberación de Palestina, que creó la ANP”, recordó Danny Ayalon, viceministro israelí de Exteriores, a una conferencia de donantes en Viena este lunes. “Israel no tendrá absolutamente ninguna obligación hacia un así llamado Estado palestino”.

 

La inteligencia israelí, sin embargo, y potencias occidentales han advertido que sanciones extremas dejarían a la ANP sin presupuesto y provocarían su derrumbe, lo que forzaría a Israel a reconquistar las ciudades palestinas y provocaría un retorno al caos y el terrorismo. El diario israelí Haaretz reportó que, pese a las amenazas que han lanzado sus diplomáticos, el propio presidente Barack Obama advirtió que si Israel “suspende la cooperación de seguridad con la ANP sólo se estaría hiriendo a sí mismo”.

 

Los palestinos no parecen tan asustados. El lunes, tras su arribo a Nueva York, Abbas advirtió que se aproximaban “tiempos difíciles” para su pueblo. Una encuesta publicada el domingo indica que un 84% de los ellos apoya la solicitud ante la ONU, a pesar de que un 90% y un 87% creen que esto provocará “reacciones rigurosas” de Israel y de Estados Unidos, respectivamente.

 

“No nos pueden pedir que sigamos creyendo, quieren que les tengamos fe a las piedras”, explica Tarek Yusuf Salah, alumno de derecho de la Universidad Birzeit.

 

Los diplomáticos palestinos se han quejado de que, para persuadirlos de olvidarse de la ONU, los estadounidenses les presentaron un proyecto de declaración que parecía una burla: no mencionaba los asentamientos israelíes ni el futuro de Jerusalén y de los refugiados, e incluía la exigencia de reconocer a Israel como Estado judío.

 

Sobre el campo, la tensión se incrementa. Los palestinos han convocado a una campaña de protestas para apoyar la solicitud de membresía. La plaza Al Manara, centro geográfico de Ramala, es escenario de eventos que hasta el momento parecen descoordinados y espontáneos: grupos de mujeres, de estudiantes, de trabajadores o de militantes de Fatah aparecen por alguna de las calles y celebran pequeños mítines que, aunque alteran el tráfico, reciben el apoyo a bocinazos de los conductores.

 

Se ha convocado a manifestaciones en los centros urbanos palestinos para el miércoles por la mañana, y el viernes por la tarde, mientras Abbas habla ante la Asamblea General, habrá actos masivos.

 

En otras partes de Cisjordania, se suceden pequeñas escaramuzas con colonos israelíes, como la que ocurrió el viernes en la aldea árabe de Qusra. Un grupo de israelíes extremistas penetró en la población y, en el enfrentamiento resultante, uno de sus miembros fue herido de arma blanca, a lo que respondió disparando contra su rival. Ambos sobrevivieron.

 

Son sólo los primeros vientos que anticipan una tormenta muy anunciada.

 

El ejército israelí filtró a la prensa un documento en el que se dice que está entrenando y armando a los comités de seguridad de los colonos para que enfrenten ataques palestinos, y que se han establecido dos líneas virtuales alrededor de los asentamientos: si los manifestantes cruzan la primera, serán atacados con gases lacrimógenos, granadas de aturdimiento y “agua de zorrillo”, un líquido extremadamente apestoso que se rocía con cañones sobre la gente.

 

Si pasan la segunda, les dispararán en las piernas.

 

Los colonos, por su parte, han difundido fotos en las que realizan ejercicios de confrontación: jóvenes armados simulan darles palizas a otros disfrazados de palestinos.

 

Las marchas han comenzado ya, sin embargo. Hasta el momento, sin víctimas: el sábado, mujeres árabes y otras judías realizaron una protesta conjunta en el control de Qalandia, una especie de puesto fronterizo entre Jerusalén y Ramala. Las fuerzas israelíes se limitaron a cerrar el paso para evitar que los dos grupos se reunieran. “Es la primera manifestación en tres años de la que no regreso sofocado por el gas lacrimógeno”, festejó el estudiante Salah.

 

Nadie espera que se mantenga el tono en los siguientes días. Los colonos israelíes han difundido fotos en las que realizan ejercicios de confrontación: jóvenes armados simulan darles palizas a otros disfrazados de palestinos. También han anunciado que, antes que esperar a que los palestinos se acerquen a los asentamientos, serán ellos quienes marchen sobre las poblaciones árabes.

