Siria: El secuestro del corresponsal de Proceso


Siria: El secuestro del corresponsal de Proceso

Por Témoris Grecko / Aleppo  (Publicado en Proceso 27 de enero 2013)

El martes 22, integrantes de una unidad del Ejército Sirio Libre (ESL) secuestraron 12 horas a Témoris Grecko, periodista mexicano y corresponsal viajero de Proceso. También al documentalista húngaro Balint Szlanko y al fotógrafo español Andoni Lubaki. “Los vamos a matar”, les gritaron. Los esposaron y les vendaron los ojos. Los llevaron al sótano de un edificio y los despojaron de sus pertenencias. Acusaron a su traductor de ser miembro de Liwa al Tawheed, una de las brigadas del propio ESL, lo cual puso en evidencia las luchas intestinas entre los grupos de la oposición armada al régimen de Bashar al Assad.

ALEPO (Proceso).- El Kalashnikov volvió a golpear mi nuca. “¡Yala, yala!” (¡vamos, vamos!), nos gritaban los tipos sentados detrás de nosotros, “¡zapatos, zapatos!”. Con los ojos vendados hacíamos los posible por quitárnoslos rápido. “¡Yalaaa!”, insistía el hombre, encajándome el cañón del rifle detrás de la oreja izquierda.

Se detuvo la camioneta. Nos bajaron a empujones: El frío del invierno sirio me entró por la espalda, por el cuello, por los pies desnudos sobre el suelo irregular. Esperaba que nos condujeran a algún lugar. Acaso seríamos interrogados por una persona con mando y de esa forma podríamos averiguar quiénes nos habían capturado y por qué: ¿Buscaban dinero? ¿Tenían reivindicaciones políticas? ¿Querían otra cosa?

Pero no tenían intenciones de llevarnos a ningún lado. Ni de volver a saber de nosotros. Sólo escuché que armaban los fusiles. Secuestrar a tres periodistas extranjeros puede convertirse en un enorme problema del que es mejor deshacerse cuanto antes. En la noche, en un lugar solitario y oscuro, donde nadie vea, se puede hacer eso con discreción. Como los criminales en mi propio país. Me iba a tocar un poco lejos de casa.

A la vista

No hay orden en una revolución. El descontrol se extiende en las unidades militares que integran el rebelde Ejército Sirio Libre (ESL), las cuales además se enfrentan con otras facciones armadas de la oposición. Esto se traduce en inseguridad, abusos, órdenes y acciones autoritarias y crímenes impunes, como los secuestros. El documentalista húngaro Balint Szlanko, el fotógrafo español Andoni Lubaki y yo lo constatamos. Nos convertimos en víctimas.

El barrio de Izaa es una colina desde la que se puede vigilar y atacar buena parte de la ciudad. Su conquista por parte del ESL fue uno de los hitos de las batallas por el control de Alepo, que comenzaron en julio de 2012.

Por la mañana del lunes 21 el ESL realizó una movilización general de katibas (unidades militares) de la ciudad hacia el Aeropuerto Internacional de Alepo con el objetivo de tomarlo. Se cree que esto puede provocar que se desmoronen las defensas gubernamentales en la ciudad.

Para obligar a los rebeldes a dispersar sus fuerzas, el ejército del presidente Bashar al Assad lanzó ataques esa noche en varios puntos de la ciudad. El grueso de los ataques se concentró en Izaa. Escondidos en casas y edificios en ruinas, los insurgentes resistieron un intenso fuego de mortero, bombardeos aéreos y cargas de infantería. Las balas golpeaban paredes y sacaban chispas de postes en las zonas más bajas, como en la oficina donde dormíamos, a un kilómetro de distancia.

En la oscuridad de esta urbe, cuyo sistema de alumbrado dejó de funcionar medio año atrás, salir a la calle parecía una temeridad mortal.

Decidimos esperar a la mañana siguiente, la del martes 22, para visitar Izaa y constatar el resultado de los combates. Dos de nosotros habíamos estado varias veces allí y conocíamos al comandante de la katiba y a varios de sus miembros. A pesar de que para llegar a ese lugar era necesario cruzar varias calles asoladas por francotiradores, lo considerábamos un lugar seguro por el empeño del ESL en mantener su control.

Además nos sentíamos confiados porque íbamos en grupo, en una camioneta, con un guardia armado y un traductor sirios.

Eso no fue suficiente. Cuando nos estacionamos nos asaltó una docena de encapuchados con fusiles AK-47. Lo que tantas veces se había visto y leído como algo que le ocurre a alguien más, o como ficción, nos estaba pasando: Esta vez venían por nosotros. “¡Yala, yala!”, aullaron para hacernos bajar. “¡Los vamos a matar!”, le gritaron a Andoni, el fotógrafo español.

A Balint, el documentalista húngaro, a Aref, el traductor, y a mí nos subieron al mismo vehículo. Al joven sirio le daban manotazos en la nuca al tiempo en que lo acusaban de pertenecer a Liwa al Tawheed, una de las brigadas más importantes del ESL.

Eso nos hizo creer que no se trataba de miembros del ESL, pese a que actuaban dentro de su área de control. Pensamos que sería muy mala noticia que fueran islamistas ligados a Al Qaeda o miembros de las shabihas, grupos de matones al servicio del régimen. De lo poco que se sabe de otros reporteros que han caído en sus manos, ello es espantoso o es nada.

También podrían ser integrantes de una simple banda criminal que querían ganar dinero. Eso tampoco podía ser bueno, ya que su forma de hacer negocio es vender secuestrados a los islamistas radicales.

Sitio peligroso

Siria es el país donde han muerto más periodistas: 55 en 23 meses, de los cuales 10 han sido extranjeros. El jueves 17 murió el belga Yves Debay y un día después el sirio Mohamed al-Hourani.

