La sorpresa esperaba al Poeta tras diez meses lejos de Isla Negra. “Hace tres días volví a entrar, por primera vez después de la ausencia, a mi casa. Grandes grietas en las paredes… Todos los cristales hechos añicos formaban un doloroso tapiz en el suelo de las habitaciones. Los relojes, también desde el suelo, me marcaban la hora del terremoto. Cuántas cosas bellas que ahora Matilde barría con una escoba, porque una sacudida de la tierra las transformó en basura”.
En esta tinta hay dolor porque Isla Negra fue la primera y la última casa de Pablo Neruda, hogar de sus colecciones de delicados juguetes. La más amada, sin duda. Pero el suyo no fue un amor imperturbado, introspectivo, de una sola pieza. Por décadas estuvo tonteando por ahí con otras casas, como lo hizo siempre con las mujeres, por el mundo todo, y dio mucho a aquéllas a pesar de reservar tanto para la principal.
Éstos son los dos primeros párrafos de mi artículo sobre las casas de Pablo Neruda, que publica Vuelo, la revista de a bordo de la aerolínea Mexicana de Aviación, en su número de noviembre.
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