Category Archives: Reportajes en Esquire

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Cherán: Insurrección contra el crimen

Ante la indiferencia del gobierno mexicano, los indígenas de esta población purépecha del estado de Michoacán se levantaron contra talamontes ilegales que, según denuncian, son protegidos por la delincuencia organizada.

Por Témoris Grecko (mira aquí el pdf de la versión publicada en Esquire Latinoamérica, septiembre 2011, con las excelentes fotos de Carlos Álvarez Montero)

Fueron las mujeres quienes encendieron la mecha de la insurrección en Cherán, un pueblo p’urhépecha en las montañas del estado mexicano de Michoacán que el 15 de abril de 2011 se levantó. No contra la opresión del gobierno, sino porque, en su ausencia, quien manda son las bandas de narcotraficantes. “Las mujeres decían, ¿por qué no hacemos nada?”, recuerda “Flor”, una cheranense de 25 años. “Si a los hombres los secuestran y los matan, entonces vamos a cambiarlo y vamos las mujeres”.

No se trata tan solo de otro caso de acelerada deforestación por talamontes ilegales. Y no es un típico enfrentamiento entre modernidad y tradición, un coletazo del siglo XIX sobre el XX. Lo que sucede en Cherán, explica “Roberto”, uno de los miembros de la Comisión General (la nueva autoridad que se han dado los habitantes del pueblo), es un producto de la infiltración del dinero del crimen organizado en el proceso electoral municipal de 2007. La compra de puestos de representación popular “está pasando en Michoacán y en todo México”, alerta este dirigente, cuya identidad real, como la de “Flor” y las de los demás cheranenses, debe mantenerse en reserva porque sus vidas están en juego.

Su alarma ante este fenómeno coincide con la que han expresado numerosos observadores, como el periodista Ricardo Ravelo, autor del libro “El narco en México. Historia e historias de una guerra”, quien señala que “no hay controles sobre el flujo financiero que llega a las campañas. Los candidatos a puestos de elección popular ya no compiten con proyectos, compiten con dinero. Sólo así se ganan los comicios y así se le abre paso al narcotráfico”.

Un estudio del Senado de la República, difundido en agosto de 2010, reveló que seis de cada 10 municipios del país están infiltrados por el narcotráfico. En localidades como Cherán, además, el problema se agrava porque la condición indígena de las víctimas es motivo para la discriminación y el olvido por parte de la autoridades.

El resultado es el desprestigio de la democracia electoral: los cheranenses ven a los partidos políticos como los responsables de la discordia que permitió que el crimen organizado los encontrara divididos y aprovechara la oportunidad. Su muralla de defensa, erigida a lo largo de una lucha de campesinos y maestros contra el poder armado y financiero de las mafias, es recuperar sus antiguos usos y costumbres, para asegurarse de que los gobiernen vecinos honorables y de confianza.

O vecinas: “Yo podría emigrar con la familia que tengo en Estados Unidos”, dice la jefa de familia “María Rosa”. Una cuarta parte de los cheranenses ya vive en ese país. “Pero amo a mi pueblo. Por eso estoy en esta lucha”.

LA FOGATA

Conocemos a “María Rosa” en una fogata de “París”. Un poco en broma, otro tanto por costumbre, así llaman sus habitantes a este barrio, el cuarto de los cuatro que hay en Cherán, y cuyo verdadero nombre es Parhikutini, que en el idioma p’urhépecha de la zona significa “pasarse al otro lado”: el pueblo está dividido en dos por una barranca y “París” se encuentra solitario al norte de la misma. Al sur, el barrio primero es Jarhukutini (“al borde de”), y lo siguen Ketsïkua (“abajo”) y Karakua (“arriba”).

Históricamente separados, los habitantes de Parhikutini tienen fama de tímidos. “Pareces de París”, les dicen a los niños que se retraen ante el extraño. En realidad, los cuatro barrios son muy celosos de su autonomía, y esto se refleja en la organización que se ha establecido tras el levantamiento que empezó el 15 de abril: la Comisión General, donde todos tienen derechos y responsabilidades equivalentes.

La unidad política fundamental es la fogata. Los vecinos de cada calle se reúnen bajo techos de madera o lona, frente al fuego, para realizar tareas de vigilancia nocturna, recibir y brindar información, discutir los asuntos importantes, tomar decisiones y elegir un coordinador. Entre éstos, cada barrio escoge a cuatro coordinadores generales, que lo representan en la Comisión General, que está entonces, obviamente, integrada por 16 personas. Ahí se acaban las jerarquías: no hay un presidente o jefe, ni una especie de cuarteto o comisión superior: los 16 coordinadores tienen voz y voto en la gobernación del pueblo. Igualmente, cada barrio tiene que aportar un número idéntico de voluntarios para la ronda comunitaria, que actúa en lugar de la policía, así como para ocuparse de los servicios públicos.

Convertida en cocina comunitaria, la fogata tiene un papel vital, además, para la manutención de los habitantes de Cherán. Si la opresión de los talamontes y los grupos armados había golpeado la economía local antes del 15 de abril, la insurrección casi acabó con ella. La gente controla ahora las calles y los accesos al pueblo, donde prevalece un nivel de seguridad que casi ha desaparecido en el resto de México: no hay más secuestros, extorsiones y asesinatos. Fuera de sus límites, sin embargo, se extiende una peligrosa tierra de nadie y los habitantes, que viven de actividades forestales (leña, recolección de resina y vegetales silvestres), agrícolas (maíz, trigo, papa, haba y avena) y ganaderas (bovinos, caballares, porcinos, ovinos y caprinos), y de la fabricación de productos de madera y corcho, sólo pueden salir a recorrer los bosques, cuidar sus animales y trabajar sus tierras bajo riesgo de secuestro y asesinato.

Así le ocurrió al comunero Domingo Chávez Juárez, de 47 años, quien fue “levantado” cuando quiso visitar su parcela el 28 de mayo y fue encontrado 13 días después, en las faldas del cerro El Tecolote, en el cercano municipio de Zacapu, asesinado de un tiro y quemado. Su viuda, Zenaida Vázquez, quedó a cargo de cuatro hijos de entre 14 y 22 años.

Pocos comercios abren. “Estoy aquí sólo por si cae algo”, dijo el dueño de una pequeña mueblería, “pero ni una mosca”. Cherán depende de los ingresos de los empleados gubernamentales, como los profesores, y de la ayuda exterior: “Estamos resolviendo el problema de la alimentación gracias a los hermanos emigrantes”, dice “María Rosa”, “gracias a la ayuda que nos están enviando de diferentes pueblos, de diferentes ciudades, países” (unos 18,000 cheranenses permanecen en su tierra, pero otros 6,000 viven en Estados Unidos, según la Comisión General).

En su fogata frente a la lonchería “París”, en la calle de Abasolo, las mujeres preparan cena para muchos. Los niños que alborotan esperan el llamado a llenar la panza. “Ahora la familia es la fogata, aquí estamos”, “María Rosa” señala a sus compañeras, “y estamos en grupo: los que no tienen qué comer, por lo menos hacen una o dos comidas al día”.

Hacemos un recorrido nocturno por la mitad de las 48 fogatas de las empinadas calles del barrio de Parhikutini, tratando de evitar el empacho: no hay pretexto que nos salve de comer al menos un taco de frijoles, un pozole de grano o un huevo sobre tortilla en cada una de ellas, entre la curiosidad y la entusiasta cortesía de la gente, que aunque somos turichi (no p’urhépechas), nos llama pichpiri (“amigo”) y agradece la visita en tiempos duros.

Su calidez es grande, a pesar de la situación. Los vecinos forman tres equipos que se turnan para pasar la velada en la fogata, vigilando que nada amenace la seguridad. Llevan varios meses en esa dinámica y algunas personas muestran signos de cansancio debido a la tensión, la incertidumbre y los rigores de la resistencia.

“No sabemos qué va a pasar”, lamenta una joven madre en otra fogata. “Y mis niños tienen hambre, tienen miedo. A veces pienso que mejor deberíamos…” Se interrumpe. Las llamas han bajado y su rostro angustiado se enrojece por el brillo de las cenizas ardientes. “Manuel”, uno de los coordinadores generales de  Parhikutini, interviene para levantar los ánimos. Les recuerda que “no tenemos alternativa. ¿Nos rendimos ante los malos? ¿Y qué van a hacer con nosotros cuando vean que no podemos? Ya p’atrás, ¡ni pa’tomar vuelo!” Les asegura que están haciendo algo muy importante y que le están dando ejemplo a México y al mundo. Para corroborar su dicho, dos chicas del movimiento piquetero argentino, que vinieron a conocer lo que pasa en este pueblo, expresan su admiración por esas mujeres valientes de Cherán. El lugar se llena de aplausos.

“La fogata es el punto para contar la historia”, me había dicho “Roberto”, profesor de escuela de unos 60 años de edad. “Si una fogata se apaga, se acaba esa luz. Se deja de generar ideas”.

LA DIVISIÓN

Los cheranenses están orgullosos de su relación con el bosque y de las gestas de sus próceres para defenderlo. El general Casimiro Leco condujo la resistencia contra el bandolero Inés Chávez, entre 1915 y 1918, y el profesor Federico Hernández Tapia logró detener en 1927 los trabajos de una empresa estadounidense que cortaba árboles para fabricar durmientes de ferrocarril.

Como muchos michoacanos, por el recuerdo del exgobernador (1928-32) y expresidente “tata” Lázaro (Cárdenas, 1934-40), siguieron a su hijo Cuauhtémoc cuando dejó el entonces dominante Partido Revolucionario Institucional (PRI) para fundar, en 1989, el Partido de la Revolución Democrática (PRD), que fue hasta 2007 la indisputable fuerza política local. En ese año, sin embargo, enfrentamientos internos motivaron que un perredista muy popular, el profesor Leopoldo Juárez Urbina, se separara para presentar su candidatura a alcalde por el Partido Alianza Socialdemócrata (PAS).

Los habitantes de Cherán llegaron a las elecciones del domingo 11 de noviembre de 2007 con cinco opciones para presidente municipal: PRD (en alianza con dos partidos pequeños), PAS, PAN, PANAL y PRI, que postulaba a un maestro desconocido, Roberto Bautista Chapina. Entonces “hubo una campaña con mucho, muchísimo dinero, que se intensificó el viernes y el sábado anteriores” (días prohibidos para el proselitismo, según las leyes electorales), cuenta “Roberto”. “¿De dónde vino ese dinero?”, continúa: “Vino del narco. Nuestra división abrió la puerta y el PRI entró como por su casa”.

El periodista Ravelo ha estudiado situaciones parecidas en el país: “El dinero entra a través de donaciones a los partidos, por maniobras de los comités de financiamiento, mediante los amigos de los candidatos. Así ponen a gente en las alcaldías, a legislar en los estados, y no se descarta que lleguen los intereses del narcopoder a la presidencia de la República en 2012, que se establezca una suerte de cogobierno con el narco”.

El estudio “Ayuntamientos y crimen organizado”, de la Comisión de Desarrollo Municipal del Senado, reveló en agosto de 2010 que “el 63 por ciento de las más de 2 mil 500 alcaldías están infiltradas por células operativas, y de éstas, 8 por ciento está totalmente bajo el control del narcotráfico”. A diferencia de los políticos nacionales, los capos saben dónde está la base del poder, continúa el documento: “Los cárteles sí que han sabido la fórmula de la ecuación. Han entendido que el municipio, al ser el nivel de gobierno más cercano a la gente, es el que había que echarse a la bolsa particularmente para las operaciones de narcomenudeo y, posteriormente, para asegurar logística, infraestructura, apoyo político y silencio cómplice”.

En Cherán, el rompimiento del PRD permitió la victoria del candidato priísta. Juárez Urbina, con el PAS, obtuvo 2 mil 070 votos. La alianza encabezada por el PRD, mil 980. Juntos hubieran sumado 4 mil 050 sufragios. Pero cada uno fue por su lado e individualmente sus cifras resultaron apenas menores que la del PRI, que consiguió 2 mil 153 preferencias.

Bautista Chapina tomó posesión el 14 de febrero de 2008. Una de sus primeras decisiones fue reemplazar a los agentes de la policía municipal con personas que, en su mayoría, no eran de Cherán. “Él no los eligió, se los impusieron”, dice el profesor “Roberto”, en referencia al crimen organizado.

Los problemas empezaron de inmediato. El 29 de marzo, Jorge Romero Mateo, de 34 años, fue golpeado por policías municipales, quienes lo dejaron tendido en la calle y después lo mataron arrollándolo con una patrulla. En declaraciones al diario La Jornada (25 de mayo de 2008), su madre relacionó el asesinato con una pelea que su hijo tuvo con Bautista Chapina, quien presuntamente mantenía una relación con la esposa de Romero Mateo.

Mariano Ramos Tapia, de 17 años, fue testigo de los hechos. Durante una fiesta tradicional, el 31 de marzo, el chico fue arrestado y después “cayó de la camioneta porque los agentes del orden no habían tomado las medidas de seguridad correspondientes al subirlo”, reportó el diario Cambio de Michoacán (10 de mayo de 2008). Murió por lesiones en el cráneo. Los policías, que abandonaron el cadáver y escaparon, fueron detenidos y después liberados.

Ramos Tapia estudiaba el bachillerato en la cercana ciudad de Uruapan, donde vivía en la Casa del Estudiante “Carlos Marx”. Sus compañeros, que denunciaron los hechos como un homicidio, tomaron el Palacio Municipal de Cherán el 4 de abril en demanda de justicia y forzaron a Bautista Chapina a despachar desde la Casa de la Cultura. Juárez Urbina asumió el liderazgo del movimiento y exigió la renuncia del alcalde. Lo secuestraron el 8 de mayo de ese año y apareció muerto dos días después, con señales de tortura, en un paraje del municipio vecino de Paracho.

LA DEVASTACIÓN

A 2 mil 400 metros sobre el nivel del mar, Cherán es un lugar de tormentas y nubes bajas. Pero en este mediodía de un domingo de verano, el sol brilla. El fotógrafo Carlos Álvarez Montero y yo queremos ir al cerro Aŋajtsïn (“levantándose”), uno de los últimos sitios que estaban arrasando los talamontes antes del 15 de abril, y a los que la gente se refiere en general como “la devastación”. Pedimos un guía, pero prefieren enviarnos con una escolta de cinco hombres.

Armada. Tras llegar por una dura brecha, en una camioneta 4×4, nuestros acompañantes revisan sus artefactos: un rifle de asalto R-15, una subametralladora Uzi, un viejo fusil 22 y un par de pistolas. “Cuando uno menos se lo espera, salta la liebre”, previene alguien. Los insurrectos están preocupados por la imagen pública de su movimiento y prefieren no dejarse ver con tales instrumentos. Es difícil pensar que sin ellos podrían tener éxito, no obstante. No explican cómo los obtuvieron, pero cuando fue expulsado, el alcalde Bautista Chapina denunció el saqueo del pequeño arsenal de su cuerpo de policía.

Aunque nuestros acompañantes son voluntarios (“hoy nos tocó la ronda”, se lamentó uno), tienen sentido operativo. Nos anteceden al subir por un camino que los lugareños solían utilizar en mejores tiempos. “En los últimos años”, cuenta un p’urhépecha alto de facciones recias, a quien sus compañeros llaman con un apodo de personaje rudo del cine, “cuando venías por aquí y veías bajar a los malos, mejor te ibas corriendo. Si te atrapaban, te quitaban lo que trajeras y te golpeaban: afortunado te creías si te dejaban vivo”.

Al entrar en terreno abierto, en la ladera del Aŋajtsïn, los cheranenses se despliegan en media luna para protegernos de un posible ataque. El 29 de abril de 2011, dos semanas después del levantamiento, la avanzada de una partida que subía al cerro San Miguel tras detectar la presencia de talamontes, sufrió una emboscada que dejó dos vecinos muertos —uno de ellos era Pedro Juárez Urbina, hermano del difunto Leopoldo— y dos heridos.

El escenario es desolador: un bosque transformado en tocones irregulares y troncos derribados, ennegrecidos por el fuego. “Los talamontes hacen quemas para deshacerse de las ramas, las hojas y otros obstáculos”, explica mi interlocutor, a quien llamaremos “Rocky”. “Así acabaron con todo: con las semillas de pino, con las otras plantas, con los animales. Aquí venía la gente en esta época con sus cubetas a recoger hongos. Luego los vendían en el mercado y sacaban 10, 20 pesos (1-2 dólares), para completar el gasto. Ahora no hay ni uno”.

Pero sí encontramos. Uno solo, no es difícil hacer la cuenta. Redondo, claro en la circunferencia, de color naranja brillante en el medio. “Rocky” se inclina para tocarlo con suavidad. “Crecí en el cerro, allá vivía sacando resina”, cuenta, señalando hacia La Virgen, un monte que los taladores sólo lograron deforestar parcialmente: “Ya p’allá iban a tumbar árboles, por ahí por todo eso que se ve desahijado”. Extraer la savia de los pinos es una de las principales actividades en Cherán. De ella se obtiene una resina con la que se fabrican cubetas, lazos e incluso pantalones. “Rocky” ganaba 2 mil 200 pesos (200 dólares) al mes por cuatro cargas del producto. Hasta que se tuvo que refugiar en el pueblo: “Los malos me quemaron mi ranchito”.

A unos centenares de metros, vemos unas parcelas abandonadas. No las dejaron ahora, sino mucho antes del 15 de abril: “Si los talamontes veían que tenías un tractor, te golpeaban y te lo quitaban para arrastrar troncos”, recuerda “Rocky”. “Si pasabas con un carrito y una mula, o con un carro (camioneta) en el que traías tomate, te lo quitaban. Violaron a varias mujeres. Secuestraron vecinos para pedir rescate. La gente gritaba: ‘¡Ahí vienen los de (el cercano pueblo de) Capacuaro!’, y todo el mundo corría. Los comuneros ya no querían venir”.

“Sí llegamos a agarrar a algunos delincuentes”, continúa este hombre moreno y de cabello muy corto, de unos 30 años, “pero cuando los llevábamos a la cárcel, se burlaban, nos decían ‘bien pronto el presidente municipal me va a sacar, y si no, él ya sabe a lo que le tira’”.

Desde donde estamos, Cherán aparece unos cinco kilómetros al sur, y detrás, el cerro de San Marcos. A nuestra izquierda está el de La Virgen, y a nuestra derecha, el de San Miguel, completamente arrasado. “Se lo echaron en un mes”, denuncia “Rocky”. “Vinieron carros de Capacuaro, de San Lorenzo, de Santa Cruz Tanaco, de Huecato, y otros lugares… eran 150 y hasta 200 carros al mismo tiempo. Y cada uno hacía unos cuatro viajes, cargados de troncos”.

También acabaron con Aŋajtsïn, un monte especial para los cheranenses: “La gente venía aquí a hacer su comida, a disfrutar de la naturaleza, los niños risa y risa, una gritería. Todo eso se acabó. Ya no quedó nada”.

Los talamontes de Capacuaro son los más temidos entre los de una serie de comunidades dedicadas a la tala ilegal. Sus operaciones son protegidas, según los cheranenses, por un hombre al que identifican como Cuitláhuac Hernández Silva, “El Güero”, y a quien le atribuyen el liderazgo de un grupo de narcotraficantes relacionado con el cártel criminal La Familia Michoacana (ahora reconvertido en Los Caballeros Templarios). Aseguran que cobra 500 pesos por camioneta y viaje: 200 carros por cuatro viajes a 500 pesos representarían ingresos por 400 mil pesos  (33 mil dólares) diarios.

LA HUMILLACIÓN

Para sacar la madera a la carretera Uruapan-Guadalajara, sobre la que se encuentra Cherán, los talamontes tenían que atravesar el pueblo. Centenares de camionetas pasaban varias veces al día, exhibiendo ante los ojos de los cheranenses la riqueza que les robaban. Pese a repetidas denuncias de los comuneros, ningún cuerpo de policía los detenía: la Forestal, la Preventiva Estatal, la Ministerial, la Federal, según testimonios de los pobladores.

“Pasaban a todas horas del día y de la noche”, me había dicho “María Rosa” en su fogata. “Corrían sin ningún cuidado por nuestras calles, se nos dejaban venir. Traían armas y si tú volteabas a mirar, te apuntaban, ¿tú que hacías? Bajabas la mirada. Y daba coraje porque bien se echaban una cerveza y te decían ‘salúdennos, pendejos de Cherán’. ¿Qué hacíamos? Agacharnos”. La deforestación afectó también los recursos hídricos del pueblo: “Se metieron con los mantos acuíferos, nosotros sobrevivimos de esa agua”.

“Usted no sabe cómo fueron esos momentos tristes cuando ellos venían”, continuó la cheranense, “no les importaba, tiraban balas, aquí nosotros no teníamos armas, más que madera, piedras, ‘cuetes’ (juegos pirotécnicos), era con lo que nos defendíamos, era lo único porque no había. Y ellos con armas. Todavía la policía venía a apoyarlos a ellos… y a nosotros… ¿qué somos?”

La complicidad de los agentes municipales designados por el alcalde Bautista era evidente para los pobladores. El profesor “Roberto” da un ejemplo: el 31 de marzo de 2008, “la policía pasó echando balazos por la plaza principal, por el mero centro. Así vaciaron el área porque la gente corrió a esconderse. Luego llegaron los malos y ‘levantaron’ al comerciante de la tienda de abarrotes. Nos secuestraban dentro de nuestro propio pueblo y la gente tenía miedo, antes éste era un pueblo seguro pero cuando gobernaba Bautista Chapina, la gente se metía a sus casas a las 10 de la noche”.

Los raptos tenían motivaciones económicas y políticas. Tras la muerte del ex candidato a alcalde Leopoldo Juárez Urbina, los miembros del Comisariado de Bienes Comunales —una autoridad agraria similar en poder a la Presidencia Municipal— se dividieron y formaron grupos rivales. Uno de ellas se ubicaba en la oposición al PRI, pero recibió un fuerte golpe cuando su secretario, Rafael García Ávila, y su tesorero, Armando Gerónimo Rafael, así como el asesor de predios arbolados Jesús Hernández Macías, fueron secuestrados el mismo día, 10 de febrero de 2011, pero por separado: el primero cuando se dirigía a su casa, el segundo, dentro de su hogar, y el último, en la cercana población de Paracho. No se ha vuelto a saber de ellos.

LA BATALLA

“N’hombre, las mujeres fueron las que se organizaron”, festeja “Tomás”, un apuesto p’urhépecha de 70 años que se acerca a saludarnos en una callejuela del centro. Su esposa lo espera, pero él insiste, con sus ojillos vivarachos bajo el sombrero de ala: “¡Ahora sí que ellas son más hombres que nosotros!”

“En la situación en la que estamos, los hombres corren más peligro”, nos explica en la Casa Comunal (antes Presidencia Municipal) “Flor”, una joven que está prestando el servicio social, un requisito para obtener el título de maestra de escuela. “Hasta ahora no han matado ni secuestrado a ninguna mujer”. Por eso, asegura, las cheranenses resolvieron encabezar el levantamiento, para ya no dejarse hacer tauandurini (“que te pateen”).

El 14 de abril pasado, circularon pequeños volantes que decían “¡ya basta!” y convocaban a detener a los talamontes. El punto de encuentro  escogido fue la capilla del Calvario, sobre la calle Allende del tercer barrio, Karakua: ahí confluyen dos avenidas de tierra que son accesos al pueblo. Una de ellas, Allende Oriente, se convierte en el viejo camino a Nahuatzen, por donde las camionetas llevaban la madera cortada ilegalmente en un cerro bajo, de unos 200 metros de altura, al que los lugareños se refieren con el nombre de un paraje en sus faldas, La Cofradía.

Recojo la historia cerca del crepúsculo, hablando con muchas mujeres y algunos hombres en la fogata que, entre las 179 establecidas en el pueblo, lleva el número 1. Está en Allende y 16 de Septiembre: es algo así como un sitio histórico, donde permanecen los esqueletos quemados de tres camionetas (en total, nos dicen, hay unos doce en distintos puntos del pueblo).

El 15 de abril de 2011, decenas de mujeres se reunieron a las cinco de la mañana. Una hora después, a espaldas de la capilla, detuvieron la primera camioneta. Armado con palos, machetes y “cuetes”, el grupo se empezó a hacer multitud, con la llegada de adolescentes y jóvenes, y el conductor del segundo vehículo, un chico de 16 o 17 años, pudo verlos a la distancia. Aceleró y comenzó a zigzaguear: “Venía viboreando contra nosotros”, cuenta “Felipe”, un carpintero, “pero la gente se alcanzó a quitar”. Una lluvia de piedras que penetró por el parabrisas y las ventanillas hizo que el chofer perdiera el control y chocara contra un poste. Después capturaron otros dos carros. Varios de los ocupantes lograron escapar, pero la gente retuvo a cinco talamontes.