Hay un número indeterminado de reporteros desaparecidos: Muchos probablemente detenidos o asesinados por el gobierno y sus shabihas, otros secuestrados por grupos criminales y –se sospecha– islamistas.

Entre ellos hay varios extranjeros de los que se puede mencionar sólo a uno, el periodista independiente James Foley, estadunidense, desaparecido el 22 de noviembre en la región de Idlib. En los demás casos los familiares han pedido mantener silencio para no perjudicar las negociaciones que, esperan, en algún momento puedan fructificar, aunque hasta donde se sabe, entre colegas, no hay noticias.

Por otra parte Al Qaeda ha sido particularmente enfática en que le va a cobrar a Occidente, especialmente a Francia, la intervención militar contra su facción en el Magreb y otras milicias extremistas en Malí.

“Aiwa”

Aunque el operativo se realizó velozmente los atacantes no mostraron intenciones de ser discretos: Utilizaron avenidas muy concurridas, hicieron sonar las bocinas para despejar el tráfico, llegaron hasta un edificio público en el que había bastante gente y frente a ella nos hicieron marchar en fila, esposados y vendados de los ojos. De inmediato se daban cuenta de que no éramos sirios… Actuaron a la vista de todos.

Una vez adentro del edificio, en el pasillo del sótano, nos ordenaron recargar la frente en la pared, de pie, para revisar minuciosamente todas nuestras pertenencias e incautarlas: Equipo fotográfico, celulares, grabadoras digitales, dinero, chamarras, cinturones, cuadernos e incluso mis lentes de aumento.

“¿Dónde está la cuarta persona?”, nos preguntaban. “¿Eres francés?”, le insistían al fotógrafo español. “¿Eres francés?”.

El día anterior el húngaro y yo habíamos recorrido el barrio destruido de Salaheddine acompañados de una periodista francesa. ¿Habrían escuchado de ella? ¿Tendrían alguna fuente de información cercana?

Nuestros captores nos hicieron entrar en un salón casi subterráneo, con una ventana estrecha y larga pegada al techo, al nivel del suelo en el exterior. No fue construida como celda, aunque después le dieron ese uso. Carecía de mobiliario, salvo un radiador de pared, y sólo tenía unas mantas sobre el suelo, una botella de plástico maloliente con agua y un ejemplar del Corán.

No obstante los captores no eran islamistas: Sólo uno de ellos usaba prendas tradicionales; los demás vestían a la usanza occidental. No se escuchaban las canciones religiosas ni los rezos que acostumbran hacer los militantes devotos.

Tampoco eran shabihas ni criminales. Entre el sitio donde nos secuestraron y nuestra cárcel no habíamos hecho más de 10 minutos en auto ni habíamos escuchado el ruido de los combates del frente: Seguíamos en zona “liberada”. El hecho de que tuvieran el control de un edificio público cuyo sótano era utilizado como centro de detención donde había más prisioneros, sugería que no se trataba de un grupo al margen de quienes se han declarado autoridad legítima del territorio insurgente: Los jefes del ESL.

En varios momentos los encargados de llevar alimentos soltaron pistas. Aseguraron: “Los vamos a proteger de Bashar al Assad” y “esto es Siria libre”. Ante una pregunta de tirabuzón, uno admitió con un aiwa (sí) que eran parte de la Seguridad de la Revolución, un cuerpo de policía militar del ESL.

Todo, pues, parecía indicar que nuestros secuestradores pertenecían a alguna de las milicias del ESL. Pero ¿cuál? Hay una miríada y muchas de ellas están enfrentadas entre sí. Más que un ejército, el ESL es un paraguas que cobija a grupos con objetivos e intereses que no son necesariamente compatibles. Esto, además de generar malestar entre los ciudadanos –expuestos a sus excesos y sin una autoridad clara a la cual acudir en busca de justicia–, anticipa futuros enfrentamientos para definir quién manda dentro de las fuerzas armadas revolucionarias.

Después de permanecer cautivos 12 horas, un grupo de hombres armados –distinto al que nos secuestró– nos sacó del edificio y nos subió a un vehículo. Era de noche. Ya nos habíamos resignado a permanecer en ese lugar y habíamos pedido en varias ocasiones que nos permitieran hablar con algún jefe para saber qué estaba pasando. Acaso nos iban a permitir hacerlo. O por lo menos, si nos iban a someter a un interrogatorio, podríamos hacer algunas deducciones.

No sería así. No nos entregaron a nadie al sacarnos del vehículo. Nos quedamos de pie, con los ojos cubiertos, en el frío, descalzos. Fue entonces cuando me llegó la sospecha de que se trataba de una ejecución. Ya nos habían quitado todo, éramos un problema para ellos y tenían que eliminarlo.

Escuché que se marchaban. Sin poder creerlo nos atrevimos a mirar. Despojados pero libres conseguimos llegar a un cuartel del ESL. Era de Liwa al Tawheed, la milicia por la que golpeaban al traductor sirio. Nos informaron que tanto a éste como al guardia armado que nos acompañaba los habían dejado ir. No se sabe por qué.

Los mandos de Liwa al Tawheed, sin embargo, se tomaban muy en serio el asunto y querían todos los detalles para realizar una investigación con el propósito de evitar que se manche el nombre del ESL, aseguraron.

También porque es posible que hayamos quedado atrapados en un asunto ajeno a nosotros: La lucha por el poder entre facciones del ESL. Un enfrentamiento que está en marcha mientras el régimen de Al Assad se mantiene fuerte y sus aviones siguen bombardeando ciudades y pueblos. Como ha ocurrido tantas veces en la historia, la revolución se come a sus hijos. Nada nuevo.

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