 

Además hay preocupación porque grupos palestinos radicales tratarán de aprovechar las protestas para provocar enfrentamientos con los colonos y los soldados. La ANP ha girado órdenes de que la policía palestina impida que sus compatriotas entren en zonas complicadas. La experiencia indica que es bastante difícil conseguirlo.

 

A pesar del conflicto inminente, en las calles de Ramala no se siente temor, ni por las incertidumbres del futuro, ni por la amenaza de la violencia. “Durante seis décadas nos han hecho todo lo que han podido”, señala el veterano Nasr. “¿Con qué nos van a asustar ahora?”

 

 

Los rebeldes libios: un ejército que no lo es

Por Témoris Grecko / Ras Lanuf, Libia (publicado hoy en La Nación, de Buenos Aires)

 

Cientos de personas empezaron a correr en total desorden cuando se escuchó que el avión se acercaba al checkpoint rebelde en Ras Lanuf. Se movían en un caos perfecto: hacia cualquier lado de la carretera, escabulléndose detrás de las dos pequeñas construcciones, tirándose pecho tierra entre las matas. Era muy difícil escoger un lugar donde protegerse porque los hechos contradecían la lógica: uno pensaría que la bomba iba a golpear exactamente ahí, donde se concentraban los combatientes y se apilaban las municiones, pero en su mayoría, caen en sitios vacíos.

Un duna de arena se hizo polvo con la explosión, a 400 metros de donde estaba el reportero con un grupo. Ni un solo herido. El choque masivo de adrenalina hizo que la multitud regresara al punto de control entre gritos de “Allah akbar!” (dios es el más grande), risas y aullidos, como si hubiera propinado una gran derrota al dictador Muamar Gadafi.

El chofer de los periodistas, un ex soldado que sirvió durante 22 años, oscilaba entre una sonrisa de tranquilidad profesional y hondos suspiros de alivio. “Mi mujer está asustadísima, voy a llamar para tranquilizarla”, anunció. “Amor, ¡hubo un ataque aéreo!”, dijo al teléfono, “no te preocupes, cariño, la bomba estalló apenas a diez metros de mí, ¡pero estoy muy bien!”

A las cuatro de la mañana del domingo al lunes, los empleados del único hotel de Ras Lanuf, bajo control rebelde, despertaron a varios enviados de medios extranjeros que habían pernoctado allí. “Las fuerzas de Gadafi vienen hacia acá, ¡tenemos que marcharnos!”, urgieron. Al salir, los comunicadores se sorprendieron: si en la noche anterior habían cientos de combatientes en la ciudad, ahora apenas se veían unos cuantos. ¿A dónde se fueron, cuándo?

Fue una falsa alarma. Pero el pueblo de Ben Jawad, a 40 kilómetros en dirección a Sirte, la ciudad natal y plaza fuerte de Gadafi, en el oeste, había sido capturado por tropas del gobierno, que apenas encontraron resistencia. Algunos rebeldes afirman que dispararon a las casas y tomaron como rehenes a las familias del lugar. Otros confirman que el tiroteo fue terrible pero corrigen en que sólo expulsaron a la gente. Todos coinciden en que los gadafistas se han atrincherado ahí con tanques, artillería y cientos de hombres: antes que permitir que la oposición se aproxime a Sirte, el presidente parece haber ordenado que se establezca ahí una línea que nadie pueda traspasar.

En Ras Lanuf, mientras tanto, no hay indicio alguno de que los revolucionarios puedan articular algo parecido a una ofensiva ordenada y con posibilidades de tener éxito. Como en otras parte de la Libia liberada, la aglomeración de voluntarios no semeja para nada a un ejército y en cambio, recuerda al casting de un pésima comedia de verano: uno entiende ahora por qué son tan bestiales los entrenamientos de los militares de verdad, destinados en primer lugar a imponer la disciplina.

Éste es el punto de vanguardia y es un inmenso desorden. La última vez que se oyó de un oficial de carrera que supuestamente debía tomar el mando, el sábado pasado, éste tuvo que huir en su camioneta con dos adolescente negros, pues de otra forma ni sus razonamientos ni sus amenazas hubieran impedido que los chicos fueran linchados bajo sospecha de ser mercenarios.

Los combatientes serios son una minoría difícil de encontrar. Algunos son soldados y ex soldados. Casi todos los demás son hombres jóvenes y mayores que se toman dos o tres días para irse con los amigos a pelear. Alguien trae un vehículo y unas armas de las que robaron de arsenales saqueados, juntan mantas y provisiones, y se van todos al frente. No hay mandos, estructura, ni alguna clase de orden. Cada quien hace lo que le parece en el momento.