A las 10, una patrulla de la policía municipal pasó exigiéndole a la gente que liberara a los detenidos y se marchara, pues un grupo armado vendría al rescate. Un cuarto de hora después, comenzaron los disparos. Nadie sabe muy bien cuántos agresores venían, ni el número de vehículos, “porque no podíamos ver, teníamos que escondernos”, explican en la fogata 1. Las estimaciones varían de ocho a 14 personas, incluidas algunas mujeres.

Favorecidos por el poder de su armamento, los atacantes avanzaban por la calle Zapata. Varios jóvenes les hicieron frente con juegos pirotécnicos. El adolescente Eugenio Sánchez Tiandón recargó las cabezas de varios “cuetes” sobre un palo tirado en el suelo, para levantar su trayectoria, y lanzó un par, “pero no alcanzó a encender las mechas de los demás: le dieron un tiro en la cabeza, arriba de la ceja”, recuerda una joven.

Parecía que se avecinaba una matanza que culminaría con la liberación de los talamontes. La suerte, sin embargo, estaba del lado de los pobladores: “Quién sabe cómo, pero a uno (de los rivales) le cayó un ‘cuete’ y se le veía floreado de la panza”, dice la misma chica. Tras 20 minutos de batalla, eso fue suficiente para provocar la retirada de los agresores. ¿Desconcierto? ¿Miedo? ¿Tal vez consideraron que el riesgo era mayor que el esperado y que no valía la pena arriesgar la vida por los detenidos?

En la capilla del Calvario, de cualquier forma, los ánimos estaban muy encendidos. Habían vencido a un costo demasiado alto, pues parecía que el muchacho Eugenio iba a morir (cayó en coma y sobrevivió, pero con daños graves a la vista, el oído y el habla). “Flor” me había contado, horas antes, que “cuando llegué, como a las 3 de la tarde, las señoras los tenían (a los detenidos) amarrados, tirados en el piso. Uno tenía una pedrada, como que se le coagulaba la sangre en la cabeza, pero le seguía saliendo. Y ya los iban a colgar, ellas se acordaban de la gente que han matado, que han secuestrado”. Las ramas de un enorme fresno frente a la capilla prestarían el servicio. “Pero otras señoras tuvieron lástima”, siguió “Flor”, “y las convencieron de mejor encerrarlos en el curato”.

LA (IN)JUSTICIA

En las afueras del pueblo, mientras tanto, Cuitláhuac Hernández Silva, “El Güero”, a quien identifican como capo de la región, llegaba “por su hija al Colegio de Bachilleres de Cherán, porque ella estudiaba allí, con lujo de violencia”, me diría más tarde “Jacinto”, otro de los coordinadores generales. “La gente lo interpretó como que los grupos criminales iban a atacar las escuelas. Los alumnos de todos los planteles se encerraron hasta que sus padres fueron por ellos. Y en los días siguientes no los dejaron acudir” (el periodo escolar 2010-2011 terminó en junio sin haber podido reanudar las clases).

Como los cinco talamontes retenidos eran del vecino Capacuaro, la gente de este pueblo bloqueó la carretera que une ambas comunidades. Fuerzas policíacas estatales y federales se habían desplegado en la zona y sus helicópteros la sobrevolaban, pero no impidieron que los capacuarenses bajaran a golpes a los ocupantes de coches y autobuses en busca de paisanos de Cherán, y que secuestraran a los cuatro que encontraron, entre ellos un niño, un médico y un maestro, con el objetivo de realizar un intercambio.

Los alzados expulsaron al alcalde Bautista y a sus agentes, tras haber incautado sus armas y vehículos. Esperaban una ofensiva de los hombres de El Güero. “La tensión se sentía horrible en los primeros días”, recordó “Flor”. “No podíamos ni comer de la preocupación”.

“La CEDH (Comisión Estatal de Derechos Humanos) nunca hizo un pronunciamiento sobre nuestro problema”, señaló “Roberto”, “pero sí salió a decir que habíamos golpeado a los talamontes. En cambio, la CIDH (Comisión Interamericana de Derechos Humanos) nos atendió siempre”. Gracias a la mediación de este órgano, inocentes y sospechosos regresaron a sus casas a los nueve días. Los segundos, pese a las denuncias interpuestas por los cheranenses, no fueron procesados judicialmente.

La cuota de sangre de los lugareños desde febrero de 2008, cuando tomó posesión el alcalde del PRI, hasta ahora es de 12 muertos y seis desaparecidos. Los cheranenses no están dispuestos a permitir que fuerzas ajenas patrullen sus calles, que ellos por fin controlan, sino que piden que el Ejército Mexicano se establezca en ocho “filtros” o puntos de vigilancia ya definidos e impida la tala ilegal. Les han planteado a las autoridades tres demandas: justicia, seguridad y reconstrucción de los bosques.

El gobernador Leonel Godoy, quien declaró el 28 de abril que la de Cherán “es una lucha justa que el gobierno del estado apoya”, acordó una semana después con Francisco Blake, secretario de Gobernación (ministro del Interior) federal, la realización de operativos contra los talamontes ilegales en la zona de Cherán. Los comuneros señalaron ocho puntos clave en los que se instalaron unidades de policías nacionales (Forestal, Federal) y estatales (Ministerial, Preventiva). Sin embargo, denuncian, esa presencia es intermitente en cinco de esos lugares, mientras que donde es permanente “los carros con madera pasan frente a sus narices y no hacen nada”, según “Jacinto”.

¿Por complicidad o por temor? Los cheranenses no comentan. Al menos en un par de ocasiones recientes, sin embargo, grupos de personas golpearon y retuvieron durante varias horas a policías federales que participan en esta campaña: a dos en Santa Cruz Tanaco, el 29 de julio, y a otros 12 en Parácuaro, el 31.

Ninguna de las autoridades involucradas se ha pronunciado sobre las acusaciones contra “El Güero” Hernández y el alcalde Bautista Chapina, ni ha comunicado campañas específicas contra las bandas de narcotraficantes que operan en la región, más allá de insistir en llamados genéricos a luchar contra el crimen, como cuando el presidente Felipe Calderón declaró, el 5 de agosto, que “no dejará en manos de la delincuencia organizada las reservas naturales de México”.

Esto a pesar de que, como explicó el profesor “Jacinto”, la intervención policiaca no se puede quedar en detener las actividades contra el bosque: “No se resuelve el problema en tanto no disuelvan las células criminales y no desmantelen los aserraderos clandestinos que están en Santa Cruz Tanaco, Rancho Morelos, Huecato, Capacuaro, San Lorenzo Angahuan, Uruapan y Nahuatzen. “Del aserradero clandestino, la madera ya sale documentada (como madera de procedencia lícita, es decir, amparada por permisos de explotación). ¿De dónde sale esa documentación? Toda la madera que sale de aquí es ilegal, pero de ahí p’allá, ya es legal, ¿quién está involucrado?”

“¿Quién les da la documentación, dónde la obtienen y cómo?”, insistió “Roberto”. “Ahí queremos que se haga justicia con Semarnap” (la Secretaría de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca, órgano federal que regula las actividades forestales).

LA UNIDAD

La reforestación es otro enorme problema. Los cheranenses estiman que de las 27 mil hectáreas de bosque del municipio, 20 mil han sido destruidas. En cada una debe haber mil 200 árboles, lo que representa un déficit de 24 millones de ejemplares.

“Roberto” considera que, en la respuesta de las autoridades, se manifiesta la discriminación hacia los indígenas: “El gobierno cree, pues estos son unos inditos, son tontos, ignorantes, y los organismos (encargados de recuperar la foresta) sólo nos ofrecen 200 mil árboles. Dijeron que es su máximo esfuerzo. Y ellos sólo piensan en pinos, pero hay otro tipo de árboles afectados, vegetación muy diversa, como nuritén, que es una planta medicinal olorosa que usamos en nuestras fiestas, como en una boda porque simboliza la virilidad y que va a haber hijos. ¿Cúando nos van a restituir eso? Nos siguen ofendiendo y ya no nos van a engañar”.

Son sus particularidades indígenas, no obstante, las que ellos esgrimen para reclamar el reconocimiento a una forma de organización política diferente, dentro del Estado mexicano. Debido a la experiencia de estos últimos años, han decidido rechazar el sistema electoral. “Si decimos no a los partidos políticos es porque fue gracias a ellos que el crimen organizado nos encontró divididos”, dijo “Roberto”.

El 13 de noviembre, el estado de Michoacán celebrará comicios para elegir gobernador, diputados locales y alcaldes. “No los habrá en Cherán”, han dicho los cheranenses a todo el que ha querido oír, desde la presidenta del Instituto Estatal Electoral hasta el gobernador Godoy Rangel. Han instado al Congreso local, además, a reformar la constitución del Estado para reconocer el derecho de los pueblos indígenas a gobernarse mediante un régimen de usos y costumbres, como ocurre en Oaxaca (418 de sus 570 municipios se rigen así). “En cada barrio se tiene que seleccionar a las personas honorables”, detalló “Roberto”. “Para escoger a una persona se tiene que ir tres generaciones atrás: cómo era su padre, cómo era su abuelo, qué han hecho todos ellos por la comunidad…”

Godoy Rangel ha respondido que los comicios se deben llevar a cabo en todos lados. “Que nos digan cómo vamos a resolver este tema de la comunidad indígena de Santa Cruz Tanaco y de las personas que no son miembros de la comunidad indígena de Cherán”, replicó el 8 de agosto. Al defender los derechos políticos de los habitantes de esa localidad, perteneciente al municipio de Cherán, el gobernador no mencionó que los cheranenses acusan a los de Tanaco de estar entre quienes los agreden y saquean sus bosques.

Cherán fue el único municipio michoacano donde el PRD y el conservador PAN, que celebraron elecciones primarias el 31 de julio, no instalaron urnas. “El 15 de abril encontramos la unidad, que es nuestra bandera”, reivindicó “Jacinto”, “y dijimos no más partidos, no más elecciones, lo hacemos a nuestra manera tradicional”.

LA BARRICADA

Los accesos a Cherán por carreteras pavimentadas (una lo comunica con Paracho, Capacuaro y Uruapan, otra con Nahuatzen y Pátzcuaro y una más con Carapan y Zamora), con bastante tránsito, están resguardados cada noche por los voluntarios de ambos sexos que envían las fogatas, mediante un sistema de turnos. Tienen armas de fuego y radios de comunicación. Además, “cuetes”: cuando se lanza uno, significa que todo está bien; con dos, se llama a estar alerta; tres son la señal de emergencia y el pueblo entero debe salir a enfrentar la amenaza.

En esas barricadas, por la noche, cuando un vehículo se para en la vía o hace un movimiento extraño, la gente teme que de su interior salga una ráfaga de ametralladora o un bazucazo. En la oscuridad lluviosa, los acompañamos por una serie de obstáculos que han colocado en el camino mientras ellos se acercan a ver qué ocurre al final de ellos, rogando que no sea nada. Varios se cubren el rostro con paliacates: “¿Cuál es el miedo?”, se burlan otros. “De todos modos, el sello (de la insurrección) lo traemos todos en la frente”.

En otra de las entradas al pueblo, la de la brecha terregosa por la que llegaron las camionetas que detuvieron el día del alzamiento, la actividad es menor. Pero la tensión es la misma. La barricada de Allende Oriente parece la frontera entre la civilización y las tierras salvajes. La fogata 1 y El Calvario están 150 metros hacia abajo. Calle arriba, la oscuridad hace imposible distinguir el cerro de La Cofradía y el camino viejo a Nahuatzen: dos postes de luz, uno de los cuales fue colocado recientemente, marcan el límite de lo que se puede ver desde el puesto: no más de 20 metros de ruta lodosa. Las mujeres que velan aquí cada noche han tenido varios sustos con conductores borrachos, pero hasta ahora no ha pasado de ahí.

“Necesitamos ‘cuetes’ y radios”, demandan las mujeres del pequeño puesto cuando llegamos. Quieren ser capaces de avisar en caso necesario. La mayoría está desgastada por los meses de temor y poco sueño. “Aquéllos son malos”, se queja una, “pero están tranquilos, durmiendo. En cambio nosotras estamos aquí como conejos, desvelándonos”.

De un perol, extrae rico caldo que sirve en platos, para ofrecernos. La enorme cortesía p’urhépecha no admite negativas. Está delicioso, de cualquier forma. Ellas discuten la situación: “Les echamos la culpa a los de otros pueblos”, reflexiona una adolescente, “pero yo pienso que detrás de todo eso hay gente rica con influencia en el gobierno, gente de la industria maderera”. Las demás asienten.

Recuerdan que antes del 15 de abril, “en el cerro San Miguel, por las noches se veían los carros que bajaban la madera, eran tantos que parecían como focos de Navidad”. “Carmen”, una joven costurera denuncia: “Nuestro gobierno hace la finta de que van a cuidar, pero no, nomás nos dan atole con el dedo”.

Aunque tienen miedo y cansancio, saben que no hay vuelta atrás. Y no les faltan ganas de bromear, reír y hablar del pasado y del futuro, a la luz de la fogata. El viento sopla frío pero se siente un calor que no es físico, sino emotivo. Las mujeres de Cherán sonríen. “Mi hijo apenas va a cumplir 2 años. Si no me uno al movimiento, un día me reclamará”, comparte “Carmen”, meciendo en los brazos al precioso bebé p’urhépecha. Deja de mirarme a mí y desplaza los ojos oscuros para buscar los de la criatura. “‘¿Por qué?’, me dirás, ‘¿por qué, si tuvieron la oportunidad, por qué no hiciste nada para cambiar las cosas?’”

Tras las huellas de Al Qaeda. Parte 3 de 3: Los motivos del guerrero

TRAS LAS HUELLAS DE AL QAEDA

PARTE TRES: LOS MOTIVOS DEL GUERRERO

 Al final de su búsqueda por el desierto del Sahara, nuestro colaborador va a la guerra para conversar con un yijadista.

(Éste es el texto completo. Aquí puedes encontrar el pdf de la versión publicada, con mis fotos.)

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Texto y fotos de Témoris Grecko

Publicado en Esquire Latinoamérica – Agosto 2011

En el aeropuerto de Trípoli, la capital de Libia, tuve que cambiar vuelos de la aerolínea de ese país, Al Afriqiyah. Venía de Niamey, en Níger, y me dirigía a un lugar que después de 4 mil años de atraer visitantes, había abandonado súbitamente del mapa turístico mundial. “¿Vas a El Cairo? ¿En serio? ¿Qué no has escuchado de la plaza Tahrir?”, me decía el oficial que revisó mi pasaporte. “¡Tahrir, Tahrir!”, gritaba para llamar la atención de sus compañeros y burlarse de mí a carcajadas, “¡éste va para allá, donde tienen una revolución, la gente se está matando!”

No podía imaginarse que yo llevaba ya más de dos meses recorriendo el desierto del Sahara, tratando de resolver un enigma: ¿dónde estaba la base social de Al Qaeda, aquella muchedumbre salvaje que, como se daba por hecho en países occidentales, nutría de militantes y apoyo al enemigo que trata de imponernos un califato islámico global? Si existía, no era significativa en los países del sur de la región, donde lo que había encontrado era un enorme rechazo hacia ese grupo. Pero en el norte, según las señales, tal vez la podría hallar.

Siguiendo a la revolución de Túnez, de diciembre de 2010, la de Egipto había estallado el 25 de enero, para derrocar regímenes aliados de Occidente. Esto era algo que el líder de Al Qaeda, Osama Bin Laden, había pedido reiteradamente: anunció su beneplácito con una grabación en la que calificaba la serie de alzamientos árabes como una “rara y grande oportunidad histórica de levantarse con la comunidad islámica y liberarse de la servidumbre de los gobernantes, las leyes hechas por el hombre y la dominación occidental”.

En el bando contrario, grandes medios de comunicación alertaban de la perversa presencia de Al Qaeda en la insurrección egipcia. Lo veía en la pantalla de Douglas Cronym, un maestro de primaria estadounidense que residía en Niamey y sólo disponía de una fuente de información televisada en inglés: The Pentagon Channel es un canal del Departamento de Defensa de Estados Unidos que alterna su programación (que en lugar de anuncios comerciales pasa homenajes a veteranos de las últimas guerras, a los que describe como real american heros, “auténticos héroes americanos”) con horas completas de los principales canales de noticias de su país. Todos ellos coincidían en señalar el peligro de que Al Qaeda aprovechara los disturbios, sin fuentes ni datos duros que respaldaran sus afirmaciones.

Un presentador de Fox News, por ejemplo, mostró un gráfico con un gran cuadro naranja a la izquierda, que decía Hermanos Musulmanes (el principal partido islámico egipcio, de perfil electoral y no violento), y dos más pequeños, del mismo color, a las derecha: uno decía Hamás (el grupo islamista palestino que domina la franja de Gaza) y el otro, Al Qaeda. No adornaron el esquema con elementos que intentaran vincular, ni siquiera burdamente, las tres figuras: líneas, flechas, ganchos… nada. Pero el presentador dio por demostrada la asociación de Hermanos Musulmanes con Al Qaeda, a pesar del conocido historial de rechazo mutuo entre ambas organizaciones.

La coincidencia entre Bin Laden y Fox News, sin embargo, podría ser una pista. ¿Acaso lograría encontrar entre los árabes insurrectos el soporte popular de Al Qaeda y la explicación social de ese apoyo?

EN EGIPTO CON EL PERIODISTA

El único televisor de la sala de espera del aeropuerto mostraba imágenes de horribles enfrentamientos en Egipto. Los atónitos pasajeros veíamos carros blindados aplastar manifestantes, hombres disparando a sangre fría, personas caer heridas de bala, chicas chorreando sangre. Horas más tarde, llegué a un El Cairo reducido a una situación medieval, en la que los vecinos de cada cuadra controlaban los movimientos de los transeúntes como si se tratase de señoríos feudales, y donde la buena razón de los mayores y educados era sometida por los impulsos hormonales de adolescentes que gozaban de pequeños ámbitos de poder por primera ocasión en sus vidas. Los periodistas éramos perseguidos: por la policía secreta y los soldados que nos detenían, por los golpeadores y los esbirros del régimen que nos querían matar.

Sólo ese espacio que tanto asustaba al oficial libio, la pequeña “república” rebelde de la plaza Tahrir, era relativamente seguro. Libertario. Democrático. Autogestivo. Y siendo religioso (las cinco oraciones del día eran atendidas), resultaba secular e incluso ecuménico: un nuevo símbolo, formado por una media luna islámica y una cruz cristiana que se entrelazaban, se repetía en carteles, mantas y cualquier otro soporte en representación de la unidad entre los egipcios. Incluso las piedras que guardaban para defenderse de los ataques se utilizaban, en días tranquilos, para dibujar sobre el pavimento este grito de solidaridad interreligiosa, que haría llorar desconsolado a Bin Laden.

Personas de ambas fes realizaban ceremonias conjuntas en las que las manos alzaban pequeños ejemplares de El Corán, cruces coptas de madera, banderas egipcias y teléfonos celulares para grabar el fenómeno. Vi a un cura barbudo a quien atendía un joven médico: “¡Este chico es musulmán”, me dijo el viejo, “¡y mira qué bien me trata!”

¿Estaba Al Qaeda presente de alguna forma entre los revolucionarios de Tahrir? ¿Tiene simpatías o alguna popularidad en el movimiento? “La respuesta a esas preguntas es cero y cero”, dijo Jorge Fuentelsaz, corresponsal de la agencia española EFE en El Cairo y que ha vivido los últimos once años en Siria y Egipto.

Los manifestantes estaban en la calle, pero no exigían la imposición de un régimen islamista, en sus demandas simplemente no había un contenido religioso: querían opciones políticas, oportunidades económicas, acceso a la educación… en suma, leyes hechas por el hombre. Al contrario de lo que algunos temían, lo que pusieron en evidencia las insurrecciones en Túnez y Egipto fue la enorme dimensión del fracaso de Al Qaeda y el yijadismo global: aunque los dictadores contra quienes la gente se alzó eran todos enemigos de Bin Laden (unos aliados de Occidente, otros no), nadie exigía la sharía (ley islámica), sino las libertades que el fundamentalismo les quiere negar.

La única presencia islamista relevante era la de Hermanos Musulmanes, el partido que al principio manifestó sus dudas sobre la revolución, tardó en sumarse a ella y a final de cuentas tuvo un peso minoritario: el 12 de febrero, cuando los revolucionarios festejaban en Tahrir la caída del dictador Josni Mubárak, vi a un grupo de Hermanos celebrar en un sector de la plaza… deben haber reunido a unas 200 personas entre los cientos de miles que había ahí.

Fuentelsaz, quien realizó su tesis doctoral sobre esta organización y es autor del blog especializado hermanosmusulmanes.wordpress.org, me explicó que “los Hermanos y al Qaeda se llevan mal”, en particular Ayman al-Zawahiri (quien meses después, tras la muerte de Bin Laden, se convertiría en jefe de Al Qaeda): “Él rompió con ellos en su adolescencia y nunca les ha perdonado que participen en el juego político, algo que Zawahiri considera una legitimación del régimen y, por lo tanto, una traición a los principios islámicos. Por su parte, los Hermanos, aunque a Bin Laden tras su muerte le pusieron el apelativo de jeque, siempre han condenado los métodos violentos” (de manera general: Fuentelsaz precisó que esa postura cambia en el caso de “lo que denominan luchas de resistencia contra la ocupación”, es decir, contra los israelíes en Palestina).

“Aquí hay salafistas y esperarán la mejor oportunidad para manifestarse”, me alertó el periodista egipcio-alemán Amr Hayed. Los Hermanos Musulmanes son muy distintos de la gente de Bin Laden, pero como ocurre con Al Qaeda en el Magreb Islámico, con los yijadistas de la palabra con los que hablé en Níger y con los extremistas de Barcelona, el salafismo es una de las sectas más intolerantes y está presente en Egipto, aunque no se dejaron ver por Tahrir ni en los eventos de la revolución.

“(Los salafistas) consideran infieles a los que no piensan como ellos y, por lo tanto, creen que es legítimo derramar su sangre”, me explicó Fuentelsaz. Dentro de esa corriente, sin embargo, existen grupos con posturas divergentes, como los tafkiríes y los wahabíes: “Al Qaeda es uno de los grupos salafistas, los considerados radicales tafkiríes”, precisó el periodista español. “Aunque algunos de los salafistas egipcios se aproximan mucho a las ideas takfiríes, no son violentos. Además, hasta la caída de Mubárak, predicaban en contra de la implicación a la política actividad que consideraban haram (prohibido por el Islam). Para ellos, lo importante era respetar al gobernante. Eran ideas más salafistas wahabíes, es decir influidas por las prédicas de Arabia Saudí. Digamos que (tafkiríes y wahabíes) coinciden en ciertos principios morales ultrapuritanos y rigoristas –modos de vestir, prácticas religiosas, conductas morales…–, pero no en los métodos”.

En suma, los salafistas egipcios pueden compartir ideas sobre el deber ser con Al Qaeda, pero no simpatizan con la yijad mundial, la guerra santa para imponer por la vía de las armas el califato global.

CAMINO A LIBIA

Quienes sí habían peleado bajo el liderazgo de Osama bin Laden estaban en Libia, según reportes recientes. En esos días, el descontento se extendió a esa república dictatorial para convertirse en guerra civil: el 17 de febrero, había iniciado una revolución que al principio había querido ser pacífica, pero que se convirtió en armada cuando la represión del régimen se tornó sangrienta y el pueblo saqueó los arsenales militares.

La “capital” rebelde era Bengasi y, otra vez, los medios y líderes occidentales alertaron del peligro islamista, mediante la “revelación” de información ya conocida, la de que de esa ciudad, en la década pasada, habían salido decenas de combatientes islámicos que pelearon contra fuerzas occidentales. El centro político de la insurrección era la ciudad de Bengasi, capital de la provincia de Cirenaica, de la que salieron al menos 73 yijadistas a pelear en Irak como parte de las fuerzas de Al Qaeda (la quinta parte del total de extranjeros), según el instituto Combating Terrorism Center de la academia militar de West Point. “Si quiero arriesgar la cabeza” –me llegó la frase que se había convertido en sello de esta expedición—, “debo ir a Libia”.

Trevor Snapp, un fotógrafo estadounidense, y yo nos dirigimos en autobús a la frontera de Egipto, con la esperanza de poder colarnos por ahí a pesar de que el gobierno libio de Muamar Gadafi ni daba visas ni quería periodistas. Una noche en el camino, paramos en el pequeño pueblo beduino de Sidi Barrani, a la orilla del Mediterráneo. Era un rincón remoto de Egipto al que habían llegado muy pocos viajeros occidentales desde la segunda guerra mundial, cuando pasó el Afrika Korps del general nazi Erwin Rommel, el “Zorro del Desierto”, sólo para retornar perseguido por las tropas aliadas del británico Bernard Montgomery, en 1942.

