¡Ay Martincito, ya te estoy viendo, sinvergüenza! Si estuvieras conmigo, aquí, no perderías un segundo para hacer chistes de la marcha, de las mujeres, de las cristianas y musulmanas, de los chicos del Black Bloc, de lo que se pudiera. Chistes de los que hacías, inadmisibles pero tan jocosos que nos arrastraban a convertirnos en cómplices involuntarios del escarnio. Así te gustaba el humor: excesivo. Te incomodaba que la sensibilidad de otros te detuviera (apenas, a veces, precariamente) y las enfermedades te dieron justificación para saltar cualquier límite: la diabetes te arrancó una pierna y, tras hacer tus chistes sobre los cojos, te proclamaste autorizado para reírte de nosotros. Cuando perdías la visión, arremetiste contra los ciegos (y ahí me llevaste de corbata). El cáncer que te mató no sabía lo que estaba haciendo, derribar la última frontera, y ahí donde estás sin duda te carcajeas a gusto de nosotros. No tan contento, eso sí: el humor que más te complacía era el que nos hacía reír contigo, aún sintiéndonos culpables. Por eso cuentas los minutos que faltan para que te alcancemos, a ti y a Zaid y los abuelos, para que les llevemos sus caguamas Superior y cantemos unas cuantas juntos. Mientras tanto, te extraño: tenerte aquí en la marcha sería tan cómico como embarazoso, como siempre fue tenerte alrededor, pero sé que te encantaría: entre cada carcajada, te dejarías llevar por la emoción de ser parte de este momento histórico, de la mayor manifestación de las mujeres de Egipto en la historia, compartirías sus sentimientos, enarbolarías sus esperanzas y llorarías con ellas, conmigo, por el gran logro de haber tomado las calles sin recibir (hasta donde sabemos en este momento) agresiones de los hombres que –hace hoy dos años– disolvieron un acto similar. ¡Te estoy viendo, Martincito! Robando megáfonos, agitando banderas y convocando a ir más allá… ya querrías llevarte a todas a tomar el palacio presidencial para sacar de las barbas a los Hermanos Musulmanes. Y acomodándote, claro está, entre ellas… como fue tu naturaleza. Sacándoles sonrisas, haciéndoles ojitos y ruborizándolas debajo de los jiyabs, de los nicabs… buscando su coquetería. Vamos, pues, pesado sangrón… sal de donde estés escondido. Todavía no lo creo :’(
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