El checkpoint de Ras Lanuf es como un pequeño parque de atracciones, en donde los juegos son mortales. Los más populares son las baterías antiaéreas: en varias de ellas los rebeldes hacen cola para poder montarse y disparar a la nada, rompiendo tímpanos e incrementando la confusión que ya causa que decenas de improvisados jueguen con rifles de alto poder.

Disfrazados con cualquier prenda que de alguna forma parezca militar o guerrillera (el look Che Guevara y el look Yasir Arafat son favoritos), los hombres derraman testosterona disparando al aire con fusiles kalashnikov y M-16 que no saben manejar. Como vieron en las películas que Rambo los sostiene con una sola mano, intentan hacer lo mismo pero a veces pierden el control y el arma baja la mira peligrosamente, con riesgo de herir a los demás. Un joven reaccionó airado cuando alguien le dijo que dejara de molestar y trató de quitarle el juguete: en el forcejeo los tiros salieron hacia todos lados. De milagro no mató a alguien. Y se quedó con el fusil.

Uno podría apostar que hay más heridos por imprudencias y accidentes que por la acción del enemigo. Porque uno de los mayores misterios de este conflicto, al menos en esta parte oriental del país, es: ¿por qué hay tan pocos muertos? Hasta el momento parecía razonable atribuir los avances rebeldes a la mística de sus combatientes, pero el desorden es abrumador. ¿Por qué retroceden los tanques y las camionetas artilladas de las entrenadas tropas gadafistas, ante los ataques de novatos torpes e híper-excitados? ¿Cómo es que las bombas de los aviones casi nunca caen donde podrían hacer daño?

Ibrahim al-Khodeiri, el conductor y ex soldado, coincidió con Ahmed Fathi, un militar que se pasó individualmente al bando rebelde, y que estaba apostado ayer en Brega, a 120 kilómetros de Ras Lanuf: en el este, el ejército de Gadafi no está golpeando con la fuerza de la que es capaz. “No quieren matar a sus hermanos libios”, aventuró Al-Khodeiri. “Nos quieren sorprender”, especuló Fathi, “y cuando vengan por nosotros, nos van a arrasar”.

Esta amenaza apunta hacia el otro gran misterio: ¿Por qué no están actuando los pelotones militares que se sumaron a la revolución? Si alguien no provee músculo militar, impone orden y disciplina en las filas rebeldes, y entrena a sus integrantes, la fuerza de este movimiento popular y en buena medida espontáneo se evaporará cuando se apague el entusiasmo. Acaso sea a eso a lo que apuesta Gadafi.

 

 

 

Chávez y Ajmadineyad

¿Cómo es que Hugo Chávez es considerado un héroe latinoamiercano en los países de Asia, y de qué manera esto beneficia a Mahmoud Ajmadineyad y el régimen iraní? Miren mi artículo de ayer en La Nación, de Buenos Aires.

Contra los ciudadanos

Sobre el ataque generalizado de ayer en Teherán: en La Nación y en El Periódico.  Y una crónica más personal en El Universal.

La “juventud” islámica al ataque

Otros textos de hoy: En El Universal, crónica de una manifestación islamista

Y análisis del día en el Periódico de Catalunya

La voz de Neda

Por Témoris Grecko (publicado hoy en La Nación, de Buenos Aires)

Neda tenía 26 años. Su nombre es una palabra árabe que en farsi sólo se usa en el lenguaje poético. Y significa “voz” o “llamada”. Su apellido era Agha-Soltan. Era una joven teheraní normal, como tantas que están tomando las riendas de su vida pero se estrellan con las restricciones impuestas por los fanáticos religiosos. Con lo que Mir Hossein Mousavi explicó como “querer llevar al cielo a la gente por la fuerza”. Involuntariamente, estaba describiendo lo que hicieron con Neda.

Era una joven con sensibilidad. Le gustaba la música, especialmente el pop persa, y tomaba clases de piano. Cantaba muy bien. Se vestía a la usanza moderna, con la pañoleta para el cabello un poco atrasada para poder lucirlo, y usaba jeans. Estaba aprendiendo turco porque quería convertirse en guía de turismo y llevar grupos a la ciudad milenaria de Estambul. El mundo la fascinaba y, como pudo, se pagó viajes al extranjero: Turquía, obviamente, Dubai, Tailandia.