Un joven egipcio muy atento nos invitó a beber té. Quiso saber a dónde íbamos. Se asustó: “¿A Libia? ¡A Libia! ¿Qué no han escuchado de lo que ocurre en Libia? ¡Ahí tienen una revolución, cientos de muertos!”

Pensé en el sarcástico oficial del aeropuerto de Trípoli, que se carcajeaba de los enfrentamientos en Egipto sin sospechar que pronto los tendría en su propio país. Y mucho más graves.

EN LA GUERRA CON EL EXYIJADISTA

¿A qué clase de gente encontraríamos del otro lado de la frontera? El régimen había perdido el control del puesto militar e ingresaríamos al país clandestinamente. Gadafi había advertido dos cosas: que los reporteros que hallaran sus fuerzas serían tratados como colaboradores de Bin Laden y que los revolucionarios eran todos yijadistas drogados, porque Al Qaeda les ponía a los jóvenes “pastillas alucinógenas en el Nescafé”. ¿Estábamos entrando en territorio de combatientes islamistas?

Lo parecían. Las primeras personas que se nos pusieron enfrente eran civiles con largas barbas, vestidos con chilaba (un camisón que baja hasta los tobillos) y chalecos de camuflaje, y que nos mostraban sus fusiles Kalashnikov. No nos secuestraron ni torturaron: preocupados por nuestra seguridad, nos ayudaron a conseguir transporte y enviaron a un guardia armado para que nos protegiera.

Al día siguiente, llegamos a Bengasi. Desde la azotea del edificio Seggressioni, una herencia de la época de la colonia italiana, cada viernes presenciábamos el imponente espectáculo de miles de hombres orando juntos en la plaza de la Mahkama de Bengasi. Guiados por el imán y con el Mediterráneo detrás, a veces soportando furiosas borrascas, otras bajo el sol de invierno, recordaban a los caídos y pedían ayuda divina para vencer al “satánico” Gadafi y sus “demonios”.

Aunque el libio es un pueblo muy religioso, de nuevo escasearon las señales de extremismo. Las demandas eran las mismas que en Egipto: democracia, libertades, empleos. Por el liderazgo no competían clérigos fanáticos, sino los abogados defensores de los derechos humanos que habían convocado a las primeras manifestaciones, y exfuncionarios del régimen que se habían pasado al bando rebelde. Estos últimos eran peligrosos oportunistas, me quedaba claro, pero no tenían relación alguna con Al Qaeda.

Tres semanas después, a mediados de marzo, física, emocional y mentalmente extenuado por meses de desierto, conflicto y guerra, estaba elaborando un plan para salir de Libia cuando uno de los portavoces de la dirigencia revolucionaria me confió que en uno de los “pelotones” rebeldes habían detectado a algunos luchadores que habían peleado para Al Qaeda en Irak. Estaba combatiendo 160 kilómetros al sur de Bengasi, en la puerta occidental de Ajdabiya, una ciudad estratégica a la que trataban de conquistar las fuerzas de Gadafi.

Yo ya no esperaba encontrar a las masas de simpatizantes de Bin Laden que, dados algunos reportes de televisión, nos imaginamos en Occidente. Probablemente las había en otra región del mundo, pero en el desierto del Sahara, le había dado la vuelta, la actitud predominante en la gente había sido de repudio a Al Qaeda. Además, no me quedaban ganas de regresar al frente de batalla, donde había pasado algunos sustos: la enorme indisciplina de las tropas rebeldes provocaba que la línea de combate fuera peligrosamente inestable y fluida. Una vez que un grupo de estos muchachos inexperimentados empezaba a huir, el terror se expandía en instantes y la resistencia desaparecía. El ejército de Gadafi avanzaba entonces con velocidad y ya había capturado a varios colegas reporteros que fueron sorprendidos.

Ésa era quizá mi oportunidad de obtener explicaciones, sin embargo, de conocer a yijadistas de las armas que en otro tiempo habían formado parte de la base social de Al Qaeda, y que podrían explicarme por qué estaban o habían estado dispuestos a morir por ella.

Mustafa Sanfaz, el militante revolucionario que me condujo en su auto a Ajdabiya y que serviría de traductor al inglés, me anticipó que Al Qaeda seguramente querría aprovechar la oportunidad de infiltrarse en el movimiento, “pero por ahora, dudo que alguien los pudiera respaldar. No conozco a nadie que simpatice con su ideología extremista, estamos a gusto con el Islam como lo practicamos. Lo único que hará que algunos apoyen a Al Qaeda será que los occidentales se sienten a ver cómo Gadafi nos aplasta”.

Encontramos al “pelotón” mientras hacía los rezos de mediodía, detrás de unas tiendas de campaña, junto a la carretera. Era tal vez el único momento en el que todos parecían serios y disciplinados. Cuando concluyeron, observé que los más jóvenes eran indistinguibles de los de otros grupos de luchadores, pero a diferencia de casi todos los adultos que había visto, varios de los mayores mostraban la seriedad de la experiencia de combate. Asumí que esos eran los antiguos miembros del Grupo Combatiente Islámico Libio (GCIL) que atentó contra Gadafi en 1996, que fue aplastado por la represión y cuyos militantes se exiliaron para luchar en otros países como parte de Al Qaeda.

No tuve que improvisar una forma de aproximarme: mientras yo los evaluaba, Mustafa había empezado a hablar y reír con ellos, extrayéndoles información. Él sabía que yo había sido bautizado Mohamed Tariq ya dos veces y escogió ese nombre para presentarme y ganar confianza. Pronto me habían rodeado: “Éste peleó en Ciudad Sáder (un barrio de Bagdad) hasta 2007”, señalaba mi compañero. “Y éste, colocaba explosivos improvisados en la carretera a (la ciudad iraquí de) Faluya”. En lugar de mostrarse reservados ante el periodista occidental, los rebeldes hacían bromas sobre lo que imaginaban que era México, “un lugar con mucha nieve”.

“Es que ya han dejado el fanatismo atrás”, explicó Mustafa, “dicen que los tiempos han cambiado y el sentido de la lucha, también. Antes odiaban a los cristianos porque estaban aliados con Gadafi mientras él mataba a nuestra gente, pero esta vez esperan que Occidente nos proteja”. “Respetamos al emir (Bin Laden)”, intervino Mahmoud, el de Ciudad Sáder, en buen italiano, “pero sus lugartenientes han convertido a Al Qaeda en una máquina de matar musulmanes. Al Qaeda perdió la posibilidad de convencer a los fieles, y el Islam, un poco de su prestigio y fuerza moral. Ahora lo importante es ganar la libertad”.

La lengua italiana carece del sonido J y era curioso que mi interlocutor, que me invitó a sentarme a tomar el té que preparaba con fuego de soplete sobre la carretera, lo introdujera con sonoridad a mitad de las palabras. Sólo eso resultaba cómico en ese hombre de 40 años, que no era especialmente afable. Pero inspiraba confianza. En su cráneo sin pelo destacaban las cejas tupidas y los ojos, con negras pestañas de camello y mirada directa que hacía sentir que hablaba con verdad.

TRAS LA DUNA, BAJO EL AVIÓN

Eran días de temor porque Gadafi por fin había logrado consolidar sus tropas, los rebeldes retrocedían con rapidez y Ajdabiya estaba en peligro: “Al shabab (los jóvenes) van al combate sin entender nada”, lamentó Mahmoud. Entonces sonó el potente rumor de un bombardero y, como todos los demás, combatientes y mirones, salimos en estampida. Las ametralladoras antiaéreas retumbaban estúpidamente, arrojando metal hacia cualquier rincón del cielo porque los operadores no veían su objetivo. Como no tenía otra idea mejor, seguí a Mahmoud. Saltamos tras una duna y nos dejamos caer sobre la arena. Mi boca se llenó de gránulos. Si la onda de la explosión venía del lado contrario, explicó, tendríamos algún nivel de protección, aunque fuera mínimo. Si no, de todos modos sería casi imposible sobrevivir. El misil cayó a un kilómetro de distancia.

¿O había caído antes de que yo lo percibiera? Cómo saberlo. La confusión era tal que podríamos habernos convertido en polvo sin darnos cuenta. ¿Qué fue primero, el avión o la bomba?

– Si escuchas el avión, ya te salvaste, Mohamed. Las bombas llegan primero, –me instruyó Mahmoud.

– ¿Es así?, –repliqué. –Entonces, ¿por qué corrimos?

– Eso es lo que se dice. ¡Allá tú si quieres quedarte a descubrir que es falso!

Por un momento supuse que tendría un dejà vu, la sensación de que revivía aquel momento, casi cuatro meses y cinco países atrás, en que había empezado mi búsqueda del otro lado del Sahara, también en un paisaje desértico-apocalíptico, atento a la aeronave que cruzaba las alturas. Pero era muy distinto: ahora los del avión querían matarnos, me encontraba en medio de la guerra y los que se levantaban frente a mí no eran oxidados cadáveres de coche, sino los hombres que iban a morir.

Profundamente desorganizados, carentes de estructura de mando, sin táctica ni estrategia, ni algo que se pareciera a un plan, los rebeldes libios confiaban en dios, en la justicia de su causa y en la fuerza de su empuje suicida. El humo de la explosión se alzó decenas de metros, sofocando el viento con cenizas y arena que pronto empezaron a descender sobre nosotros.

No habían herido a nadie, sin embargo. Decenas corrimos hacia el cráter recién creado. Los adolescentes y los adultos, disfrazados de militar o de revolucionario (preferidos eran el estilo Arafat –pañuelo negro y blanco al cuello o sobre la cabeza—, y el estilo Che, de boina calada y barba) con cualquier prenda que hubieran hallado, levantaban metálicos restos del misil, disparaban sus Kalashnikov al aire y celebraban con gritos de “Alá akbar” el evidente milagro de la protección divina.

Mahmoud era muy devoto, pero su experiencia bélica lo forzaba a descreer. No había sido dios, sino algún plan diabólico de Gadafi. “Está jugando con nosotros, juega, juega”, musitaba como única manera de explicarse el mal tino del artillero del avión. “Ya viene Gadafi a destruirnos. Acabará con todo. Con nuestra gente, nos matará a todos. Él tiene la fuerza. Él tiene el poder. Ahí están sus aviones”.

Década y media atrás, este guerrero y sus compañeros del GCIL habían sido aplastados por Gadafi. Años después, con al Qaeda en Irak, fueron incapaces de expulsar al ejército estadounidense y sus aliados. “Nos rebelamos contra la injusticia”, explicó. “Éramos muy jóvenes y a nuestros ojos, los predicadores del emir (Bin Laden) le dieron sentido a nuestra furia, un sentido divino. Que fue rompiéndose en pedazos con cada bomba musulmana que mataba musulmanes. Nosotros enfrentamos a invasores armados, hombres de guerra. Nunca osamos atacar a nuestros hermanos”. Los hombres de Bin Laden, sí. Pero Mahmoud no veía culpabilidad en él: la atribuía a jefes secundarios que no entendían el mensaje del líder. “Los hombres pervierten lo que tocan”, continuó, “pervirtieron a Al Qaeda y dañaron el Islam”.

Ahora, el exyijadista se encontraba en una situación que jamás imaginó: exigir la ayuda de sus antiguos enemigos. Yo lo veía como una vuelta más de la rueda de la fortuna, del juego absurdo de la política global de la violencia: si Estados Unidos se había aliado a Bin Laden y terroristas como él en los 80, para combatir a la Unión Soviética en Afganistán, y después había encontrado en ellos a sus peores adversarios, no resultaba sorprendente lo que le ocurría a Mahmoud. Él no conocía esos antecedentes, sin embargo. Sólo se sentía en un mundo enloquecido en el que había que tener el pragmatismo para resolver las urgencias inmediatas, y el ejército del dictador venía con todo.

“Los occidentales se hicieron ricos vendiéndole armas (a Gadafi) a cambio de nuestro petróleo”, afirmó. Algunos en Europa clamaban que, si las potencias occidentales intervenían, estarían demostrando que sólo les interesaban los recursos energéticos libios. Mahmoud sentía que era exactamente al contrario: “Han tenido todo el combustible que han deseado gracias a Gadafi. Si ahora no vienen a detenerlo, si no entran a salvar al pueblo del genocidio, quedará claro que lo único que les importa es el petróleo. Y entenderé que tenían razón quienes me condenaron por abandonar la Yijad (guerra santa)”.

EN LA FRONTERA CON MI SOMBRA

Días más tarde, el 19 de marzo, después de que el ejército había tomado Ajdabiya y hecho polvo la posición donde yo había bebido té con Mahmoud, aviones franceses barrieron tanques y blindados que avanzaban en columnas de kilómetros de largo, y con los que el gadafismo había llegado a las afueras de Bengasi, dispuesto a arrasarla. Se evitó lo que amenazaba con convertirse en la masacre de una ciudad de un millón de habitantes, una Srebrenica (la ciudad bosnia destruida por los serbios) multiplicada.

Cientos de miles de libios musulmanes salieron a las calles a ondear las banderas azul, blanco y rojo de Francia y Estados Unidos, los mismos países que odian en Gao y otras partes del otro lado del Sahara. También mostraron las enseñas de Gran Bretaña, España y Catar, que también apoyaban la intervención extranjera, y las de los igualmente revolucionarios Egipto y Túnez: las oraciones de los viernes se convirtieron en auténticos actos internacionalistas.

Y si hay alguien que tenga simpatías por Al Qaeda, hoy deben ser más débiles que ayer. No sé si Mahmoud y sus amigos exyijadistas, que imaginaban un México polar, sobrevivieron a la sangrienta toma de Ajdabiya. De estar vivos, supongo que ahora celebrarían la colaboración entre musulmanes y cristianos por la que rezaban y que salvó a su gente del exterminio. Y me pregunto qué sentirían, en cambio, si conocieran el penar de los tuaregs y otros pueblos, estrangulados por la cuádruple pinza que forman las potencias cristianas y los gobiernos musulmanes de la región, los católicos narcotraficantes latinoamericanos y los salafistas de AQMI: otro acto de (involuntaria) cooperación inter-religiosa, esta vez con signo fatal.

Tal vez concluirían que la maldad no es exclusiva de una fe u otra. En la tierra de nadie donde mi búsqueda empezó, marroquíes y mauritanos se enseñan los dientes y las bayonetas, después de haber colaborado para aplastar a los sajaráuis, los indígenas del Sahara Occidental que todavía luchan por su independencia. Y todos ellos son musulmanes. Pero quienes les compran los recursos naturales y les venden las armas son poderosas naciones cristianas. Las mismas cuyos más influyentes medios de comunicación presentan a la pobre gente del desierto como terroristas en potencia y candidatos al caos sin remedio.

Un caos que en buena medida está siendo provocado por los juegos megalomaníacos de Francia, Estados Unidos y sus aliados regionales, a quienes les conviene exagerar la popularidad de Al Qaeda para justificar sus actos (hasta Gadafi utiliza el fantasma de Al Qaeda para desprestigiar a los rebeldes). Las mismas acciones que pueden convencer a algunos de abrazar el terrorismo: es un círculo vicioso artificial.

“Con mis piernas es suficiente”, le dije al conductor de un taxi mientras atravesaba los dos kilómetros que hay que caminar del puesto libio al final del egipcio. Estaban asfaltados, no tenían dunas ni minas explosivas, al contrario de aquella inhóspita frontera que había cruzado al principio de la travesía. Cientos de refugiados africanos estaban empantanados entre ambos países, sin poder avanzar ni querer regresar a la guerra.

Yo sí podía salir de ahí. Y no tenía más motivos para quedarme. Las jorobas de mi sombra se encogían hacia mis botas, como si el calor derritiese las mochilas que reposaban sobre espalda y pecho. Sentía en el cabello el peso de arenas de varios extremos del mayor desierto del mundo. Y en mi interior, burbujeaba la indignación del que ha visto la mentira, y a los mentirosos seguir mintiendo: en los países de Occidente, la verdad oficial transmitida por televisión seguirá siendo que los pueblos del Sahara –los que sufren más que nadie la presencia de los terroristas— esconden y fortalecen a Al Qaeda.

Pero la brisa salada del Mediterráneo, el cercano mar cuyo aroma me acariciaba aunque no alcanzara a ver sus volátiles espumas, me refrescó con otras imágenes que se abrieron paso con suavidad en mi mente: las historias de Shindouk, el tuareg, plenas de sentido común; el ecumenismo de Oumar, en el puerto de Diré, y del viejo cura copto con su médico musulmán, en Tahrir; el candor de “El Charro Francés” que puso a los nómadas a bailar Guantanamera; la convicente mirada de Mahmoud, el exyijadista, que fue capaz de reconocer sus errores y reconducir su lucha; y las nobles atenciones de Sidiki, el maliense animista que cuidó mi malaria en Mopti.

Son grandes derrotas de la mentira –pensé mientras me subía al coche de unos beduinos, que cortésmente ofrecieron acercarme a El Salum, el primer pueblo en Egipto—. Evidencias de que la verdad no ha renunciado a vivir entre nosotros.

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Tras las huellas de Al Qaeda. Parte 2 de 3: Los predicadores del desierto

TRAS LAS HUELLAS DE AL QAEDA

PARTE DOS: LOS PREDICADORES DEL DESIERTO

Al continuar su búsqueda de los seguidores de Al Qaeda por un inhóspito rincón de África, militantes islamistas encuentran a nuestro colaborador en la segunda de tres partes de esta aventura.

(Éste es el texto de la versión completa. Aquí puedes encontrar el pdf de la que fue publicada, con mis fotos.)

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Texto y fotos de Témoris Grecko

Publicado en Esquire Latinoamérica – Julio 2011

La malaria me tuvo sujeto durante cinco o seis días. Una y otra vez, cuando pasaba la fiebre caliente, el sudor se enfriaba en la cama y agravaba los temblores de las fiebres heladas. La doctora de la misión médica cubana me recomendó descansar tres semanas, al menos hasta tener fuerza para subir un piso sin sufrir mareos. Me advirtió que, aunque había resistido bien, no debía poner a prueba mi buena suerte. El caso de una amiga española que se contagió al mismo tiempo que yo, con las nubes de mosquitos del río Níger, cayó en coma, casi pierde la vida y pasó un mes en un hospital de Barcelona, reforzaba su argumento, como la cifra de 780 mil personas que mueren de malaria cada año, algo así como dos y medio tsunamis de Indonesia.

Cuando me empecé a sentir mejor, no obstante, me invadieron el deseo y la ansiedad, me llené de euforia y decidí marcharme de Mopti para proseguir la búsqueda.

Sidiki meneaba la cabeza. Decía que mi demostración de que podía cargar mis dos mochilas no era señal de buena salud, sino de estupidez. Insistió en llevarme en su pequeña moto china a tomar el autobús en el vecino pueblo de Sevaré, para salir rumbo a Gao, la última ciudad de Malí en el este. “Gao no es sitio para blancos ni americanos en estos días”. “Soy moreno mexicano, mon frére”. “Lo que tú quieras. Pero no les digas que México es socio de América y menos que está en América”.

Los ayudantes arrojaron mi mochila grande al techo del autobús y partimos. Horas después, en el horizonte del seco paisaje saheliano se levantaron inmensos monolitos, que las guías de viaje comparan con Ulurú, la inmensa roca de Ayers en el centro de Australia. Estaba sentado detrás del conductor cuando sobre el tablero, a sus lados izquierdo y derecho, vi el rostro de Osama bin Laden: tenía pegatinas del jefe terrorista. ¡Oh! ¿Me encontraba entre miembros de Al Qaeda?

Empecé a preocuparme y a sentirme como en mis días de fiebres. Sospechaba que el chofer y sus tres compañeros me miraban de reojo, se decían cosas en secreto, conspiraban. Mi equipaje estaba atado arriba, fuera de mi alcance, ¡tendría que escapar sin él! Las necesidad de que los pasajeros descendieran a hacer sus rezos vespertinos, inclinándose en dirección a La Meca, forzó que hiciéramos una parada. Me pareció que los dos hombres que ocupaban los asientos detrás del mío, tuaregs en túnicas azules, se arrodillaban sobre su alfombrilla con devoción especialmente intensa, ¡evidentemente me habían rodeado!

La pausa de la oración me sirvió para estudiar el tablero. No podía haber sospechado lo que encontraría. En simetría con el par de imágenes de Bin Laden, había dos de vaqueritas rubias en bikini. También, otras de la cantante Madonna y, rompiendo el balance geométrico, una de Barack Obama sobre una bandera estadounidense y una de Bob Marley. Al regresar el conductor, me di cuenta de que en su camiseta lucía el retrato híper-reproducido del Che Guevara.

“¿Por qué Bin Laden?”, le pregunté. “¡Porque es un gran revolucionario!” “¿Y Obama?” “¡Él también es un gran revolucionario!” Era razonable suponer que insistir con el Che y Marley no produciría respuestas muy diferentes.

EN LA CALLE CON EL NIGERIANO

En Gao esperaba hacer un pequeño desvío al norte, al pueblo de Kidal, centro de la última rebelión tuareg y cercano a la zona donde se sospecha que se esconden los grupos de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), la franquicia de Bin Laden en África Occidental. Quería acercarme también al sitio donde un avión Boeing 727 de narcotraficantes latinoamericanos había sido abandonado entre las dunas, en 2009. Ya se sabía que los cárteles aprovechaban la cercanía de Sudamérica con África, la falta de radares y patrullajes en el Atlántico, y las vastas soledades del Sahara para transportar cocaína en avionetas, pero las dimensiones de esa aeronave sugieren operaciones mayores.

No hice progreso alguno allí, sin embargo. La policía detuvo el autobús antes de entrar a Gao y, tras incautar mi pasaporte, me prohibió expresamente viajar a Kidal. Me habían dado algunos contactos de personas que podrían llevarme clandestinamente, pero al dirigirme a ellos dijeron que era excesivamente peligroso: no sólo habría que evitar a los bandidos, a los terroristas y a los contrabandistas de drogas, también a los soldados, y yo ni siquiera tenía documentación.

Sólo uno aceptó: dijo que cobraría 500 dólares, pero una hora más tarde elevó el precio a 3 mil, debido a riesgos que no había tomado en cuenta. “Son sólo ocho horas en todoterreno”, reclamé, “¿es que no ves que no me envía la CNN? Sólo soy un reportero independiente”. “Al final, los periodistas siempre pagan”, cortó.

La ciudad me pareció hostil. Shaka Olumese, un nigeriano carismático que es una apreciada figura pública en Gao y posee el alojamiento donde dormí, me explicó que años atrás recibía a muchos huéspedes occidentales, pero el impacto de los ataques de AQMI mató el negocio. “Quisiera montar un hostal en Lagos (Nigeria)”, soñaba, “ahí sí que hay dinero”.

Le expliqué que en las calles de Gao había recibido algunos insultos y que dos tipos en una moto habían jugado conmigo, simulando que intentaban secuestrarme. Otro hombre se había acercado a gritarme que Francia era una porquería y, cuando le dije que no era francés, sino de México, bramó: “¿Eso está en América?, entonces América es una porquería”. “Ser antiestadounidense o antifrancés no es simpatizar con Al Qaeda”, explicó Olumese. “(Esa actitud) es por las intromisiones extranjeras en el Sahara e Irak. Pero aquí todos odiamos a Al Qaeda. Estamos en un rincón alejado del mundo, la economía decae sin turismo occidental. Cuando la pobreza se agudiza, crece el rencor. Este lugar es peligroso para ti, pero no por AQMI, no vas a encontrar a ninguno de ellos”.

“Si quiero arriesgar la cabeza, tengo que ir a Níger”, bromeé, pensando en quienes semanas antes me habían recordado las prácticas poco amables de los secuestradores. Él lo tomó en serio. “Sí. A Níger”.

Sólo me devolvieron el pasaporte cuando comprobaron que estaba por salir hacia el país vecino. “Bon voyage!”, deseó un policía malencarado.

EN AYOROU CON EL YIJADISTA

En los dos puestos de frontera, el de Malí y el de Níger, los guardias se enredaron con mi nombre y optaron por llamarme “¡mexicano!”, en voz alta. Me parecía una ventaja que los demás pasajeros del autobús tuvieran claro que yo, único occidental a la mano, no tenía alguna de las nacionalidades que menos apreciaban.

A lo largo del viaje, que en total duró unas 12 horas, varias amables personas se habían acercado a mí para curiosear sobre mi país. Me equivoqué al pensar que Ibrahim tenía el mismo interés. Habíamos parado para someternos a la revisión de aduanas en Ayorou, el primer pueblo de cierta relevancia en Níger, compuesto de casas y de muros bajos de ladrillos de adobe, y chozas tradicionales de hojas y ramas, en medio del desierto. Los funcionarios apenas se habían molestado en mirar el contenido de mi mochila y se concentraban en examinar los sacos de granos y los nudos de pobres gallinas sofocadas que viajaban en el techo del vehículo.