Pertenecer al siglo XXI no impedía que Neda valorara la tradición musulmana de su gente. Estudiaba filosofía islámica en la Universidad Azadi (Libertad), una institución privada. Tampoco se sentía ajena a los problemas que atravesaba su país.

Sus amigos han explicado cómo es que se sentía indignada por las mentiras y el fraude, por los ataques contra personas inocentes, los asesinatos. No era una activista. No tenía la vocación de organizar a los demás y promover acciones. Pero estaba consciente de la importancia de hacer una llamada a los demás, de levantar la voz para corregir los abusos y buscar la justicia.

Por eso trató de ir el sábado pasado, viva y bella, a la manifestación de protesta. Con su profesor de música, Hamid Panahi, y dos amigos más. Iba tarde y la combinación de la marcha con la incompetencia de las autoridades, que simplemente dejan desatendido el tráfico, generó un atasco que detuvo su marcha. Ella y Panahi salieron del coche un momento, para tomar el aire. Cuando Neda hablaba con alguien por teléfono, su plexo solar fue destrozado por una bala. Una sola. Disparada por un francotirador basiji. Uno de aquéllos que salieron a imponer la decisión del representante de Dios sobre la Tierra, de los que quieren llevar a la gente al cielo por la fuerza.

“Era una persona llena de alegría”, la describiría Panahi más tarde. “Era un rayo de luz. Me duele tanto. ¡Tenía tantas esperanzas por ella!”

La imagen tiene la baja definición de un teléfono móvil y las sacudidas de un videoasta amateur sorprendido por hechos demasiado veloces. Pero nos deja ver bien lo que pasa. Corremos con la cámara hacia donde está Neda en el suelo. Hay gritos, la gente está asustada y se acerca a ayudar. Ella no parece darse cuenta de lo que ocurre. O no lo cree. O ya casi se ha ido. Dice Panahi que ella musitó “me estoy quemando, me estoy quemando”. Él y un médico presente tratan de tapar la herida con las manos. La sangre ya sale por la boca y la nariz. Otro hombre llega y toma su cabeza, entre lamentos, no quiere dejarla. “No tengas miedo”.

¿Miedo a qué? ¿Qué hay del otro lado?

Tal vez una voz. Una llamada.

Neda fue asesinada un día después de que el ayatolá Ali Khamenei saliera a convalidar el fraude electoral, y a ordenar la ofensiva de represión que segó la vida de la joven. Él no entiende de los cambios sociales ni tecnológicos, pero ahora un extraño milpiés de bits y bytes le ha dado la vuelta al mundo con las últimas imágenes de Neda. En Irán, todos estos autodesignados defensores de Dios actúan con mezquindad suprema: así como el gran líder negó las condolencias el viernes, así como han llamado terroristas a quienes ellos mismos mataron el sábado –Neda es una–, ahora pusieron a sus vergonzosos amanuenses a escribir insultos contra Neda en Twitter y YouTube, y aseguran que el video es un montaje.

Peor todavía: a la familia le prohibieron celebrar un funeral y le exigieron retirar los tradicionales carteles de duelo en su casa. Tuvieron que enterrarla en secreto y bajo vigilancia. Porque el ayatolá puede no tener idea de en qué clase de mundo vivimos ahora, pero sabe bien del poder de transformación política que tienen los muertos –los mártires—en la tradición islámica chií.

Lo sabe porque él lo ha aprovechado antes. Como en 1978, con el ayatolá Khomeini, cuando los días de duelo (el tercero, el séptimo, el cuadragésimo) por los estudiantes asesinados por otro tirano, el shah de entonces, sirvieron para catalizar la revolución que creó la presente República Islámica. La Revolución que está devorando a sus hijos.

Al menos, la desaparición física –y renacimiento simbólico– de Neda va a ayudar a transmitir un mensaje que tantos jóvenes iraníes piden a los periodistas enviar: No somos terroristas. No somos fanáticos. Somos chicos normales, nos gustan la música y los viajes y aprender idiomas. Somos amigables y tenemos un gran sentido de la hospitalidad. Los religiosos megalómanos que nos gobiernan no nos representan. Hablamos por la voz de Neda. Hacemos la llamada de Neda.

Los Guardianes amenazan

Historias de hoy en El Periódico de Catalunya, El Universal y La Nación.

Teherán en estado de sitio

Teherán en estado de sitio no declarado. Mis tres crónicas: en La Nación, El Universal y El Periódico de Catalunya.