De unos 50 años de edad, Ibrahim llevaba un turbante blanco, una chilaba (camisón que llega hasta los tobillos) de color gris verdoso y sandalias negras de plástico. Su rostro, de un tono oscuro profundo, era delgado y se alargaba con un mentón estirado, sobre el que brotaba una modesta barbilla caprina, de pelos entrecanos. Había empezado con la misma frase que los demás: “Entonces, tú eres mexicano”. No me preguntó, como los otros, por mi salud, por mi familia ni por mis cabras, como es la costumbre. Fue directamente a lo suyo, apuntando con el dedo a las cosas que mencionaba: “Dios creó el cielo. Y Dios creó la tierra. Dios creó el fierro”. Señaló el autobús. “Nosotros somos la creación de Dios. Y estamos en el mundo para someternos a su voluntad”.

A mí no me tocaba hacer nada más que escucharlo con atención. Él tomó eso como una muestra de receptividad. “Yo te reconozco”, continuó. “Tú eres cristiano. Pero has venido a África a buscar a Dios. Él te ha traído aquí. ¿Y es que no ha sido él quien nos ha puesto en tu camino?” Cuatro compañeros suyos nos rodeaban, todos negros maduros con aspecto religioso: barbas tupidas, vestimentas tradicionales, turbantes o pequeños gorros blancos ajustados al cráneo.

“Debes convertirte al Islam. Es bueno para ti”. Tras unas pocas palabras, este hombre ya se sentía en posición de pedirme que le diera un giro de 180 grados a mi vida. ¡Qué fácil! Por lo menos, yo quería saber por qué. “Porque es la fe que te llevará al paraíso. En el paraíso, Dios te dará todo. Allá no hay enfermedad. No hay cansancio. No hay tristeza. Vivirás cerca de Él y serás feliz adorándolo”.

Las religiones son así. Una ideología laica tiene que honrar sus compromisos en esta tierra. Si no lo hace, pierde su valor y la gente la abandona. Las ideologías místicas, en cambio, pueden hacer cualquier promesa, incluso la más grande imaginable, vida eterna en total felicidad, sin que haga falta cumplir nada en este mundo. Con toda naturalidad, lo dejan para la otra vida. Y nadie ha vuelto de allá para desmentirlas.

Le pregunté qué me daría la religión ahora, antes del paraíso. “Fe. Certidumbre. Tranquilidad”, respondió. “Sabrás que Él existe y que Él es el origen de todo. El dinero no te da tranquilidad. Ni mil camellos te darán tranquilidad. Dice El Corán: ‘En verdad, sólo en la remembranza de Dios pueden encontrar descanso los corazones’”.

Sin transición, Ibrahim empezó a recitar en árabe. “La ilaha illa Allah, Muhammadur rasul Allah”. Es la shahada, uno de los cinco pilares del Islam, y significa: “No hay otro Dios más que Alá y Mahoma es su profeta”. No era la primera vez que me trataban de convertir. Yo conocía la frase y lo sorprendí repitiéndola. Él lo atribuyó a mi deseo de adoptar su fe, un poderoso sentimiento indudablemente imbuido por dios, y mostrándose muy complacido, se esmeró en perfeccionar mi pronunciación. Sus compañeros aprobaban con sonidos amistosos.

Entonces hizo ademán de darme un ejemplar de El Corán. Mi reacción automática fue acercar una mano, pero él retiró el libro como si fuera un caramelo y yo, un niño ansioso. Sus amigos murmuraban: “¡No, no!” “Sin tocar”, advirtió mi interlocutor, sonriendo, “aquí está la palabra de Dios, sólo lo puede tocar el creyente”. ¿Cómo puedo convertirme si no me dejan leer para aprender? “Primero te conviertes. Después lees”.

La contradicción no era aparente para Ibrahim, quien celebró que los europeos estaban adoptando la fe, gracias a la acción divina. “Hace 30 años, en París había tan solo una mezquita. ¡Ahora hay mil! Muchos occidentales han abierto los ojos y son ahora nuestros hermanos. ¿O no es sólo Dios quien puede abrirnos el paraíso?”

Le dije que también en Barcelona y otras ciudades cercanas, como Reus, se estaban multiplicando los templos musulmanes. “¿En verdad? ¿Y enseñan el Islam de la manera correcta?” No mentí al decir que varias de ellas eran salafistas. Es decir, predican la misma doctrina de Al Qaeda en el Magreb Islámico. “Eso es muy importante. Muy importante. Nada puede interponerse ante los designios del Creador”.

Ibrahim preguntó a qué países había viajado. Mencioné varios, sólo estados donde predomina la secta musulmana suní, en la que se inscribe el salafismo. “¿Y Pakistán?”, quiso saber, “¿no has ido a Pakistán?” El hecho de que insistiera en esa nación, donde Al Qaeda entrenaba a sus yijadistas (combatientes de la Yijad o guerra santa), me pareció una confesión de militancia. Pero debía confirmarlo. Respondí que no había ido a Pakistán, pero el nombre me gustaba. “Dime el nombre de una mezquita salafista en Barcelona”, demandó. En 2010, yo había hecho un reportaje en una del barrio del Raval, que lleva el nombre del general musulmán que conquistó España en el siglo VIII: “Tariq bin Ziyad”. “¡Un héroe! Ve a hablar con el imán. Sométete a Dios, aprende. Y lograrás que te inviten a Pakistán. Podrás luchar por Dios, ¡inshallah! (dios lo quiera)”

YIJADISTAS DE LA PALABRA

Me pareció que, en mi afán de obtener respuestas, yo estaba cometiendo algunos pequeños tropiezos, palabras mal medidas que podrían haberle hecho pensar que mi interés no era religioso, sino periodístico o de espionaje. Sin embargo, su convencimiento de que era dios quien nos había reunido para traer la luz a mis ojos, y su buena voluntad de maestro, me ayudaban a hacer pasar los errores como deficiencias de mi mal francés que él corregía con gusto.

Tenía que lanzarme, sin embargo: “¿Ustedes están luchando por dios?” Logré mantener un tono de ingenuidad a pesar de que sentía escalofríos. No detecté sorpresa ni contrariedad en su actitud, sin embargo. “Somos yijadistas de la palabra. Somos predicadores y venimos a Níger por un mes, porque en estos países se canta y se baila, y muchas mujeres carecen de respeto por sí mismas, y los hombres que no conocen el recto camino no pueden imponer su guía. Dios sabe que tampoco en el sitio de donde venimos se practica el verdadero Islam, la gente es ignorante y vive en pecado. Somos muy pocos los que conocemos la palabra de Dios y hace falta mucho esfuerzo para corregir las desviaciones. En Niamey (la capital) nos dirán a qué lugares del país tenemos que dirigirnos”.

“Yijadistas… ¿cómo los de Al Qaeda en el Magreb Islámico?”, insistí, sospechando que ahora sí me había metido en problemas. “Nuestros hermanos son de otra parte, son árabes del Mediterráneo. Nosotros somos malinkés, del sur de Malí, cerca de la frontera con Costa de Marfil. Ellos son yijadistas de las armas. Nosotros luchamos con la palabra. Pero Al Qaeda somos todos. Y nuestro guía es el emir”. Se refería a Bin Laden.

Recordó entonces que Al Qaeda se levanta para enfrentar los muchos agravios cometidos por los cristianos en su “cruzada para arrasar el Islam”: la destrucción de Al Andalus (Andalucía), la maldición que es Israel y la inmensa opresión contra los palestinos, la imposición de gobiernos pecaminosos en el Magreb, Irak, Afganistán… “Ellos (los occidentales) vienen a destruir la fe. Sus ejércitos nos matan. Sus misioneros tratan de engañar a buenos musulmanes. Sus hombres seducen a nuestras jóvenes para hacerlas pecar y separarlas de dios. La sharía (ley islámica) castiga eso con la muerte”.

La referencia a los seductores pudo haber sido una alusión a Antoine de Leocour, uno de los dos franceses que murieron en la noche del 7 al 8 de enero tras haber sido secuestrados por AQMI. Él vivía en Niamey y estaba a punto de casarse con una nigerina musulmana. El otro chico asesinado era su mejor amigo, que venía para fungir como padrino en la boda. Comenté que yo, como occidental, también corría el riesgo de ser raptado. Ibrahim me miró con simpatía. “A ti, hermano, te protege Dios. Él te trajo a África y Él quiso que yo viera en ti el deseo de conocer la verdad, sólo gracias a Él te pude reconocer. Puedes andar seguro por Niamey, ¡inshallah! Pero no seas atrevido. No vayas cerca de donde ellos (AQMI) están, pues los cruzados (Francia y Estados Unidos) y sus lacayos de Níger y Malí los tienen sometidos a una enorme presión. No provoques que se equivoquen contigo”.

Subimos al autobús, partimos tras larga espera, y yo no dejaba de comer. Los predicadores, que tomaron asientos detrás de mí, compartían conmigo todo lo que les caía en las manos: pan, plátano, carne de chivo. Incluso agua que venden en bolsas de plástico, con aspecto poco higiénico. Se bajaron en las afueras de Niamey. Yo había supuesto que Ibrahim no se separaría de mí sin obtener una promesa de ir a la mezquita de Barcelona. No le hacía falta: estaba convencido de que era el camino que dios me abría, pues, dijo, la verdad se revela a sí misma y quienes la ven, no pueden hacer más que reconocerla y aceptarla. Estoy seguro de que se sorprendería si supiera que no he adoptado el Islam. Se fue con la inmensa alegría de haber facilitado una conversión y encaminado a un futuro yijadista.

“Tariq bin Ziyad”, recordó al despedirse. “Ve con el imán de la mezquita. Los caminos del profeta te conducirán al paraíso, ¡inshallah! Desde hoy, eres nuestro hermano y tu nombre es Mohamed Tariq”.

¿Casualidad? En septiembre de 2009, jóvenes seguidores de Fethullah Gülen –un influyente clérigo moderado— me “convirtieron” al Islam en la ciudad de Urfa, en el Kurdistán turco. Y por nombre me pusieron Mohamed Tariq.

EN LA CENA CON EL INVESTIGADOR

Niamey es una de las capitales más pobres y remotas de África. Polvorienta y caliente hasta niveles de espanto, tiene un único alivio y consuelo, la ancha corriente del Níger que le regala agua, una banda de verdor y nombre para el país, antes de fluir con sus hipopótamos y peces capitaine al sur, hacia Nigeria (que como la República de Níger, toma nombre a partir del río).

Llegué un mal viernes 28 de enero. El secuestro y asesinato del par de franceses, sólo tres semanas antes, se conjuntaba con las elecciones que celebraría ese domingo la junta militar, que hacía un año había tomado el poder en un golpe de Estado con saldo de 10 muertos, y las medidas de seguridad eran extremas por temor a atentados terroristas. Los soldados de los puntos de control, en las salidas de la ciudad, en encargaban de aplicarnos a los extranjeros la prohibición de aventurarnos más allá de Niamey.

Los residentes occidentales (empresarios, cooperantes, misioneros cristianos) se encontraban en estado de máxima alerta: los que no se habían marchado (por primera vez desde que llegó a Níger, en 1962, el Peace Corps suspendió operaciones), se recluían en sus barrios, embajadas, colegios y centros de ocio con piscinas y canchas de softball, detrás de muros, barricadas, cámaras y guardias.

Douglas Cronym, sin embargo, tomaba distancia de estas actitudes. Al estadounidense, profesor de la Escuela Americana, le gustaba hacer exactamente aquello que estaba prohibido para los expatriados: caminar en solitario, entrar en las humildes tiendas, convivir con los lugareños. El sábado previo a los comicios, me guió por la activa vida nocturna de la musulmana Niamey, donde jugamos billar y chocamos tarros de cerveza con desconocidos que apreciaban que estuviéramos con ellos, desdeñando advertencias.

Su hermano, Nelson, conoció a su esposa Judith en Níger en los años 90, como voluntarios del Peace Corps. Regresaron a Estados Unidos, tuvieron hijos que ahora son altos como baobabs, y en 2010 vinieron todos a Níger para que Nelson realizara una investigación para su tesis doctoral, sobre migración del campo a la ciudad por efecto del cambio climático. Así se reencontró con viejos amigos tuaregs que, al igual que antaño, lo reciben en sus comunidades como a un pariente.

“Viniste en vano”, me dijo Nelson, levantando risas entre su familia, cuando me invitaron a cenar en su casa. “Me sorprendería que en Níger hubiera simpatizantes de Al Qaeda. Detestan a los yijadistas, son un peso para el país y un peligro para la población”. Como ejemplo, puso que AQMI ni siquiera había sido capaz de establecer bases permanentes. “Llegan, golpean y huyen al desierto de Malí. Y no se esconden allá porque tengan apoyo de la gente, sino porque hay zonas que el gobierno no controla. Además, son árabes”.

La distinción es importante. En la dirigencia de Al Qaeda central, la de Bin Laden, sólo hay árabes. Los talibán afganos, por ejemplo, no pueden aspirar a ser líderes de Al Qaeda porque son pastunes. Algo similar ocurre en las franquicias de Al Qaeda en países árabes, como AQMI, originada en Argelia y ahora asentada en territorio tuareg. Un racismo tan acentuado hace difícil imaginar a los yijadistas árabes ganándose a los lugareños como hermanos, aunque se hayan dado casos en que bandas de delincuentes tuaregs prestan sus servicios a AQMI a cambio de dinero.

Esto mismo levanta una barrera étnica que los separa de los predicadores malinkés con los que hablé: la devoción de Ibrahim nunca le ganaría un lugar de igual entre los seguidores árabes de Bin Laden. Le pregunté a Nelson si había oído de ellos: respondió que no, que la presencia de clérigos de Al Qaeda le sonaba más bien como un caso fuera de lo común. Pero la distancia entre los yijadistas de la palabra y los de las armas, así como la intención de Ibrahim y sus compañeros de “corregir” el Islam que se practica en el Magreb, podían ser más evidencias de que el extremismo violento no arraiga en el país.

JUNTO AL RÍO CON LOS EMIGRANTES

Como en tantos países pobres, en Níger la gente del campo llega a la ciudad con lo puesto, a encontrar poco. Arisal ag Moussa y sus hermanos eran la avanzadilla de la familia, procedente de la región de Arlit, un pueblo en el norte, cerca de la frontera con Argelia. Sin camellos ni orgullo, los tres tuaregs esperaban al resto de sus parientes sin haberles podido hallar un sitio para vivir: apenas habían logrado levantar unos techos con despojos de construcción y plantas, cerca de la orilla del río Níger.

“Somos muy ricos y seguimos siendo muy pobres”, se quejaba Arisal, de 24 años. Desde que en 1969 se descubrió uranio en Arlit, el pueblo experimentó un crecimiento económico que atrajo a decenas de miles de nómadas del desierto a vivir en villas miseria que establecieron en los alrededores. Las dos minas de la multinacional francesa AREVA representan el 10% del consumo de ese mineral en la Unión Europea y el 32% de las exportaciones de Níger. Pero sus 1,600 empleados son extranjeros.

El compromiso de AREVA con la población local se puede medir con las donaciones que concedió para alimentar a la gente en la espantosa hambruna de 2005, que afectó a 3 millones de personas, incluidos 800 mil niños menores de cinco años. La ONU pidió 81 millones de dólares para atender la emergencia. La contribución de AREVA fue de 130 mil euros en junio de ese año y 120 mil adicionales en julio. Sus ganancias del ejercicio anual ascendieron a 428 millones de euros.

El impacto ambiental también es significativo: tanto por el enorme consumo de agua en una zona donde la escasez es aguda como por la elevada radiación que provoca la industria del uranio: AREVA se comprometió a eliminar este último problema en 2007, y en septiembre de 2009 se felicitó por haber concluido la limpieza. Semanas más tarde, en noviembre, expertos de Greenpeace encontraron que la radiación en la calle principal de Arlit y en el cercano pueblo de Akokan era “500 veces mayor de lo normal”, lo que constituía “niveles muy peligrosos”.

En 2007, los líderes de la última rebelión tuareg señalaron las actividades de AREVA como uno de sus principales motivos de descontento y demandaron que abriera empleos para los lugareños y compartiera con ellos sus beneficios. Todo esto le dio a AQMI una oportunidad de ganar popularidad dándole un golpe al enemigo occidental. Los cinco franceses y los dos africanos que secuestró en septiembre de 2010 trabajaban para AREVA y fueron capturados en Arlit.

La insurrección terminó en 2009 con promesas gubernamentales de generar bienestar, que no se han cumplido. Hundidos en la pobreza total, miles de tuaregs emigran a Niamey. Como Arisal, que compartió conmigo lo único que tenía: te. “Los beneficiarios del uranio no fuimos nosotros, sino los franceses y los extranjeros que trajeron para extraerlo: chinos, indios, sudafricanos, panameños. Su presencia ha cambiado nuestra cultura. Le compran al gobierno tierra que siempre fue nuestra y ya no podemos llevar nuestras cabras a pastar ahí”.

No hay empleo para los jóvenes. El modo de vida tradicional de su pueblo desaparece sin que llegue el del mundo moderno: “He aquí que Al Qaeda nos habla, nos dice que peleemos contra los colonialistas kafirs (infieles)”, dijo el tuareg, “y nos ofrece dinero. Algunos jefes de la última rebelión se sintieron engañados (por el gobierno) y formaron bandas de asaltantes”, que ocasionalmente prestan servicios a AQMI, como traerle armas y municiones de contrabando. “Por eso preferimos venir a Niamey a buscar una forma de vivir”, concluyó mi interlocutor. “El Islam es una religión de paz. Otros no la entienden así”.

Después de tanto escuchar que la población local no simpatizaba con Al Qaeda, ese testimonio confirmaba reportes de que, a pesar de todo, sí había una colaboración con los yijadistas, aunque sólo se tratase de algunos grupos de bandidos, no de una parte significativa de la población.

Y había señalamientos aún más graves que provenían del presidente A.T. Touré, de Malí, y de ministros franceses, como el que hasta principios de 2011 ocupó Exteriores, Bernard Kouchner, quien explicó así el secuestro de los franceses de AREVA: “Los que se llevaron a estos hombres y mujeres podrían ser tuaregs actuando por órdenes (de AQMI). Los venderán a los terroristas, que no son muy numerosos”.

Esto alimentó las generalizaciones que se estaban haciendo en círculos políticos occidentales y causó enojo entre la población local: “Es demasiado burdo y ridículo acusar al pueblo tuareg”, respondió Boutali Tchewiren, un exlíder rebelde nigerino que formó la asociación Alhak-Nakal (derecho a la tierra), “la comunidad tuareg no es responsable por las acciones de unos pocos individuos”. Nicolas Roix, Un articulista del sitio web especializado en periodismo People with Voices, reflexionó: “Si un ciudadano francés estuviera involucrado en una organización terrorista, nadie diría ‘los franceses son terroristas’”.

“Hacer negocios no es simpatizar”, precisó Arisal, al lado del Níger. “Esas bandas (de tuaregs) también ayudan a transportar droga por el desierto a los narcotraficantes latinoamericanos, que son cristianos y totalmente ajenos al Magreb. Los bandidos no tratan con AQMI por defender el Islam. Lo hacen por hambre”.

EL OBSCURO SAHARA DE KEENAN

“Si es cierto que los extremistas se nutren no sólo de ideólogos, sino de pueblos reprimidos, marginados y despojados, deberíamos preguntarnos por qué los tuaregs siguen condenando a AQMI en lugar de sumarse masivamente al grupo”, replantea el antropólogo británico Jeremy Keenan. Desde mis días de convalecencia en Mopti, y tras haber obtenido su dirección de correo electrónico, había estado leyendo sus investigaciones sobre el Magreb. Varios tuaregs y occidentales me habían recomendado contactar a este investigador de la Escuela de Estudios Africanos de la London University y autor del libro “The Dark Sahara: America’s War on Terror in Africa”.

No faltan las teorías de la conspiración pero Keenan se cuida que lo mezclen con fantasías paranoicas: el académico fundamenta con numerosos datos cada uno de sus argumentos y recuerda que no estamos frente a una anomalía, pues varios eventos clave de la historia reciente del mundo ocurrieron gracias a maniobras clandestinas de agencias secretas estadounidenses y de otros países.

En el caso del desierto del Sahara, revela, se da una conjunción de hechos: la región es rica en uranio y se sospecha que también en petróleo; tanto Francia como Estados Unidos aspiran a controlar esos recursos; los gobiernos del área quisieran someter a los tuaregs y otros pueblos inconformes; Argelia desea ganar poder militar y consolidarse como el mandamás de la zona.

En su libro, Keenan explica que la presencia de AQMI tiene varios beneficios para los protagonistas antes mencionados: legitima la intervención de fuerzas militares estadounidenses y francesas; Argelia, que durante los años 90 fue tratado como estado paria por los occidentales, se beneficia por haberse convertido en el aliado local de Washington y espera obtener de él armamento sofisticado; la lucha contra Al Qaeda justifica, además, que los argelinos ejerzan una presión política y militar sobre sus vecinos y se entrometan en sus asuntos; y finalmente, asociar a AQMI con los tuaregs facilita que gobiernos como el del presidente Touré de Malí o las dictaduras militares de Níger y Mauritania mantengan su hostigamiento –a veces velado, otras abierto– contra estos nómadas.

En 2002 y 2003, revela la investigación de Keenan, el gobierno de George W. Bush y el de Argel planearon la creación en el Sahara de otro frente de la guerra contra el terrorismo. El detonador fue el secuestro en 2003 de 32 turistas europeos por el Grupo Salafista de la Predicación y el Combate (GSPC, que en enero de 2007 se renombró AQMI), tras lo cual Bush lanzó su Iniciativa Contraterrorista Trans-Sahariana, en la que involucró a una serie de países y conectó las dos principales zonas productoras de petróleo del continente: Argelia y Nigeria.

La parte más delicada de “The Dark Sahara” es la del papel que les atribuye a los servicios de inteligencia argelinos, el Département du Renseignement et de la Sécurité (DRS), un estado dentro del Estado que durante la sangrienta guerra que empezó en 1992 contra el GSPC y su antecedente, el Grupo Islámico Armado, logró infiltrarlos y controlar a algunos de sus líderes. Keenan afirma que su jefe principal en 2003, Amari Saifi “El Para”, ordenó el secuestro de los 32 europeos por órdenes del DRS, en complicidad con el Departamento de la Defensa de EU.

Esto no significa que una mayoría de los dirigentes y militantes de AQMI estén controlados por Argel (y por Washington, indirectamente). Pero explicaría algunas decisiones estratégicas, como el hecho de que el GSPC haya abandonado su objetivo inicial de convertir Argelia en un emirato islámico, y se haya comprometido con una idea más vaga y amplia, como es la guerra santa global de Al Qaeda (con el consecuente cambio de nombre de GSPC a AQMI), así como que haya reducido sus actividades en Argelia para ubicarse en el norte de Malí, un área que es ajena al grupo tanto étnicamente como porque ahí predomina una secta musulmana distinta del salafismo, la sufí, más moderada: si esto es correcto, el apoyo popular que se cree en Occidente que tiene AQMI entre los tuaregs y otros pueblos vecinos es falsa, pues su presencia ahí sería una imposición de intereses extra-regionales.

Y también locales: “Los gobiernos de Argelia, Malí, Níger y Mauritania han utilizado la guerra contra el terrorismo para aplastar a la oposición legítima y a los tuaregs”, explica el académico británico, “y además han montado actos de provocación para que los lugareños realicen motines y demostrarle a Washington el potencial de la amenaza terrorista. A cambio, reciben la generosidad financiera y militar que viene con la bendición de Washington”.

Para los tuaregs, el saldo es dramático: los cerca de 100 mil turistas que atendían al año en el norte de Malí y de Niger y en el sur de Argelia, y que eran su principal fuente de ingresos, han desaparecido casi por completo. Las matanzas de ganado que ha realizado el ejército nigerino, como una manera de castigarlos económicamente por su nrebeldía, los han empobrecido aún más. En tanto que la presencia de AQMI y de narcos latinoamericanos representa dos cosas: peligros y limitaciones de movimiento, por un lado, y una de las escasas oportunidades de ganar dinero, por el otro.

“Marginados, ignorados y despojados, los tuaregs todavía son buenos combatientes”, advierte Keenan, “y la cuestión es si van terminar por tratar de resolver las cosas a su manera”.

Mi exploración indicaba que la base popular de Al Qaeda en el desierto del Sahara no se encontraba en su mitad sur, ni en el Sahel, como había escuchado en Occidente. ¿Estaría entonces al norte, en la costa mediterránea desde donde descendió el yijadismo armado de AQMI?  La pregunta cobraba doble relevancia ahora que la región estaba en llamas, con los tunecinos y los egipcios lanzados a la rebeldía contra los dictadores aliados de Occidente.

Era lo que Osama bin Laden había pedido por años, y dejó grabado su beneplácito por esos alzamientos. En coincidencia, grandes medios de comunicación occidentales aseguraban que los yijadistas engrosaban las filas de los insurrectos. Tal vez allá estaba: tendría que cruzar el desierto hasta El Cairo, corazón político del mundo árabe y musulmán.

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Tras las huellas de Al Qaeda. Parte 1 de 3

TRAS LAS HUELLAS DE AL QAEDA

PARTE UNO

La muerte de Osama bin Laden no es la de la red terrorista que fundó. Sus combatientes todavía tienen el respaldo de predicadores y civiles en regiones como África Occidental. Nuestro colaborador recorrió seis países del Sahara para averiguar por qué. Presentamos esta peligrosa aventura en tres partes.

(Éste es el texto de la versión completa. Aquí puedes encontrar el pdf de la que fue publicada, con mis fotos.)

Ve a la parte 2 de 3

Ve a la parte 3 de 3

Texto y fotos de Témoris Grecko

Publicado en Esquire Latinoamérica – Junio 2011

El paisaje que tenía frente a mí era desértico-apocalíptico. Sabía que entre el puesto fronterizo en el Sahara Occidental (territorio ocupado por Marruecos) y el de Mauritania, había una seca franja de arena de varios kilómetros de anchura, repleta de campos minados. Lo que no esperaba era encontrar las dunas medio enterradas por capas de bolsas y botellas de plástico, y salpicadas con pequeños cerros de vehículos abandonados: hierros, espejos, asientos, neumáticos y parabrisas deformados y decolorados por el efecto del óxido y el viento.

De pronto, como cadáveres levantándose en el cementerio, dos de los coches se movieron hacia mí, tratando de alcanzarme con sus metálicos dedos retorcidos. Los hombres que los conducían me pidieron cien dirhams (13 dólares) para llevarme hasta el puerto de Nouâdhibou, la ciudad más próxima en Mauritania. Aunque no parecía mucho, era más de lo que le propondrían a un lugareño. Querían aprovecharse de que era mediodía, la temperatura rondaba los 40 grados y de mis hombros colgaban dos mochilas de aspecto pesado. ¿Quién querría caminar esos miles de metros de territorio ardiente hasta la frontera mauritana?

No tenía ganas de darles gusto. Sobre todo, me sentía fuerte, motivado, capaz. Estaba empezando un viaje peligroso. Tal vez inconscientemente deseaba demostrarme que estaba listo para lo que me había propuesto realizar: recorrer el Magreb (“el oeste”, los países musulmanes que hay entre Libia y el Océano Atlántico) en busca de la base popular y las estrategias de proselitismo de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), la organización terrorista del desierto del Sahara que se había convertido en la rama local de Al Qaeda.

Había leído reportes alarmantes sobre su crecimiento en esta extensa región, de los importantes golpes que había asestado a los ejércitos de los países de la zona, de que traía locos a los espías y militares de Francia y Estados Unidos (EU), y de que había secuestrado y asesinado a decenas de occidentales. Lo que me parecía extraño era que –como se afirmaba– la población local estuviera apoyando a una organización tan agresiva y extremista, cuando su jefe espiritual Osama bin Laden jamás había mostrado preocupación por los graves problemas de esta parte del mundo, y cuando el Islam en África Occidental, con una fuerte influencia de la secta sufí, se caracteriza por ser moderado y tolerante. ¿Quién era la gente que apoyaba a Al Qaeda y cómo se habían ganado su simpatía?

Una y otra vez rechacé las ofertas de los conductores. “Con mis piernas es suficiente”, les decía. Y seguí el camino marcado por las ruedas en la arena: si no me desviaba, no tendría por qué pararme sobre una mina.

En algún momento en que me detuve a descansar y limpiarme el sudor, un avión cruzó el cielo sin nubes. Pensé que volaría de Casablanca (Marruecos) a Dakar (Senegal) en dos o tres horas, lo que a mí me estaba tomando muchos días. No sentí envidia. Sus pasajeros no verían como yo el encuentro del Sahara con el Atlántico. Tampoco tendrían la oportunidad de conocer a tantos africanos musulmanes que, si uno cree lo que nos cuenta la televisión en notas de 90 segundos, son nuestros enemigos declarados, los seguidores de Al Qaeda, sus potenciales reclutas, dispuestos a hacerse estallar sólo por el gusto de destruir las vidas de las buenas personas de Occidente.

Desde lo alto de una duna pude divisar al mismo tiempo los dos puestos de frontera, el de los marroquíes, al norte, y el de los mauritanos, al sur. Había leído que varias de esas naciones se estaban desintegrando para convertirse en estados fallidos en poder de milicias islamistas y sujetos a la peor interpretación de la sharía, la ley musulmana. “España, preocupada por la aparición de un Estado sin control en el Magreb”, tituló por esos días (6/dic/2010) el diario El País una nota que daba cuenta de las inquietudes de su gobierno, según los cables diplomáticos estadounidenses revelados por Wikileaks. Se decía en el primer párrafo: “Mauritania está en riesgo de ser una segunda Somalia”.

A los guardias mauritanos les pareció muy divertido verme llegar a pie. Eran los representantes de un Estado que mal o bien funciona. No me miraban con rencor, sino con aire cómico. “Nouakchott (la capital) queda a 450 kilómetros”, bromeaban, “caminando te vas a tardar un poco”. “Hoy sólo llego hasta el puerto de Nouâdhibou (a 70 kilómetros)”, les seguí el juego, “denme agua y esta tarde nos vemos allá para que les invite un té”. Sí, me sentía fuerte. Y había empezado bien.

EN EL SITIO DEL SECUESTRO CON UN SOLDADO

Más allá de chinos haciendo negocios y barcos ilegalmente abandonados por sus armadores en una reserva natural amenazada, no vi nada foráneo en Nouâdhibou. Seguí dos noches después hacia Nouakchott: lo único que hay de especial en la desolación del kilómetro 40 de la carretera que une esas dos ciudades es un pequeño puesto militar, uno de los ocho en los que tuvimos que detenernos en la carretera entre esas dos ciudades. El gobierno mauritano quiere hacer sentir su presencia, aunque sospecho que el objetivo es impresionarnos a nosotros, los extranjeros. Junto a la pesca y algo de minería, el modesto turismo y los voluntarios europeos que ayudan al desarrollo son sus únicas fuentes de ingreso, por lo que desea que contemos a todo el mundo que el país es seguro, para que regresen los viajeros que espantó Al Qaeda.

Una breve conversación con un soldado reforzó mi sensación de que lo ven más como una necesidad político-turística que de seguridad. “Lo del ataque contra los españoles fue algo extraordinario”, aseguró, “esa gente (los secuestradores) no eran mauritanos. Vinieron de Malí”.

Exactamente allí, un año antes, el 29 de noviembre de 2009, habían secuestrado a tres catalanes. Los militantes de Al Qaeda conocían los movimientos de su objetivo, el grupo español de ayuda al desarrollo Acció Solidària, que llevaba toneladas de productos en donación y había publicado su itinerario en su página web. Barcelona, su punto de origen, es un centro de actividad del salafismo (una secta musulmana extremista de la que han salido muchos dirigentes de Al Qaeda) y es posible que, desde allá, algunos de sus integrantes estuvieran enviando información a AQMI. Además, el convoy era muy visible porque estaba formado por tres todoterrenos, uno al frente y dos al final, y nueve camiones. Sus integrantes estaban contentos porque venían escuchando el partido Barcelona-Real Madrid, y el primero anotó.

El sonido de los disparos dirigidos contra el último vehículo de la caravana, que se había rezagado unos 300 metros, quedó medio ahogado por el ruido de la transmisión. Los agresores se movían en dos todoterrenos con los que bloquearon el paso y exigieron a los ocupantes, Alicia Gámez, Roque Pascual y Albert Vilalta, que descendieran de su Land Rover. Los dos primeros obedecieron, pero Albert alertó por radio al resto de la caravana: “¡Metralletas, metralletas!” Una ráfaga lo hizo pagar por ello, con balas que lo hirieron en el tobillo, la rodilla y la pierna.

El aviso de Albert, y la aproximación de un camión con matrícula marroquí, salvó la vida del resto de los tripulantes del convoy, según Mustafá Chafi, un funcionario de Burkina Faso que medió para obtener la liberación de los rehenes, que tuvo lugar nueve meses más tarde. En conversación con Beatriz Mesa, reportera de El Periódico de Catalunya, Chafi afirmó que “la caravana tuvo una suerte terrible, porque AQMI quería matar a casi todos los miembros de la expedición. Pretendía interceptar el último vehículo del convoy, apresar a un número indeterminado de rehenes y adelantar la caravana disparando a los ocupantes de los otros vehículos”. La inquietud por la posible reacción de los demás españoles, y la presencia del vehículo pesado que se acercaba, hicieron que los terroristas se marcharan con sus tres víctimas, que quedaron en poder de un temido emir de Al Qaeda, Mojtar Belmojtar, conocido por su nombre de guerra Belaouer (“El Tuerto”, porque perdió un ojo en Afganistán).

“Nunca habían estado aquí y nunca van a volver (la gente de AQMI)”, me convencía el soldado, un negro de la etnia wolof de unos 25 años. En cada puesto militar, yo sólo tenía que mostrar mi pasaporte y explicar que era un turista. Para los demás pasajeros del minibús, sin embargo, los controles eran una molestia. Tenían que depositar su equipaje en el piso, abrir los bultos y vaciarlos, desordenando todo sobre la arena para demostrar que no traían armas. Los policías, tan hambrientos como todos en Mauritania con excepción de los gobernantes, los escasos ricos y los occidentales, solían secuestrar alguna maleta y esconderla en una camioneta o una tienda de campaña. Nuestro conductor daba muestras de querer arrancar y marcharse, el dueño del veliz se ponía nervioso y al final les daba dinero para recuperarlo.

“Es por tu seguridad”, me dijo una anciana muy amable, también pasajera del minibús, que hasta ese momento se había salvado de la extorsión.

CAFÉ TUBA CON ALI

El nombre oficial de este país es República Islámica de Mauritania y, entre otras cosas, está prohibido el alcohol sin excepciones. Así que no hubo cerveza para sacarme el polvo de la garganta y aliviar la resequedad del ambiente. Es una de las naciones más pobres del mundo, con escasos recursos naturales que sostengan su economía y muchísimo desierto para que vaguen bandidos, contrabandistas y, de vez en cuando, los militantes de AQMI. Padece la maldición de sus generales, que agravan la inestabilidad con sucesivos golpes de Estado.

Si hay extremistas, no los encontré en los lugares donde estuve. Los terroristas, insistía la gente con la que hablaba, vienen de Malí. Ese país se había convertido a sus ojos en fuente de peligros y mala fama para Mauritania. “Aquí todo el mundo odia a Al Qaeda”, me dijo un comerciante de la capital. “Si quieres arriesgar la cabeza y buscar a sus simpatizantes, ve allá”. Y señaló al oriente, en dirección a Malí.

Antes de ir a ese país estuve en Senegal, donde encontré que sería díficil para AQMI penetrar porque el Islam está controlado por hermandades herméticas, con gran dominio de la vida pública. Semanas después, en su capital, Dakar me subí a un autobús que debería ponerme en 24 horas –según prometieron– en la de Malí, Bamako. África es un continente donde el tiempo es relativo y hay que asumir que algo va a pasar. Las 24 horas se convirtieron en 44, que se hicieron más pesadas porque me tocó viajar en la parte trasera, no había ventilación, las ventanas estaban selladas, el vehículo venía atestado de gente y había bebés… ¡Vaya arma de destrucción masiva que puede ser un bebé sin pañal!

Como único occidental entre unas 70 personas apretujadas, supuse que podría detectar las señales de rechazo, de odio contra el colonizador o desprecio hacia el infiel. Nada: sus gestos hacia mí sólo eran de cortesía.

Llegamos a la población de Diboli, ya del lado de Malí, donde se encuentra el puesto fronterizo de ese país, a las 3 am y tuvimos que esperar hasta las 8.30 para que abriera. Estaba en pleno Sahel, la alargada banda semiárida que separa al desierto de las selvas centroafricanas, y compartí el amanecer con el primer tuareg que conocí, un hombre llamado Ali, con sendos vasos de café tuba, una popular mezcla con gengibre y otras especias.

Era importante para mí. Los tuaregs, algo menos de 6 millones de personas, son un pueblo nómada que había vagado libre por el desierto del Sahara desde hacía 2500 años, que en 1905 cayó bajo dominación francesa y que otro día, en 1960, encontró que su territorio había sido dividido entre seis nuevas repúblicas: Mauritania, Malí, Argelia, Níger, Libia y Burkina Faso. Bajo la denuncia de que los pueblos sedentarios que gobiernan estas naciones los explotan, los tuaregs han protagonizado varias rebeliones, tres en Malí (1961-64, 1990-95 y 2007-08) y otra en Níger, que terminó apenas en mayo de 2009.

Aunque los orígenes de AQMI, en los años 90, se encuentran entre grupos árabes y bereberes de Argelia, ha movido sus bases hacia el sur y ahora se esconde en áreas de Malí tradicionalmente habitadas por tuaregs. La participación de bandidos de esta etnia en algunas operaciones de secuestro, como la de cinco franceses, un togolés y un malgache, en Níger el 16 de septiembre de 2010, ha contribuido a asentar la idea de que los tuaregs se están convirtiendo en la base popular de AQMI.

Naturalmente, uno no le pregunta al primero que encuentra si pertenece o simpatiza con Al Qaeda. Pero no me costó trabajo obtener la opinión de Ali. Pregunté, tras una hora de conversación, si eran ciertos los rumores de que AQMI estaba actuando desde zona tuareg. Lamenté lo dicho cuando vi la turbación que provoqué en él. Hasta que soltó: “Si mi hermano menor, o uno de mis hijos, o cualquiera de los míos menor que yo, presta algún tipo de ayuda a Al Qaeda, yo con mis manos y mi propio cuchillo le cortaré la garganta”.

Se me cayó el café tuba sobre las piernas. Pero no me quejé.

BAJO LAS ESTRELLAS CON SHINDOUK

Me adentré en Malí con rumbo a la antiquísima ciudad tuareg de Tombuctú, a golpe de extenuantes jornadas en autobús y, ya en el río Níger, en lancha. Diez días más tarde, llegué al puerto de Diré, último de la región del Sahel antes de entrar en el Sahara. El sitio bullía con personajes de todas las tribus de la cuenca fluvial porque había mercado. Es uno de los más bellos que he visto en mis años de visitas a África: activo, colorido, pacífico y casi ajeno al mundo moderno. Sólo las motonetas me recordaban en qué siglo estaba.

Era 4 de enero de 2011. Ya veía que Malí era el país islámico poco desarrollado más tolerante de los que había visitado. La precisión es necesaria, porque ciudades musulmanas bien incorporadas a la economía global, como Estambul y Beirut, son sumamente abiertas en el sentido religioso. Malí está a la cola del mundo, en el lugar 160 de un total de 169 naciones evaluadas en el índice de desarrollo humano de la ONU (en un rango de 0 a 1, Malí tiene apenas 0.309, por debajo de la media del África Subsahariana, con 0.389). Sus habitantes, sin embargo, son muy corteses con el extranjero, sin importar su credo.

“Ustedes, cristianos, tienen el mismo dios único que nosotros, musulmanes”, me dijo Oumar, el mayor entre un grupo de ancianos que me invitó a sentarme a conversar. “Y lo mismo pasa con los judíos. Somos el mismo pueblo, pero la torpeza de los hombres divide lo que dios quiere unir”. En su visión, todos somos islámicos, porque Islam significa “sumisión a dios”, y eso es lo que hace quien practica una religión.

Temeroso de que se me fuera la lancha, agradecí y me marché. Me estaba preguntando si esa amabilidad era excepcional cuando encontré a otro septeto de hombres, entre los que se encontraba el colombiano Esteban, otro pasajero de mi pequeña nave. Y también me invitaron a la charla. Me abrazaron, quisieron que hiciéramos fotos con ellos… ¿no era Malí una nación de fanáticos y terroristas?

Nada me hacía percibir que así fuera. Menos aún en el hogar de Shindouk y Miranda, un matrimonio tuareg-canadiense que funciona con la suavidad y la colaboración de personas que se entienden muy bien. Han construido su casa en el límite norte de Tombuctú: es la última de ladrillo, antes de los pequeños complejos familiares de los tuaregs sedentarizados y de sus vecinos de la etnia songhaï, con cercas y chozas hechas de barro y hojas.

La fama legendaria de Tombuctú, rica ciudad que controlaba el comercio por caravana en lo profundo del desierto del Sahara, llegó a Europa y entusiasmó a muchos. Entre 1588 y 1853, al menos 43 viajeros occidentales intentaron llegar a ella. Sólo cuatro lo lograron, y el primero, en 1826, fue asesinado por los tuaregs, que temían con razón que atrajera la colonización europea.

Uno no se imaginaba tal violencia sentado al fuego con Shindouk y Miranda, y con las mujeres y los niños de su amplia familia extendida: cuando un pariente tiene recursos es normal que los demás —hermanos, primos, tíos, sobrinos— se sientan invitados a su mesa. Entre los pueblos de los desiertos del mundo, la ayuda mutua es vital para la supervivencia, y esto incluye una poderosa tradición de hospitalidad hacia el extraño: hoy eres tú quien llega sediento a mi jaima (tienda desmontable). Mañana serás tú quien me recoja y me dé agua.

En la cultura tuareg, contar historias es la forma de transmitir la tradición. Frente a las llamas y bajo la brillantez de la vía láctea, escuchar la sabiduría de Shindouk, un hombre de algo más de cincuenta años, me brindó un emocionante momento de intimidad, de asomo a las caravanas de la sal y a los tiempos de la colonización francesa, al desconcierto de los nómadas a quienes se les impone la ley de los sedentarios, al malestar que da pie a la insurrección. Su voz era de cuero y acero, de suave piel de oveja que envuelve la navaja, sabia y persuasiva, y mientras resonaba en los oídos mi mirada subía del fuego al cielo para encontrar que las estrellas, en su irregular parpadeo, confirmaban el sentido de sus palabras, porque ellas han visto cada noche el penar del pueblo tuareg.

Pese a todo, la agresividad estuvo ausente de su narración. No había rencor en el sobrio recuento de Shindouk, historias en las que, a la arrogancia del colonizador europeo y del africano sedentario, el nómada responde con ingenio y buen juicio. No hay lugar para el fanatismo religioso, para el reclutamiento por la yijad, la guerra santa islámica. No le pregunté a Shindouk por Al Qaeda. Era impropia la mención de lo absurdo frente a la naturalidad del sentido común.

LOS PAPELES, LA SALSA Y LA SOMBRA

Ésta es una de las historias que nos contó Shindouk, la noche del 4 de enero, cuando estábamos sentados alrededor del fuego en Tombuctú:

El nuevo gobernador francés mandó buscar por el desierto a los jefes tuaregs para invitarlos a una reunión muy importante en la legendaria ciudad. Ahí les explicó ahora que era su país el que mandaba y que tenían que pagar impuestos. Algunos se levantaron para regresar a las dunas. Otros lo aceptaron y permanecieron allí. Pero hubo uno que quiso saber más. “Tú me dices que tengo que darte una parte de lo que tengo. Pero no me dices por qué. Y me dices que no quieres lo que tengo como lo tengo. Me dices que lo cambie por papeles de dinero. Y eres tú mismo quien hace esos papeles y me los da. Y eres tú quien los quiere de regreso. Sólo papeles. Yo ya no tendré mis cabras ni mis camellos. Pero tampoco tú los tendrás. Y no me dices por qué”.

El gobernador anotó en su libro: “Este jefe es inteligente. Habrá que tener cuidado con él”. Pasó su tiempo y se fue. Vino otro gobernador, que leyó el libro. Y tenía curiosidad por saber quién era ese jefe.

Su oportunidad llegó más adelante, cuando otro tuareg vino a Tombuctú. Traía dinero de su tribu para comprar mercancías. Al pasar frente a la casa de un dignatario de la ciudad, olió una salsa deliciosa. Era la salsa más deliciosa. Y él pensó: “Tengo que comer esa salsa”. Dio varias vueltas a la casa. Pero como valoraba su honor, no podía hacerse invitar a comer. Dio más vueltas. Hasta que compró una pieza de pan. Encontró un sitio donde se olía bien la salsa. Cerró los ojos y comió el pan imaginando que estaba bañado en la salsa.

Pero he aquí que alguien lo vio rondar la casa y advirtió al dignatario. Él llamó a la policía, que aprehendió al nómada. Fueron frente al juez. Que escuchó lo que dijo el dignatario. Después al tuareg. Y se retiró a otro cuarto a reír por la situación. Se daba cuenta de que no había delito, pero no podía desairar al dignatario.

El asunto llegó a oídos del gobernador, quien le dijo al juez: “Tengo la solución a tu problema”. Entonces mandó traer al jefe tuareg que quería conocer. Él tuvo que venir porque no tenía otra opción.

Escuchó al dignatario. Después al nómada. Y le dijo a éste: “¡Qué mal! ¡Eres culpable, muy culpable!”

Lo hizo salir a una plaza, frente a todo el pueblo, bajo el sol. Pidió que viniera el carcelero con un látigo. Y le ordenó propinar 50 latigazos. No al tuareg. Sino a su sombra.

Pues sentenció: “El nómada es culpable de haber comido el aroma de una salsa. Justo es que pague con el dolor de su sombra”.

FRENTE A LA PANTALLA CON ISSA

Para los tuaregs, el Sahara, con su extensión de 9 millones 400 mil kilómetros cuadrados (casi cinco veces México o casi cuatro veces Argentina) no es un desierto, sino muchos: el Ténéré, las montañas Aïr y las Tibesti, el Adrar des Ifoghas, entre otros. De cada uno pueden describir características específicas, como el grado de sequedad, la presencia de dunas o de rocas, la existencia de tal tipo de flora o fauna.

La pobreza ha forzado a una parte importante de los tuaregs a volverse sedentaria, pero sus costumbres siguen siendo las de un pueblo disperso en esta inmensidad. Sus festivales de música y carreras de camellos son importantes porque les dan motivo para reunirse y fortalecer los nexos de familia, clan y tribu: aprovechan para celebrar matrimonios, arreglar disputas, hacer negocios y planear expediciones.

El Festival au Désert es uno de los más importantes porque, desde 2001, ha evolucionado para incorporar a espectadores y artistas de otras partes de África y de Occidente. Por un lado, esto permite un enriquecido diálogo de la cultura de los tuaregs con las de otras partes del mundo (a partir de la exitosa banda Tinariwen, por ejemplo, su música incorporó la guitarra eléctrica y el blues), y por el otro atrae dinero del turismo, la principal fuente de ingresos en la región.

Antes de llegar, muchos asistentes extranjeros tenían dos temores: que nuestra presencia desnaturalizara el evento; y, lo más importante, que se materializaran las constantes advertencias de las potencias occidentales, en el sentido de que en Tombuctú y sus alrededores había un gran riesgo de atentado terrorista o secuestro por Al Qaeda. Ninguno se cumplió.

Los foráneos no formábamos más de un cinco por ciento, si acaso, de los 15 mil o más asistentes. Los jinetes nómadas llegaban por centenas, montando camellos, mientras que las mujeres envueltas en trajes de gran colorido ocupaban las cimas de las dunas para tener las mejores vistas. Jóvenes de múltiples tonos de piel, desde el negro ébano hasta el moreno mediterráneo, cantaban y bailaban toda la música que tocaban en el escenario. Incluso Francisco Gouygou, quien se presenta como El Charro Francés, logró una respuesta fenomenal con sus interpretaciones de rancheras y otras melodías latinas: horas después de su participación, los tuaregs seguían coreando ¡guantanamera, goguira guantanamera! (no entendieron lo de “guajira”, pero el esfuerzo es lo que vale).

A los visitantes, eso nos dio un tema de conversación recurrente: el de la sensación de seguridad que teníamos. Había algo de presencia policiaca y dos avionetas Cessna del ejército nacional hacían maniobras para hacerse notar. Era la interacción con los tuaregs, su simpatía, amabilidad y cortés curiosidad, sobre todo, lo que nos hacía sentir bienvenidos.

Con un matiz, no obstante: en Malí, como en Marruecos, Senegal y otros países francófonos, lo normal es que una clara mayoría de los viajeros esté conformada por los franceses. En Tombuctú casi no los había.

Su gobierno les había advertido que no vinieran, lo que los malienses se estaban tomando como algo personal. En Mopti, un puerto fluvial que conecta el sur y oeste de Malí con el norte y el este, y que es la base para viajar a Tombuctú, hay una industria de agencias de viaje y guías turísticos que depende principalmente del flujo procedente de Francia. Pero París ha colocado a Malí en lo más alto de la escala de riesgo.

Issa Ballo, un exitoso hombre de negocios de 37 años, que empezó a los 12 lavando coches de turistas, me mostró en su pantalla, en su oficina de Mopti, la causa de su indignación: en la sección “consejos para viajeros” de la página http://www.diplomatie.gouv.fr, del Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia, el mapa de Malí aparecía en tres colores. Una pequeña parte del sur, que incluye la capital, Bamako, estaba en verde, lo que indica un nivel de seguridad aceptable. Todo el norte y el este, incluidos Tombuctú y Gao, brillaban en rojo, es una zona de alto riesgo, según París. En medio, Mopti se encontraba en anaranjado, por lo que sólo debe visitarse por asuntos indispensables.

“Lo justifican porque (en septiembre de 2010) Al Qaeda secuestró a cinco franceses (en el vecino país de) Níger”, explicó el maliense de etnia bámbara, “pero eso ocurrió en Níger, ¡esto es Malí!” Debido a la advertencia gubernamental, los grandes operadores turísticos franceses, para los que trabaja la agencia Satimbe Travel, propiedad de Ballo, cancelaron sus viajes a Malí. “Ahora manejamos un 10 por ciento de todos los clientes que teníamos”.

EN LA JAIMA CON KAOCEN

Si la caída del turismo en Mopti es grave, en Tombuctú es peor. “La gente está desesperada”, me dijo Miranda, la canadiense esposa del tuareg Shindouk, que vive allí desde hace casi ocho años. “La temporada (de visitantes, que va de noviembre a febrero) ya es breve y para muchos es la única oportunidad de tener un ingreso”.

Durante siglos, la economía del Sahara se sostuvo con el comercio de las caravanas que conectaban el sur con el Mediterráneo, lo que enriqueció Tombuctú. Pero esto es historia antigua: después de las primeras expediciones portuguesas del siglo XV, los barcos europeos fueron aumentando la frecuencia de sus visitas hasta que eventualmente reemplazaron a los camellos ern el transporte de mercancías. Desde entonces, los nómadas viven en una situación precaria, que vino a agudizarse por la colonización, la presión de los pueblos sedentarios que ocupan tierras y, recientemente, por devastadoras sequías.

Ahora –coincidían varios tuaregs con Issa Ballo–, su infortunio venía por mano de AQMI y sellado por Nicolás Sarkozy, quien castigaba a Malí al declararlo sitio no visitable. El presidente francés, por su parte, no pasaba por una racha de buena fortuna. Mientras estábamos en Tombuctú, empezaron a llegar malas noticias, rumores confusos por la falta de medios de comunicación con el exterior.

Ese 7 de enero, en Niamey, la capital del vecino Níger, un comando de AQMI entró en un restaurante muy popular, “Le Toulousain”, y se llevó a dos franceses de 25 años que cenaban ahí. De acuerdo con París, los encargados del establecimiento avisaron de inmediato y un grupo del ejército nigerino persiguió y atacó a los secuestradores, sin éxito, por lo que fuerzas especiales francesas tomaron el mando de la operación y efectuaron un segundo intento de rescate, que dejó varios muertos de ambos lados. Los islamistas, dijo Sarkozy, asesinaron a sangre fría a sus víctimas, que “no tuvieron ninguna oportunidad”.

Esta versión contradice a la de Al Qaeda, según la cual sus militantes sólo mataron a uno de los rehenes, mientras que el otro falleció en el intercambio de disparos durante el combate.

El desenlace del suceso ocurrió el día 8, último del Festival en Tombuctú, donde nos visitaba Amadou Toumani Touré, el presidente del país, quien presidió la carrera de camellos para señalar su compromiso con la protección del encuentro cultural. Y dio un discurso que tuvo en cuenta los recientes atentados: “El Sahara no es solamente una zona de inseguridad, también lo es de alegría y fraternidad”, dijo.

A los tuaregs no les gustó el subtexto. “¿Zona de inseguridad?”, rugió Kaocen ag Alhabib, un viejo fuerte y carismático que conocí en una jaima, donde nos escondíamos del calor del mediodía, y que me enseñó a colocarme el taguelmoust (turbante). “¿Cómo es que da por perdido al Sahara tan fácilmente?” El mandatario habló también de la importancia de evitar que Al Qaeda “atraiga a nuestros jóvenes”. “¿De qué jóvenes habla?”, se ofendía el nómada, “¿de los sureños de (la capital) Bamako, acaso? ¿Por qué sugiere que los jóvenes tuaregs simpatizan con los islamistas? Lo único que los expone a tomar un mal camino, sea el de Al Qaeda, el del bandolerismo meramente criminal o cualquier otro, es la pobreza, la falta de oportunidades en la que nos mantienen el gobierno y las potencias que explotan nuestros recursos naturales sin dejarnos nada a cambio”.

La gente de la región de Tombuctú ni siquiera había participado en la última rebelión tuareg, que se centró en la zona del pueblo de Kidal, hacia el este. “En mis años de subir y bajar por el Sahara, nunca he encontrado a alguien que simpatice con AQMI”, me dijo Guy Lankester, el dueño británico de la compañía especializada en el Magreb “From here 2 Timbuktu”. Según Kaocen, si Al Qaeda tenía algún respaldo social, más allá de su núcleo de militantes, lo encontraría en Níger: “Ve allá si quieres arriesgar la cabeza”. Lo mismo que me habían dicho en Mauritania sobre Malí.

EN LA CAMA CON EL TUERTO

Antes de ir a Níger, no obstante, la ruta me obligó a desandar el camino y volver a pasar por Mopti, donde mi estancia se iba a prolongar. Yo recorría África atento al peligro de una agresión humana, de terroristas o criminales. Otros que vienen aquí se cuidan de los leones, los rinocerontes, los hipopótamos. Pero el enemigo real, el que viene por nosotros sin que lo podamos detener, es infinitamente más pequeño.

Tardé en reconocer que me había atrapado. Había leído sobre los síntomas, pero no esperaba que llegara tan velozmente y me tirara en la cama sin darme tiempo a pensar: primero me golpeó con un fuerte dolor de cabeza, después invadió cada tejido de mi cuerpo con intensas oleadas de frío que me hacían temblar completamente fuera de control. Estaba solo, no podía salir de la habitación de mi hostal para buscar ayuda, ni levantar la voz para llamar la atención de alguien. Ese primer combate duró cinco horas.

Era el 12 de enero. Cuando el mal me dio una pausa, busqué una pista de lo que me estaba pasando. Me recordó algo que había leído de Ryszard Kapuściński, y era justo lo que me pasaba: “La primera señal de un inminente ataque de malaria es una inquietud interior que empezamos a experimentar de repente y sin ningún motivo claro. Algo nos pasa, algo malo. Si creemos en los espíritus, sabemos qué es: ha entrado en nosotros un espíritu maligno y nos ha embrujado. Nos ha paralizado y clavado (…) al cabo de poco rato, a veces de repente y sin haber dado ninguna señal de aviso, se produce el ataque. Es un súbito y violento ataque de frío. Un frío polar, ártico. Como si alguien nos cogiese desnudos, abrasados por el infierno del Sahel y del Sahara, y nos lanzase directamente al altiplano helado de Groenlandia y las Spitzberg, entre nieves, vientos y tormentas polares”.

Tenía malaria, paludismo. Era mi cuarto viaje por África y, de alguna torpe manera, ya no creía que me pudiera alcanzar el maldito mosquito anófeles. Durante días, las fiebres heladas se alternaban con fiebres ardientes, como nunca había tenido. Me sentía tan mal que en la noche prefería no poner el cerrojo a la puerta de mi habitación, para que mi amigo Sidiki Berthé, un maliense de padres dogon y bámbara, y de creencias animistas, que me visitaba dos veces diarias y me traía medicamentos, pudiera entrar si yo no respondía más. Él diagnosticó más tarde, sólo por su experiencia, que también tenía fiebre tifoidea, y cuando me forzó a someterme a un análisis se demostró que tenía razón.

En mi confusión, los datos que había recogido se me enredaban más. ¿Cómo era posible que AQMI actuara en Mauritania y en Malí sin que nadie hubiera visto a los predicadores y civiles que la apoyaban? ¿Por qué parecía que Sarkozy se comportaba tan erráticamente? ¿Actuaba con hipocresía el presidente Touré cuando defendía a los jóvenes tuaregs?

La cabeza se me partía en fragmentos. Había empezado el viaje retando al desierto del Sahara con fuerza y motivación, y ahora estaba hecho pedazos, temblando de frío en un cuarto caliente. ¿Me alcanzaría la fuerza para seguir recorriendo el Magreb? Si lograba acercarme a los simpatizantes de Al Qaeda, ¿qué tanto sería demasiado? En mis alucinaciones, a veces creía que estaba secuestrado en esa habitación.

Una tarde, vi a Belaouer, El Tuerto, el famoso emir argelino de AQMI de quien había leído espantosas historias de crueldad, sentado en mi cama. Miraba mi rostro desde muy cerca. Aproximó la mano a mi cara, secó el sudor de mi frente, me dio agua y sonrió soltando un gorjeo alegre. “Aquí no están, Témoris”. Era Sidiki, mi gran apoyo. “Descansa, toma tiempo para reponerte. Después tienes que seguir. Marcharás rumbo al este”.

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En nombre de Israel. Los soldados rompen el silencio

Un ángulo desconocido de la opresión sobre los palestinos: la visión de los opresores. Ellos quieren que su sociedad deje de cerrar los ojos  Por Témoris Grecko / Hebrón. Publicado en revista Esquire Latinoamérica. Mayo de 2011. Cuando un pueblo … Continue reading

¡Zaura! Adentro de la revolución libia

Por Témoris Grecko / Bengasi

Publicado en ESQUIRE (abril 2011)

Jaled Jibril supo que estaban perdidos cuando la camioneta pick-up finalmente se atascó: la arena de las dunas era precisamente la que más le gustaba, suave y fresca, pero en ese momento resultaba una maldición porque cedía bajo las ruedas e impedía el escape. Él estaba detrás, en la caja del vehículo, y pensó en saltar al suelo, pero no lo haría sin Amr, su amigo de muchos años que yacía herido de bala encima de los cadáveres de otros revolucionarios.

El conductor y tres compañeros más, todos conocidos desde tiempos escolares, habían conseguido bajar y le gritaban que los siguiera. Jaled se inclinó sobre Amr para tratar de cargarlo. En ese momento, un proyectil impactó en el frente y todo salió volando. El joven de la ciudad de Bengasi cayó sobre una duna. Alcanzó a ver la última vez que Amr se estremeció buscando aire, perdiéndolo. Sintió los finos granos que lastimaban sus ojos. Sofocado, trató de respirar pero sólo trago arena. Escuchó su nombre en gritos. Percibió las figuras de quienes corrían hacia él para ayudarlo. Y el estruendo de la bomba que los mató con la potencia de la explosión y con los filosos discos que arrojó, metralla que corta y cercena a quien haya podido sobrevivir.

Él quiso morir también. Sufría por el dolor, el cansancio, la ausencia. Se dejaría llevar. Pero un rato más tarde, un acceso de odio lo reanimó: un hombre negro se acercaba con el fusil al ristre. Un africano. Uno de los murtazaka, los mercenarios que Muamar Gadafi había traído de otros países para hacer el trabajo que un libio bien nacido no realizaría, matar compatriotas. Ellos recorrían las calles de las ciudades y los caminos del desierto disparando contra cualquier persona que tuviera la mala suerte de cruzarse en su camino, hombres, mujeres, niños, ancianos. Simios de Satanás, pensó, que mataban por sueldos de mil dólares al día.

La ventaja estaba de parte de Jaled: con el Kalashnikov en la mano, tirado y lleno de sangre, parecía muerto y pensaba que podría sorprender al enemigo cuando se aproximara. Hizo el movimiento tan rápido como pudo, apuntó y apretó el gatillo. Pero el arma se atascó. Él no tenía idea de por qué, su entrenamiento había durado media hora antes de que él y sus amigos se fueran a la batalla. ¿Sería la arena? ¡Qué más daba! El murtazaki encendió los ojos asesinos y dirigió la mira hacia su rostro. Inmovilizado de terror, Jaled llamó a dios y deseó que fuera cierto todo, que hubiera vida después de la muerte, un paraíso para los shujadá de la Zaura, los mártires de la Revolución, como él. “Que así sea”, musitó. Y cerró los ojos.

EL FIN DE LA PARANOIA

Días antes, en Bengasi, el sol lograba hacerse ver mientras las grises nubes y el mal tiempo se apartaban por una horas. Aziz trataba de aprenderse un verso en castellano que me había escuchado cantar. Era una vieja composición de Charly García, de los tiempos de la guerra de las islas Malvinas:

- No bombardeen Buenos Aires –musitaba el combatiente, copiando los sonidos del castellano. -¿Qué significa lo siguiente?

- No nos podemos defender.

- ¿Por qué?

- Porque tenían miedo de que atacaran los ingleses y se sentían inermes.

- ¿La podemos cambiar?

Diez minutos después, el joven aspirante a abogado caminaba conmigo por los jardines de la orilla del lago, repitiendo con mejor tonada que pronunciación la nueva letra libia de la pieza:

“No bombardeen Bengasi, la vamos a defender… no bombardeen Bengasi, la vamos a defender… no bombardeen Bengasi, la vamos a defender”.

Es una ciudad guapa. Tiene un largo paseo costero que recibe los vientos del Mediterráneo, y otro más tranquilo y verde alrededor de la laguna abierta al mar. Es la segunda urbe más grande del país, después de la capital, Trípoli, y en partes conserva la mezcla árabe, otomana e italiana de las herencias de los diversos colonizadores.

Es, además, el corazón de la zona oriental, llamada Cirenaica, tradicionalmente rebelde y poseedora de tres cuartas partes de las inmensas reservas nacionales de hidrocarburos.

De las que recibe muy poco. Una de las grandes quejas aquí es que, desde que tomó el poder con un golpe de Estado hace 42 años, Gadafi siempre ha desconfiado de los cirenaicos, el petróleo está bajo sus pies pero él los ha mantenido marginados de las inversiones públicas y aplastados bajo las pesadas botas de la policía secreta y las unidades militares personales.

El cuartel de la Katiba (guardia revolucionaria del dictador), que los bengasíes tomaron en la batalla épica del inicio de la revolución (un asedio del 17 al 21 de febrero en el que se enfrentaron con piedras y bombas Molotov contra ametralladoras pesadas y tanques), era el temido lugar del que nunca salían aquellos a quienes llevaban ahí. Los voluntarios han encontrado calabozos subterráneos donde encerraban a la gente. Siguen buscando porque sospechan que hay más.

Es por eso que el Oriente completo se levantó contra el régimen. Ese jueves 17, los ciudadanos de todas sus ciudades salieron a manifestarse y, cuando fueron reprimidos violentamente y los muertos empezaron a caer, atacaron a los atacantes. Tobruk y Baida se liberaron en esa misma jornada, y las demás (Derna, Shahat, Ajdabiya, Brega, Ras Lanuf) siguieron hasta que el ataque rebelde forzó a la Katiba a evacuar Bengasi. Así empezó la Thawra (Revolución).

Cuando llegué el jueves 24, 36 horas después de que el primer periodista pudo pasar la frontera (el régimen de Gadafi siempre tuvo el país cerrado para la prensa y cuando supo que estábamos ahí, declaró que seríamos tratados como “terroristas de Al Qaeda”), Tobruk estaba de fiesta celebrando su primera semana en libertad. “Puedo leer lo que quiera, puedo decir lo que pienso, puedo gritar, bailar y hacer tonterías, ¡nadie me va a detener y torturar por eso”, decía un chico de 17 años.

Su padre, Amid Abdel, un profesor de ecología ambiental en la Universidad Omar al Mujtar, estaba feliz de que sus hijos pudieran tener la oportunidad de crecer sin opresión: “Nosotros la perdimos cuando yo tenía tres años”, contó. “Ha sido un largo infierno de terror… ¿sabes lo que es vivir con miedo? Miedo a que te escuchen, te vean, sospechen de ti. Tu vecino podía sospechar de ti, tu amigo, tu hermano. Y podían sospechar que tú sospechabas de ellos. Entonces tenían que evitar que los denunciaras, anticiparse, denunciarte primero. Y venían los agentes por ti. Nadie te volvería a ver. Los libios somos un pueblo pequeño, ingenuo, bueno. Somos muy amables. Pero esta situación de paranoia permanente nos convirtió en enemigos de nosotros mismos. Ahora, ya lo ves. Hemos regresado a nuestro auténtico ser”.

Habíamos visto destrozos. Alrededor de la plaza principal, dos edificios tenían muestras de incendio y saqueo. “Eran de la policía”, explicó Abdel, quien nos hizo notar que eran los únicos dañados: “Miren la biblioteca, el banco, el hotel… todo fue protegido”.

La gente era extremadamente amable con nosotros. “¡Gracias por venir, gracias, para que le cuenten al mundo lo que nos ha hecho Gadafi, inshallah (dios lo quiera)!”, repetían.

ESTAMPIDA HACIA EGIPTO

La Zaura parecía lista para un triunfo rápido. Unidades del ejército y de la fuerza área desertaban. Los pilotos de dos aviones prefirieron volar a la isla de Malta y aterrizar allá, en lugar de cumplir las órdenes de bombardear a su propia gente. Otro saltó en paracaídas y dejó que su nave se estrellara. De Tripolitania, la región occidental, llegaban buenas noticias: Misrata, Sabrata, Zauiya y otras ciudades se unían a la revolución. La gente de la capital, Trípoli, se manifestaba y parecía haber puesto en jaque a Gadafi, quien, se creía, pronto no tendría más opción que quedarse encerrado en Sirte, su lugar de nacimiento y ciudad estratégica porque está justo en el centro de este país unidimensional (como casi todo está ocupado por el inhóspito desierto del Sájara, la población se concentra en la banda costera).

El lunes 28, sin embargo, un contrataque desde Sirte le permitió conquistar Brega y Ras Lanuf, dos puertos petroleros de gran valor porque casi toda la producción de hidrocarburos se embarca ahí para exportación. Y el miércoles 2 de marzo se supo que su aviación bombardeaba Ajdabiya, una ciudad a sólo 160 kilómetros de Bengasi. El viernes 4, los rebeldes recuperaron lo perdido…

Así se estancó la campaña en el Oriente, entre Sirte y Ajdabiya, con el ir y venir de ambos bandos. El jueves 10 de marzo, al cumplirse tres semanas del alzamiento, el hijo de Gadafi, Seif al Islam, anunció que habían logrado consolidar sus fuerzas y empezaba la “ofensiva final” contra los rebeldes. Miles de usuarios de telefonía celular recibieron mensajes SMS que decían: “Ciudadanos descontentos de Cirenaica, ¡alégrense porque vamos para allá!”

En tanto que Zauiya, una de las ciudades rebeldes del Occidente, había caído después de una semana de combatir el asedio, Gadafi sacó en el Oriente los juguetes mortales que le vendieron las grandes potencias para masacrar a rebeldes y civiles: los aviones bombardeaban, la artillería pesada lanzaba cohetes desde 20 kilómetros de distancia, los barcos de guerra y los submarinos barrían la costa con fuego, los helicópteros perseguían gente, y cuando la táctica de tierra quemada parecía haber acabado con toda resistencia, avanzaban los tanques y las camionetas con mercenarios.

Así cayeron Bin Jawad, Ras Lanuf, la pequeña Sidra, Brega… y las primeras bombas anunciaron el inminente asedio de Ajdabiya. En Bengasi cundía el nerviosismo. Los esbirros que Gadafi mantenía allí, y que se habían guardado de dejarse ver, empezaron a actuar contra la prensa extranjera: arrojaron dos granadas contra la puerta de un hotel, hubo algunos asaltos contra periodistas, y el 12 de marzo, un equipo de la cadena televisiva Al Jazeera fue emboscado en una carretera, a 25 kilómetros de la ciudad, y en el tiroteo el camarógrafo y documentalista de Qatar Ali Hassan Al Jaber murió de tres disparos.

En las semanas anteriores, los reporteros de otros países habíamos llegado a ser multitud: la credencial que recibí el 25 de febrero, y que me permitía moverme sin problemas entre los revolucionarios, tenía el número 5; el 9 de marzo entregaron la 823. Pero muchos de los recién llegados se pusieron nerviosos y contagiaron a otros. Mostraban los mapas para explicar que, si las fuerzas de Gadafi tomaban Ajdabiya, no sólo quedarían a hora y media de Bengasi, sino que podrían avanzar de inmediato por una carretera desierta hasta la frontera y cortar nuestra ruta de escape. La salida de reporteros comenzó el día 11, pero a muchos de los que dudaban los convenció el asesinato de Al Jaber y el domingo 13 hubo estampida hacia Tobruk y hacia Egipto. Los periodistas nos volvimos una especie difícil de hallar.

VENCER O MORIR

A Jaled le daban risa las acusaciones de Gadafi, quien aseguraba en cada discurso que la revolución había sido planeada por Al Qaeda, que los rebeldes querían dividir Libia en pequeños emiratos islámicos y que Bin Laden que “está manipulando al pueblo”, sobre todo a los jóvenes: “Tienen 17 años. Les dan píldoras por la noche, ponen pastillas alucinógenas en sus bebidas, en su leche, en su café, en su Nescafe”.

“El mayor problema es que lidiamos con un loco loco loco”, lamentaba Jaled. “Se cree las cosas que inventa. Y no es como (el expresidente de Túnez, Zine el Abidine) Ben Ali, ni como (el expresidente de Egipto, Josni) Mubárak, que entendieron cuando su posición era insostenible y dejaron el poder. Si Gadafi piensa que va a caer el abismo, se va a llevar el país con él”.

Sin embargo, eventualmente, el balance de fuerzas pareció favorecer a Gadafi: no caería al abismo, pero arrojaría a él a las ciudades rebeldes y a toda Cirenaica. Jaled sentía la necesidad de rezar. Como tantos de sus compatriotas. Las demandas de los libios son libertad, democracia, gasto social, infraestructuras, oportunidades de educación y empleo… No les interesa nada relacionado con la imposición de la ley islámica. Pero siguen siendo un pueblo pequeño, que hasta ahora se encontraba aislado en el desierto del norte de África, tradicionalista, religioso.

Era en las oraciones de viernes a mediodía, el momento más importante de la semana musulmana, cuando yo sentía que podía percibir mejor su estado de ánimo. El día en que llegué a Bengasi desde Tobruk, el 25 de febrero, presencié la primera ceremonia tras la liberación: fue masiva, profunda, como correspondía a algo que nunca había ocurrido en la historia: no durante la colonia italiana, ni bajo el rey Idriss, mucho menos con Gadafi.

Y su carácter distintivo fue el optimismo. No se preguntaban si derrocarían a Gadafi, sino cuándo: en unos días, tal vez, o un poco más. Las del viernes 4 de marzo fueron las del “día de la ira”, en el que los inspirados rebeldes detuvieron la ofensiva gadafista, reconquistaron Brega y Ras Lanuf, y llegaron hasta Bin Jawad: poco más adelante estaba Sirte, y una vez tomada, quedaría abierto el camino hacia la capital. De nuevo abundaron las apuestas alegres: tres días, o una semana, victoria.

Faltaba todavía que Gadafi pudiera reunir sus aparatos bélicos y usarlos. Cuando lo consiguió, los muertos empezaron a acumularse. Se perdieron las ganancias y Ajdabiya quedó en peligro. Las del viernes 11, fueron las oraciones de la consternación, de la preocupación y del miedo.

“Hemos humillado a un hombre infinitamente soberbio, a sus hijos y su estirpe”, comentó Ajmed al Saljam, un activista revolucionario. “siempre han odiado a la Cirenaica y no nos van a perdonar. Todos aquí sabemos que no podemos darnos el lujo de perder la guerra: si Gadafi reconquista el Oriente, no va a dejar a uno solo de nosotros vivo. Destruirá nuestras casas, violará a nuestras mujeres, nos torturará hasta la muerte”.

En los temores de los bengasíes no sólo está Gadafi. En 1984, se anunció el juicio público contra Al-Sadek Hamed Al-Shuwehdy, un ingeniero que había montado una campaña pacífica para oponerse al régimen de Gadafi, y llenaron el estadio de baloncesto donde tendría lugar con estudiantes de primaria, secundaria y educación superior. Pero no hubo abogados ni juez, sino un verdugo que le puso la soga al cuello al sollozante Al-Shuwehdy. Cuando el hombre colgaba y se retorcía colgando, la muchacha Huda ben Amer corrió a abrazarse de sus piernas, hasta que dejó de moverse. Impresionado, Gadafi impulsó su carrera hasta convertirla en alcaldesa de Bengasi y en una de las personas más ricas del país. Su dicho favorito es: “No necesitamos hablar, necesitamos más ahorcamientos”.

“Cuando los manifestantes fueron a su casa a buscarla, el 19 de febrero, Ben Amer había escapado”, cuenta Al Saljam. “Quemaron la mansión. Y después la vimos en la televisión, al lado de Gadafi, cuando daba uno de sus discursos. ¿Qué crees que hará si regresa a Bengasi?”

La multitud en la plaza de la Mahkama era la mayor que había visto en Libia. Los rezos, los más intensos: los bengasíes –Jaled entre ellos– respondían con poderosos coros a las peticiones del imán. “Bendice a nuestros hermanos de Zauiya”, “protege a nuestros hermanos de Misrata”, “dales fuerza a nuestros combatientes en Ras Lanuf”, “no permitas que caiga el terror sobre Bengasi”. “¡Ya Allah!”, que dios lo permita, decían las decenas de miles de gargantas. “¡Ya Allah!” “¡Ya Allah!” “¡Ya Allah!” “¡Ya Allah!”

Desde una azotea a 12 metros de altura, yo miraba el fenómeno al lado de Nasr, un ingeniero en telecomunicaciones que montó una conexión satelital de internet para periodistas. “Esto es todo”, me dijo. “Mira: detrás de la gente, sólo está el mar. Frente a ella, sólo está el dictador. No tenemos a dónde ir. Es la Zaura. O ganamos o morimos”.

REBELDES EN CAOS

Cientos de personas empezaron a correr en total desorden cuando se escuchó que el avión se acercaba al checkpoint rebelde en Ras Lanuf. Se movían en un caos perfecto: hacia cualquier lado de la carretera, escabulléndose detrás de las dos pequeñas construcciones, tirándose pecho tierra entre las matas.

Una duna de arena se hizo polvo con la explosión, a 400 metros de donde estabamos. Se levantó una nube de humo de unos cien metros de altura. No había gente donde cayó el artefacto, por fortuna, ni hubo heridos. El choque masivo de adrenalina hizo que la multitud regresara al punto de control entre gritos de “¡Allah akbar!” (dios es el más grande), risas y aullidos, como si le hubiera propinado una gran derrota al dictador.

Nuestro chofer, Ibrajim el Jodeiri, un ex soldado que sirvió durante 22 años, oscilaba entre una sonrisa de tranquilidad profesional y hondos suspiros de alivio. “Mi mujer está asustadísima, voy a llamar para tranquilizarla”, anunció. “Amor, ¡hubo un ataque aéreo!”, dijo al teléfono, “no te preocupes, cariño, la bomba estalló apenas a diez metros de mí, ¡pero estoy muy bien!”

Era el lunes 7 de marzo. A las cuatro de la mañana de ese mismo día, los empleados del único hotel de Ras Lanuf, bajo control rebelde, despertaron a varios enviados de medios extranjeros que habían pernoctado allí. “Las fuerzas de Gadafi vienen hacia acá, ¡tenemos que marcharnos!”, urgieron. Al salir, los comunicadores se sorprendieron: si en la noche anterior habían cientos de combatientes en la ciudad, ahora apenas se veían unos cuantos. ¿A dónde se fueron, cuándo?

Fue una falsa alarma. Pero Ben Jawad, a 40 kilómetros en dirección a Sirte, había sido capturada por tropas del gobierno, que no habían encontrado resistencia porque los rebeldes la habían abandonado.

En Ras Lanuf, a donde había llegado con periodistas de España e Italia, no podíamos distinguir indicios de que los revolucionarios pudieran articular algo parecido a una ofensiva ordenada y con posibilidades de tener éxito. Como en otras parte de la Libia liberada, la aglomeración de voluntarios no semejaba para nada a un ejército y en cambio, recordaba el casting de un pésima comedia de verano: eso me hizo entender por qué son tan bestiales los entrenamientos de los militares de verdad, destinados en primer lugar a imponer la disciplina.

Era el punto de vanguardia y un inmenso desorden. Los combatientes serios eran una minoría difícil de encontrar. Había algunos soldados y ex soldados. Casi todos los demás eran hombres de todas las edades, sobre todo jóvenes que se tomaban dos o tres días para irse con los amigos a pelear. Alguien traía un vehículo y unas armas de las que habían extraído de arsenales saqueados, juntaban mantas y provisiones, y se iban todos al frente. No había mandos, estructura, ni alguna clase de orden. Cada cual hacía lo que le parecía en el momento.

Parecía un pequeño parque de atracciones en donde los juegos eran mortales. Los más populares eran las baterías antiaéreas: en varias de ellas los rebeldes hacían cola para poder montarse y disparar a la nada, rompiendo tímpanos e incrementando la confusión que ya causaba que decenas de improvisados jugaran con rifles de alto poder.

Disfrazados con cualquier prenda que de alguna forma pareciera militar o guerrillera (el look Che Guevara y el look Yasir Arafat eran favoritos), los hombres derramaban testosterona disparando al aire con fusiles Kalashnikov y M-16 que no sabían manejar. Ya que habían visto en las películas que Rambo los sostenía con una sola mano, intentaban hacer lo mismo pero a veces perdían el control y la mira del arma descendía peligrosamente, con riesgo de herir a los demás. Vi que un un joven reaccionaba airado cuando alguien trató de quitarle el juguete: en el forcejeo los tiros salieron hacia todos lados. De milagro no mató a alguien. Y se quedó con el fusil.

En esos días previos a la gran ofensiva de Gadafi, los combates y las bombas dejaban relativamente pocos muertos y nosotros apostábamos que había más heridos por imprudencias y accidentes que por la acción del enemigo. En el policlínico de Brega, a 120 kilómetros de Ras Lanuf, el médico anestesista Abdelraheen Nagem, uno de los numerosos voluntarios egipcios que estaban llegando a apoyar la revolución libia, confirmó nuestra impresión.

Entre los musulmanes se celebra anualmente la importante festividad de Eid el Kebir, en la que los niños reciben ropa de regalo. Ibrajim al Jodeiri, nuestro chofer y exsoldado, criticaba la actitud de los voluntarios: “Parecen niños del Eid con vestido nuevo”.

Al Jodeiri y Ajmed Fatji, un militar que se pasó individualmente al bando rebelde y al que encontramos apostado en Brega, coincidían en la preocupación de que las fuerzas rebeldes se revelarían como un desastre si el ejército de Gadafi golpeaba con toda la fuerza de la que era capaz. “Nos quieren sorprender”, especuló Fathi, “y cuando vengan por nosotros, nos van a arrasar”.

TOMATE DINAMITA

“Tienes que entender que ninguno de nosotros pensó nunca que esto pasaría”, me dijo Imán Bughaidis, una académica universitaria bengasí que forma parte del primer grupo que convocó a la revolución. “Nosotros vimos que los tunecinos y los egipcios lograban derrocar a sus tiranos con movimientos populares masivos y pacíficos, y pensamos que podríamos hacer lo mismo. Gadafi respondió lanzando a sus fuerzas a reprimir sin medir la violencia, mataron a muchos. La gente respondió tomando las armas contra ellos”.

Así fue que este pequeño conjunto de personalidades de relevancia local, abogados, médicos, profesores y defensores de derechos humanos, de pronto se halló en “un conflicto sangriento, forzado a organizar la administración de la zona liberada, entrar de lleno en las complejidades de las relaciones internacionales, conectarnos con las ciudades rebeldes del Occidente… Imagínate, ¡lidiar con ustedes!” Esa parte era especialmente delicada porque los libios nunca habían visto un periodista y de pronto tenían a cientos de nosotros.

Lo más duro, seguía Bughaidis, era que ahora tenían que “organizar una campaña militar contra un hombre que ha tenido 42 años para invertir las ganancias de nuestras exportaciones petroleras en comprar armas y reunir mercenarios”.

En su contra, los rebeldes contaban con miles de voluntarios con tanto entusiasmo como falta de experiencia, y varias unidades del ejército, la aviación y las fuerzas especiales que se habían pasado del lado de la Zaura. ¿Podrían estos profesionales crear un ejército a toda prisa”.

Mis primeras impresiones fueron poco peor que terribles. El 27 de febrero, los militares ofrecieron tres conferencias de prensa distintas, marcadas cada una por la falta de orden, información, autoridad y ganas de actuar. ¿Con cuántos efectivos contaban? Todavía estaban investigando. ¿Emprenderían la marcha hacia Trípoli” La revolución había sido hecha por al shabab, la juventud, y no le arrebatarían la iniciativa, “nos quedaremos para proteger el Oriente”.

A Abdallah al Hassi, coronel de la fuerza aérea, le robaban el protagonismo sus propios subordinados, incluso compañeros que ya habían pasado al retiro. Como todos se robaban la palabra, un viejo expiloto, Omar el Mansuri, sintió que era necesario intervenir: “¡Es tiempo de que todos se callen ya!”, se impuso. Los reporteros nos alegramos porque por fin podríamos escuchar. “¡Sobre todo los periodistas!”, continuó el hombre, “que sólo traen la anarquía”. Eso nos sorpendió un poco. “Yo”, continuó, “yo soy un aviador con muchas medallas. Las gané en campañas que tuvieron lugar cuando ustedes aún no nacían. En mil novecientos seten…”

Así siguió. Después dos civiles, un viejo y un joven, estuvieron a punto de golpearse a medio metro del coronel y frente a nosotros, porque los dos sabían mejor que el otro cómo poner orden. Yo le hice al oficial una seña de que los apartara de una vez por todas, pero él respondió encogiéndose de hombros. Nos salimos

A esto se sumaba la impaciencia de los jóvenes como Jaled. “No vamos a la revolución a llorar, ¡vamos a la revolución a morir!”, gritaba un supuesto “veterano” en el Centro de Reclutamiento de Voluntarios 17 de Febrero. Estaba lleno de periodistas con cámaras de televisión y el tipo se estaba luciendo. Ataviado con jafiya (el pañuelo blanco y negro tradicional) en la cabeza y una canana alrededor del cuello, en una especie de combinación moderna entre revolucionario mexicano y combatiente palestino, atrajo a una multitud de adolescentes, a la que enseñó, sentado sobre un montón de grava, cómo elaborar una mecha y ponérsela a una lata de puré de tomate rellena de dinamita: “Esto es mejor que un fusil AK-47, porque si disparas con él, descubren dónde estás”, explicaba. “Con la dinamita no te ven, te escondes y cuando vengan en un coche, la arrojas para que explote debajo”.

LOS MERCENARIOS Y EL ODIO

El voluntario rebelde, como Jaled, es la antítesis del mercenario gadafista típico. Es un libio que lucha por ideales, con sus propios recursos y sin entrenamiento, frente a un extranjero formado en campos militares del dictador, que fue traído para pelear por dinero.

El sueño de Gadafi siempre fue convertirse en el gran líder de toda África y para eso invirtió enormes recursos comprando influencia, a través de la financiación de grupos irregulares armados en otros países como Chad, Níger y Malí. Ellos son, ahora, el granero de reclutas con el que nutre sus batallones personales.

Porque el tirano siempre desconfió de sus compañeros militares: como coronel, a los 27 años dio un golpe de Estado y siempre temió que se lo hicieran a él. Se ocupó entonces de debilitar al ejército limitando sus recursos mientras que formaba poderosas unidades bajo sus órdenes y las de sus hijos, dedicadas exclusivamente a proteger a la dinastía. Ésa es la razón del desequilbrio entre sus fuerzas y las que se pasaron a la revolución, mal entrenadas y mal armadas.

El uso de murtazaka (mercenarios) le otorga una ventaja extra: mientras los tenga bien pagados (y cuenta con miles de millones de dólares en efectivo para hacerlo), estos extranjeros no tendrán intereses inconvenientes como darle un golpe de Estado para gobernar un país que no es el suyo.

Los libios saben que hay compatriotas al servicio de Gadafi que cometen atrocidades contra su propia gente, pero les cuesta aceptarlo (han creado incluso un rumor de que el dictador en realidad es de origen extranjero) y son dados a aceptar versiones que culpan de todo a los murtazaka.

Ellos suelen ser africanos del sur del desierto del Sájara, y esto encaja con el racismo. Las imágenes televisadas por la cadena Al Jazeera, como las que muestran a personas con cascos amarillos atacando personas en Bengasi, provocaron una ola de ira y persecuciones contra los negros que tuvieron la mala suerte de ir pasando (hay unos 500,000 trabajadores inmigrantes africanos en el país).

Hubo asesinatos, golpizas y detenciones. El nuevo Consejo Nacional de Transición, una especie de gobierno revolucionario, permitió que Peter Bouckaert, investigador de Human Rights Watch, se entrevistara con una docena de supuestos murtazaka detenidos en Bengasi (hay un grupo mucho más grande encarcelado en el pueblo de Shahat). “He escuchado sus historias y sospecho que casi todas son ciertas, no son culpables”, me dijo el 26 de febrero. “Sólo creo que uno de ellos, ciudadano de Chad, sí lo es”.

PREGUNTAR ANTES DE ODIAR

Como tanto otros libios, Jaled odió a los mercenarios desde la primera vez que supo de sus ataques. En el policlínico de Brega, había dos chicos de 14 y 11 años, y un padre, mal heridos porque estaban pastoreando ovejas cuando pasó una camioneta con una ametralladora, desde la que les dispararon sin razón. Otro niño, hermano gemelo del niño más joven, habñia muerto. “Es la fiera sangrienta de los negros”, me dijo Jaled. “Nunca sacia su sed”.

El viernes 11 de marzo, cuando la llamada “ofensiva final” de Gadafi ya estaba en marcha, Jaled y sus cuatro amigos salieron rumbo al frente en una camioneta pick-up con ametralladora, después de las oraciones de mediodía.

Para esos días, habían hecho un plan: la táctica que estaban usando los gadafistas era destruir durante el día cualquier grupo rebelde, con explosivos arrojados a distancia (aviones, barcos, submarinos, artillería), y acabar con toda resistencia. Después, en la noche, cuando los indisciplinados revolucionarios se hubiesen marchado a dormir, las fuerzas de tierra podrían avanzar, ocupando posiciones silenciosamente.

La idea de los thwar (revolucionarios) era apartarse de la carretera asfaltada, usar rutas discretas del desierto, ocultarse para esperar a las tropas gadafistas, atacarlas por sorpresa y después marcharse a toda velocidad. Con esto, esperaban, les darían una inyección de temor e inseguridad a los mercenarios, que se sentirían desmotivados por su vulnerabilidad ante los ataques.

El domingo 13, por la tarde, tras haber iniciado la operación, encontraron a un grupo de rebeldes diezmado. Todos muertos. Como no podían dejarlos ahí, los acomodaron en la caja del vehículo, al lado de la ametralladora que operaban Jaled y Amr. El tiempo que perdieron provocó que los descubrieran. Mientras trataban de escapar, su amigo se desplomó por un balazo. Entre los violentos tumbos que daba la camioneta, apenas lograba sujetarse y no podía ayudarlo.

Empezaron a caer bombas, primero detrás de ellos y después al frente. Al desviarse, el conductor entrampó el vehículo en una duna. Instantes después, todo saltó por los aires. Jaled vio morir a sus compañeros. Se quedó en la arena, dispuesto a entregarle su alma a Alá. Estaba por llegar la oscuridad cuando vio al murtazaki, sintió odio y quiso matarlo. Se le trabó el arma. Esperó recibir el disparo…

No llegó. El negro le apuntaba sin apretar el gatillo. Jaled estaba exhausto y no reaccionó cuando el hombre se inclinó junto a él. “Soy amazigh (tuareg) de Malí”, le dijo. “No soy combatiente, limpio pisos en hospitales de Trípoli. Cuando empezó todo esto fueron por mí y me reclutaron a la fuerza, con amenazas”. Le dio agua y lo ayudó a sentarse. “No quiero matar a nadie, ¿cuándo se va a acabar todo?”, continuó. Después le señaló en qué dirección se encontraba la carretera. “No vayas de noche. Espera la luz del día”. Y se marchó.

Jaled no sabe por qué no le hizo caso. Como pudo, caminó por horas, trastabillando, sin luz, con riesgo de encontrar al enemigo al llegar al pavimento. Pero las primeras personas que vio eran thwar bengasíes. El general Omar el Jariri, un militar que ayudó a Gadafi a dar el golpe de Estado en 1969 y que pasó años en prisión después de que en los años 70 se había enfrentado a él, ahora era también había tenido la idea de organizar una operación sorpresa, y lo hizo mejor. Sus hombres avanzaron hasta Brega, en la noche, y atacaron a los gadafistas que estaban llegando a ocuparla. Mataron a más de 20 enemigos y capturaron a otros tantos.

La noticia reanimó a muchos en Bengasi. En particular a la familia de Jaled, que lo recibió como a un héroe. Ya que sus heridas no son de gravedad, estará bien en pocos días. Y regresará al combate.

El martes 15, cuando lo visité por la tarde, llegaron noticias de que los oficiales de la fuerza aérea que apoyan a los rebeldes por fin actuaron: hundieron dos fragatas de Gadafi y dañaron un barco más. No querían salir a enfrentarse, pero habían dicho que defenderían el Oriente y, como esa mañana habían empezado a atacar Ajdabiya, parecía como si se hubiera cruzado una línea roja.

“Me he prometido varias cosas”, me dijo Jaled, “empezando por tomarme las cosas en serio, el uso de las armas, la disciplina, subordinar mis iniciativas a lo que planeen los comandantes. Y voy a creer en la gente. Un hombre negro me salvó la vida. Tal vez tengo que preguntar antes de odiar. Mis amigos han pagado por tanta estupidez. Pero ellos ya son shujadá, mártires, y los honraremos con la victoria de la Zaura. ¡Inshallah!”

Estaba de buen ánimo, a pesar de su dolor. Quería que yo lo notara. Y se puso a cantar, un libio entonando una pieza argentina con acento de mexicano: “No bombardeen Bengasi, la vamos a defender…”

Egipto: El pueblo que venció al Faraón

Por Témoris Grecko / El Cairo

Publicado en ESQUIRE (marzo 2011)

Jaled Said ganó la batalla después de muerto. Como el Cid Campeador. Pero más aún: Jaled la inició y resultó victorioso muchos meses después de que policías egipcios lo asesinaran a golpes. Su madre sostenía un pequeño cojín blanco con su fotografía cuando llegó la noticia, casi inesperada, sorprendente, todavía increíble: el dictador Josni Mubárak había renunciado a la presidencia. Mejor dicho, lo habían obligado a renunciar, pero el detalle no importaba.

A las 6 de la tarde del 11 de febrero pasado, en el departamento del piso noveno de un edificio que da a la midan Tahrir (plaza de la Liberación), corazón de El Cairo, de Egipto y de esta Revolución de 18 días, los jóvenes del Movimiento 6 de Abril vieron el mensaje de apenas 30 segundos que dirigió el vicepresidente Omar Suleimán, y saltaron en una alegría confusa, preguntándose si era cierto lo que escuchaban, bailando con lágrimas y carcajadas.

Y la madre de Jaled —con gafas de aumento, un chal azul en la espalda y un velo negro sobre el cabello— buscó asiento para evitar un desmayo. Respiró. Comenzó a llorar. Su hermano y su hija se acercaron a abrazarla. Besaron la imagen de Jaled. Los activistas y los reporteros extranjeros se formaron para hacer lo mismo. En las últimas 24 horas, desde que Mubárak había hablado a la nación para hacer gala de terquedad, su derrota parecía lejana, faltaban muchos días y semanas de lucha. Ahora era la victoria de todos. El triunfo de Jaled después de muerto.

En la plaza, la mayoría de los cientos de miles de manifestantes, muchos de los cuales llevaban 18 jornadas acampados allí, no estaba al tanto de que Suleimán hablaba. Caía la oscuridad y la gente estaba distraída en las tres actividades principales que se realizaban en lo que los entusiastas llamaron la “República de Tahrir” (o, traduciéndolo, República de la Liberación): marchar y corear consignas, debatir apasionadamente, y pelear un lugar frente a cualquier tipo de cámara (de televisión, compacta o de teléfono móvil, nacional o extranjera) para expresar sus opiniones.

De repente, en el escenario principal donde algunos habían escuchado al vicepresidente, nació un grito poderoso que creció como una ola inmensa: “¡Mubárak se fue!” Los gestos en los rostros no lograban completar la transición entre la incredulidad y el júbilo. ¿Qué había pasado exactamente? ¿Lo habrían matado? ¿Habría caído enfermo? ¿O escapó del país? Detalles. Minucias en ese momento.

Los desconocidos se abrazaban. Nunca antes recibí tantos besos masculinos. Yo lamentaba que en este país las chicas no los dieran a los hombres. Encontré a Andrea Walden, una anarquista estadounidense de 22 años, que había venido a atestiguar una revolución. Curtida en enfrentamientos con la policía de California y en luchas en Palestina, normalmente parece madura y controlada. En ese momento, la felicidad la hacía lucir como una niña llorosa. Rodeada de jóvenes hombres egipcios, las restricciones sociales le impedían brindarles los abrazos que la emoción demandaba. No tuve más remedio que ayudarle con eso.

Fue distinto con Alshimaa Helmy, una cíber-activista musulmana de 21 años, a quien llamamos simplemente Shimaa. Nada de contacto físico más allá de las manos. Todo fluía por sus ojos y por su voz, a la que el enronquecimiento de semanas de pelea y gritos le había dado el tono de un muchacho adolescente, y que me transmitía la fuerza de su emoción. “¡Se fue, se fue, se fue, se fue!”, decía como si tratara de convencerme a mí y a sí misma, “¡se fue!”.

“Hemos sido nosotros”, dijo algunas horas más tarde. “Los árabes, los egipcios en quienes yo ya no creía más”. No sé si lloró en algún momento de esa noche de celebración. No me pareció que lo hiciera. Sólo me sonreía con esa cara ingenua y esos ojos de quien ha ganado la primera de muchas batallas que librará. Jaled Said levantó a los egipcios de su sueño. Toca a Shimaa y sus contemporáneos mantenerlos despiertos.

LISTA DE QUEJAS

“¿Por qué los tunecinos sí pueden y nosotros no?”, se preguntaba Shimaa después de que el 14 de enero, una revuelta civil terminara en Túnez con el gobierno de 32 años de Zine el Abidine Ben Ali. “No, esto no va a pasar aquí. Y no me importa, me voy a ir de este país”, pensaba.

Su escepticismo era compartido por muchos dentro y fuera de Egipto. En particular, Shimaa se había sentido decepcionada después de que fracasó la primera protesta por la muerte de Jaled Said, de 28 años. Lo atacaron agentes uniformados en un café internet de la ciudad de Alejandría, en la costa del Mediterráneo, el 6 de junio de 2010. Jaled había grabado en un video a policías que se repartían el dinero producto de una extorsión y lo había subido a YouTube. Lo golpearon salvajemente en el local y en la calle. Hasta matarlo. Las autoridades lo describieron como distribuidor de droga.

Otros activistas crearon el grupo “Todos somos Jaled Said”, en Facebook, y llamaron a protestar en Alejandría y en El Cairo el 25 de junio de 2010. “Nos convocaron a reunirnos junto al Nilo”, recuerda Shimaa, quien acudió pero se mantuvo a cierta distancia, calculando el riesgo de acercarse. “En Facebook, había dos mil miembros, pero en el acto sólo había unos 100, frente a dos mil policías. Los golpearon, arrestaron a algunos, a otros los subían a la fuerza a los taxis y los mandaban a casa. Pensé que no tenía sentido participar así, me pareció que era una pérdida de tiempo, todo en vano. Estaba muy deprimida y me enfocaba en escapar de aquí”.

Después de lo de Túnez, la sensación de que las cosas no eran inmutables en el mundo árabe se extendió a otros países y, en Egipto, desde páginas como “Todos somos Jaled Said” y la del Movimiento 6 de Abril (un grupo de jóvenes profesionales que apoyaron una huelga obrera realizada en esa fecha de 2008) convocaron a una manifestación antigubernamental para el martes 25 de enero de 2011.

Los dos hermanos menores de Shimaa la convencieron de vencer la apatía y los tres fueron a uno de los distintos sitios de El Cairo donde debía reunirse la gente, en la estación de metro Nasser. Constataron con sorpresa que llegaba mucha gente. Pasajeros del transporte público se bajaban para sumarse. Marcharon hasta la plaza Tahrir “donde había otra enorme demostración; cuando vi la cantidad de personas pensé que esto no estaba pasando, no podía creerlo, mirar a estas multitudes, los ecos de las voces, era increíble, yo estaba riendo tanto con mi hermana, y saludábamos a la gente. Después llegó otro enorme contingente desde Giza. Como a las 3 de la tarde éramos mil, para la puesta del sol, ¡ya sumábamos 50 mil!”

La seguridad del Estado atacó “con palos y armas de fuego”, continúa Shimaa. “Trataron de rodearnos, y de pronto vimos piedras arrojadas por la policía que pasaban por encima de nosotros, nos dio mucho miedo y empezamos a correr. No esperábamos que eso pasara: estaban golpeando gente, lanzaban gas lacrimógeno, nos atacaban con cañones de agua. Mi hermana se cayó, lloraba, todos llorábamos, tosíamos, era horrible”. Eran días de conflicto y la joven me daba la entrevista frente a sus amigos, que la escuchaban. “Entonces encontré la lata de una de las bombas de gas, y descubrí que había caducado, expiraba en 2008, ¡y la usaban en 2011!”

“¿Vas a presentar una queja porque te arrojaron bombas viejas?”, bromeé. Algunos rieron. Ella no estaba para eso: “¡Me voy a quejar por muchas, muchas cosas! ¡Tengo una lista!”

LA CRUZ Y LA MEDIA LUNA

En esa jornada murieron tres manifestantes y un policía, según las autoridades. Aunque en los días siguientes la cuota de sangre creció, en lugar de arredrarse, la gente les perdió el miedo a las fuerzas de seguridad. Al finalizar la oración del viernes (el momento más importante de la semana musulmana), el 28 de enero, la gente salió de las mezquitas para protagonizar el llamado “Día de Furia”, en protesta por la represión.

“Era totalmente increíble”, recuerda Shimaa, “éramos tres millones en El Cairo y ocho millones en todo Egipto, en Alejandría, en Mansura, en Suez, en Asuán. Y las organizaciones políticas, que habían estado a la expectativa, empezaron a sumarse: los marxistas, los liberales, la Hermandad Musulmana…”

El diez por ciento de los 83 millones de habitantes de Egipto había salido a las calles. La policía cambió los palos por balas, pero ya no asustaba a los manifestantes. El presidente Mubárak, que durante 30 años había gobernado en solitario, con el poder de una ley de emergencia permanente (que permite detener personas por tiempo indefinidos, prohibir organizaciones y cerrar medios de comunicación, todo sin dar explicaciones) y sin vicepresidente, de pronto encontró uno, Omar Suleimán, su amigo cercano y temido jefe de los servicios de espionaje. Los opositores rieron cuando la televisión presentó el nombramiento como una respuesta a sus demandas.

Ante el fracaso de la represión oficial, Mubárak optó por una táctica inesperada: hacer que el pueblo extrañara su mano dura. Mubárak verdaderamente se creía padre de los egipcios y su castigo para los majaderos era faltar, que se dieran cuenta de cuánto lo necesitaban. Les había dicho que él tenía que quedarse hasta septiembre, cuando terminaba su periodo, porque sólo él podía garantizar la seguridad: yo o el caos.

Después de que la policía perdió varias escaramuzas frente a los manifestantes, entre ellas una épica disputa en un puente sobre el río Nilo, de golpe desapareció de las calles.

“Se fue”, narra Shimaa, “sentimos que era nuestra victoria. Pero las caras de la gente cerca de mí empezaron a cambiar. Traían palos y parecían sospechosos. Todo se llenó de coches quemados, el enorme edificio del PND (Partido Nacional Democrático, el de Mubárak) estaba en llamas, y también las estaciones de policía, todas quemándose al mismo tiempo. Se metieron al Museo Egipcio y destruyeron piezas. ¿Quién podía organizar eso? La televisión del Estado, que nos había ignorado todos esos días, empezó a mostrar imágenes de la destrucción y a decir que habíamos sido nosotros. A mucha gente le dio miedo el desorden”.

Al mismo tiempo, los medios gubernamentales difundía rumores: que los manifestantes que ocupaban la plaza Tahrir estaban pagados (200 euros y una caja de pollo KFC diarios, decían), que los jóvenes que iniciaron el movimiento estaban manipulados por extranjeros que les hablaban a través de Facebook, que detrás del descontento operaban agentes secretos de varios países (Irán e Israel, Estados Unidos y Líbano) y que los periodistas occidentales y de otros países árabes (en particular la cadena de Qatar, Al Jazeera) trataban de destruir Egipto.

A nivel internacional, la diplomacia egipcia esgrimía otra variante del argumento preferido de Mubárak: yo o el islamismo. El dictador se hizo indispensable para sus aliados occidentales porque apoyaba al Estado de Israel y porque, según él, se trataba de la única persona capaz de impedir que Egipto cayera en manos de los supuestos “extremistas” de la Hermandad Musulmana, un importante grupo de oposición, al que falsamente ligaba con Al Qaeda. Una serie de ataques mortales contra iglesias y grupos de cristianos, ocurridos en el último año, parecían confirmar su argumento.

No era lo que se veía en la manifestaciones, sin embargo. Una cruz y una media luna entrelazadas, de una forma que recuerda a la hoz y el martillo, simbolizaban el respeto y la colaboración entre cristianos y musulmanes. En Tahrir las vi en muchas variantes: dibujadas con piedras sobre el pavimento, así como en carteles y banderas. Sobre todo los domingos, cuando los sacerdotes realizaban pequeñas ceremonias resguardadas por musulmanes.

Durante los duros enfrentamientos, cuando la policía arrojaba poderosos chorros de agua y los partidarios de Mubárak atacaban con piedras y balas, la obligación islámica de rezar cinco veces al día ponía a los fieles en situación muy vulnerable. Pero cuando ellos se inclinaban a orar, los cristianos se abrazaban para formar un muro de protección para sus compañeros.

LOS MOTIVOS DEL JIYAB

“Tendrán que hacerse investigaciones, pero es muy probable que los ataques contra cristianos los haya organizado el gobierno”, opina Shimaa. “Lo mismo ocurre con los rumores de que los cristianos secuestran a mujeres que se convierten al Islam. Es la regla básica: divide y vencerás”.

Shimaa y las revolucionarias de Tahrir desmienten prejuicios occidentales hacia las musulmanas que se cubren con velos el cabello y, a veces, el rostro. Se cree que una mujer así ha renunciado o ha sido despojada de su independencia y de su voluntad, que está totalmente sometida. Lo contrario se vio, por ejemplo, en los contingentes femeninos que con frecuencia marchaban dentro de la pequeña República de Tahrir, incansables, durante horas, con entusiasmo que hacía pensar que acababan de comenzar a caminar.

En Egipto, como ocurre en otras sociedades árabes, los hombres tienen una presencia aplastante y excluyente en la vida pública. En el vuelo que tomé de Trípoli (Libia) a El Cairo, por ejemplo, los pasajeros éramos 42 hombres y una sola mujer. Debido al conflicto, en esta ocasión no había servicio público de autobuses, pero en marzo del año pasado, uno que me llevó del aeropuerto a la ciudad parecía tener la marca “women-free”, no por la liberación femenina, por supuesto, sino porque estaba libre de mujeres.

En los medios urbanos, la participación femenina es mayor, pero sigue siendo escasa. El movimiento me sorprendió, sin embargo, por la fuerte presencia de mujeres, jóvenes y no tanto. Esto no es Irán, claro está, aquí son pocas las mujeres que ejercen liderazgo. La noticia es que las hay, contra lo que yo esperaba. Y sin quitarse los velos: a veces llevan el niqab (un vestido holgado negro que sube todo el cuerpo y sólo permite ver los ojos) y otras, el jiyab (pañuelo sobre el cabello y ajustado al mentón).

Como Shimaa, quien con sus 21 años, está en el último año de la carrera de biotecnología e ingeniería genética. Hija de padres islámicos, ella no lo es por imposición: “Hay gente que es emocionalmente religiosa; hay otros que nacieron musulmanes y nunca han pensado al respecto. Yo me he hecho muchas preguntas y sé bien que soy musulmana”. Por eso usa el jiyab: “Mi cuerpo y mi belleza son sólo para mí y para la gente que significa mucho en mi vida. No quiero mostrarlos a nadie. Creo que lo que debe importarle a la gente es mi personalidad, lo que tengo dentro de mi corazón, mis sentimientos, y ya. Mi aspecto físico no debería ser relevante”.

El niqab, por otro lado, no le gusta: “Cuando pienso en cubrir mi rostro, quiero que puedan ver mis reacciones, tener contacto visual con la persona con la que hablo”. Cuando pregunté si su participación política no entraba de alguna manera en conflicto con su religión, ella repuso que siente que ser útil para otros es su deber, ya que, “si eres musulmán, se espera que seas activo en la sociedad, si no, traicionas a tu propia gente, eres injusto”.

LA MICRO-FEUDALIZACIÓN DE EGIPTO

Mubárak había decidido cobrarle caro la osadía al pueblo. El turismo es una de las fuentes de ingreso más importantes para Egipto y, después de una campaña de extremistas islámicos que dejó decenas de turistas muertos en 1997, y de otra que lanzaron palestinos contra visitantes israelíes en la década pasada, el país HIZO un esfuerzo enorme para mejorar su imagen y convencer al mundo de que las condiciones de seguridad eran las mejores y de que los extranjeros serían muy bienvenidos.

El dictador echó todo por la borda. Las primeras en recibir la consigna de atacar fueron las bandas pro-Mubárak, compuestas por los policías que debían ofrecer protección y ahora, vestidos de civil, generaban destrucción; por bandidos y niños sin hogar que actuaban a cambio de algunas monedas; y por unos cuantos simpatizantes de verdad. En pandillas chicas y grandes recorrían la ciudad en busca de enemigos, y los periodistas y los extranjeros lo eran.

Estas pandillas eran lo peor. Muchos egipcios murieron por sus palizas. Varios reporteros fueron heridos, entre ellos uno por puñal. Los agentes de civil eran apenas menos peligrosos. Si a uno lo iban a detener, una vez que los arrestos injustificados se convirtieron en una herramienta (inútil) para impedir que la prensa informara de lo que estaba pasando, era preferible caer en manos de los militares. El Comité para la Protección de Periodistas elaboró una lista de más de 140 colegas que habían padecido abusos, golpizas, detenciones, secuestros y robos en sólo 18 días de conflicto.

Después vino la campaña en televisión que denunciaba a la prensa y a los supuestos agentes de otros países. La mentira se repitió tantas veces que impactó entre los revolucionarios, incluso en la plaza Tahrir. En los distintos accesos de la “frontera” entre la pequeña “República” y “Egipto”, controlados por dos líneas de opositores con el apoyo de uno o varios tanques del ejército (cuya posición supuestamente neutral le permitía mantener presencia allí), me sometían a torpes interrogatorios y revisiones que a veces terminaban con mi entrega a los soldados, quienes con igual falta de habilidad trataban de asegurarse de que yo no era agente secreto.

Ya en la plaza, abundaban los caza-espías autodesignados. Se acercaban a los extranjeros, hacían preguntas, tomaban fotos y video. Algunos egipcios querían ayudarnos, pero esto sólo derivaba en discusiones. Era peligroso: una vez que alguien empezaba a gritar que había encontrado a “un israelí” o algo similar, no se podía argumentar: una masa violenta se lanzaba a la persecución, con empujones, golpes y patadas. En ocasiones, los manifestantes más conscientes podían formar cadenas de protección, otras no. Hasta donde sé, los incidentes terminaban con la entrega del zarandeado “agente” a los militares.

Aunque se trataba de una minoría (en general, los revolucionarios se nos acercaban a agradecer la atención que le dábamos a su movimiento), eran persistentes y creaban un obstáculo extra. Porque circular por El Cairo ya era difícil: Mubárak no sólo retiró a la policía de las calles, también de las cárceles. Esto provocó el escape de miles de reos peligrosos y sin dinero, que de inmediato se dispersaron por las ciudades desprotegidas a robar y matar. Ése era el costo de ofender al gran padre de los egipcios.

Los vecinos improvisaron cuerpos de vigilancia que ayudaron a defender sus propiedades, pero contribuyeron al caos. El país quedó dividido en una infinidad de fragmentos autónomos, en donde se desconfiaba de todo aquel a quien no se conociera. El recorrido de mil 500 metros desde mi hotel hasta la plaza Tahrir podía tomar horas de explicaciones y revisiones. En cada cuadra había dos, tres o más grupos activos, a los que me acercaba sin saber si eran pro-Mubárak, anti-gobierno o neutrales.

Su organización era mínima, si es que la había. Se juntaban los que llegaran, sin jerarquías, sin entrenamiento ni idea de nada. No se ponían de acuerdo porque todos estaban intoxicados por el sentimiento de autoridad. Si después de revisar mis cosas y documentos, un adulto se daba por satisfecho y accedía a dejarme ir, un adolescente de bigotillo ralo salía con otra idea, manoseaba las páginas de mi pasaporte con dedos sucios y preguntaba con cara de inteligente: “México, ¿eh? ¿Cuál es la capital de México?” “Ciudad de México”. “Sí, pero ¿cómo se llama esa ciudad?”

Por si algo faltara, las comunicaciones estaban interrumpidas. Con la idea de evitar que la oposición se organizara, el gobierno cortó los servicios de internet y de telefonía móvil. Fueron víctimas de las exageraciones banales de ciertos medios de comunicación, que llamaron al movimiento iraní de 2009 “revolución Twitter” y ahora apodaban a ésta “revolución Facebook”: la red sirvió al principio para activar a la gente, pero el gran acierto de los activistas fue trasladar el mensaje de la pantalla al mercado y el autobús, porque cinco sextas partes de los egipcios no tienen acceso a internet. Donde sí pegó el bloqueo fue en las empresas. Por ejemplo, Egypt Air, la aerolínea nacional, simplemente fue incapaz de seguir trabajando y suspendió todas sus operaciones, lo que dejó a miles de pasajeros en tierra.

El impacto en la economía de la micro-feudalización del país, del cíber-apagón, de la campaña contra los extranjeros y de la violencia en general, todavía no ha sido evaluado en su totalidad, pero estimaciones preliminares evalúan las pérdidas en 310 millones de dólares diarios, y una caída en las previsiones de crecimiento del producto interno bruto de 5.3 por ciento al 3.7 por ciento.

¿CÓMO CRECERÁN LAS FLORES?

Eso ocurría en “Egipto”. En la República de Tahrir, la prioridad era la defensa del territorio. El ejército, que insistía en que no usaría la fuerza contra “su pueblo” (a pesar de lo cual secuestraba y torturaba, según denunciaron grupos de derechos humanos), se hizo a un lado para dejar pasar a los simpatizantes de Mubárak, que en la noche del miércoles 2 de febrero y a lo largo del jueves 3 usaron palos, bombas Molotov y armas de fuego para atacar los accesos, principalmente el que viene del oeste desde el Nilo, a un costado del Museo Egipcio. Los francotiradores asesinaron a un número indeterminado de personas.

Ahmed el Misikawi peleó duro en los enfrentamientos. Cuando lo conocí, me sorprendió el número de sus heridas: este hombre alto, de unos 30 años, tenía curaciones en el centro de la amplia frente, en un hombro, en una mano y en un pie, además de un ojo morado. La primera la causó una roca que dejaron caer desde un puente cerca de la plaza y le pegó en la cabeza. Ahmed corrió a una de las clínicas que improvisaron los revolucionarios en distintos puntos de la plaza. Lo atendieron y regresó a la pelea. Esto se repitió una y otra vez.

“No importa, no te fijes, ¡eso no importa!”, decía en respuesta a mi interés. “Lo mío no fue nada. Te enseñaré lo que sí importa”. Me mostró la portada de un periódico con ocho fotos de personas. Unas estaban destrozadas a golpes. Otras eran jóvenes vivos. Me impresionó en particular la de una chica de cabello ondulado, que mira a la cámara con sonrisa y ojos coquetos, graciosos. “A ellos los mataron”, lamentó Ahmed mientras pasaba un brazo por mis hombros. “Los asesinó Mubárak”.

Un recuento preliminar de Human Rights Watch contabilizó 365 muertos y 5,000 heridos durante la Revolución, sin especificar detalles. Se espera que la lista crezca porque el régimen ocultó crímenes.

La “República de Tahrir” funcionaba muy bien, a pesar del caos. Era una especie de anarquía autogestionada en la que cada quien se hacía cargo de una tarea: el que quería ayudar, buscaba una bolsa y recogía basura, o traía martillos para arreglar desperfectos, o daba talleres de caricatura política, etcétera. Uno montaba su habitáculo (tiendas de campaña o simples montones de plásticos) donde quería, aunque existía una tendencia a formar secciones profesionales: aquí, los electricistas, allá, los actores y cantantes; en esta parte, los abogados; por ahí, los alumnos de tal escuela; esos de al lado eran campesinos. Y abundaba la generosidad: la gente llegaba con comida y bebida para repartir; una noche en que yo temblaba bajo mi delgado saco de dormir, un desconocido se acercó sin preguntar y me colocó una manta encima. Otra tarde me regalaron una carpa (y eso que algunos sospechaban que yo era espía de Washington y Teherán al mismo tiempo).

Era una muestra pequeña de la diversidad de esta revolución, que unía en el rechazo al régimen a egipcios de todos los grupos sociales y de cada punto geográfico. Y que coincidía, además, en un punto innegociable: Mubárak se tenía que ir. Era la demanda original. Los 365 muertos la habían grabado en piedra. Cualquier solución que implicara la permanencia del dictador sería vista como traicionar a Jaled Said y a los demás shuhada (mártires). Omar El-Shennawy, un profesor de inglés de 21 años, hizo un gesto sobre el pavimento de una avenida en Tahrir al decirme: “Aquí cayeron nuestras lágrimas y aquí cayó nuestra sangre. Si él no se va, ¿cómo crecerán las flores?”

Rezaba un cartel: “Hitler mató al pueblo judío. Mubárak, tú mataste a tu propio pueblo. Hitler se suicidó. ¿Por qué no haces lo mismo?”

Y EL FARAÓN SE FUE

El vicepresidente Suleimán llamó a los partidos de oposición a dialogar. Prometió reformas, elecciones libres, castigo a ex ministros seleccionados para ser chivos expiatorios, casi cualquier cosa, siempre que se permitiera al presidente concluir su periodo en septiembre. “¿Qué necesitas hacer en ocho meses que no hayas podido hacer en treinta años?”, preguntaban los carteles en Tahrir.

La jugada de Suleimán –comprometer a los políticos en negociaciones y aislar así a los revolucionarios— fracasó porque los primeros (desde los liberales hasta los musulmanes) siempre supieron que sólo se representaban a sí mismos, que no podía tomar decisiones en nombre de los manifestantes y que había una línea roja clarísima que nadie podría cruzar: Mubárak se tenía que ir.

Una vez que se comprobó que el movimiento no perdía fuerza, sino que seguía creciendo en número (las manifestaciones de los martes y los domingos se sucedían rompiendo récords, extensión (se sumaban más grupos sociales y poblaciones, hasta que hubo seis mil centros de trabajo en huelga) e iniciativa (algunos llegamos a pensar que el movimiento se conformaba con aislarse en la plaza Tahrir, pero los manifestantes salieron a bloquear el parlamento, ministerios, la televisión y la casa presidencial), las demandas de que el presidente renunciara se extendieron hasta que el jueves 10 de febrero, el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas, el jefe de la CIA estadounidense y hasta el nuevo presidente del PND, anticiparon que Mubárak daría un discurso esa noche para renunciar. Era una oportunidad que los militares le daban para dirigirse a la nación y presentar su salida como mejor pudiera.

Las intenciones del presidente eran otras. Su amigo Ben Ali había tenido que escapar de Túnez en un avión que ningún país quería recibir, hasta que llegó humillado a Arabia Saudí. En su imaginación, Mubárak está seguro de merecer honores, no rechazo, por sus servicios al pueblo, al que ese día le habló en un tono cálido y paternalista. En Tahrir, la gente mostraba incredulidad cuando escuchaba al dictador decir que el descontento no tenía que ver con él en lo personal, que era un héroe que había defendido a su país, que moriría y sería enterrado en su suelo y que gobernaría hasta septiembre.

Algunos colegas percibieron rabia, frustración y tristeza entre los manifestantes. Yo no. Sentí, más bien, una determinación renovada de seguir adelante. “Él no se va, nosotros tampoco”, coreaba la gente. “Iremos hasta donde tengamos que ir”, reflexionaba Shimaa, “no tenemos miedo, es nuestro deber”.

Al día siguiente, viernes, se esperaba una manifestación todavía más grande y quedaba la expectativa de qué harían los generales, después de que el presidente los había hecho parecer tontos. La plaza Tahrir y todas las avenidas que llegan a ella se saturaron con una multitud de marchas que venían desde todos los puntos cardinales. La madre de Jaled Said visitaba a los chicos del Movimiento 6 de Abril. Andrea, la anarquista, conversaba con Amr y Omar, dos jóvenes manifestantes. Shimaa apoyaba a un documentalista estadounidense. Sería una noche de resistencia. Entonces salió Suleimán a dar su mensajito de 30 segundos, antes de desaparecer por completo de la escena pública. Mubárak renunció, dijo. Lo obligaron, trascendió. Y la República de Tahrir se convirtió en un carnaval de celebración.

LA PRÓXIMA SERÁ EN TU CASA

El sábado es para los musulmanes lo que el domingo para los cristianos: día de descanso y paseo, perfecto para visitar la República de Tahrir, que se convirtió en un pequeño zoológico: muchas personas que se habían quedado semanas en casa, escuchando las mentiras de la televisión estatal, ahora acudían en grupo a ver a los agotados revolucionarios que habían vivido y luchado ahí por 19 días. Los señalaban, les tomaban fotos, les ofrecían dátiles. Era una fiesta.

No duraría mucho: el ejército quería restablecer la normalidad cuanto antes. En lugar de dirigirse a los políticos tradicionales con los que conversó Suleimán, invitó a dialogar a los jóvenes que condujeron la lucha. Ofreció introducir reformas democráticas en la Constitución (como limitar a dos los periodos que puede cumplir un presidente, entre otras), investigar los crímenes y celebrar elecciones en septiembre, cuando todas las fuerzas políticas estén listas para competir. “Nos están diciendo las palabras correctas y están haciendo los sonidos correctos”, me dijo Abdulrahman Adly, un activista. “Tendremos que ver que cumplan”.

Una mujer mayor lo observaba con orgullo. “Nosotros nunca hicimos esto, nunca protestamos, los dejamos aplastarnos”, comentó. “La memoria de Jaled Said inspiró a los jóvenes y mira ahora, ¿quién hubiera imaginado hace sólo tres semanas que derrocarían al dictador?”

“Yo estaba desesperada”, recordó Shimaa. “Había perdido todas mis esperanzas en este país y en este pueblo. Cuando me subía a un autobús y había cien personas adentro, todas tristes, sin hablar ni quejarse, pensaba ‘de alguna forma merecen lo que sufren porque ni siquiera dicen que sufren’. Ahora siento que creo en ellos, cuando veo sus caras en las protestas, cuando veo sus espíritus, que nunca había visto desde que nací, sé que algo muy bueno esta pasando”.

En Egipto, cuando la gente celebra bodas, los novios dicen a los solteros “la próxima será en tu casa”. Tres días después de la victoria de la Revolución, al alejarme de la plaza Tahrir, dos alegres adolescentes preguntaron:

“¿De qué país eres?”.

“De México”.

“¡La próxima será en tu casa!”

(RECUADRO)

DÍAS DE OPTIMISMO

Con frecuencia, lo más complicado de las revoluciones viene después de la victoria: ¿y ahora qué hacemos?

En el caso egipcio, además, se dificulta porque es una revolución que se ganó sin armas y ocurre que quienes las tienen son ni más ni menos que el pilar fundamental del sistema desmoronado, el ejército.

Se trata de una institución sorprendentemente hábil: sus oficiales dieron un golpe de Estado que derrocó al rey Farouk, en 1952, y los tres presidentes egipcios que ha habido desde entonces han sido militares, incluido Hosni Mubárak. Sin embargo, a lo largo de la dictadura, el ejército maniobró para que las tareas de reprimir a la población no cayeran sobre él, sino en la policía, que ahora concentra el odio de los egipcios.

Durante la revolución, los manifestantes, conscientes del peligro de echarse encima los tanques, se cuidaron de aclarar que su rechazo era para Mubárak y que esperaban que los soldados apoyaron a su pueblo; y aunque las tropas cometieron algunos abusos, evitaron disparar contra la gente y los generales lograron evitar que Mubárak se los llevara con él en su desplome.

Ante la terquedad del dictador, le dieron un golpe de Estado. Justificado, eso sí, por el descontento popular. Pero son los oficiales quienes tienen el poder. Los jóvenes revolucionarios prefieren llevar la cosa tranquila y darles tiempo a los soldados, por lo que hasta el día 17 de febrero estaban aceptando en términos generales el plan que les propusieron los oficiales, encabezados por el general Mujamad Tantawi: introducir reformas democráticas en la Constitución, dar tiempo para que los partidos de oposición se organicen, celebrar elecciones libres en septiembre y entregar el mando a los civiles.

Hay dos objeciones importantes, sin embargo: el gobierno en funciones es el mismo que nombró Mubárak, primer ministro incluido. Y el estado de emergencia que el derrocado mantuvo durante 30 años, y que permite que las autoridades arresten personas sin justificación, prohíban partidos y cierren periódicos, sigue vigente.

Lo que todos celebran es que el país parece otro. El sentimiento de libertad ha hecho que las marchas y las huelgas de trabajadores, que antes eran casi imposibles de realizar, son por ahora casi tan cotidianas como en América Latina. Y los egipcios brillan de optimismo.